ARTES Y LETRAS

Domingo 28 de Noviembre de 1999

Un Libro de Jorge Eduardo Rivera:
De Asombros y Nostalgia

Por Juan de Dios Vial Larraín

De Asombros y Nostalgia. Ensayos Filosóficos. Por Jorge Eduardo Rivera Cruchaga. Editorial Puntángeles, Valparaíso, 1999.

Desde muy joven, Jorge Eduardo Rivera sintió la pasión por el pensamiento filosófico, y pudo alimentarla, primeramente, en el campo retirado de un seminario - escolasticado, le llamaban- de una congregación religiosa vivamente implantada en nuestra sociedad y a la vera de maestros de singular valía en nuestro mundo cultural, como el Padre Osvaldo Lira y como otro hombre a quien quiero recordar con especial afecto y admiración que yo sé que comparto con Jorge Eduardo, entre otras razones, porque creo que fue justo a través de él que nació la amistad entre nosotros mismos; Jorge Eduardo sabe bien que estoy recordando a Rafael Gandolfo, y pienso que le gustará que evoque su noble figura espiritual en estos instantes.

La sencilla y fundamental disciplina de un escolasticado llevó a Rivera a las lenguas clásicas y le formó en un orden de conceptos cuya limpieza y rigor es, quizás, lo que le permite decir en el prólogo de su libro "una sola cosa no me he permitido en estos escritos: la oscuridad en el decir". Resulta casi de protocolo recordar aquí, como Rivera lo hace, aquella conocida frase de Ortega: la claridad es la cortesía del filósofo. Yo prefiero otra menos social que la del mundano Ortega y que recuerdo haber leído en ese finísimo moralista francés del siglo XVIII, Vauvenargues, quien dijo: La claridad es la buena fe del filósofo. Sirvan de comentario las palabras del propio Rivera: "Lo que no se dice claramente tampoco se piensa con claridad. Y lo que no se piensa claramente tampoco es pensado de verdad". A través de las páginas del libro que presentamos, "De Asombros y Nostalgias", Rivera se mantiene fiel a su enérgica declaración. Debemos agradecérselo en estos tiempos de tanta retórica nebulosa.

Del Escolasticado de Los Perales Jorge Eduardo Rivera se va a Alemania, tierra que conociera en su primera infancia a la que llegó con su padre, quien cumplió ahí funciones profesionales. En Alemania se acerca al círculo de Heidegger y Gadamer y desde ese momento queda comprometido profundamente con el pensamiento del gran maestro germano de nuestro siglo. Este compromiso lo ha coronado recientemente en gran forma con su traducción de "Ser y Tiempo". Fueron muchos años de paciente análisis y reflexión y de ejercicio de esa tarea creadora que consiste en decir en otra lengua el pensamiento genialmente puesto por Heidegger en su lengua originaria. Pero esta no ha sido sólo la labor de un monje benedictino, como me decía hace poco un filósofo peruano; ha sido un vivo ejercicio del filosofar que le ha abierto a Jorge Eduardo Rivera las puertas de la filosofía en su estructura histórica.

Quisiera insistir en este aspecto. Creo que sólo a través de uno o algunos de los pocos filósofos que en el mundo han sido se tiene verdadero acceso al cielo de la filosofía misma. Esa puerta no se abre sino por obra del trabajo paciente, analítico, reflexivo, abnegado en los textos capitales de algunos filósofos, no necesariamente de todos, pero a lo menos de uno. Esta no es una labor de erudición, no es mera historia de unos textos, ni mera versión interpretativamente libre de ellos. Es el descubrimiento de la filosofía y la condición del filosofar.

Insisto en este punto justamente porque incide en el modo real de hacer filosofía, que Jorge Eduardo ha sabido practicar, y principalmente porque atañe a las condiciones en las que nosotros podemos hacerla en este final de la tierra que es nuestra patria. No todos están en el epicentro del pensar filosófico, como pudo ser Atenas, París o Frigurgo, y algunos estarán necesariamente a mucha distancia. Aunque estar en el centro no necesariamente significar saber lo que ahí ocurre, ni estar a distancia obliga a ignorarlo. Hoy las distancias desaparecen. Hay que agregar otro dato: puede que no exista centro; y esto ha ocurrido con frecuencia en la larga historia del pensar filosófico.

Creo que en la segunda mitad del siglo que termina, y después de la abundante cosecha de la primera mitad, las uvas de la filosofían han quedado chicas, se han enflaquecido; para decirlo en el lenguaje campesino de nuestras viñas, las uvas se han corrido. Lo que hemos tenido, más bien, son fenómenos de epigonismo, sincretismo y difusión del pensamiento, que son reiterativos, infecundos y de muerte rápida. Quizás lo que sucede es que también la filosofía se ha globalizado. Pero en ella este signo universal tiene mucho del corrimiento de las uvas. Hemos asistido al espectáculo de alemanes que provienen de Heidegger y de la Fenomenología buscando refugio en la filosofía analítica de los ingleses o en el pragmatismo norteamericano y perdiendo en estos medios mucho de su original dignidad y hemos visto también a norteamericanos pragmáticos vistiéndose de Heidegger, ropas que no son las de su talla. Cuando uno asiste hoy a Congresos de Filosofía, a veces con varios miles de filósofos variopinto siente un poco la atmósfera del supermercado, con una vacua música de fondo y la repetición casi al infinito de unos pocos productos que todos sabemos que son verdaderamente buenos sólo en su estado natural.

No es este, me parece, un buen clima para el legítimo trabajo filosófico que, a mi entender, jamás podrá dejar de ser una labor lenta, tranquila, que en diálogo con las fuentes entra en posesión del lenguaje propio que habilita a la visión de esos textos y, a través de ellos, al pensamiento originario de la filosofía. Un diálogo que ha de ser, por momentos, silencioso, meditativo y más bien ajeno al mundanal ruido, cuando más no sea para poder escuchar su verdadera melodía. Es lo que Jorge Eduardo Rivera ha practicado con brillo.

En su respetuoso diálogo con Heidegger, Jorge Eduardo ha visto abrírsele la filosofía. Le permitió acercarse a don Xavier Zubiri, aquel joven español que llegó a Friburgo por los años 20 y asistió a las Lecciones de Ser y Tiempo. Recuerdo haberle oído decir al mismo Zubiri que él leyó Ser y Tiempo en las notas que tomó de ese curso de lecciones que constituyó la obra capital de Heidegger. Ese mismo diálogo permitió a Jorge Eduardo Rivera acceder a los pensadores griegos y llegar a comprender vivamente lo que puede significar "escuchar al logos" en Heráclito, o qué alcance y límites puede tener el decir del ser en los hexámetros que nos quedan de Parménides, o de cómo lo dicen las ideas de Platón, o cómo se descubre, más allá del "movimiento" en la energeia aristotélica.

Pensando con Heidegger

Jorge Eduardo Rivera ha hecho bien en reunir estos textos suyos que tienen, desde luego, una firme coherencia dentro de su diversidad. Ellos fueron publicados en revistas nuestras que quizás no están en el supermercado, pero que reflejan con dignidad un trabajo serio y a veces bastante mejor de los que ahí se venden. Son todos textos vivos, claros, que van a lo esencial. En ellos se ve la maestría que aprecian sus alumnos. No todo ha de ser elogio y yo quisiera permitirme observar que el ordenamiento de estos textos pudo ser mejor en beneficio de ellos mismos, inclusive sacrificando alguno.

He asistido a la gestación de algunos de estos escritos; recuerdo, por ejemplo, aquel que escribiera Jorge Eduardo a solicitud nuestra sobre el Banquete de Platón para un ciclo que organizáramos en el Instituto de Filosofía, al cual vino también Rafael Gandolfo para dar su última lección, que versó sobre otro diálogo, El Fedón, en donde Platón defiende la inmortalidad del alma. Para el Instituto de Filosofía es honroso que al acogerse al Instituto en estos últimos años, el profesor Rivera haya querido reunir sus textos de variada lección a todo lo largo de su carrera. Y yo desde luego quisiera decirle que ellos han de convertirse en fuentes de uso obligado para los estudiantes del Instituto. No quiero hacer un gesto que tenga pretensiones de autarquía, sino algo muy distinto. La voluntad de hacer objetiva y duradera nuestra docencia, en un esfuerzo por mancomunar docencia e investigación, expresión viva, directa y clara de un pensamiento que, a la vez, se propone con el sello público de lo escrito para todos.

Cuando uno lee en estas páginas reunidas en Asombros y Nostalgia el sentido que Jorge Eduardo Rivera atribuye al "escuchar al logos" de Heráclito, o la comprensión que ofrece de las ideas platónicas como ser de los entes, sentimos que estos grandes pensadores griegos vienen claramente a presencia nuestra. Yo no sé si sea ésta la única manera que tienen de presentarse, pero diría que si esta nos parece real en buena medida es porque se nos aparecen sobre el fondo de otras ideas no menos significativas que obran, quizá, como hilos conductores. Es, aquí, el caso de lo que Heidegger llamó advenir del ser, diferencia ontológica, existencia, acontecimiento. El cuadro de ideas del pensamiento de Heidegger proyecta su luz; no digo que se retrotraiga el pensamiento de Heidegger. Digo que se está pensando con Heidegger, al modo como él enseñó. Es decir, que se asiste a un diálogo que se abre en lo profundo de cada filosofía y que es, quizá, el tejido propio del pensar filosófico.

Para hablar de las ideas como el mismo ser de los entes, Rivera forja un neologismo: habla de lo "siente". Valga la palabra, como él mismo dice, y con la misma precaución quisiera proponerle un juego verbal que pudiera prolongar su pensamiento y que consiste en introducir un guión en la palabra mencionada y decir, mejor, si-ente. Con ello el ser del ente significaría, a la vez, su afirmación: sí; es decir, la palabra se torna un juicio que pronuncia, para hablar ahora como Zubiri, una inteligencia sentiente.

Tengo ese firme propósito de que esta clase ejemplar de trabajo filosófico como el que ha realizado el profesor Rivera sea conocido, trabajado y asimilado por nuestros alumnos, casi como un deber de honestidad y lealtad para con nosotros mismos que ponga término a lo que yo llamaría, con una palabra de nuestro novelista Blest Gana, un rastacuerismo cultural, que nos hace creer que sólo merece estudiarse lo que está en Internet o en la industria cultural del viejo mundo y sus prácticas publicitarias. Aprendamos a respetar y a estimar trabajos de la alta calidad como los que hay en este libro y comprendamos que una auténtica tradición de cultura nace sólo de la propia tierra cuando se la sabe cultivar con la buena semilla.

Mis últimas palabras han de ser para destacar otro rasgo esencial en la personalidad filosófica de Jorge Eduardo Rivera que luce en varias páginas de este libro y es la que le da su firme fe de católico fiel. Esto no significa que él quiera adoctrinar, o que crea que para pensar debe ceñirse a pautas conceptuales. Significa que este compromiso profundo de su vida es una instancia de búsqueda de su inteligencia y de discernimiento de la verdad profesada en el nombre del amor, que toma forma, también, de amor al saber.

Gracias, amigo profesor Rivera, por esta contribución suya a la filosofía y por su valioso aporte al trabajo filosófico en el Instituto de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Chile.


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