REVISTA DE LIBROS

Sábado 23 de Septiembre de 2000


René Silva Espejo y los Tics De los Chilenos

por Cecilia García Huidobro McA

EL paso del tiempo puede causar estragos en los escritos periodísticos. No cualquier crónica se libra de las arrugas de los años que terminan por marchitar temas y palabras. Algunas, en cambio, consiguen atrapar tal frescura que parecen escritas al borde de la deseada fuente de la eterna juventud. Esa es al menos la sensación que me ha dejado la relectura del libro Crónicas de Jr. (Editorial Zig-Zag, 1963), de René Silva Espejo.

Su nutrido currículum incluye haber sido Subsecretario de Educación, presidente del Colegio de Periodistas, miembro de la Academia Chilena de la Lengua, Premio Nacional de Periodismo, Doctor Honoris Causa de la Universidad de Chile... Pero tal vez la presentación que más le hace justicia es sencillamente la de periodista, profesión que ejerció durante casi cincuenta años, más de treinta de ellos en El Mercurio, del cual fue director entre 1963 y 1978.

Cualquier hecho, por intrascendente que parezca, le permite elaborar una observación atractiva, ingeniosa o sorprendente. La seducción comienza en el estilo y continúa por la agudeza del tema o la originalidad de su mirada. Confieso que lo que más me atrae es su humor, ese que Fernando Durán calificó como un mecanismo social mediante el cual la inteligencia corrige la estupidez y evita que el hombre se despeñe en el abismo de su inadvertencia.

En una oportunidad, Silva Espejo contó que a los 19 años su padre era guardiamarina. Durante la revolución de 1891 fue embarcado en una de las torpederas leales a Balmaceda. Fue así como en la rada de Caldera, el Comandante ordena al joven oficial: ¡Apunte bien, muchacho! El subalterno - contaba Silva- cumplió la orden: de un solo y certero torpedazo hundió al Blanco Encalada, a bordo del cual se hallaba Barros Luco, presidente de la Cámara de Diputados, quien se salvó tomado de la cola de una vaca. De ahí debe habérseme pegado algo la afición de disparar, concluía don René. Y así fue como desde las columnas del Día a día, Junior (quizás otra reminiscencia de su padre) hizo puntería sobre algunos de los inconfundibles rasgos de los chilenos, sobre todo sus debilidades y defectos, con una agudeza que no puede menos que sorprender por su vigencia.

Hinchazones o amnesia

Durante mucho tiempo Chile gozó de fama de país sobrio, casi frío en los rasgos del carácter. La posición austral, el aplastamiento que provocan las montañas y hasta el temor de caerse al mar en cualquier momento fueron algunas de las explicaciones de este rasgo psicológico (...). El hecho es que Chile pasa hoy por arranques tropicales, incapaz de mantener el sentido de las proporciones y dominado por los hinchas.

La palabra tiene raíces inflacionistas y suena en forma exagerada. Hinchar es llenar de aire un objeto vacío. Ser hincha equivale a convertirse en inflador de hechos, reputaciones y posibilidades.

Los hinchas abundan en el deporte y le impiden progresar. Cada vez que Chile descubre un campeón le atribuye tantos méritos y le vaticina tantos éxitos, que lo arruina. Le resulta imposible remontarse a las alturas que le asignan sus admiradores.

El equipo de fútbol que gana un partido es abrumado por los elogios hasta el punto de que en los siguientes no alcanza a ver la pelota con la embriaguez del éxito.

Supongo que cualquier semenjanza con la actualidad no es pura coincidencia. De cualquier modo, abandonados por el éxito, nuestros connacionales parecen haber desarrollado un curioso culto por el simulacro y la apariencia.

Entre las originalidades del chileno está la de repudiar todo aquello que tiene apariencia de sólido y legítimo (...). El arte de la construcción ofrece magníficos ejemplos de este gusto por el similor. Nuestra iglesia Catedral, que se sustenta sobre muros de piedra, fue integralmente revocada con yeso, hace años, para quitarle frialdad... En general, se ha tratado de evitar el uso de materiales pétreos en los edificios, para lo cual se recurre a imitarlos con cemento armado.

Pero donde el reemplazo del material noble por el feble alcanza su punto culminante es en la vida política. Con tesón se ha logrado sustraer de ella a la mayor parte de los elementos preparados, reservándolos para trabajos de carácter eminentemente particular. Notables financistas, profesionales de prestigio internacional, videntes del porvenir no tienen acceso a la vida política. En caso de aparecer un estadista, se realizan los esfuerzos adecuados para que no se manifieste en la esfera de los negocios públicos. A ella se llevan preferentemente personas sin opinión. Si tienen aire de misterio, el resultado es óptimo, porque así es posible ignorar por años lo que piensan.

La consecuencia no se deja esperar. Esa especie de vacío de opinión se trasluce en el lenguaje y se transmite a diario en el saludo que aguarda en cualquier esquina:

¿Cómo está usted?

Más o menos ¿Y usted?

Aquí estamos.

La identidad entre el verbo ser y el verbo estar no admite dudas. Aquí estamos, es decir, todavía somos.

Disparar por la culata

La calle puede esconder grandes peligros para sus transeúntes. Desde luego, Silva Espejo distingue a Don Honrado que tiene todo el tiempo del mundo para difundir sus cualidades: Se lo ve por la calle, tomado de la solapa de las personas, demostrando su línea inquebrantable. Usted me conoce y sabe que siempre he procedido bien (...). Es personaje típico de la vida chilena. Aparece a diario en la prensa haciendo la defensa de sus actuaciones anteriores. Demuestra por A más B que su conducta es irrepochable. Exhibe documentos, escritos, certificados de que todo está conforme a la ética y el derecho. Pero el énfasis de sus declaraciones deja siempre un margen de duda.

Quien logra escaparse de ese latero debe hacer frente a otros tropiezos humanos... A las dificultades ordinarias del tránsito en Santiago se suman en el barrio céntrico los tacos que se forman en torno a un charlatán de feria que expende su pomada de oso blanco o su desmanchador mágico a razón de seiscientas palabras por minuto (...).

Un observador que viniese de fuera se extrañaría de ver tales estorbos tolerados en una ciudad de calles angostas y aceras más estrechas todavía, y tendría tentaciones de averiguar el porqué de esa tolerancia. A primera vista uno mismo, que ha envejecido tropezando con esa institución nacional que está formada por las familias que se detienen a deliberar sobre sus compras en mitad de la acera, o se paran en las esquinas a contarse la última operación o el argumento de una película, y nos cierran la pasada...

Se pueden dar muchas explicaciones para tales conductas, y no falta quien haga con ella una teoría sociológica. Silva Espejo, en cambio, sostiene que todo podría sintetizarse en un artículo de invención criolla y que sólo existe en Chile: La Carabina de Ambrosio. Tiene todo el aspecto de un arma y no lo es. Posee gatillo, pero no dispara. Posee mira, pero de nada vale hacer la puntería con ella. Obra por presencia, como todas las armas que permanecen largos años en un rincón, bajo el supuesto de que servirán para algo en días de peligro.

Según todos los textos especializados, la carabina de Ambrosio fue inventada en Chile. Es la creación más típica de un pueblo acostumbrado a equivocar los instrumentos y a disparar por la culata. En cuanto a su nombre, es bien sabido que correspondió a un señor que estuvo muchos años preparándose para repeler salteos, y el día que llegaron a las casas de su fundo los bandidos enarboló la famosa arma y pereció sin disparar un tiro.

La carabina de Ambrosio se ha convertido en símbolo nacional de la imprevisión. El vivir siempre esperando que la solución sea dada por artefactos que carecen del mecanismo adecuado es el ideal del nativo.

Cuántas veces no hemos escuchado frente a las actuaciones de los hombres públicos: Son como la carabina de Ambrosio. Pero esto no ha desprestigiado a la carabina. Ella ha permanecido con la prestancia de siempre, en el rincón privilegiado de esta larga y angosta faja de tierra, abrigándose la seguridad de que en la próxima ocasión dispare y apunte.

El mismo rincón privilegiado en el que deberían estar estas crónicas de Junior, cuyos disparos, milagrosamente, no envejecen.


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