ARTES Y LETRAS

Domingo 3 de Febrero de 2008

Publicación A 160 años de las primeras migraciones de chilenos
Fiebre del oro: cuando Chile le enseñó a Estados Unidos

"Los chilenos en el Gold Rush de California", se titula el trabajo realizado para el consulado chileno en San Francisco por el economista e historiador Carlos López Urrutia, cuando se cumplen 160 años de las primeras migraciones de chilenos hacia California, tentados por la fiebre del oro. Una epopeya que no siempre acabó bien, pero que conserva en San Francisco huellas de algunas familias ya arraigadas.

Matías Bakit y Moisés Ávila

Suele pasar, al comparar Chile con Estados Unidos, que nuestro país lleva todas las de perder. De hecho, ¿qué nación en su sano juicio querría buscar similitudes y diferencias con la única superpotencia mundial? Sólo pensar en superar en algo al país del Tío Sam, hoy por hoy, parece una quimera.

Pero, en el siglo XIX la cosa fue muy distinta, cuando miles de mineros chilenos llegaron a California en busca de oro y terminaron transformándose en auténticos profesores del, en ese tiempo, inexperto Estado. Y además, mientras esto pasaba, los productos agrícolas nacionales garantizaban la supervivencia de las misiones.

Todo esto es parte de "Los chilenos en el Gold Rush de California", trabajo realizado para el consulado chileno en San Francisco, por el economista e historiador Carlos López Urrutia, justo cuando se cumplen 160 años de las primeras migraciones de chilenos hacia California, tentados por la fiebre del oro.

Cortesanas con calle

Según narra López, la noticia del descubrimiento del oro en California llegó a Chile en agosto de 1848, cuando dos embarcaciones norteamericanas anclaron en Valparaíso, en ese tiempo escala obligada del comercio naviero.

Los primeros en viajar fueron los comerciantes extranjeros en los puertos, quienes, en general, estaban casados con chilenas que serían las pioneras en California. Luego, ese año y durante la primera mitad de 1849, vino el gran éxodo, la verdadera fiebre del oro chilena. Miles de personas, más de seis mil según el autor, se lanzaron a la aventura. Primero fueron los mineros, quienes gastaron todos sus ahorros pensando en que a la vuelta serían millonarios. Otros viajaron como camareros, marinos y músicos, cambiando de rubro una y otra vez con el objetivo de llegar a la tierra prometida. Finalmente, también viajaron representantes de otras profesiones. "Había de todo. Principalmente prostitutas de Valparaíso y Talcahuano, pero también carpinteros, artistas y 'cuida putas', que allá eran llamados los 'cabrones'".

De todos ellos, las prostitutas fueron, en un principio, famosas y exitosas. Incluso hoy, en San Francisco, se pueden encontrar calles con nombres de cortesanas chilenas, como por ejemplo Clementina Street. Algunas otras destacadas eran Rosario Améstica, que regentaba el burdel más exitoso de la zona y Felice Álvarez, cuyos favores provocaron varias riñas monumentales entre los comerciantes de la época.

Los chilenos fueron prácticamente los primeros colonos en llegar a California y, como tales, su aporte fue crucial en el desarrollo de la zona. Y eso se nota aún hoy, pues no es raro encontrarse en California con plazas y calles llamadas Valparaíso. Hay, incluso, algunas zonas en las que es muy popular el pisco, producto que llevaban chilenos ricos, como Vicente Pérez Rosales.

Quienes más aportaron al desarrollo de la zona fueron los mineros. Literalmente, se transformaron en los maestros de los norteamericanos a la hora de extraer oro, imponiendo con éxito diversas técnicas que fueron la base de la industria minera norteamericana en el oeste. Por ejemplo, muy popular era el llamado "chilemill", que no es otra cosa que el trapiche chileno, ruedas de piedra giradas por un animal que se usaban para despedazar el mineral. Asimismo, el instrumento más popular para limpiar las grietas de las rocas era un cuchillo grande y afilado: el corvo.

Este éxito, sin embargo, duro muy poco tiempo. Los gastos, los impuestos, las riñas y la llegada de los mexicanos hizo que los mineros chilenos, en su mayoría con los bolsillos vacíos, volviera al país en 1851.

"Little Chile" contra los "galgos"

Carlos López cuenta en su escrito que, pese a los sueños de riquezas de los chilenos, la mayoría vivía en malas condiciones en la ciudad de San Francisco. La descripción del libro es lapidaria: "Calles llenas de barro, falta de alojamiento, juegos de azar, violencia, falta de mujeres y personajes estrafalarios era lo que caracterizaba a los barrios chilenos. Samuel Price, uno de los primeros en llegar, actuaba como líder, pues no había cónsul". El lugar, que era limitado por las actuales calles Montgomery, Pacific, Jackson y Kearney, era conocido como "Little Chile" o "Chilecito". Actualmente es parte del barrio chino y hay una placa que recuerda los tiempos en que en la calle se hablaba español.

Pero los chilenos no sólo debían luchar contra las malas condiciones, sino con grupos organizados contra su presencia, como los "galgos", grupos paramilitares de ex convictos de Estados Unidos y Australia. Cierto día estas bandas decidieron acusar a los habitantes de "Little Chile" de haberse apropiado de la ciudad, provocando una serie de asaltos a las tiendas de los residentes, siempre bajo la consigna de "muerte a los chilenos". La situación, finalmente, fue controlada pero muchos comerciantes perdieron todo.

En las minas, los trabajadores enfrentaban los mismos problemas. Famoso es el episodio de la Guerra de las Calaveras o "The Chilean War", en 1849, en la que un grupo de mineros chilenos fue atacado por obreros de Iowa que querían tomar posesión de los yacimientos de la zona. Muchos de los trabajadores fueron arrestados y fusilados. El lugar hoy es conocido como "Chile Gulch" y un monolito recuerda los hechos.

Descendientes no hablan español

López cuenta que, en un principio, los chilenos que llegaron a California "constituyeron un grupo unido y homogéneo". Incluso, en su investigación histórica cuenta que para la guerra del año 1865 contra España, surgieron en Estados Unidos una serie de "Clubes Patrióticos Chilenos".

Pero, a medida que pasaron los años, las chilenas se fueron casando con ciudadanos estadounidenses y la colonia se integró. Hoy en día, es muy difícil rastrear las raíces chilenas de las familias que se formaron y consolidaron allá. Algunas de las pocas que quedan son las familias Eyre, Miller, Hubbard, Page y Atherton. Ninguna de ellas habla la lengua española, y es poco o casi nada lo que conocen de sus antepasados.

Ned Eyre, por ejemplo, tiene 80 años y vive en San Francisco. Él es descendiente de aquel grupo de americanos que tenía negocios en Valparaíso y eran exportadores. Decidieron viajar a California en 1835 para abrir negocios allá. Cuando la fiebre del oro inició y sus productos quedaron más cerca de los trabajadores mineros, en establecimientos a manera de sucursales, el negocio fue viento en popa.

Sus antepasados relacionados con el Gold Rush vienen por el lado paterno. El empresario americano Foxen Dean Atherton y la dama chilena Dominga Goñi, esta última descendiente de Anacleto Goñi, famoso vicealmirante de la armada chilena, de cuya raíz también proviene el actual ministro de Defensa, José Goñi. Cuando Ned se enteró de la coincidencia, le causó gracia que, estando tan lejos, pueda tener un primo secretario de Estado en Sudamérica.

Eyre, quien sólo habla inglés, cuenta que su familia vivió bien y logró grandes ingresos económicos producto de sus negocios. "Traían desde Chile todo tipo de elementos que se necesitaran: trigo, harina, etc.", precisa. Se dedicaron al negocio hasta 1860. Algunos de sus descendientes volvieron a Chile, y otros se quedaron en Estados Unidos. Sin embargo, las raíces latinas se fueron perdiendo en el camino.

Eyre también tuvo parientes estadounidenses que estuvieron dedicados a la búsqueda del oro durante ese período, pero dice que no les fue para nada bien, y que terminaron enlistándose para participar en la guerra civil del año 1861, conflicto en el que alcanzaron a figurar como destacados militares.

Pero, de aquellos chilenos de ñeque, que cargaron la picota al hombro y dieron cátedra a los incipientes mineros norteamericanos de mediados del siglo diecinueve, es poco el rastro que nos queda. Los que hicieron dinero, se lo gastaron o lo despilfarraron y, los que no, fallecieron sin fortuna ni legado económico.

EL AUTOR

Carlos López Urrutia nació en 1932 en Concepción. Años después se mudó a Estados Unidos con su familia. Se tituló de economista en la Universidad de Santa Clara, la misma institución donde cursó un magíster en historia. En 2004, fue nombrado rector de la Universidad de Menlo y desde 1973 se desempeña como agente consular honorario en San Francisco. Entre los libros que ha publicado destacan: "Chileans in California" (1974), "Chile, a Brief Naval History" (1999) y "El Huáscar: Una Historia Compartida, Lima" (2006).

Otros libros sobre el tema: Enrique Bunster

Carlos López Urrutia no es el único autor que ha investigado acerca de los chilenos en California en la época de la Fiebre del Oro. Otros que se han referido al tema son, por ejemplo, Roberto Hernández, quien escribió "Los chilenos en San Francisco de California", y Enrique Bunster, autor de "Chilenos en California".

En este último libro, el autor hace uso de diversos artículos de prensa en el que se explicaba la relación entre los chilenos y los norteamericanos. Por ejemplo, el diario "El Comercio" de Lima decía: "Los yanquis, totalmente ignorantes de este trabajo, se veían burlados aunque cavasen una fosa. El chileno, con su ponchito y su daga al cinto, iba paso a paso, daba unos cuantos barretazos y ponía la tierra en su batea, la daba vueltas a la orilla del arroyo, embolsaba su onza de oro y se iba a comer su charqui...".

Cuenta también Bunster que "Marysville, un pueblecito, y Washington City, una pequeña ciudad, nacieron y crecieron por el esfuerzo de don José Manuel Ramírez y don Buenaventura Sánchez, ambos chilenos. Todos los nombres de las calles evocaban lugares y personajes de la patria del fundador: Valparaíso, Constitución, Cochrane, Waddington, Bulnes, Ossa, Blanco Encalada...".

El autor cuenta también la historia de Joaquín Murieta, de quien dice que era un honrado mozo de Quillota, que se transformó en un legendario bandido luego de presenciar los asesinatos de su hermano y su esposa.


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CHILENOS ASALTADOS
CHILENOS ASALTADOS "Los galgos", grupos paramilitares de ex convictos de Estados Unidos, acusaban a los chilenos de apropiarse de la ciudad.
Foto:El Mercurio


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