EDITORIAL

Sábado 5 de Noviembre de 2005

El mar de Chile

Desde una perspectiva histórica, es un conflicto más bien antiguo en cuanto a su naturaleza.

Por Pedro Gandolfo

El mar de Chile se ha hecho presente de distintas maneras esta semana. Sin duda, la más ruidosa, visible y preocupante es el conflicto provocado por la aprobación en Perú de una ley que fija de modo unilateral un límite marítimo distinto del establecido según los convenios internacionales vigentes. Es ese mar el que erizó la tierra y a los terrestres. No soy experto en la materia, pero confío en que, finalmente, se resuelva todo por las vías jurídicas y diplomáticas.

Según una terminología que introdujo Carl Schmitt, en un hermoso libro titulado "Tierra y mar", esta discrepancia tiene como origen histórico un proceso de "terrificación" del mar y, luego, de conquista y dominio del mismo. El "nomos", la ley, originariamente fue sólo terrestre, ya que el mar no admite ser arado, ni es posible erigir empalizadas, muros ni cercos sobre su inestable oleaje. En la visión de Schmitt, la creación de un espacio en el mar según las reglas del elemento terrestre surge a partir del siglo XVI y ya comienza a declinar a mediados del XX. Quizás hoy, con el desarrollo de las modernas tecnologías de telecomunicación, internet, el "ciberespacio", su diagnóstico hubiera sido más rotundo. Con todo lo importante que es y su potencial de daño para nuestra convivencia vecinal, desde una perspectiva histórica, es un conflicto más bien antiguo en cuanto a su naturaleza.

Pero la presencia del mar de Chile ha mostrado un segundo rostro: el de una mancha oscura. Un petrolero encalló el lunes frente a la costa de Antofagasta, la colisión produjo un forado en su casco y desde allí derrama petróleo hasta hoy. La mancha abarca cerca de siete kilómetros de costa. Miro con pena las fotografías, los esfuerzos por contener su avance y mitigar los daños. Otra vez aparecen las imágenes sobrecogedoras de aves bañadas en esa mazamorra pegajosa que las mata y les hace perder toda su ligereza y dignidad.

El mar de Chile se presenta, pues, ante nuestros ojos disputado y herido. Y eso no es casual. El hombre es un animal terrestre, no es pájaro ni pez. Pero, ¿es la existencia humana algo puramente terrestre, vinculado en su esencia a ese único elemento? Cuando nos arrimamos al mar y nos acercamos a la costa, no le volvemos la espalda y observamos de allí la tierra. Al contrario, nuestro impulso es dirigir la mirada hacia él, como si recordáramos una antigua pertenencia. Quisiera rendir un homenaje a un amigo fallecido hace poco, Ignacio Balcells, que habitó en la proximidad de este mar de Chile, lo amó con intensidad, recorrió sus costas con esmero y escribió páginas hermosísimas sobre él. Recomiendo -quizás para reencontrarnos con otra dimensión de ese mar, la dimensión poética- la lectura de sus obras.


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