Domingo 15 de Septiembre de 2002
AMÉRICA LATINA. La lucha por su independencia:
Bolívar y compañía
El libro de Robert Harvey sobre la lucha por la independencia en América Latina (1810-1830) se centra en las biografías de los libertadores principales: Bolívar, Francisco de Miranda, José de San Martín, Bernardo O'Higgins, Agustín de Iturbide, el emperador Pedro I de Brasil y Lord Cochrane.
SIMON COLLIER. London Review of Books
Dentro de ocho años se llevará a cabo una extensa rueda de espectaculares celebraciones en América Latina, a medida que sus diversas naciones celebren los bicentenarios de su independencia de los imperios español y portugués. El ciclo comenzará en 2010, doscientos años después de haberse disparado los primeros tiros en las guerras hispanoamericanas de independencia en la sombría altiplanicie de lo que es actualmente Bolivia. Finalizará en 2025, con el bicentenario del fin de las guerras y la independencia de Bolivia. El espléndido libro de Robert Harvey nos brinda una narración a gran escala de esta lucha por la independencia. Es difícil pensar en algún intento comparable que abarque toda esta extensa historia con tan vívido detalle. Naturalmente, partes de ella han sido bien expuestas con anterioridad: existen algunos relatos grandiosos y detallados de historiadores latinoamericanos del siglo XIX, y hubo bastante trabajo de investigación acuciosa en el siglo XX. Pero nadie en los últimos tiempos, al menos que yo pueda recordar, se ha abocado al tema del modo que lo ha hecho Harvey, como un drama de proporciones épicas.
En los años 1810 y 1820, Simón Bolívar y otros "patriotas" latinoamericanos eran nombres familiares en Europa y en los recientes Estados Unidos. En Italia en 1821, Lord Byron bautizó a su yate recién construido con el nombre de Bolívar, dominando el impulso de ponerle el nombre de su amante, Teresa Guiccioli. Byron incluso pensó (brevemente) en emigrar a Venezuela, por ser el "país de Bolívar". (Resulta difícil imaginarlo allá.) En los Estados Unidos, a medida que la colonización se iba extendiendo por el continente, nuevos poblados adquirían el nombre de Bolívar, invariablemente mal acentuados como Bólivar.
Las guerras de independencia se libraron en un territorio inmenso y a menudo inhóspito, y lo fueron, para peor de males, por muchos ejércitos diferentes liderados por una cantidad asombrosa de generales. En Sudamérica, el escenario de las batallas más feroces, había dos teatros de guerra separados, uno en el norte (la arena de Bolívar) y otro en el sur (Argentina y Chile), pero en cada uno de ellos la línea general de acontecimientos se vio complicada por numerosas corrientes cruzadas. Harvey logra sortear con gran éxito todos estos problemas, anclando su narración en las biografías de los siete principales actores en el drama: Bolívar, el Libertador por excelencia; su antecesor, el "Precursor" venezolano (e incansable complotador contra el imperio español), Francisco de Miranda; José de San Martín, el general argentino; Bernardo O'Higgins, el héroe nacional chileno; Agustín de Iturbide, el mexicano; el emperador Pedro I de Brasil, y, finalmente, el almirante Lord Thomas Cochrane, el sorprendente rebelde escocés que desempeñó un papel clave en la liberación del Perú y en la consolidación de la independencia brasileña. No estaba de moda a fines del siglo XX considerar a la historia en términos de sus grandes hombres. Sin embargo, por sofisticada que sea nuestra visión de las estructuras sociales y procesos económicos subyacentes - las "grandes fuerzas impersonales" de T.S. Eliot- siempre queda la sospecha de que los líderes políticos y militares sí son determinantes. Bolívar ciertamente creía que "causas individuales", como escribió en 1815, "pueden producir resultados generales, sobre todo en las revoluciones". Sea como fuere, los héroes de la independencia latinoamericana merecen plenamente ser reinstaurados como los importantes actores que fueron en una época de la "revolución democrática" que abarcó a todo el mundo occidental desde los años 1770 hasta los años 1820.
Bolívar
De los siete libertadores de Harvey, ninguno es tan notable como Bolívar. Él era la encarnación de un héroe "byroniano", el hombre de acción que Byron siempre deseó ser (y que trató de ser hacia el fin de su vida cuando vistió su uniforme rojo en Missolonghi). Bolívar es probablemente el único de los siete cuyo nombre es más que algo vagamente familiar hoy en día fuera de la América Latina, y Harvey cae claramente bajo su hechizo. Nacido en una de las familias criollas más antiguas y ricas de la Venezuela colonial, conocidas como "familias mantuanas" (por las largas mantas blancas que usaban las mujeres), fue uno de los pocos privilegiados que podían darse el lujo de viajar a Europa en su juventud. En París en 1804, le deslumbró el espectáculo de la coronación de Napoleón y ansiaba semejante gloria. Un tutor excéntrico, discípulo de Rousseau, lo ganó a la causa de los ideales revolucionarios. Nada de lo anterior habría influido en lo más mínimo sin la crisis imperial española, que le dio la oportunidad a Bolívar. De regreso en Sudamérica, pronto se vio envuelto en una guerra civil salvaje, que se había desencadenado en Venezuela y en la mayoría de las demás colonias hispanas, entre los "patriotas" y los "realistas" pro-españoles. Fernando VII, de vuelta en su trono en 1814 (después de haber estropeado a fondo el castillo del Loira donde Napoleón lo había exiliado), reprimió brutalmente el surgimiento del liberalismo en España y pagó la lealtad de los criollos en América enviando tropas para aplastar los movimientos de independencia que recién comenzaban y aún eran frágiles. El problema se debía resolver en todos lados con la fuerza de las armas.
"Mi elemento es la guerra", observó Bolívar en una ocasión. Su energía era sorprendente. Realizaba campañas recorriendo miles de kilómetros montado a caballo (sus soldados lo apodaron "culo de hierro"), pero jamás parecía muy cansado. Dictaba sus órdenes y decretos donde quiera que colgara su hamaca. Siempre lograba pasarlo bien: bailaba bien y rara vez le faltaban compañeras de baile o amantes. (Viudo a los 19 años, nunca se volvió a casar.) La amante más duradera, Manuela Sáenz, descubrió que el Libertador era mucho más interesante que su marido, un médico inglés. Como general, fue totalmente autodidacta. La descripción minuciosa que hace Harvey de sus campañas, sobre todo de las primeras, revelan errores, confusiones, decisiones tácticas poco acertadas, derrotas y reveses desastrosos. Sin embargo, Bolívar era indómito. "Siempre grande, fue más grande en la adversidad", así pensaba Daniel O'Leary, su edecán irlandés. Sabía (o lo aprendió de algún modo) cuándo valía la pena ser audaz o cuándo se presentaba alguna oportunidad de que valiera la pena. En 1819, decidió esquivar la principal concentración de fuerzas españolas en Venezuela y liberar a la vecina región de Nueva Granada (la actual Colombia), menos defendida, antes de regresar para acabar con los realistas en Venezuela. Fue una jugada sorprendente que significó una penosa marcha de cuatro meses a través de pantanos y alturas de 4.000 metros en los Andes, pero funcionó. Su mayor golpe de suerte fue la inesperada revolución liberal en España en 1820, que interrumpió el proyecto absolutista de Fernando VII. Un gran ejército español a punto de zarpar con destino a Sudamérica se detuvo. Esto puso fuera de disputa la libertad del norte de Sudamérica y le permitió a Bolívar cambiar su campo de operaciones a Perú, donde él y su lugarteniente favorito, Antonio José de Sucre, ganaron las batallas finales de las guerras de independencia en 1824-25.
De acuerdo a estándares napoleónicos, los ejércitos conducidos por Bolívar (y los demás libertadores) eran relativamente pequeños. Había alrededor de ocho mil soldados patriotas (y ésta fue una de las mayores fuerzas) para la última batalla importante en que participó Bolívar, en Junín en agosto de 1824 - una acción de caballería sin tiros, librada a más de 4.000 metros- . Los soldados eran una mezcla heterogénea y estaban generalmente mal vestidos, reclutados (en ocasiones a la fuerza) de las calles de la ciudad, desde campesinos y peones a vaqueros de los llanos venezolanos, e incluso (en el Ejército de los Andes de San Martín) esclavos que obtenían la libertad a cambio de su enrolamiento. La deserción era común, tanto en el ejército patriota como en el español. Sin embargo, la causa patriótica se vio fortalecida por varios miles de voluntarios extranjeros, incluyendo importantes contingentes de Gran Bretaña e Irlanda. Algunos eran veteranos de las Guerras Napoleónicas, ansiosos de encontrar otro teatro de batalla. Muchos fueron, sin duda, simples aventureros, pero no se les puede catalogar realmente como mercenarios. La Legión Británica desempeñó un papel importante en varias batallas de Bolívar; fue un capitán George Brown quien izó el estandarte patriótico sobre las líneas españolas tras la victoria de Sucre en Ayacucho en diciembre de 1824, la batalla que selló la independencia. A Bolívar le agradaban sus oficiales británicos: una "Union Jack" (bandera británica) llama la atención en el fresco que adorna el Panteón en Caracas donde reposan sus restos actualmente.
Aparte de su genio militar, Bolívar era, a su modo, un gran pensador político, y expresaba sus ideas en una prosa lúcida que sigue siendo un placer de leer. Un admirador de la antigua Roma y de Gran Bretaña insistía en la necesidad de una autoridad ejecutiva fuerte (pero estrictamente constitucional) para conducir a Hispanoamérica (con sus castas conscientes de sí mismas, sus sociedades multiétnicas, su pobreza y analfabetismo omnipresentes, y la inmersión en las tradiciones autoritarias del imperio español) hacia un futuro más liberal. Estaba convencido asimismo de que la fragmentación del imperio en pequeñas y frágiles naciones-estados pondría a Hispanoamérica en una posición de desventaja en sus tratos con los Grandes Poderes predatorios de Europa o de aquel futuro gigante, los Estados Unidos. Su instinto fue el de agrupar a las nuevas naciones-estados en grandes unidades políticas como la de su propia república colombiana de corta vida (Venezuela, la actual Colombia y Ecuador) y, en lo posible, unirlas a todas en una confederación permanente y potencialmente poderosa - tal vez bajo protectorado británico, aunque eso nunca estuvo ni remotamente en el programa.
Las recetas políticas de Bolívar eran sumamente sensatas, pero cayeron sobre oídos sordos. En muchas partes de América Latina, las siguientes décadas fueron increíblemente lúgubres. Por cierto, su visión de una Hispanoamérica unida, libre y próspera está aún lejos de realizarse a casi dos siglos de distancia. Cuando murió en diciembre de 1830, a los 47 años, destruido por la tuberculosis, desilusionado y sin un centavo, podía prever lo que se aproximaba: no las instituciones estables con las que había soñado, sino dictaduras mezquinas, hombres a caballo, la tradición caudillista que tendría tanta influencia en Hispanoamérica. Irónicamente, el único país de habla hispana que logró personificar (a su modo) su ideal de un poder ejecutivo fuerte, pero constitucional, fue Chile, donde él no ejerció prácticamente ninguna influencia. Peor aún, con la desintegración de su amada república colombiana en tres naciones separadas unos meses antes de su muerte, también pudo ver claramente que sus temores para el futuro tenían una base firme y que la fragmentación era irreversible. Mirando retrospectivamente, no es difícil ver por qué. En parte, la culpa se debió a la geografía. Las elites terratenientes que gobernaban las nuevas repúblicas y que gozaban de un predominio irrestricto en sus lugares aislados no veían nada ventajoso en los planes visionarios de Bolívar que podrían haber restringido su propio control local.
En el Sur
Los 15 capítulos de Harvey sobre Bolívar podrían considerarse con toda propiedad como una buena biografía. Pero las campañas del Libertador desde el este de Venezuela hasta el altiplano peruano (un viaje extenuante incluso hoy en día) no son toda la historia. Harvey rápidamente prosigue al segundo gran teatro de guerra en el sur de Sudamérica, donde las biografías de tres más de sus libertadores - San Martín, O'Higgins y Cochrane- están muy relacionadas. San Martín fue la contraparte de Bolívar en el sur. Un soldado profesional de regreso de las guerras en España, un hombre lento pero perseverante, concibió y llevó a cabo el primer asalto al tenazmente realista virreinato del Perú, sin cuya captura la independencia de Sudamérica hubiera seguido viéndose amenazada. (Los criollos peruanos no deseaban ser liberados, pero eso no tenía ninguna importancia). Su amigo y aliado chileno, O'Higgins, hijo de un virrey irlandés del Perú, era "honrado, de buen corazón, franco y confiado", o así lo describió el edecán inglés de San Martín, William Miller. San Martín comenzó expulsando a los españoles de Chile, conduciendo a su ejército desde Argentina en un cruce épico de los Andes, dos años antes que Bolívar efectuara el suyo. El nuevo gobierno chileno de O'Higgins, al organizar el ataque al Perú, contrató con entusiasmo a Lord Cochrane, quien estaba a punto de abandonar Inglaterra bajo una nube de suspicacias tras un período en prisión por un famoso fraude en la Bolsa de Comercio. "¡Ataca siempre!", le había aconsejado Nelson en una ocasión, y siempre lo hizo así. Sus campañas navales fueron una combinación de audacia y de simulacros sorprendentes. Cochrane nunca disimuló mucho
su gran interés en el botín, pero nuevamente, no se le puede considerar un mercenario. Como almirante de la pequeña armada de Chile, obtuvo el control de las costas y abrió el
camino para la invasión de San Martín al Perú.
Fue en este punto donde comenzaron a intersectarse los movimientos de liberación del sur y del norte. En julio de 1822, San Martín viajó al norte para reunirse con Bolívar en el húmedo puerto ecuatoriano de Guayaquil. No congeniaron. Ni siquiera lograron llegar a un acuerdo respecto de la estrategia a seguir para derrotar a los poderosos ejércitos españoles que aún se hallaban en el interior de Perú. San Martín fue el primero en ceder. Su abrupto retiro a la vida privada, que le permitió a Bolívar quedarse con prácticamente todo el crédito por la independencia del Perú, a menudo ha sido considerado (sobre todo en Argentina) como algo que lo califica para algo cercano a la santidad. Tal vez estaba simplemente cansado. Harvey lo sigue a su solitario pero no del todo desdichado exilio en Europa y a su muerte en 1850 en un departamento en Boulogne, donde actualmente se yergue una estatua de él (un poco mohosa la última vez que la vi) sobre la avenida al lado de la playa.
México y Brasil
Los capítulos de Harvey sobre México y Brasil forman un elegante broche a la narración principal. Ambos países siguieron caminos poco comunes hacia la independencia. Harvey describe a su actor mexicano seleccionado, Iturbide, como al "antilibertador, un engorro, el hombre ... al que los mexicanos prefieren no considerar como fundador de su nación". Prefieren ir más atrás a los primeros sacerdotes insurgentes, el padre Hidalgo y el padre Morelos. Sin embargo, la rebelión de los sacerdotes tenía grandes visos de guerra de clases, atemorizando a la elite criolla mexicana para continuar aceptando el dominio español. El movimiento independentista, cuando llegó (en 1821), en gran medida bajo el liderazgo hábil, aunque oportunista, de Iturbide, fue en cierto modo una reacción conservadora contra la revolución liberal en España que tanto ayudara a Bolívar. A Iturbide, quien definitivamente no fue un héroe byroniano, le habría agradado negociar una asociación entre México y España, con un príncipe Borbón en el trono mexicano. El obtuso Fernando VII, como era de esperar, no quiso saber nada al respecto. Iturbide simplemente declaró la independencia y se apoderó del poder, proclamándose emperador. Como Bolívar lo había comprendido intuitivamente, ningún criollo se podía convertir en un verdadero emperador. Iturbide duró diez meses antes de ser expulsado y México se convirtió en una república al verdadero modo hispanoamericano.
Brasil sí consiguió a un verdadero emperador, a un príncipe de la dinastía Braganza. Gracias a él (y al acorralamiento por Cochrane de sus provincias del norte), el inmenso país continuó unido. Esta fue la historia más sencilla de todas, sin prácticamente ningún derramamiento de sangre. Una vez más, fue Napoleón quien dio el primer empujón. Cuando sus ejércitos entraron en Lisboa en 1807, toda la corte portuguesa (diez mil personas en cuarenta barcos) huyó a Brasil, escoltada por la Armada Real. Río de Janeiro repentinamente se convirtió en el centro del imperio portugués. Cuando el rey Joao VI regresó a Portugal en 1821, su heredero, el príncipe Pedro, permaneció en Brasil como regente, alentado con discreción por su padre a ocuparse de cualquier movimiento independentista que pudiera presentarse. Fue el mismo Pedro, el único "libertador real", quien lanzó el grito de "¡Independencia o muerte!" en las riberas del Ipiranga, un pequeño arroyo cercano a (y actualmente dentro de) la ciudad de Sao Paulo. Dos meses después, inauguró la única monarquía poscolonial en forma del hemisferio occidental, cuando fue coronado como emperador Pedro I "por voluntad de Dios y la aclamación unánime del pueblo". El pueblo (casi la mitad eran esclavos en 1822) no tenía mucho que hacer allí. Pedro era en muchos aspectos una figura atractiva, aunque su apetito sexual era aún más voraz que el de Bolívar. "La moral de Brasil llega a los niveles más bajos que se pueda imaginar", informó en 1824 un visitante inglés de la corte de Pedro. El emperador, escribió, "hace competencias con otros para ver quién lo tiene más largo". Al final, Pedro se cansó de las disputas con los políticos y en 1831 renunció a su trono y regresó a Portugal, dejándole Brasil a su joven hijo, Pedro II, quien reinó feliz para siempre. O casi siempre: los republicanos brasileños no lo destituyeron hasta 1889.
Traducción Paula Reynal
En internet
Esta es una versión ligeramente editada del artículo aparecido en London Review of Books.
Puede consultarse el sitio de la publicación en: www.lrb.co.uk
FICHA
ROBERT HARVEY
"LOS LIBERTADORES"
Trad. Carmen Aguilar
Ed. RBA-Océano, Barcelona,
2002, 572 págs.
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