EL SÁBADO

Sábado 19 de Septiembre de 2009

 
El secreto de Facebook

Nadie sabe realmente quién y cómo es Mark Zuckerberg, el joven fundador de la compañía. Un libro que se transformará en película, cuenta la historia de traición e informalidad de una empresa que nació en el dormitorio del entonces estudiante universitario.  
Alfredo Sepúlveda C. Mark Zuckerberg, fundador y CEO de Facebook. Veinticinco años. Se estima que su fortuna es de tres mil millones de dólares. Su tarjeta de presentación, de acuerdo al más reciente libro que cuenta la historia de la fundación de la compañía, reza así:

Soy el CEO, perra.

Pero la gente parece quererlo. En la conferencia de tecnología SXSW, que se celebra anualmente en Austin, Texas, Zuckerberg fue la estrella el año pasado. Y no sólo eso: cuando la audiencia percibió que la periodista que lo entrevistaba en el escenario hablaba más ella que él, no dudó en abuchearla y celebrar las pesadeces que Zuckerberg le tiraba de vuelta.

El escritor Ben Mezrich, autor de Los Billonarios Accidentales tiene una admiración más reposada hacia Zuckerberg. Su investigación lo llevó por los rincones menos públicos de la compañía, aunque hay que decir que el libro tiene amarrado un contrato en Hollywood (producirá Kevin Spacey, dirigirá David Fincher), y que Mezrich ha reconocido que detalles de la trama han sido inventados (es particularmente difícil, por ejemplo, creer que Zuckerberg haya comido koala en el yate de un millonario), de modo que no hay que poner las manos al fuego porque la tarjeta de Zuckerberg efectivamente diga eso de "Soy CEO, perra". Facebook respondió a este libro diciendo que Mezrich aspiraba a ser "la Danielle Steele de Silicon Valley".

¿Detrás de toda gran fortuna siempre hay un crimen? Honoré de Balzac lo escribió así, Mario Puzo usó esta cita -aunque no de manera exacta- para el comienzo de su gran novela El Padrino y Mezrich, de manera mañosa, la emplea en este libro para abrir el capítulo en el que Zuckerberg cruza el umbral de lo desconocido. Hasta donde sabemos, estas son las partes verdaderas del libro:

El entonces estudiante de pregrado en Harvard, que no tenía mucha vida social y era un genio de la programación desde la secundaria, escribió un código simplemente para divertirse. Se trataba de una página web en la que los estudiantes podían ponerles nota a los atributos físicos de sus compañeritas. Es evidente que esta no es una actividad propia de un tipo especialmente exitoso con las damas. Pero en fin. En cosa de horas el sitio sencillamente colapsó.

No lo pasó bien, porque debió enfrentar la reprimenda de las autoridades universitarias y el odio de grupos feministas. Pero algo había pasado con este tonto experimento. Zuckerberg se dio cuenta de que se había topado con una necesidad. La vida académica se comía a la vida social de los jóvenes. Un sitio web que solucionara eso se cubriría de gloria.

Los gemelos Tyler y Cameron Winklevoss, gracias al escandalillo, se contactaron con Zuckerberg para que los ayudara en la programación de un sitio web para que los estudiantes pudieran conseguir citas y además conectarse. Se iba a llamar Harvard Connection. Zuckerberg lo hizo. Y luego no lo hizo. Pero no les avisó. Ellos se enteraron cuando todo el campus empezó a hablar de un sitio que se llamaba TheFacebook.

Según Mezrich, fue después de haber conocido a los Winklevoss que Zuckerberg dio con la madre de todas las ideas: que la gente pudiera poner su foto, y además un perfil en el que describiera cosas como su música favorita, sus películas preferidas, si estaba pololeando o no.

Y sólo los de Harvard podían participar. Al contrario de los muchos sitios de "amigos" que había en febrero de 2004, TheFacebook no crearía nada nuevo: llevaría a la red lo que ya existía, la vida social del campus. La llevaría, eso sí, mejorada y más eficiente. El tema de las horas de clase que impedían conocer gente quedaba solucionado.

El socio de Zuckerberg en esta idea fue un estudiante brasileño de último año: Eduardo Saverin. Él, a cambio de un 30 por ciento de la propiedad, puso unos veinte mil dólares de su bolsillo para financiar a Zuckerberg, dos ayudantes y los servidores necesarios para sostener el tráfico.

Después los Winklevoss y Saverin demandaron a Facebook y, aparentemente, lograron un arreglo judicial con cláusulas de confidencialidad. Se dice que los Winklevoss obtuvieron algo así como 65 millones de dólares: migajas si consideramos que el último gran inversor en Facebook, la compañía rusa Digital Sky Technologies, adquirió en mayo apenas el 1,96 por ciento de la propiedad de Facebook a cambio de 200 millones de dólares.

El tema con Saverin fue más complejo. Al principio era el férreo aliado de Zuckerberg. Pero su 30 por ciento se fue diluyendo en la medida en que el prodigio de la programación, contra la opinión de Eduardo y de un aparecido en la compañía llamado Sean Parker, se aliaba con los grandes inversores de Silicon Valley que ponían más y más plata en el proyecto.

Parker fue uno de los dos fundadores de Napster, el sitio que revolucionó, si es que no destruyó, la industria discográfica y que después fue hundido por una decisión judicial en 2001.

El crecimiento de Facebook a lo largo de miles de universidades en Estados Unidos hizo que en meses necesitaran ese dinero sólo para mantener el sitio sin que se cayeran los servidores. Al esquema original de Facebook, Zuckerberg añadió el "muro",  y luego los "grupos". Facebook se abrió después a colegios y luego a todo el mundo. Y así estamos hoy: más de 300 millones de usuarios: casi el 80 por ciento fuera de EE.UU. En Chile, a comienzos de año, registraba más de cuatro millones de usuarios.

Al parecer, al menos en los primeros años, Zuckerberg no era un tipo especialmente interesado en la plata. Aún las traiciones hacia sus compañeros de universidad que narra el libro se entienden más como actos de alguien que está un poco más allá del bien y del mal, que no logra comprender por qué los otros se sienten heridos. Mal que mal, vive, a diferencia de sus antiguos amigos, por y para Facebook.

 


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