EL SÁBADO

Viernes 3 de Octubre de 2003

Cecilia Sommerhoff
La viuda de Kast 20 años después

Fue la mujer de un símbolo, de un líder social de la derecha que cautivó a su generación con su mística y pasión por el servicio público. Un cáncer generalizado lo consumió en nueve meses. Cecilia Sommerhoff revela cómo fue su vida junto al motor de Odeplan, el mismo que le pidió austeridad al general Pinochet antes de morir, y cómo la rehizo con Javier Etcheberry, actual ministro de Obras Públicas de la Concertación.
A la "rucia", como le decía, Miguel Kast no la conquistó por su pinta ­"encontré que se vestía pésimo, no era mi tipo, no me gustaban los rubios"­ sino porque "era un hombre hecho y derecho a los 23 años, súper maduro, alguien que te daba mucha seguridad y muy encantador".

El 18 de septiembre se cumplieron dos décadas de su temprana partida. Fue un economista que marcó a su generación, por su fuerza, carisma y pasión por el servicio público, que plasmó especialmente en Odeplan. A la tradicional comida que organiza la fundación que lleva su nombre para conmemorar su muerte se sumó este año el lanzamiento del libro Chile sin pobreza, un sueño posible.

Hasta el Estadio Manquehue llegaron sus numerosos amigos, su viuda, Cecilia Sommerhoff, dos de los cinco hijos que tuvieron juntos, y el ministro de Obras Públicas, Javier Etcheberry, actual marido de Cecilia.

Miguel murió a los 34 años de un cáncer generalizado. Ya no estaba en el sector público. Ella tenía 31, doce de matrimonio y muchos planes que quedaron en el aire.

"Loco, loco de atar""

Se conocieron en los trabajos de invierno de la Universidad Católica en Punitaqui. Ella tenía 19 y estudiaba pedagogía básica; él, ingeniería comercial. Cecilia no lo cotizó, pero Miguel se entusiasmó tanto que se las arregló para irse sentado al lado suyo en el bus de regreso a Santiago. Tuvo que hacer algunos arreglos, eso sí, como pedirle a un amigo que se volviera manejando su auto.

Cuando llegaron a la capital él le preguntó qué iba a hacer la segunda semana de vacaciones. "Mañana me voy a Farellones con mi hermana Stella", le respondió ella. "No te puedo creer, yo también". Era verdad, él iba al refugio de la Católica y las Sommerhoff también.

Dos meses después él le propuso matrimonio. "Loco, loco de atar no más, pero también era porque tenía que inscribirse para ir Chicago". Se casaron el 28 de mayo de 1971.

Cecilia proviene de una familia de padre alemán y madre de origen inglés. Walter Sommerhoff ­DC y cercano al cardenal Silva Henríquez­ alcanzó notoriedad como promotor de las cooperativas en Chile. Fue fundador de Sodimac, Unicoop y Habitacoop.

En su casa nunca habló alemán y siempre primó la influencia inglesa. Todos eran anglicanos; su papá había dejado el luteranismo al casarse con su madre.

A los 16, Cecilia optó por hacerse católica. El rito anglicano le parecía muy severo, estricto y formal.

La mezcla de sangre que ella lleva se repitió en sus hijos. Dos eligieron extranjeros para casarse. Felipe, 26, economista y profesor de la Católica, pololea con un cubana. A Emelia Puga la conoció en una iglesia en La Habana, lo cual fue casi milagroso considerando que la población católica joven en Cuba es escasa.

Emelia, que es ingeniera civil, se vino a vivir a Chile y acaba de aceptar una oferta de trabajo en Almacenes París. Se casan en abril del año que viene. Quien bendecirá la unión será su hermano mayor, Miguel Kast Sommerhoff, sacerdote de Schoenstatt. El mismo que casó a Pablo ­el segundo, un buenmozo arquitecto de 30­ con la productora de modas Juana Edwards y bautizó a la recién nacida Olivia. Miguel también predicó en el matrimonio de Bárbara, la menor, de 22, que el año pasado se casó con el uruguayo Thiago Fornaro, a quien conoció en un club Med de Río de Janeiro.

Tomás, de 24, el cuarto de los Kast Sommerhoff, estudió ingeniería comercial en la Finis Terrae y en la Católica hasta que "decidió que no iba a agradar a nadie y se cambió a Turismo". Tomacho, así lo apodan, es el más chascón literalmente hablando. Usa una trencita larga y entra al living de la casa a pedirle el auto a la mamá, porque ese jueves comienzan las celebraciones de su cumpleaños que es el domingo....

Ella confiesa que lo que más le dolió de haberse quedado viuda es que los niños no tengan papá. "He sentido que les ha faltado un guía, Miguel era muy buen líder y, a veces, yo no he sido lo suficientemente clara". Piensa que él los habría ayudado a insertarse laboralmente. Con franqueza, reconoce que sus hijos sufrieron varias crisis por falta de padre, que los mayores se apoyaron en sacerdotes y profesores. Ya viuda, y buscando herramientas para enfrentar la adolescencia de sus hijos, Cecilia estudió orientación familiar en el Instituto Carlos Casanueva.

A sus hijos Miguel les dejó grabados tres cassettes. Al momento de su muerte, el mayor tenía once y la menor, dos. Cecilia esperó cuatro años y un 18 de septiembre en Villarrica decidió que había llegado la hora de escucharlos. "Fue difícil, bien impactante. Después, cada uno los escuchó por su cuenta. Les sacamos copia".

El costo de la devaluación

Cecilia recuerda los primeros síntomas de la enfermedad. "Íbamos a misa y eran tantos los dolores a los huesos que Miguel se sentaba mal. Cómo sería la incomodidad que sentía. Sin embargo, era capaz de olvidarla cuando tenía que trabajar".

En enero de 1983 les dieron el diagnóstico definitivo. Era metástasis. El cáncer ya estaba extendido. Nunca más pudo levantarse de la cama. Su cáncer duró nueve meses. "Es atroz, como una velita que se consume, pero creo que es preferible a que alguien se te muera de un día para otro".

Los dolores habían comenzado mientras él era presidente del Banco Central. Eran tiempos duros, el entonces Presidente Pinochet aseguraba que no se devaluaría el peso. Kast no era partidario del dólar fijo, pero trabajaba en un equipo y terminó por convencerse de su efectividad.

Viajó a Alemania a defender el sistema de paridad cambiaria cuando en Chile se devaluó y nadie del gobierno le avisó. Cecilia, que estaba en Santiago, pudo comunicarse con él cinco horas después. Eran las nueve de la mañana en Alemania y Miguel estaba a punto de entrar a una reunión con el presidente del Banco Central de ese país.

­¿Nunca ha pensado que la devaluación y la posterior crisis económica puedan haber afectado su salud?

"Creo que sí. Los dolores grandes desajustan tu nivel de defensas. Debe haber sido tremendo creer en un modelo, en un sistema, y darse cuenta que se cometieron algunos errores importantes o que se les fueron y no pudieron mantener el dólar a 39. Me acuerdo de la impresión, no exactamente lo que me dijo, pero sí que estaba desconcertado y adolorido".

­Miguel era un hombre trabajólico. ¿Cómo pagó usted su entrega al servicio público?

"Yo tuve un dolor muy, muy grande, porque en el fondo tú haces las cosas pensando que va a haber un después. Y no lo hubo. Piensas que llegará el tiempo en que vas a poder compartir más tiempo juntos. Pero el ya llegará no llegó y eso te da rabia. De eso me fui dando cuenta de a poco. Para mí, la muerte es que la persona no está. Ahí tú vives la muerte. No es un hecho, sino que se va viviendo constantemente, cuando quisieras que estuviese y no está".

­En el libro Pasión de vivir, que Joaquín Lavín escribió sobre Miguel, impresiona cómo los amigos y la familia rezaban todo el día junto a su cama.

"Cuando uno no necesita rezar piensa que es una lata, pero en situaciones límites sientes la necesidad. Comienzas a pensar en la muerte y tienes mucho más conciencia de que nosotros finalmente somos hechos para este otro mundo. Piensa tú si te vas a morir, toda tu realidad va a ser esa, mejor acercarse".

Durante el pololeo con Miguel, Cecilia conoció el movimiento de Schoenstatt. "Esa fue otra de las cosas que me cautivaron. Su relación tan cercana, tan confiada, tan de niño frente a Dios. Yo me relacionaba con un Dios lejano, con una idea, pero no con una persona y para Miguel, Dios estaba sentado al lado suyo".

­¿Es cierto que durante aquellas oraciones nunca pidieron por la mejoría de Miguel, porque su vida estaba en manos de Dios?

"No fue tan así. Sí pedimos, él quería mejorarse y se entregó entero a las quimioterapias, que son atroces".

­Se dice que cuando Pinochet lo fue a ver a su cama de enfermo, Miguel lo retó por la casa de Lo Curro.

"No lo retó. Le habló del valor de la austeridad a raíz de la casa. Yo creo que Pinochet salió impresionado por la delicadeza con que se lo planteó. Le tocó el corazón a Pinochet. El fue a la misa de Miguel. Yo le escribí una carta al general y se le puse en el bolsillo pensando que no se la iban a entregar ese día. No me preguntes mucho lo que decía, recuerdo que le insistía en el aspecto de la austeridad y le hablaba de la humildad, de escuchar a otros".

Nunca obtuvo respuesta.

"Me duelen estos dos mundos"

Miguel Kast era un Chicago Boy, que creía en el mercado y no confiaba en el manejo de las cooperativas en Chile, lo que le causó problemas a Cecilia con su familia. "Mi papá no enfrentó la cosa directamente con Miguel, pero creo que sí le dolió y eso me significó un poco de distanciamiento con ellos. Mi mamá estuvo sentida, porque pensaba que Miguel no comprendía bien...".

Para Miguel, el dinero fue un dilema. A los 17 años era un mini empresario, dueño de 40 mil dólares gracias a sus trilladoras que recorrían los campos de sur a norte. Tenía auto, cosa inusual para la época. "Sí, él tenía esa lucha. Cuando has vivido pobreza e inseguridad material, como Miguel, es complicado. Él optó por la vida más espiritual, pero mantuvo la cosa realista".

Kast convenció a varios amigos para que compraran hectáreas en Chanco, a cambio de recibir parte del subsidio forestal que premiaba a los que plantaban pinos en tierras improductivas. "Chanco era un peladero. Primero hizo los viveros, después plantó los árboles y cuando fue a Israel descubrió que se podía sacar goma de los árboles y venderla. También plantó callampas. Tenía abejas. Era audaz, veía una cosa y la aprendía altiro".

Ella, por su parte, montó un jardín infantil en la casa esquina con aspecto de castillo que compraron en Bilbao con Hernando de Magallanes. "Lo formé yo sola el año 79 por razones económicas. Imagínate lo que ganaba un ministro y nosotros ya teníamos cuatro niños".

Cuando supo que tenía cáncer, Miguel Kast llamó a su amigo Ernesto Silva y le pidió que revisara si su seguro de vida estaba al día, que ordenara sus cuentas y que se preocupara del futuro de su familia. Gracias a su espíritu previsor, dice hoy Cecilia, nunca pasaron necesidades.

­¿Para usted ser la viuda de Miguel Kast ha significado una carga especial?

"Al final, sí. No es que yo lo quiera, pero sí. Le ha pesado a los niños. A mí tal vez me puede haber pesado, porque siento que quizás para Javier de repente es más complicado. No sé cómo verá la gente que yo quiera a Miguel y a Javier. Quizás no entienden estos dos amores".

Al actual ministro de Obras Públicas lo conoció, a través de una amiga en común, en mayo de 1989. La historia se repitió. Al poco tiempo, el 5 de agosto, él le pidió que se casaran. "Loco, loco total, casi me morí de vergüenza. Habíamos ido con mis hijos y sus dos niñitas a las Termas de Chillán". Se fue de viaje a Estados Unidos para pensarlo. "El 12 de octubre en un retiro le contesté que sí". Se casaron el 5 de enero de 1990. Javier estaba anulado religiosamente de su primera mujer, Isabel Araos. Con ella tuvo a Bárbara y Paulina, ambas casadas ­la primera con Sandro Solari, hijo de Reinaldo, el socio de Falabella; la segunda con Andrés Iacobelli­ y madres de tres hijos cada una.

"Yo no salí con gente separada. De viuda nunca me lo permití, porque pensaba 'me engancho con una persona, me voy a complicar, porque soy religiosa y para mí sería un dolor muy grande'. No quería verme en ese conflicto. A Javier le dieron la nulidad dos semanas antes de salir conmigo".

Con Etcheberry tuvo a María Cristina, hoy de 12 años, que ha sido un puente de unión entre los Kast Sommerhoff y los Etcheberry. Sus hijos adoran a su hermana menor y mantienen una muy buena relación con su padastro, al que tratan de Javier.

Desde que se volvió a casar, Cecilia ha visto menos a los amigos de Miguel, a expeción de quienes fueran sus más íntimos: Ernesto Silva, Juan Carlos Méndez y Martín Costabal. Reconoce que el menor contacto es culpa suya, "porque yo me he puesto floja, Javier siempre me dice ¿por qué no invita?". A ella le gusta ir a las comidas de anivesario de la muerte de Miguel, "porque me encanta ver a sus amigos, siento nostalgia de esos tiempos, fue una época tan linda, de jugársela, es una manera de no perderlo todo, de conservar algo de Miguel".

­Miguel es un símbolo de su generación, una suerte de líder social de la derecha. Javier Etcheberry es PPD. ¿No le complica el cruce de estos dos mundos?

"Hay algo. A mí me cuesta enfrentar esta situación, me duelen estos dos mundos. No te puedo decir que no hay nada".

Políticamente, Cecilia no ha cambiado. Sigue siendo de derecha: "Tengo confianza en la forma de hacer política de los amigos de Miguel. Yo creo en Joaquín Lavín". Nunca ha votado por la Concertación. 'Tuve mucho miedo de casarme con Javier por este tema. Pero no ha sido tanto conflicto. Los dos hemos sido prudentes, conversamos las cosas en forma seria. Yo lo respaldo a él, porque creo que es muy serio para trabajar".

Lo que sí modificó fue su opinión sobre los derechos humanos. Con Miguel nunca hablaron de las torturas y detenidos desaparecidos, aunque la visión del ex director de Odeplan, ministro del Trabajo y presidente del Central "era que aquí como que hubo una guerra y, de verdad, estas personas estaban armadas y había que defenderse. Pero nunca pensando en torturas, nunca a ese nivel, privando de la libertad sí".

­Y ahora que cuenta con más información, ¿cuál es un opinión en torno al tema de los derechos humanos?

"Lo encuentro horroroso. Tienen que ser personas muy enfermas las que hacen una cosa así. Me cuesta entender la maldad a ese nivel. Si me preguntas si Pinochet sabía, no puedo creerlo. Me cuesta entender que haya sido intencional, una política de Estado, que es la visión de Javier".


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