EL SÁBADO

Sábado 18 de Agosto de 2007

TRAS LA POLÉMICA DEL CEMENTERIO
La historia privada de Zapallar

Este lugar se detuvo por un instante en las noticias. Un altercado entre el párroco y los habitantes por cobros en el camposanto acaparó las páginas.
Por SABINE DRYSDALE

Recorrió junto a sus hermanas, Carmen, Concepción y Carlota, los glamorosos balnearios de Niza y Cannes en el Mediterráneo; las preciosas playas de Deauville y Biarritz en el Atlántico, pero, para Olegario Ovalle Vicuña, ninguna se comparaba con el tesoro que tenía dentro de su propio campo: Zapallar, una pequeña playa de arena dorada inserta en una bahía color esmeralda y rodeada por cerros.

Lo quiso compartir. Loteó y les regaló terrenos a sus parientes y amigos –entre ellos, varios alemanes– con la única condición de que tenían que construir sus casas antes de dos años. La primera se levantó en 1893.

Hubo varios que rechazaron el regalo. Decían que era muy difícil llegar. En esa época, el tren llegaba hasta Papudo y de ahí había que movilizarse en carros con caballos. Deben haberse arrepentido. Ovalle, guiado por su olfato y usando un bastón, demarcó las calles, ubicó las plazas y trazó las bajadas a la playa del que se convirtió y sigue siendo el balneario más elegante y tradicional de Chile. Para muchos, también el más bonito, con casas –desde las grandes mansiones, hasta las pequeñas cabañas– llenas de encanto, jardines bien cuidados y árboles añosos dominando el paisaje.

Zapallar nació como un club de amigos donde nadie se sabía las direcciones por la calle y el número, sino que por el nombre del dueño de la casa. La vida social giraba en torno a la playa y las juntas en las casas.

En 1916 se creó como comuna. Carlos Ossandón y Diego Sutil diseñaron la bandera de Zapallar, en colores azul –por el mar– y amarillo zapallo, aludiendo a su nombre.

Y aunque ahí veraneen las más acaudaladas familias chilenas, la infraestructura del balneario, de lujo, no tiene nada.

Hasta hace un par de años había que viajar varios kilómetros a Papudo a comprar remedios, porque no había una farmacia; y la Posta es de una precariedad que asusta. No hay grandes supermercados, sino que almacenes de barrio que todavía fían. No hay cine ni discoteca. Y apenas tiene dos pintorescos restaurantes, el César en la playa, con sus mesas de palo rojas y quitasoles de coirón, y el Chiringuito, en la caleta, que partió siendo una picada de pescadores. Un sólo hotel, el Isla Seca, recibe a los turistas.

En Zapallar no hay nada que hacer. Salvo lo de siempre: juntarse en la playa y en las casas o hacer paseos al aire libre.

Hoy, a más de un siglo de historia, sus habitantes más antiguos tratan de preservar ese espíritu familiar, donde los recién llegados son bienvenidos, siempre y cuando se mimeticen con el estilo de vida zapallarino.

En la casa, a medianoche

Sutil es uno de esos apellidos que llevan marcada la impronta zapallarina. Llegaron al balneario por sus lazos sanguíneos con la familia fundadora y tienen casa desde 1914. Diego Sutil Prieto fue alcalde entre 1933 y 1939 y su hijo, Juan Sutil Alcalde, entre 1971 y 1980.

La hija mayor de éste, la artista–pintora Francisca Sutil Servoin, recuerda su adolescencia en Zapallar, entre 1965 y 1973, como una de las épocas más entrañables de su vida. Llegaba en diciembre y regresaba a Santiago en marzo. Su día partía en la mañana cuando bajaba caminando a la playa. En esos tiempos, el único peligro y prohibición era acercarse a las rocas oscuras (llenas de algas y resbalosas).

En la playa se instalaba en su vela, un pedazo de lona que se asemejaba a las velas de navegación, que hacía de quitasol. Como conocía a todo el mundo, se pasaba de vela en vela, conversando. No había teléfono, así que ésa era la instancia para organizarse y armar los panoramas.

La playa de Zapallar está dividida por una roca. Francisca se instalaba en el lado que quedaba debajo del César, que hasta hoy sigue siendo el más concurrido y chic. En ese sector, la ola que rompe en la playa es más corta y es más fácil nadar. "El otro lado era más solitario y generalmente se instalaban las mamás con niños muy chicos", recuerda.

A la una, bajaban las empleadas con canastos con picnic para las madres y se llevaban a los niños a almorzar a la casa.

Hoy los picnic en la playa están absolutamente prohibidos. Francisca lo celebra. "Qué bueno que así sea, porque hoy la gente lleva botellas y las cosas envueltas en plástico, que luego dejan botado ahí", agrega.

Para esta artista plástica, la estética siempre fue una característica de la vida zapallarina, desde la belleza de la gente, hasta la presentación del picnic. "Zapallar era un lugar esteta, la playa tenía gente, pero había mucho espacio. Los niños no gritaban ni tiraban arena. Los quitasoles no eran de plástico ni decían Kent. Era muy placentero", recuerda.

Después de pasar el día en la playa (no eran tiempos de agujeros en la capa de ozono), partía a ver la puesta de sol al sector de Mar Bravo y a comer un pastel al Gran Hotel. Luego a la casa a comer y a veces volvía de noche al César a jugar cacho hasta las doce.

Los más adultos tenían más vida nocturna, especialmente en los bailes y conciertos de ópera que se organizaban en el Gran Hotel. En esa época, en que se escuchaba a Frank Sinatra con fervor, Mario Matta, mueblista, hermano del pintor, era el playboy de la zona. "Sus fiestas eran las más esperadas y el tema de conversación en la playa era quién fue invitado y a quién dejó fuera", recuerda Adriana Letelier de Ovalle, tercera generación en el balneario (y le siguen tres más).

Cuando chica, Adriana Letelier, junto a las hermanas Vicuña Ureta se quedaba en Zapallar desde diciembre hasta Pascua de Resurrección. La única condición que ponían las Monjas Francesas, su colegio en Santiago, era que acudieran a la Escuela Parroquial de Zapallar durante las semanas perdidas. Experiencia como ésas marcaron la relación entre la gente del pueblo y los veraneantes más antiguos, que Letelier describe como "una gran familia". Todos se saludan por el nombre cuando se cruzan en las calles.

La rebelión del bikini

No es la primera vez que en Zapallar los curas levantan polémica. Una de las más recordadas es cuando en 1967, el obispo de Valparaíso, Emilio Tagle Covarrubias, prohibió, bajo amenaza de excomunión, que las mujeres católicas de su diócesis se asomaran a las playas con bikini, por considerarlo inmoral. Zapallar siempre fue un balneario vanguardista, así que la prohibición no se cumplió y el traje baño de dos piezas fue un must entre las mujeres más encopetadas. Una de las más recordadas es Marta Montt Balmaceda, quien dejaba boquiabiertos a los presentes con su escultural figura dentro de un bikini blanco. "La Marta era la única que tenía permiso del padre Antonio Zanoletti (párroco de Zapallar) para usar bikini porque era muy estética, pero las charchas no las soportaba", recuerda entre risas Adriana Letelier.

Zapallar ha ocupado muy pocas veces la crónica de los diarios. Sin embargo varias de sus pequeñas historias se han relatado en las Cartas al Director de El Mercurio, generalmente por peleas entre veraneantes y afuerinos. Una, enviada por Adelina Casanova Vicuña, en abril de 1964, habla de la intención de un acaudalado empresario textil de comprar el Gran Hotel para donarlo como lugar de veraneo para el sindicato de su empresa. Esto en represalia porque su auto fue embadurnado por hijos de veraneantes.

"Cierta estoy de que los propietarios tradicionales de las casas de veraneo de Zapallar, por lo general modestas, estarán encantados con estas visitas populares que se anuncian. Los preferimos con mucho gusto a las de aquellos otros que llegan con gestos insolentes, creyendo comprar lo que no se vende", versa la carta. El hotel no se vendió.

La más reciente de las luchas de los vecinos fue en 2003, en contra del proyecto inmobiliario del RN Sebastián Piñera, en el cerro El Boldo en una zona de bosque nativo. Debido al rechazo de los vecinos, el entonces alcalde RN, Federico Ringeling, llamó a plebiscito para votar por la protección de los bosques, lo cual fue aprobado por amplia mayoría, sepultando el proyecto de Piñera.

Es precisamente el boom inmobiliario el que tiene desvelados a los vecinos, que temen que la presión ceda, y Zapallar se convierta en un balneario de cemento, en un lugar anónimo, donde nadie se conoce.

Edgardo von Schroeders, zapallarino desde la cuna y nieto del almirante Edgardo von Schroeders, fundador del club de Golf de Cachagua, añora el ambiente de vida campestre, donde la gente trata de no molestar y de no notarse. "Ojalá la gente que llegue a este lugar tenga ganas de preservarlo y esto no se convierta en Reñaca".

Para Von Schroeders, un hecho que marcó el antes y después fue la construcción de unos edificios frente a la playa, que junto a unos departamentos a la salida de Zapallar, son los únicos del balneario. "Fue una cosa muy sutil, pero éste era un lugar de casas y cambió. Alguien comenzó a vender algo, a hacer un negocio", recuerda.

Hoy, Zapallar es el balneario con mayor demanda y precio por metro cuadrado del país. Según el corredor de propiedades, José Tomás Sáenz, se venden casas entre cuarenta y mil millones de pesos. Existen unos 800 sitios en venta, si es que se consideran los loteos de Costa Cachagua hasta Zapallar Norte. No obstante este explosivo crecimiento, Ringeling no cree que el balneario vaya a decaer ya que el plano regulador, que es muy estricto, tiene una de las densidades por metro cuadrado más bajas de Chile.

"Zapallar es un destino de moda. Todo el mundo tiene el derecho a llegar, pero a veces no comprenden el espíritu original que es que siendo la gente que venía para acá muy destacada, también era de una sencillez que uno no ve ahora. Pero es un problema de los tiempos, no de Zapallar", dice el ex edil.

Entre algunos ilustres habitantes, los recién llegados se conocen como los "742", por la numeración telefónica, ya que los teléfonos de los residentes más antiguos comienzan con 741. "Los 741 somos los ricos arruinados. Los 742 son gente de mucha plata que construye casas modernas o del estilo que esté de moda en el momento", comenta una residente.

Zapallar quiere seguir siendo un pueblo chico, con polémicas de infierno grande.

En internet: vea más fotos de zapallar en www.elsabado.emol.com


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