EDITORIAL

Martes 1 de Agosto de 2006

Recuerdos de Domingo

Destaca la generosidad de Domingo Santa María, su interesante conversación, en que nunca emitía un juicio negativo de nadie, lo que en el espacio de la política en que actuó no era lo usual.

JUAN ORREGO SALAS

Creo no haber conocido una persona más santa, y cuando se lo decía me contestaba sonriente que era posiblemente un concepto basado sólo en sus apellidos, Santa María Santa Cruz; en la calle en que había nacido, Agua Santa de Viña del Mar y, más encima, en que lo habían bautizado Domingo. Pero su vida transparente, generosa y modesta para hablar de sí mismo me lo confirmaba por encima de todos sus argumentos. Lo recuerdo desde su adolescencia escuchando las óperas de Wagner en las grabaciones precursoras de los LP que se interrumpían cada cuatro minutos y él comentaba con una mezcla de humor y emoción; humor por los interminables consejos que Wotan le daba a Brunhilda o el Rey Markes a Isolda, pero con la emoción que le producía la música o los dúos de amor de Shinglinda y Sigmundo y Tristán e Isolda.

Poco después de esto nos encontramos en la Universidad Católica, él estudiando ingeniería y yo, arquitectura. Desde su iniciación, él y varios de sus hermanos pertenecieron al coro que yo establecí y dirigí allí. Lo hicieron con el entusiasmo con que en esos años este conjunto de voces masculinas no sólo cantaba motetes de Victoria y Palestrina, corales de Bach y Haendel en las iglesias, sino que agregados a canciones universitarias y "spirituals" en sus programas de conciertos y las presentaciones que hizo en el Parque Providencia los días domingo por la mañana y en las escalinatas del Banco de Chile a mediodía. Con cierta frecuencia se realizaban giras de conciertos fuera de Santiago y después de los ensayos nocturnos se cantaban serenatas bajo el balcón de alguna "polola".

A la voz de Domingo se sumaron las de muchos universitarios de esa generación; las de Gabriel Valdés, Sergio Ossa, Teodoro Lowey, Javier Campos, Fernando Debesa, Pedro Mortheiru, William Thayer, René Eyheralde, quien se desempeñó como mi director asistente, hasta alcanzar la cincuentena que el conjunto tuvo en sus mejores momentos. Después éstas se dispersaron por el mundo de la política y el espacio de muchas profesiones y oficios.

Varias veces mi amigo Domingo me repitió que con esta actividad del coro se había emprendido el vuelo hacia la edad de oro en el desarrollo de la música en la Universidad Católica. Recordando su propio ejemplo, su entusiasmo, su deseo de perfeccionamiento, yo diría que el coro ya brillaba en su propia persona, en el tiempo que él cantaba como tenor.

La vida de Domingo se distinguió por dar. Dar como miembro de la Iglesia Católica, dar como servidor público ministro de Estado, prorrector universitario, embajador, presidente de banco. Dar como compañero y amigo.

En los años de nuestra residencia en Estados Unidos, Domingo nunca dejó de hacerse presente o estarlo en nuestros corazones, como hasta hoy en que ingresa a la vastedad del recuerdo y celebro su generosa vida.

La noche de nuestra primera partida de Chile desfiló con el coro cantando un "Wiegenlied", de Brahms, junto a la cuna de Juan Cristián, nuestro hijo mayor, de quien él y su mujer se hicieron después muy amigos. Domingo se hacía presente en los momentos en que podía servir o dar gusto; por ejemplo, de cuidar a Carmen, enferma de paperas, y al niño, en Long Island, para que yo pudiese asistir al estreno de mi "Cantata de Navidad" en Rochester; después de un viaje en avión con su amigo Jorge Schneider; en el matrimonio de nuestra hija Francisca en Bloomington; en París, en el trágico momento que compartiéramos de la muerte de su sobrino Pelayo; en los ensayos y premiére de mi oratorio "Los días de Dios" en el Kennedy Center; en Indianápolis, recolectando fondos para la Vicaría de la Solidaridad acompañado por el cardenal Silva Henríquez.

Rememorar todo esto representa destacar su generosidad, su estar siempre abierto para ayudar a otros, dispuesto a una liviana e interesante conversación y nunca emitir un juicio negativo de nadie, lo que en el espacio de la política en que actuó no era lo usual.

Cuando no estaba en Chile, se quejaba de no saber dónde estaban el sur, el norte, el este o el oeste. No tenía su cordillera ni el mar que lo ayudaran. Observó lo bello de la naturaleza en cualquier parte, hasta que su vista comenzó a oscurecerse y a mirar hacia el interior de su octogenaria existencia. Fue entonces cuando comenzó a desaparecérseme más allá de su presencia en los conciertos, de nuestras conversaciones, de los instantes de mis visitas a Chile, de la línea telefónica, e instalarse en el recuerdo, las visiones y la fantasía de una santidad que lo hacía sonreír...


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