REVISTA DEL DOMINGO

Domingo 25 de Noviembre de 2001


Ignacio Balcells desmenuza la costa chilena

Un buen día al escritor Ignacio Balcells se le ocurrió recorrer la costa chilena en un furgón Suzuki tipo "pan de molde". La idea era recolectar material para un libro en el que, a renglón seguido, narraría su particular odisea. Pero la obra tardó mucho más que la aventura de duna en duna y, a diez años de iniciado el viaje, se acaba de publicar "La Mar", un hermoso libro en el que Balcells intenta descifrar el hálito de misterio que siempre ha cubierto a nuestra brumosa orilla.
Texto: Sergio Paz
Retrato: Nelson Olmos

Ignacio Balcells (56) vive en Quintay todo el año y en el pueblo-caleta es conocido como "el escritor". En efecto, este hombre de ojos claros y grueso chaleco negro ­un renegado de la arquitectura y alguna vez profesor de la Universidad Católica de Valparaíso ­es autor de varias obras, entre ellas una que trata de un recorrido de varios meses por la tierra del Quijote, y que fue publicada en Madrid bajo la colección "Guías raras y completas de habitantes de España". En todo caso, si alguien pregunta por Balcells en Quintay, lo más probable es que lo asocien con "El tiempo en la costa", un trabajo donde Ignacio narra la historia del hasta hace poco bastante escondido pueblo costero, su mítica ballenera y sus singulares habitantes.

Un libro que inició y terminó mientras no conseguía acabar con otra obra mucho más ambiciosa, "La Mar", donde por un lado narra un corto pero intenso viaje por la costa chilena, y por otro, da cuenta de un cúmulo de ensayos y elucubraciones que sólo podrían tener cabida en la mente de este singular prosista que, a causa de su auténtico pánico por los aviones, una vez decidió volver de Europa en barco, claro que por el Oriente, lo que le permitió varar en sitios de cuento, como el golfo de Bengala o Samoa. "Yo conozco ­dice Balcells­ prácticamente todos los mares". Y basta leer alguno de sus libros para creerle.

­¿Cómo surge la idea de hacer un viaje de caleta en caleta por la costa chilena?

"En esos años vivía en Santiago y, de tanto echar de menos el mar, publiqué un libro de poemas llamado "Oficio de olas", donde rendía un homenaje a grandes figuras de la historia del Pacífico como Magallanes y Demian, el apóstol de los leprosos de Hawai. Pero quería más y a fines de 1990 compré el furgón en el que haría el viaje. Fui a una automotora, me tendí atrás para ver si cabía porque esa sería mi cama, y a los tres días partí".

­¿Tenías alguna teoría que comprobar?

"La premisa de la ruta era que el mar de Chile es un río enormemente largo, pero un río que tiene una sola ribera pues falta la del frente. Un río que tiene más o menos el largo del Nilo, pero que yo pensaba que era mejor llamarlo "el Nulo". Eso, porque tenía la idea de que la costa era mucho más informe, desierta y estéril de lo que en verdad es".

­Al furgón Suzuki lo bautizaste "La Concha". ¿Por qué?

"Cuando inicié el viaje tenía casi cincuenta años, y realizarlo era incluso físicamente difícil. Además lo hice en invierno y en mucho lugares pasé verdaderas angustias. Así, en una playa del sur, luego de cuarenta horas de lluvia, te preguntas qué estás haciendo. Entonces por un lado piensas que eres un choro y por otro que eres un loco. Y fuera choro o fuera loco, los dos tienen concha".

­De la lectura del libro se colige que evitabas las grandes ciudades costeras.

"No las evitaba, pero intentaba descubrir caletas mínimas porque pensaba que así podía llegar a lo más simple y esencial. El mar es un inmenso desierto y es en las pequeñas caletas donde aflora la levedad de la existencia".

­Cuéntanos de alguno de esos lugares.

"Por terrible recuerdo a Manzo, que está antes de llegar a Los Vilos. Se llama así porque allí había un manco, el tío no sé cuánto, pero lo realmente extraño era el aire de la caleta. No había mujeres y cuando no hay mujeres ni niños el lugar tiene algo de colonia penal".

­¿Algún otro lugar terrible?

"Pisagua, por toda la carga que tiene. Hacia el norte, mi viaje termina ahí porque me parece que es el extremo moral de Chile. Pisagua está lleno de fantasmas y para llegar tienes que avanzar decenas de kilómetros por una llanura desértica hasta toparte con un precipicio al fondo del cual aparece el pequeño caserío. En todo caso, apenas llegué reparé en unos frondosos pimientos que estaban llenos de pájaros cantando y en que hay muchos niños. Todo lo contrario a lo que uno piensa cuando oye la palabra Pisagua".

­Durante el viaje te enteraste de la existencia de varios pueblos curiosos. Uno de ellos es Los Cristales.

"Ese pueblo está cerca de Curicó, por ahí por Llico. Un día se subió al furgón una niñita que en un momento me dice: Por ahí se va a Los Cristales. ¿Y por qué se llama Los Cristales?, le pregunté. Porque todos los que viven ahí tienen los ojos azules, dijo ella.

­¿Qué lugar recuerdas del sur?

"En el libro hay todo un capítulo dedicado a Aucar, la isla de los muertos. Eso está en las cercanías de Castro, y a ese lugar llegué de noche y no había ningún cartel. Sólo una pasarela enormemente larga que está sobre un canal a más de cuatro metros de altura. Es una pasarela hecha con vigas rotas y que, al cruzarla, te prepara para lo que vas a ver: una isla cementerio donde el mar poco a poco socava las tumbas. Imagino que la pasarela la hicieron cuando la ciudad ya estaba establecida, y entonces pensaron que para dar sepultura a alguien no tenían que esperar una baja de marea. Por eso la pasarela tiene el ancho de un funeral".

­¿Cuál fue el lugar más desolado que encontraste?

"Creo que Cucao. Si bien es el único sitio poblado del lado Pacífico de Chiloé, se trata de un lugar tremendamente desolado, un lugar como en blanco y negro. Es como si toda la civilización chilota, que es muy marítima, no se la hubiera podido con esa enormidad de mar".

­Pero a fin de cuentas toda la costa chilena es insólitamente desolada, ¿no?

­Eso se debe a que carece de la otra ribera. En todo caso, las señas de vida que sí hay son algo muy propio, algo persistente y misterioso. Cuando digo esto pienso en un lugar teatralmente misterioso como las cavernas de Lebu. Están frente al mar, son enormes, y de repente ves que de una de ellas sale un hombre con dos bueyes como si hubiera un campo subterráneo".

­Los citadinos nunca sabemos si lo correcto es decir el mar o la mar. Pero tú no sólo optas por la mar, sino que ése es precisamente el título de tu libro.

"El castellano tiene una vacilación y según ella el mar puede ser masculino o femenino. El mar femenino es más popular y es la manera que tienen de designarlo los pescadores. Pero la mar no es lo mismo que el mar. La mar es más que el mar. La mar es el mar más amor, dolor y sueños. La mar es el mar humano, el mar poético, el mar junto al cual se vive, se pena y se muere".


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Dupla. El poeta y su furgoneta
Dupla. El poeta y su furgoneta "La Concha" en una playa nortina.
Foto:Nelson Olmos


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