Domingo 14 de Abril de 2002
VENEZUELA. Réquiem para la revolución bolivariana:
¿Por qué cayó Chávez?
El avasallamiento de las minorías y una actitud mesiánica para tratar de imponer su revolución se convirtieron en elementos que aceleraron el amplio movimiento civil de resistencia que terminó por empujar a Hugo Chávez del Palacio Miraflores. Los desafíos del Presidente provisional, Pedro Carmona.
JUAN ARAYA DIAZ
Para los extranjeros que viven hace poco tiempo en Caracas la normalidad que imperaba en la ciudad en la mañana del viernes era cercana al surrealismo. El rostro apacible de la metrópolis contrastaba fuertemente con las dramáticas imágenes de la víspera, cuando ocurrieron cruentos enfrentamientos en las inmediaciones del palacio Miraflores con un saldo provisional de 16 muertos y decenas de heridos, en la culminación de una huelga general indefinida que forzó la renuncia del Presidente Hugo Chávez.
Pero quienes han seguido de cerca la evolución de la crisis venezolana no se sorprendieron con esa imagen de tranquilidad que mostraba la capital. El paro empresarial y sindical había logrado, en un tiempo récord, la renuncia del coronel de boina roja, que llegó a la presidencia con la promesa de acabar con la corrupta clase política venezolana y liderar una revolución inspirado en la figura del héroe nacional y continental, Simón Bolívar.
La quita del respaldo de las fuerzas armadas a Chávez terminó por cerrar vertiginosamente un capítulo de la historia venezolana, que se desencadenó en apenas 24 horas.
¿Qué factores gatillaron la caída del ex oficial que intentó derrocar a Carlos Andrés Pérez en 1992 y por ello purgó ocho meses de cárcel? Las interpretaciones de los distintos analistas del continente no difieren mucho.
El militar de la especialidad paracaidista asumió en febrero de 1999 con el respaldo de una amplia mayoría, especialmente de los sectores populares, que depositaron en él la esperanza de mejorar sus condiciones de vida.
Y la clase media alta y alta lo vio como el hombre incontaminado por la política que podía llevar a Venezuela a recuperar un sitial privilegiado en el continente, gracias a los ingresos provenientes del petróleo, su principal materia prima y generadora de casi un tercio del PIB nacional.
Pero en su afán de lograr esas metas, Chávez no trepidó en pasar a llevar por delante a una serie de actores políticos emergentes en el último tiempo, desde que el Estado ha resignado parte de sus atribuciones.
"El ex presidente no respetó a los empresarios, trabajadores, medios de comunicación y la propia Iglesia Católica", comenta Francisco Le Dantec, profesor de Ciencia Política de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE).
Agrega que Chávez entendió la democracia de otra manera y asumió una actitud mesiánica, demostrada con el "bolivarismo enfermizo" que trasuntaba en muchos de sus discursos e intervenciones televisadas o radiales.
El no considerar a los actores políticos nuevos - señala Le Dantec- es también un llamado de atención a todos los políticos latinoamericanos en general. Una demostración anterior de este fenómeno se dio en la Argentina a fines de 2001, cuando la clase media- sin conducción partidaria- salió a las calles y obligó a renunciar al Presidente Fernando de la Rúa.
Mezcla difusa
El cientista político de la Universidad de Chile Guillermo Holzman dice que el fenómeno Chávez transitó, en términos políticos, entre el nacionalismo, el populismo y el personalismo, pero sin que "ninguno de esos ismos lo definiera por sí mismo en forma completa".
Para explicar su caída, el especialista describe en qué contexto emerge este tipo de liderazgos.
En primer lugar, cuando hay una desintegración de la clase política, principalmente los partidos, que se disuelven o pierden respaldo porque son incapaces de renovar liderazgos o no identifican las demandas de la población.
En segundo lugar, cuando hay una institucionalidad débil, carente de capacidad de generar espacios necesarios para resolver conflictos políticos. Y, por último, la pérdida de vínculos en la elite política, especialmente entre los partidos, los empresarios y los actores sociales en general.
En ese contexto, Chávez llenó la incertidumbre y transmitió la idea de que llegaba al poder con un proyecto de sociedad, que independiente que tuviera o no sustento real, poseía el ingrediente de hacer soñar a la sociedad.
Pero Holzman advierte que el amplio apoyo aparente al proyecto del coronel paracaidista resultó relativo porque los niveles de abstención en las elecciones fueron altos, inclusive cuando se aprobó su constitución en 1999.
El otro elemento desencadenante de la caída de Chávez fue su estilo mezclado de personalismo, populismo y autoritarismo, conformando una explosiva mezcla que hirió especialmente a instituciones como la Iglesia Católica y los medios de comunicación, estos últimos convertidos en blancos proferidos de sus discursos.
Y, como si fuera poco, su estrecho vínculo con Cuba que nunca quedó suficientemente claro respecto de los puntos de conexión con el régimen castrista.
Miopía política
La gente nunca entendió para qué, por qué y con quién era la revolución bolivariana, sostiene el analista colombiano Libardo Buitrago.
Producto de ese desencuentro, Chávez fracturó a la sociedad venezolana al establecer desde la presidencia una división de clases que terminó por agotar el sueño con el que había llegado al poder, agrega.
También, y a medida que avanzaba su administración, la promesa de distribución de la riqueza no se cumplió. Su estilo verborrágico se quedó en las palabras antes que ejecutar medidas concretas en beneficio de los más pobres.
El cientista político colombiano considera que uno de los elementos detonantes de la crisis venezolana fue el hecho de que el ex presidente "jamás entendió los códigos de la política, desconociendo los vericuetos en que debe moverse un gobernante".
Por ello es que se rodeó de lealtades personales y descuidó las que se debían a un proyecto mayor, como era la proclamada revolución bolivariana. Producto de esto es que nunca entendió la correlación de fuerzas ni comprendió el rol de la oposición en una democracia.
Esta actitud de Chávez no sólo se evidenció en los códigos de su mensaje, sino también en los símbolos. Frecuentemente se vestía de militar con lo cual daba la idea de que era un uniformado y no un dirigente político el que estaba en la presidencia de su país.
Y en la hora final - concluye Buitrago- tampoco tuvo olfato político. La prueba de esto es que frente a manifestaciones que crecían, no las quiso ver y optó por la represión, desconociendo las experiencias de Jamil Mahuad en Ecuador y Fernando de la Rúa en Argentina, que se vieron forzados a renunciar tras reprimir movilizaciones de la sociedad.
Los desafíos de Carmona
Los distintos analistas coinciden en que el descenlace de la crisis venezolana marca otro hito en la forma en que América Latina ha ido resolviendo las crisis políticas a partir de los 90 en adelante, siguiendo los ejemplos de Argentina, Ecuador y Perú.
En el caso venezolano, las fuerzas armadas fueron facilitadores de la solución y declinaron ser actores al entregar el mando provisional al empresario Pedro Carmona, presidente de Fedecámaras, la organización empresarial que convocó al paro contra el ex gobernante.
Entre los desafíos que Carmona tiene por delante está el convocar a la sociedad civil para hacer un gobierno viable y creíble. Para conseguir este objetivo deberá primero soldar los odios que se manifestaron en Venezuela durante la administración de Chávez.
En segundo término, sepultar el lenguaje provocador del ex mandatario en su trato con los sectores que no lo apoyaban y dar legitimidad a las fuerzas políticas que seguramente emergerán en los próximos meses y legitimarse a como gobierno de transición. Quienes conocen a Carmona, lo encuentran el hombre más adecuado para la hora actual. Es un empresario, dicen, con sentido de la política y sabe que lo urgente es reconstruir un país donde la sociedad crea en la palabra de sus gobernantes.
EL PERSONAJE
¿Lobo con piel de oveja?
Hasta su caída, en la madrugada del viernes, Hugo Chávez aparecía para muchos como un personaje escapado de una opereta de bajo presupuesto, dueño de una verborrea impresionante, demagogo, populista, increíblemente impulsivo, pero, al final del día, un hombre inofensivo y de retórica vacía.
Hasta Estados Unidos toleró durante años sus encendidos discursos anticapitalistas y su delirante amistad con Fidel Castro, cuyo cumpleaños número 75 lo celebró durante tres días seguidos en Venezuela junto a su amigo, el entonces ocupante del Palacio Miraflores, en medio de condecoraciones y vehementes declaraciones de hermandad eterna.
Sus "excentricidades" como recitar poemas de amor en medio de sus discursos de televisión; o exaltar la personalidad de Carlos el Chacal, inmediatamente después de los ataques contra las Torres Gemelas o declararse maoísta y amigo de los dirigentes del tercer mundo, eran consideradas como una burda estrategia populista que funcionaba a la perfección con el pueblo.
Después de todo, los principales indicadores experimentaban increíbles mejorías en pocos meses: la inflación descendía del 30 por ciento en 1999, cuando asumió, a menos del 15 por ciento y el déficit fiscal del 7,8 por ciento del Producto Interno Bruto al 3,1 por ciento. Las reservas se duplicaron hasta llegar a 21 mil millones de dólares. Y lo más importante para todos: el precio del petróleo se elevaba de siete dólares cuando llegó al poder a casi 27 dólares dos años más tarde, lo cual le ofrecía un envidiable campo de maniobra política para aumentar salarios, aplastar protestas; en otras palabras, comprar popularidad.
Pero ese período de bonanza comenzó a quedar atrás en el último trimestre de 2001. Los acontecimientos del 11 de septiembre hicieron perder la paciencia a Estados Unidos, permanentemente fustigado tanto por Chávez como por su gabinete por su rol en Afganistán.
La situación de Chávez se tornó aún más frágil a raíz que los precios del petróleo - principal ingreso del gobierno- se desplomaron igual que su popularidad. El valor del barril cayó bajo los 16,50 dólares en circunstancias que el presupuesto del próximo año se calculó sobre la base de 18,5 dólares. A lo anterior se agrega que la economía entró en recesión, con un crecimiento del tres por ciento, insuficiente para revertir las cifras oficiales de desempleo que superan el 14 por ciento y la extrema pobreza que aflige al 80 por ciento de los venezolanos.
Por eso a nadie extrañó que la popularidad de Chávez se haya desplomado de un increíble 90 por ciento a menos del 50.
Tampoco Chávez tuvo un apoyo político importante. La alianza que lo llevó al poder en 1998 ya no existía. Los socialistas que integraron esa coalición pasaron a la oposición. Su propio partido político, el Movimiento de la Quinta República, se dividió y quedó al borde de un quiebre irreparable.
La oposición lo consideró un psicópata y estuvo a un tris de pedir su renuncia ante la Corte Suprema por demente.
Chávez perdió además el control de la Confederación de Trabajadores de Venezuela, cuando su candidato logró el segundo lugar en una elección caótica.
Si bien en el pasado hizo algunos intentos a la cubana de infiltrar el sector laboral y empresarial con la creación de los clandestinos "círculos bolivarianos" y envió todas las semanas a Cuba un grupo de 300 venezolanos para recibir entrenamiento sobre la estructura de los denominados "vigilantes revolucionarios", lo seguía salvando el hecho de que la economía seguía su curso, el que contentaba a todos.
Pero eso también forma parte del pasado. Justo al filo de que expirara una ley que le otorgaba al gobierno poderes legislativos especiales, el jefe de estado interrumpió los programas de radio y de televisión para anunciar la dictación de 49 leyes haciendo caso omiso a los llamados de la oposición y del sector privado de hacer uso moderado de los poderes extraordinarios otorgados.
Las leyes se aprobaron sin ninguna consulta y representaron el más serio intento del gobierno venezolano de alejarse de una economía de libre mercado. De las 48 leyes, dos eran altamente controvertidas. Una de ellas postulaba una suerte de reforma agraria que pone en manos del gobierno el derecho de determinar el uso y la propiedad de la tierra, sin considerar las condiciones de mercado. Otorga a los funcionarios de bajo nivel poder para requisar y redistribuir los fundos considerados mal trabajados. La mayoría vio en la medida más que una reforma social, un medio de coacción política y odio de clases.
La otra ley de la discordia es una que ataca la presencia de capital extranjero en la industria del petróleo venezolana. En contra de todas las tendencias actuales, establece el aumento de los impuestos pagados por las compañías privadas del 16,6 por ciento a un 30 por ciento y exige que el gobierno comparta un mínimo del 51 por ciento de cualquier negocio de este tipo.
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