REPORTAJES

Domingo 27 de Agosto de 2006

Cómo fue su evolución médica, desde
Los detalles inéditos de la lenta agonía de Frei

Las afirmaciones del doctor Augusto Larraín, acerca de un posible homicidio del ex gobernante tras su segunda operación, sin tener pruebas, contrastan con los antecedentes dados por los otros médicos que trataron al emblemático paciente. Los mismos que justifican el deceso por los errores cometidos por el propio denunciante.

SERGIO ESPINOSA V.

La dispepsia lo tenía de mal genio. El tradicional buen carácter del ex Presidente Eduardo Frei Montalva había comenzado a sufrir cambios cada vez más frecuentes y mutaba en períodos de irritabilidad y preocupación. A mediados de 1981 tenía razones para eso. Como líder indiscutido de la oposición al régimen del general Augusto Pinochet, su trayectoria política y su carisma lo perfilaban como el gran adversario del régimen militar. Especialmente luego que un año antes un plebiscito aprobara la nueva Constitución que dejaba al comandante en jefe del Ejército instalado en La Moneda por ocho años más. Una consulta que, como se encargaría de denunciarlo con energía, consideraba viciada.

Pero el complejo panorama político que se vivía no era lo que explicaba su malestar. Una hernia al hiato -porción del esófago que comunica con el abdomen- le venía provocando cuadros de reflujo constantes que lo tenían obligado a un control estricto de sus hábitos alimentarios y el consumo de medicamentos, supervisado por su médico de cabecera, Ramón Valdivieso, ex ministro de Salud de su gobierno.

Pero en la primavera de 1981, Frei decidió que no aguantaba más.

Opiniones encontradas

En el living de su casa, en calle Hindenburg, el ex Mandatario le explicó a una junta médica convocada por Valdivieso que estaba cansado de sufrir repetidos cuadros de dispepsia y que esto le impediría cumplir la apretada agenda de actividades políticas que planificaba para los próximos meses, especialmente en el extranjero. Por eso, quería operarse.

Entre quienes lo escuchaban estaban, además de Valdivieso, los doctores Aleksandar Goic (cirujano digestivo), Patricio Silva (ex subsecretario de Salud de su gobierno, médico militar y cirujano gástrico, quien había operado a Frei en 1970 de una hernia inguinal), y el doctor Augusto Larraín, cirujano especializado en esófago y hernia al hiato.

La conclusión de los tres primeros fue unánime: además de la citada hernia, el ex gobernante padecía de una pequeña úlcera (llamada de Barret), pero ambas dolencias eran tratables con farmacología y una terapia alimentaria adecuada, antes de decidir una conducta quirúrgica. Larraín, sin embargo, opinó que lo mejor era operar, porque la úlcera podía derivar en un cáncer esofágico.

Ese día, Frei aceptó a regañadientes el dictamen mayoritario de la junta médica, pero les hizo saber su malestar por el tiempo que llevaba esperando una solución de fondo al problema. Sin embargo, 10 días después Goic, Silva y Valdivieso recibieron un llamado telefónico del ex Presidente, quien les informó que había cambiado de opinión y que se operaría en la Clínica Santa María.

Si bien los facultativos respetaron la decisión, y tanto Goic como Silva comprometieron su presencia en la intervención, las sospechas detrás del vuelco recayeron en Larraín, quien realizaría la cirugía siguiendo una novedosa técnica aprendida en Estados Unidos.

El 18 de noviembre de ese año, Frei ingresó al pabellón. En un lapso de media hora, la intervención se efectuó sin complicaciones y el paciente fue enviado a recuperación. Según declararon algunos de los participantes, no sucedió nada anormal o extraordinario que llamara la atención, y el paciente fue dado de alta una semana después.

Ahí comenzaron las dificultades.

El paciente se complica

A fines de noviembre, Goic, Silva y Valdivieso recibieron un llamado de la familia Frei para informarles que el ex Presidente sufría fuertes dolores en la zona operada, acompañados de sucesivos vómitos. Larraín -que se encontraba en un congreso médico en Villarrica- opinaba a la distancia que se debía a que había seccionado el nervio vago y que no era motivo de mayor preocupación. Pero los Frei les pidieron a los otros tres médicos que lo atendieran de inmediato.

Pese a que superficialmente la cicatriz no mostraba una inflamación ni infección, a diferencia de Larraín, ambos galenos concluyeron que estaban ante un cuadro de obstrucción en el intestino delgado, lo que exigía una nueva hospitalización para practicarle una radiografía de abdomen, aplicarle una sonda gástrica que vaciara los vómitos e hidratarlo con soluciones endovenosas.

El suero que le suministraron, la evacuación de los líquidos a través de una sonda y los calmantes le hicieron recuperar el pulso y la presión, pero esos procedimientos efectuados antes de la radiografía impidieron que ésta -tomada unas cinco horas después- reflejara la supuesta obstrucción. Mientras Silva insistía en ese diagnóstico, Larraín seguía refutándola desde el sur. En todo caso, su operación ya estaba cuestionada.

Según una fuente cercana al doctor Silva, las diferencias de opinión hicieron que se perdieran al menos 48 horas valiosas. Entonces, Frei volvió a mostrar los mismos síntomas y la familia dio luz verde a una segunda operación, de la cual se excluyó a Larraín -que todavía no viajaba a Santiago-, y pasó a ser encabezada por el ex subsecretario de Salud.

A esas alturas, el líder de la DC había sido ingresado a la UCI de la Clínica Santa María con un cuadro de pre-shock (transpiración fría, taquicardia y presión baja), además de los mismos vómitos y dolor abdominal. El 4 de diciembre, Frei no podía esperar más.

Nuevamente a pabellón

La misma fuente asegura que Silva le hizo un crudo diagnóstico a la familia: el atraso de dos días para operar había agravado la salud del ex Mandatario y la intervención, por lo tanto, se haría "en artículo de muerte" (no se podía garantizar un resultado exitoso). "Se trataba de una operación de salvataje", recuerda. Los Frei aceptaron los términos.

El 6 de diciembre, Silva reabrió el abdomen de Frei y encontró que un trozo del intestino -el mesenterio- presentaba una torsión gangrenada a la altura de la cicatriz original que impedía la circulación arterial y venosa. La causa podía ser que uno de los puntos de la primera cirugía hubiesen tomado un asa intestinal. Eso lo obligó a extirpar 40 centímetros del intestino para salvar la parte sana y reconstruir el tránsito intestinal. Como Frei ya presentaba un cuadro de peritonitis a causa de la gangrena, se le hizo también un aseo peritoneal completo.

El médico no pudo suturar la nueva herida para permitir el drenaje de los líquidos purulentos a través de sendos tubos, por lo que sólo hizo un cierre parcial de la cavidad abdominal.

El núcleo de la denuncia que hoy tiene agitado el caso es la declaración hecha por Larraín en cuanto a que, cuando participó como observador en la segunda operación, no encontró una inflamación peritoneal, pero sí una lesión que no había visto nunca, que sólo podía explicarse por una "irritación química local".

Sin embargo, cercanos a Silva indican que la propia familia Frei, molesta por la actitud despreocupada de Larraín, habría ordenado a Goic que éste no estuviera presente en la segunda operación, a la que llegó cuando ésta ya se había iniciado e ingresó igual, aunque Goic se habría encargado de mantenerlo alejado.

El segundo cuadro postoperatorio de Frei fue muy complejo. Con sus defensas disminuidas, durante días sólo pudo alimentarse con soluciones nutritivas y los líquidos peritoneales examinados arrojaron la presencia de estreptococus fecalis y etcherichia coli (EC), ambas sensibles al tratamiento con antibióticos.

En la habitación 401, Eduardo Frei se debatía entre la vida y la muerte. Fuertemente sedado, sólo apretaba la mano o respondía con monosílabos a sus visitantes. Los tratamientos efectuados con antibióticos de mayor toxicidad no lograban impedir el deterioro progresivo de sus funciones vitales y su cuerpo se hizo vulnerable a las infecciones. Es ahí donde afloran las sospechas sobre lo que pasó en sus últimas semanas de vida.

Comienzan las sospechas

Unos tres días antes de que Frei muriera, Silva anotó en la ficha médica que "es evidente que el enfermo va a morir y que se produciría por una candidiasis -un hongo presente en la piel y el tracto digestivo- que no pudo ser detenida con los fármacos que se habían suministrado". Tal como preveía el diagnóstico, Eduardo Frei Montalva fallecería el 21 de enero de 1982.

Silva sostiene en su declaración judicial que el cuadro clínico de Frei no correspondía a la presencia de algún agente químico o biológico, como el ántrax o la toxina botulímica. Quienes han hablado con él coinciden en que refuta la tesis de un envenenamiento externo. "Si alguien estaba interesado en matarlo, debía saber que Frei estaba gravísimo y no era necesario hacer nada", comentan.

Por su parte, Goic declaró al ministro Madrid que "la secuencia de los acontecimientos médicos que se desarrollaron tiene una explicación lógica", entre ellos la presencia de gérmenes como la EC y el Proteus Mirabilis, ambos parte de la población microbiana normal del intestino, pero que frente a un cuadro de defensas bajas o tratamiento con antibióticos intensos pueden producir un shock séptico como el que tuvo Frei.

Silva les recomendó a Eduardo Frei Ruiz-Tagle y su hermana Carmen que sería conveniente que autorizaran una autopsia al cuerpo, debido a que por la investidura del fallecido su muerte tendría una repercusión histórica y sería conveniente despejar cualquier duda sobre la causa de ésta. Según esta versión, ambos hijos se negaron rotundamente. El médico también conversó el tema con Patricio Rojas, pero la familia no cedió.

Reencuentro con Larraín

El 24 de noviembre de 2004, los seis hijos del ex Presidente firmaron una declaración notarial en la que exponen que "nunca dimos autorización verbal o por escrito, a ningún médico tratante, para solicitar que se llevara a efecto un embalsamamiento y/o examen anátomo-patológico, llamado también autopsia clínica".

Pero está claro que el cadáver no sólo fue embalsamado, sino que también se le practicó un examen de anatomía patológica a las vísceras extraídas como resultado del proceso. Un procedimiento que no califica como autopsia médico-legal y que concentra las mayores críticas de la familia Frei (ver recuadro).

"Nos enteramos de la autopsia hace sólo cuatro años gracias a un dato que recibí bajo secreto profesional, cuando ya se había iniciado la investigación de esta causa", revela el abogado de los Frei, Álvaro Varela, quien agrega que extrañamente nunca han podido acceder a los protocolos operatorios de las dos intervenciones quirúrgicas, sino sólo a algunos antecedentes.

El profesional reconoce que la convicción fuertemente asentada en los Frei Ruiz-Tagle respecto de que su padre fue asesinado sólo se sustenta en presunciones y la presencia de círculos de sospechosos. "Mientras no haya alguna confesión será difícil llegar a una conclusión exacta debido al tiempo transcurrido", subraya.

Esta razón explica el interés que han mostrado por la investigación de los casos anexos a la causa -como el caso Berríos y el envenenamiento de presos de la ex cárcel pública, entre otros-, vinculados con el de Frei Montalva por la acción de la inteligencia militar en todos ellos, y que coincide con los seguimientos a que estaba siendo sometido el ex Mandatario en sus últimos años de vida.

La decisión de Augusto Larraín de afirmar públicamente que hubo una "mano negra" en el deceso -pese a no tener pruebas- lo acercó nuevamente al clan Frei, el cual depuso sus resentimientos y desconfianzas hacia el galeno, quien nunca pudo sobreponerse personal y profesionalmente al deceso del ex gobernante. "Nos hemos reencontrado con él", confirma un cercano a la familia, si bien los contactos han sido indirectos.

En la vereda opuesta transitan quienes encuentran una explicación médica para la muerte de Frei; entre ellos, los doctores que siguieron la evolución del ex dignatario, quienes sospechan que su colega intenta evadir su propia responsabilidad.

Entre ambas posturas, el ministro Alejandro Madrid espera -según ha reconocido en privado- llegar a una conclusión sobre qué ocurrió con Eduardo Frei Montalva a más tardar a fines de año.

¿AUTOPSIA O EMBALSAMAMIENTO?

La extraña intervención a los restos de Frei

La controversia sobre el embalsamamiento con características de autopsia practicado a los restos de Frei tendría, según una fuente vinculada al caso, una explicación simple. Como consigna Silva en su declaración, la familia no aceptó una autopsia, pero según esta fuente el doctor Roberto Barahona -jefe del Departamento de Anatomía Patológica de la Universidad Católica y amigo del fallecido- habría llamado a la viuda para recomendarle embalsamar el cuerpo, conversación en la que también habría participado Patricio Rojas, quien hacía de "puente" entre los médicos y la familia, y le reconocería después a Silva que al cuerpo de Frei se le habían practicado "punciones en algunos órganos".

La condición habría sido hacerlo en la misma habitación. Sólo así se entiende que el doctor Helmar Rosenberg, enviado por Barahona, declarara en la causa que al llegar a la habitación, poco antes de las 18 horas, se encontraron con la señora María Ruiz-Tagle, su hijo Eduardo y varios médicos, "y nos introdujo a la pieza del fallecido; por lo tanto, desconozco con quién habló mi jefe (...) para realizar el embalsamamiento". Tres horas más tarde los órganos ya habían sido extirpados por la misma herida de las dos operaciones.

"Los Frei nunca se enteraron de que en el proceso no se trataba sólo de inyectar formalina, sino de extirpar las vísceras, que es lo que se hace en todo embalsamamiento para evitar la putrefacción del cadáver", revela esta fuente. Las pruebas hechas a riñones, hígado, intestino y pulmones habrían concluido que la causa del deceso sería un cuadro séptico por cándida albicans.

Nada de esto les consta a los Frei. Se preguntan por qué si los médicos declaran no haber hecho una autopsia, el informe respectivo está caratulado como tal. Tampoco entienden que en la Clínica Santa María no existan registros sobre el procedimiento. "Nadie en la UC supo lo que se le hizo a Frei, ni siquiera el encargado de autopsias de la época, el doctor Martín Etcharch, como tampoco nadie de la Santa María", apunta Varela.

Cercanos a la familia aseguran que no fue fácil que la UC les entregara el citado informe, el cual extrañamente no tiene conclusiones. "Fue necesario interponer un recurso de protección para conseguirlo", revelan, agregando que la firma de Rosenberg y el timbre no datan de 1982. Lo mismo ocurre con el tamaño de la hoja y la escritura de la máquina, que corresponde a la de un computador, en circunstancias de que en esa época se usaba una máquina de escribir eléctrica.

Por último, una pieza clave para el abogado es la presencia de dos doctores de la Santa María, que además trabajaban en la DINE, en la pieza 401 antes de que Frei muriera. Y dice que hay pruebas.

DIPUTADA ISABEL ALLENDE:

"Tengo la peor opinión de Augusto Larraín"

En abril de 1997, la diputada socialista Isabel Allende sufría el mismo problema que padeció Frei Montalva: un reflujo que le provocaba fuertes molestias. Como se preparaba para saltar al Senado a fines de ese año, decidió operarse para no tener problemas durante la campaña. En lugar de recurrir al médico de la familia, el mítico Arturo Girón, una doctora le recomendó a Augusto Larraín, calificándolo como "una eminencia" en el tema. "Lamento profundamente haber escuchado el nombre de Larraín", reconoce hoy, refiriéndose por primera vez a un episodio que ha preferido mantener en reserva.

La parlamentaria no lo conocía, más allá de tener una vaga noción de que había operado al ex gobernante. Larraín le aseguró que la operación -que se efectuaría en la Clínica Las Condes, donde trabajaba entonces- consistiría en estrechar el esófago para evitar el reflujo y que sería casi ambulatoria. Tras un régimen blando de dos meses, el problema desaparecería por completo. Sin embargo, las cosas no resultaron como ella esperaba.

Al día siguiente de la intervención, aún en la clínica, notó que no podía ni siquiera tragar saliva. Larraín le dijo que el esófago había quedado demasiado cerrado y que tendría que operarla de nuevo para deshacer uno de los nudos.

Luego de la segunda cirugía, le hizo probar un yogur para demostrarle que ya no tenía el problema. "Pero con apenas una cucharada casi me morí del dolor. El yogur no pasó al esófago y lo terminaron aspirando los pulmones, lo que me provocó una neumonitis gravísima", recuerda.

Entonces, la diputada llamó a Girón -también cirujano gástrico- para que la salvara. Lo primero que hizo éste fue exigirle a la clínica que sólo operaría con su equipo personal, lo que fue aceptado. La cirugía fue difícil, porque el esófago se había vuelto fibrótico con tres intervenciones -a la que se sumó una cuarta para insertarle un catéter que la alimentara- y la anemia obligó a una doble transfusión, si bien logró revertir la crisis.

Allende no quiso demandar a Larraín, pero reconoce que "no quiero volver a verlo nunca más. Tengo una muy mala opinión de él como médico. Cualquiera se puede equivocar, pero su conducta además fue desprolija y tampoco fue capaz de reconocer su error", afirma, recordando que la operación "casi ambulatoria" derivó en una hospitalización de 22 días y otros dos meses de recuperación.

Aunque ella no lo demandó, la clínica expulsó a Larraín poco tiempo después, luego de realizar un sumario interno.

Cuando Allende reapareció en el Congreso, la senadora Carmen Frei sólo le hizo una pregunta: "¿Por qué tuviste que operarte con Larraín? Eduardo (Frei) está muy enojado contigo".


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Foto:El Mercurio


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