REVISTA YA

Martes 23 de Abril de 2002


Marcela Serrano y Luis Maira: no podemos casarnos, no hay ley de divorcio

El embajador y su mujer, una de las escritoras latinoamericanas más leídas, dan esta entrevista exclusiva en su residencia de Ciudad de México. Tal como lo hacían en Chile, no comparten escritorio, dormitorio ni baño y lo único diferente es que allá tienen una sola cocina. La fórmula les ha dado resultado: llevan quince años de feliz convivencia. "Lucho no puede anularse, y mientras no exista ley de divorcio no podremos casarnos".
Texto Ana María Egert R., desde Ciudad de México
Fotografías Sergio Suárez, El Universal GDA

PRIMERO las fotografías de rigor, que a la escritora le cargan y al embajador no le hacen mella ("Lucho es más relajado que yo", dice ella). Igual la pareja aprovecha esos momentos para intercambiar novedades y algunos coqueteos. Después, cada uno parte a su escritorio para la entrevista. Son las reglas preestablecidas: juntos, pero con sus espacios personales bien separados.

El de Marcela Serrano figura en el cuarto piso de la residencia de los embajadores de Chile en Ciudad de México desde hace cinco años: una enorme casona de arquitectura mexicana moderna, con enormes espacios y mucha luz. "La elegimos y decoramos sencillamente con objetos de acá y mucho cuadro chileno para dar a conocer nuestra pintura. Es medio loca".

Antes de iniciar la conversación entra Anita, quien más que realizar las labores domésticas es la compañera chilena de Marcela, una especie de secretaria y ama de llaves. Trae té y agua mineral. Afuera deambulan los tres gatos de la familia y florecen los jacarandaes.

- ¿Preparas tu séptima novela o estás en reposo?

"¡Ojalá pudiera descansar! Después del Premio Planeta, que me entregaron en Barcelona el 16 de octubre, no he parado entre un viaje y otro, lo que significa que aún no puedo cerrar definitivamente el tema de mi último libro. Por lo tanto, imposible que me siente a escribir otra cosa".

Se lamenta: "Esta imposición de que el escritor debe promocionar lo que escribe me parece atroz. Una debe hablar en público aunque no le guste y salir en las fotos aunque no sea fotogénica. Y si en la escritura una se expone como desnuda en una plaza, mucho peor".

- Pero debes hacerlo y ha valido la pena...

"Bueno, ganarse el pan con la literatura es un privilegio. Una pasa por todos los up and down que implica escribir, que van de la angustia a la euforia".

Cuenta que a veces arrienda casa en algún "precioso" pueblo cercano, para mayor concentración. "No tengo que bajar a almorzar, atender teléfonos, recibir visitas ni repasarle las tareas a mi hija menor; quiebro todas las reglas cotidianas".

Para escribir "Lo que está en mi corazón", su última novela, aparte de investigar todo lo que pasaba en Chiapas, hizo otro tipo de escapada. "Me fui a San Cristóbal de las Casas, al mismo hotel del personaje e hice lo mismo que sale ahí".

- ¿Incluyendo la aventura con el galán italiano?

"Lamentablemente, no. Pero estaba lleno de extranjeros iguales que él buscando la utopía perdida", dice y ríe.

- ¿Qué de tuyo tiene esta protagonista? Pierde su niño y a ti te costó tener a tus hijas.

"Sí. Con Elisa y Margarita tuve que quedarme en cama varios meses para poder parirlas. Pero no se me murió la guagua como a ella. Lo encuentro tan terrible, que me niego a profundizar en ese dolor, lo mismo que ella en el libro".

Explica que salvo la primera de sus novelas, "Nosotras que nos queremos tanto", ambientada en tiempos de la Unidad Popular, la dictadura, el exilio y donde aparece incluso el campo familiar, las historias y personajes de sus otras novelas no son autobiográficas. Aunque, reconoce después, siempre tienen algo de sus vivencias.

Cuando su madre sufrió un derrame cerebral y tuvo afasia, la acompañó el primer año de su recuperación. Fruto de esa experiencia, escribió después "Para que no me olvides".

Pero no sólo en eso se relaciona su actividad literaria con la enfermedad de su mamá. De ella - Elisa Pérez- heredó su vocación: era novelista y firmaba como Elisa Serrana, por su marido (hoy fallecido), Horacio Serrano, quien escribía ensayos. Cada vez que viene a Chile, Marcela la visita en el campo familiar, donde vive rodeada de parientes y es visitada por tres de sus hijas: Sol, Margarita y Paula. Elena vive en Estados Unidos.

- Tu trampolín fue Luis Maira. Te lanzaste a la literatura a los 39 años, después de escribir cosas sueltas desde los 12...

"Sí. En 1989 él iba de candidato a senador por Concepción y perdió por culpa del sistema binominal. Me puse a escribir como loca para salir de la depresión. Lucho me animó y lo curioso es que él no se deprimió nada. Para que veas lo diferente que vivimos hombres y mujeres el mismo acontecimiento".

- Eso, ¿desde el enfoque feminista?

"Para mí, el feminismo sigue siendo mi forma de mirar la vida. Mi aspiración es que las grandes decisiones las tomemos todos y que todos tengamos los mismos espacios. Y aún no es así. Mira a los talibán. También en Occidente nos falta. Culturalmente en México hay machismo, pero su legislación es mil veces superior a la chilena en relación a la mujer. Aquí hay derecho a abortar en caso de violación".

Ella hace su aporte a la causa, desde la educación de sus hijas hasta sus novelas. "Lucho también es feminista y no sólo en la teoría, como muchos progresistas. Considera mi trabajo tan importante como el suyo y en la casa es un hombre muy autosuficiente".

- ¿No crees que muchos de nuestros problemas se deben a que somos más enrolladas?

"Eso es cultural y hay que cambiarlo. Mi papá, cuando se encontró con cinco hijas, nos educó como a hombres, a pelear de frente. Eso me ha ayudado, no sabes cuánto".

A los 22 se casó, dejó Arte en la Católica y acompañó cuatro años a su marido de ese tiempo. "Vendí mis cuadros, cuidé niños y me gané el pan como obrera". Ya retornada, anuló el matrimonio.

Acá trabajó primero en una galería de arte y luego en un centro de formación técnica, hoy Universidad Vicente Pérez Rosales, de la que forma parte del directorio. Con su segunda pareja, un poeta, no se casó y tuvo a su primera hija, Elisa. Convivieron ocho años.

- ¿Cómo conociste a Lucho?

"La primera vez que entré a un banco, después del golpe, vi un letrero con la foto de los diez más buscados de Chile y él estaba entre ellos. Pero lo conocí mucho después, en el '83, cuando obtuvo el permiso para volver de su exilio en México por razones humanitarias: su papá estaba grave. A él y otros retornados les hicieron una fiesta en La Querencia y me invitaron. Yo estaba en otra, con mi segunda pareja, y él, separándose de su mujer".

Lo volvió a ver en manifestaciones políticas, hasta que en 1985, ambos, ya sentimentalmente libres, iniciaron un romance. "Lo que más me encantó de él y me encanta, es que sea grandote, que me haga reír, su inteligencia. Tiene buen carácter, pero cuando se enoja... prefiero no estar cerca. Yo me enojo a cada rato, pero a nadie le importa, porque se me quita al tiro. Pero es un poco ridículo estar hablando lo que le gusta a una de un hombre con el que lleva 15 años junta".

Dice que no pueden casarse, porque aún en Chile no hay una ley de divorcio y la nulidad depende de la voluntad de ambas partes. "Y si uno quiere chantajear al otro, puede hacerlo hasta el día de su muerte. Lucho sigue casado con una mujer a la que no ve hace 18 años. Escribe eso, por favor, para mostrar el problema de miles de parejas que están en esta situación. Si ése es un Estado que protege a sus ciudadanos, ¡Dios mío!".

- ¿Qué te une y separa de Lucho?

"Tenemos intereses bastante parecidos, como la literatura y la política. También están las niñitas. Elisa tenía seis años cuando empezamos a vivir juntos y después nació Margarita. Lo que nos separa es que yo soy sedentaria y él no".

Reconoce que ambos realizaron un trabajo de adaptación. "Hicimos una lista de las cosas clásicas por las que los matrimonios se deshacen; en eso teníamos experiencia, y yo a los 34 y él a los 45, madurez suficiente".

Ahí surgió la idea de vivir juntos pero separados bajo el mismo techo en una casa de Ñuñoa: uno en el piso de arriba y el otro en el de abajo, hasta con cocina aparte.

- ¿Quién bajaba o subía?

"Cuando quería paz subía yo y cuando Lucho quería ruido y niños, bajaba él".

- ¿Y las visitas más cercanas?

"No me acuerdo, pero debe haber sido parejo. Y si peleábamos, cada uno para su piso".

Esta experiencia ha sido tan buena, que en México, además del escritorio, tienen piezas y baños separados. "Cuando volvamos a Chile viviremos en dos departamentos muy lindos, uno arriba y otro abajo".

A los 50 años, se siente feliz. "Lo más rico de esta edad es la cantidad de cosas que a una ya no le importan. Hay una liberación interna increíble, una ya no se pasa películas, acepta la vida con serenidad. Mi fantasía profunda es terminar en una casa de campo, sin ataduras a ninguna de las banalidades de la vida, y escribiendo".

- ¿Un futuro con Lucho?

"Obviamente. Hemos conversado sobre la viudez, pero en chacota. Él dice que si yo me muero antes, se quedaría pensando en mí. Si es al revés, yo bajaría la cortina".

con el embajador

Con diez mil volúmenes distribuidos de pared a pared, cómodos sillones y muebles antiguos, el estudio de Luis Maira (61) embajador de Chile en México es muy distinto al de su mujer. Más que el escritorio de su casa, parece una formal biblioteca de ciencias sociales, en particular de relaciones internacionales. Son las materias a las que este ex dirigente, ex diputado y ex ministro les ha dedicado gran parte de su vida, aparte de la política. Nunca ejerció la abogacía, carrera que estudió en la Universidad de Chile.

- Antes de irse exiliado a México por once años, usted estuvo bien metido en política. ¿Qué le dejó esa experiencia?

"En los años '60 y '70 era una actividad muy absorbente; tanto, que la vida familiar y los afectos, incluso la profesión, quedaban en segundo término. El exilio significó un cambio brutal. Ya no más compromisos, sino sólo con los cercanos y con uno mismo. Eso unió a muchas parejas o las alejó. Fue mi caso. Tampoco me acerqué mucho a mis hijas y lo lamento.

"Marcela fue mi segunda oportunidad. Nuestra unión nació después de una profunda autocrítica, por lo tanto ha sido una relación mucho más centrada en los afectos".

Cuando la conoció, dice que tomó nota. "Me gustaron su originalidad, su irreverencia, su compromiso y pasión con lo que hace. Además me encantó ella como persona, tan bonita. Fue una relación que empezó rápido y aquí estamos".

- ¿No le molesta eso de vivir juntos pero separados?

"Creo que ha sido positivo. Cuando decidimos vivir juntos, cada uno tenía su casa armada y conservamos esa separación. De ahí que nuestras reuniones para comer, conversar o estar juntos nada tienen de rutinario".

Aunque reside en la ciudad más grande del mundo, con 22 millones de habitantes, siente que puede unir vida familiar y trabajo fácilmente: "La residencia y la embajada están a diez minutos". Además, le cunde mucho el tiempo. "Uno desayuna temprano una comida fuerte y almuerza como a las cuatro de la tarde. Después viene sólo una colación. Por eso la mañana, la etapa más productiva, es tan larga".

Frente a la puerta de su dormitorio, tiene la de Marcela. Quien más la traspasa en la noche es él. "Las niñitas ya están acostadas y ella se prepara para leer hasta las dos de la mañana. Antes que comience, entro a conversar. A veces me echa, claro".

Probablemente volverán a Chile a principios del próximo año. "Si el Presidente así lo dispone". Quiere seguir dedicándose al servicio público, pero en una forma más reflexiva, sin aspirar a cuotas de poder. "Estoy en una etapa serena; no tengo proyectos, ambiciones, ni cosas pendientes. La sensación de inmortalidad se me quitó a los cuarenta. Mi sueño con Marcela es tenerla a mi lado hasta el último momento de mi vida".

- ¿Más enamorado ahora que al principio?

"Hemos logrado tener una buena relación, con altos y bajos. Hemos peleado bastante y eso nos ha ayudado a querernos mucho".

ellos son

Luis Maira (61), separado, es abogado especialista en relaciones internacionales. Fue diputado y ministro. El ahora embajador de Chile en México estuvo exiliado allí once años. Vive hace quince con la escritora Marcela Serrano, con la que tiene una hija. Marcela Serrano (51) ha escrito seis novelas: "Nosotras que nos queremos tanto", "Para que no me olvides", "Antigua vida mía", "El albergue de las mujeres tristes", "Nuestra Señora de la Soledad" y "Lo que está en mi corazón". Entre sus premios más importantes figuran: Sor Juana Inés de la Cruz (Feria de Guadalajara, México, 1994; Municipal de Novela en Santiago 1994 y finalista del Planeta, 2001, España.


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Los embajadores chilenos en su residencia en el barrio Lomas de Chapultepec, Ciudad de México.  Aunque viven en la urbe más grande del mundo, están relajados.
Los embajadores chilenos en su residencia en el barrio Lomas de Chapultepec, Ciudad de México. Aunque viven en la urbe más grande del mundo, están relajados.
Foto:Sergio Suárez


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