Domingo 6 de Marzo de 2005
Para recuperar la ciudad:
Obstáculos clásicos para gestiones atípicas
El barrio Concha y Toro es un manifiesto de cómo la protección del patrimonio arquitectónico determina grandes oportunidades y otros tantos problemas.
ANA MARÍA HURTADO
El barrio Concha y Toro nació vanguardista, tanto en el trazado como en el estilo de sus casas. Las curvas e irregularidades de sus pasajes, que hoy molestan para transitar en vehículo, emulan la ciudad medieval, un revival de moda en esos años. Y las mansiones, que con ojos del siglo XXI parecen meramente afrancesadas, son producto del eclecticismo tan en boga que mezclaba sin complejos lo gótico y lo académico.
A tono con el último grito de la moda, y construido con los mejores materiales importados y nacionales, este conjunto al que hoy se accede desde la Alameda tras unos 100 metros rectilíneos de repuestos de automóviles, fue "el" barrio top para la aristocracia ilustrada capitalina. Los García Huidobro- Fernández (padres de Vicente Huidobro) y, por supuesto, los Walker-Concha, herederos directos del dueño del predio en el que más tarde se construyeron estas mansiones. Sus residencias, de 1.200 y 1.500 m² respectivamente, son dos de las privilegiadas que enfrentan a la plaza.
Quién lo diría: 90 años después de que Teresa Cazotte, la viuda de Enrique Concha y Toro, decidiera lotear su predio y cederles a su hija y yerno un lugar preferencial, el Palacio Walker-Concha está en ruinas. En contraste, la casa de la familia de Huidobro (Concha y Toro 34) está convertida hace menos de un año en un restaurante de lujo.
Trámites de pesadilla
Así envejece el lujo de antaño. Si resiste terremotos y demoliciones, eventualmente un decreto lo transforma en patrimonio. Pero tal investidura es insuficiente para asegurar su cuidado, aunque hay casos excepcionales. Como que un inversionista norteamericano buscando un local de ambientes múltiples se enamore de una de estas casas, la compre en 10 mil UF e invierta cerca de un millón de dólares en arreglarla. ¿Será el sino pomposo de Huidobro? La casa de su familia ahora se llama Zully y, más allá de la exclusividad de su carta, es uno de los restaurantes más espectaculares de Santiago. Su dueño, Joseph Westrate, conservó cada moldura, cada perilla y todo el parqué importado de Francia. Lijó las terminaciones de raulí y laurel. Aprovechó todos los espacios -repartidos en cinco pisos, incluyendo una terraza interior embaldosada y una gran azotea descubierta con vista a la ciudad- para pequeños y grandes ambientes según cada ocasión. No modificó nada de la arquitectura: "La casa merecía una renovación y también poder ser vista por el público", dice. Y le va bien, gracias a sus clientes acomodados: "El 90% no había conocido antes este sector".
Por eso, Westrate señala que su negocio está rescatando el barrio, y que la burocracia municipal para lograr establecerse no se condice con su esfuerzo:
"Es necesario que la municipalidad y Monumentos Nacionales hagan un camino más flexible. Todo es muy difícil, por eso hay tantos problemas con monumentos que se están cayendo. Hay gente interesada, pero se necesita ayuda económica y facilitar los trámites. ¿Será posible que mi proyecto, que revitaliza un sector y emplea a 40 personas, siga el mismo camino que el de una botillería?".
Al frente de Zully, un poco detrás de la plaza, está Café Tales (Concha y Toro 39), cuyos dueños han hecho una inversión harto más modesta (cerca de 50 millones), pero con el mismo espíritu: respetar los espacios y materiales para rescatar el rito de tomar el té y el café. Gian Luca Grinfan es uno de los socios, y conoce a su colega Westrate. También sabe de dos franceses que compraron otra casona del sector para convertirla en Bed & Breakfast, y de la ex sede del PPD, que será transformada en lofts, luego de ser rematada a su precio mínimo: 165 millones de pesos.
En el Tales está el mismo parqué francés de la casa de Huidobro, y las molduras y los grandes salones. Son cuatro espacios comunicados entre sí, más una larga y angosta terraza con baldosas y balaustrada. Y aunque está feliz con su negocio, a medio año de su apertura, Grinfan dice que estar en una casa de Concha y Toro ha sido tanto un plus como una desventaja. "Es mucho más fácil partir con un local nuevo, cuadrado, para ajustarse a las normas. En cambio, acá no hay un camino trazado para los trámites y todo es muy engorroso. Por eso no hay tanto interés en este tipo de casas. Además, si pretendemos que venga público, sería bueno que retiren la basura a tiempo, que arreglen la iluminación y que se convierta en paseo peatonal. Así, incluso Sernatur podría incluir el sector en sus circuitos".
Lujo en decadencia
Eduardo Íñiguez también conoce a sus vecinos, pero su empresa se ve un poco más titánica. Hace año y medio que con sus compañeros tienen en comodato el otrora fastuoso palacio Walker, con 15 años de abandono. Allí instalaron el Centro Cultural Ainil, con una variedad de talleres artísticos. Luego de meses deshaciéndose de los gatos y arreglando el sistema eléctrico, hoy funcionan con lo mínimo. Esta semana finalizaban las pruebas para un análisis estructural financiado por Fondart, cuyo diagnóstico no se ve auspicioso. La fachada se ha llovido por años y se temen daños severos. Sólo después de eso se verá cómo intervenir el inmueble, cuyo desmantelamiento -producto de años en que los grandes salones se dividieron por paneles para alojar a decenas de familias- lo dejaron en estado misérrimo.
Necesitan cerca de $300 millones, que esperan obtener de fondos concursables. Así podrían tener un subterráneo para salas de música; un nivel de calle para galería de arte y cafetería; segundo piso para teatro, danza y auditorio; tercero, para plástica, y cuarto, para oficinas. "No queremos modificar mucho el interior", dice Constanza Silva, arquitecto del grupo. La mayor inversión será en la estructura y en las terminaciones. Acá ya no queda ni una manilla de bronce. Las puertas no encajan. Las molduras de yeso son una línea discontinua y el parqué que hace 100 años desembarcó en Valparaíso proveniente de Marsella, ya no sirve.
EL BARRIO
CONCHA Y TORO comprende el perímetro entre Alameda, Erasmo Escala, Brasil y Cumming. Su trazado, en torno a la hoy Plaza de la Libertad de Prensa, está inspirado en el urbanista Camille Site. Fue decretado Zona Típica en 1989.
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