ARTES Y LETRAS

Domingo 13 de Agosto de 2000

Santa Rosa de Lima:
La Primera del Nuevo Mundo

Para celebrar los 2.000 años del nacimiento de Cristo, el Instituto Cultural de Las Condes invita a recorrer los episodios medulares en la vida de Santa Rosa de Lima. Exhibe por primera vez una serie del pintor ecuatoriano del siglo XVIII, Laureano Dávila, recién restaurada, y que permanece guardada 200 años en un claustro capitalino. La muestra contiene además obras traídas especialmente desde Perú, entre las que destaca un lienzo de Cristóbal Lozano y 14 tallas en piedra de Huamanga. Tesoros virreinales que revelan el alma de una mujer santa.
Por Maite Armendáriz Azcárate

Las vidas excepcionales no se escapan hoy de los titulares. Sus rostros navegan en la Internet y son atrapados por los cibernautas o por un humilde transeúnte que la descubre en las portadas. Algo parecido le ocurrió a Santa Rosa de Lima en su tiempo. A pesar de que era una joven nacida en 1586 en una típica familia limeña su impronta traspasó las fronteras. A su funeral en 1617 asistieron multitudes, desde el máximo gobernante y eclesiástico, hasta las gentes más sencillas. Vivió sólo 31 años, pero ya todos sabían de sus virtudes, y de que tenía comunicación en vivo y en directo con quien concede los favores eternos y de paso la paz que encanta la vida.

También en Chile ya es tradición que cada 30 de agosto en Pelequén todo se trifulca, cuando miles de peregrinos locales y afuerinos se chocan con los vendedores ambulantes en su paso hacia el antiguo Santuario de Santa Rosa. Acuden a pagar mandas y rendir tributo a esta joven que antes de ser canonizada (1671) es proclamada patrona del Perú, las Américas y las Filipinas. Cada uno de esos miles de fieles comprueba su fama de milagrosa y que ese día es venerada. Pero tal vez pocos sepan que la calle Rosas ubicada en pleno centro de la capital se relaciona directamente con ella; aunque le dolía reconocerlo, era de tal belleza que al solo nacer su madre y nana la comparan a una "rosa".

En efecto, detrás de la Plaza de Armas se encontraba el convento de las madres Dominicas de Santa Rosa. Entre esas paredes algún día fue colgada una serie de pinturas que relatan los episodios más relevantes de la vida de la primera santa de América. Aquellas estaciones son un rico material de meditación para esas religiosas que hoy después de varios traslados se encuentran en Las Condes. Han sido generosas, porque ese mismo recorrido espiritual lo puede experimentar desde el 4 de agosto y hasta el 3 de septiembre el público que visita la exposición "Santa Rosa de Lima. El Tesoro Americano".

Es un hecho inédito, tal como después de siglos, según da cuenta un extenso artículo publicado el 27 de agosto de 1927 en la revista Zig Zag, se le permitió a ese medio fotografiar algunas de esas telas, junto a la vida de esas religiosas de clausura. Hoy la muestra de pinturas y esculturas del período colonial se presenta en el Instituto Cultural de Las Condes.

Por iniciativa del alcalde de esa comuna, Carlos Larraín Peña, esta serie, que es una de las más importantes sobre la Santa, fue sometida a un delicado proceso de restauración. Gracias a los trabajos encabezados por Hernán Ogaz cada pintura se limpió, reenteló y conservó para quedar lista a resistir otros 200 años. Por su originalidad, colorido y tratamiento estas telas son fieles representantes del arte del periodo colonial y específicamente del Perú Virreinal (Perú, Ecuador y Bolivia), época donde se gestaron las escuelas cuzqueña y quiteña. Fueron realizadas por Laureano Dávila, destacado pintor ecuatoriano que trabajó durante la segunda mitad del siglo XVIII.

Los 14 óleos sobre tela recién restaurados son unos de los pocos que se mantienen como conjunto en el mundo. Como suele suceder con la pintura colonial, su paleta encierra más bien una atmósfera psicológica que presupone de parte de su autor conocimientos teológicos. Un halo marca la santidad de Rosa, pero siempre distinguiéndolo de la máxima presencia de Cristo, quien sólo en el óleo número 4 aparece sin la típica corona dorada. En medio de la austeridad de su cuarto, Rosa reluce en blancura junto a un Jesús adolescente, sin barba; se ha presentado para romper el cerrojo del lacerante silicio ocupado como cinturón por la santa. En parte de la explicación que cada pintura contiene selee: ...la oración fue tan poderosa que pudo penetrar el Cielo...

Colores en vuelo eterno

El colorido de cada obra corrobora también con la función religiosa, regalando mayor misticidad; verdes y ocres para los trajes sagrados de la Virgen y el niño. Por su parte, la santa aparece siempre con su traje blanco bordado de rosas o su hábito de blanco y negro, tal como le señaló una mariposa de esos colores que revoloteaba mientras le pedía a Dios que le indicara a qué asociación religiosa debía ingresar. Entre aleteo y aleteo descubrió que eran las terciarias dominicas las que vestían con túnica blanca y manto negro, a pesar de que eran laicas llevaban vida de religiosa en sus propias casas. El camino le vino bien a esta joven que, sin perder el cuidado de sus hermanos pequeños y las labores de su casa, cada día dedicaba más de 12 horas a la oración en un cuarto o ermita que habilitó en el patio de su hogar, en respuesta a su anhelo de emular a los anacoretas del desierto. De su toma de hábito en la Capilla de Nuestra Señora del Rosario habla la pintura número 3 de la serie de Laureano Dávila.

Al optar por los votos de virginidad perpetua una vez más le seguía los pasos a su máximo modelo de vida espiritual: Santa Catalina de Siena, a quien Rosa descubrió y prometió imitar desde los cinco años. Por ello a los 12 se cortó su pelo, tal como lo describe el óleo número 2, imagen casi símbolo de esta exposición, que sin embargo le valió a Rosa unas cuantas palmadas de su madre. Pero Isabel Flores de Oliva (así se llamaba antes de tomar su hábito) tenía clara su ruta, cortaba todo cuanto le atase a lo material o a la vanidad y desde luego a los pretendientes, aunque éstos serían la solución a las dificultades económicas de sus padres.

"Quitarme a mí el cantar"

Después de los pobres, sus preferidos eran los animales, árboles y flores, siempre presentes en la iconografía de la terciaria dominica. Demuestran su profunda afinidad con la piedad franciscana y cómo ella se ilustra y bendice la presencia divina a través de su entorno natural. La tela "Los árboles se inclinan ante Rosa" recuerda el revuelo que provoca su paso por el jardín junto a otra escena en la que aparece cantando una alabanza a dúo con un ruiseñor: "quitarme a mí el cantar es quitarme el comer", solía decir.

Pero a Rosa le tocó vivir en una época de renovación religiosa nada de fácil, donde poco a poco se imponía una espiritualidad laica. Las mujeres que tomaban el voto de pobreza voluntaria no dejaban de causar revuelo social y ello preocupaba a las autoridades eclesiásticas. Aunque retiradas, eran dirigidas en su vida penitencial y de misticismo por confesores. La limeña tuvo seis directores espirituales de la orden de Santo Domingo y cinco de la Compañía de Jesús. Sin embargo, como le sucedió a Santa Teresa de Jesús en España, Santa Rosa también fue interrogada por la Inquisición. De ello da cuenta la pintura número 9. En la escena están presentes su madre y María Usátegui y dos de sus inquisidores: el doctor Del Castillo y el padre Lorezama. Sin embargo ellos, como después varios historiadores, han dado fe de que desde niña se perfilaba como una experimentada contemplativa y tres años antes de que muriera, ya había recorrido las Siete Moradas místicas descritas por Santa Teresa de Jesús.

La joven limeña cultivó un trato muy directo con la Virgen del Rosario, por de pronto le atribuía todos sus milagros. Tenía una imagen de ella a quien le ofrecía ayuda para hacer dormir al niño en sus brazos. Así la retrató el destacado Cristóbal Lozano en el siglo XVIII. El hermoso óleo sobre tela fue prestado para esta exposición por el Museo Nacional de Antropología, Arqueología e Historia del Perú.

Santa Rosa aseguraba que la Virgen cambiaba su cara cada vez que ella le pedía un favor y le comunicaba en oración todo cuanto requería saber. Con razón, una imagen de la Virgen del Rosario está también en esta muestra; aparece junto a Santa Rosa y a Santo Domingo pintada esta vez por un anónimo cuzqueño. La tela del siglo XVII pertenece al Museo Histórico Nacional.

Cosecha de esta tierra

Y a la luz de la historia, si bien para España la beatificación de Santa Rosa significó el primer fruto de santidad en Indias, pues avizoraba un logro y renovación espiritual para la monarquía, los peruanos la sentían cosecha de su tierra.

Rosa encarnó una misión salvadora para con su pueblo. Lo comprueba en este conjunto la obra cuzqueña de autor anónimo y del siglo XVII, perteneciente a un coleccionista particular que muestra a la Santa rodeada de seis ángeles. Uno sostiene la maqueta de la ciudad, y otro lleva un ancla que recuerda la intervención de Rosa en el saqueo holandés al puerto de Callao. El experto Mujica Pinilla explica que esta dimensión de convertirla en emblema del Nuevo Mundo se desarrollaría en el siglo XVIII, cuando los caciques cuzqueños la llevan como intercesora en sus afanes de independencia; lo propio fue retomado por el general San Martín, cuando la imagen de Santa Rosa presidió el Congreso de Tucumán (1816) en su calidad de patrona de la campaña libertadora americana. Y es que los santos lo son porque justamente no viven fuera del tiempo y del espacio.

Así lo demuestra otra de las series fundamentales de esta exhibición realizada en piedra de Huamanga. Son 14 tallas elaboradas a mediados del siglo XVIII. Cada una de 27 x 21 centímetros lleva un marco dorado. Pero en su interior policromado se vuelve a descubrir la sencillez, sabiduría y contemplación que imperaron en la vida de Rosa. Las obras son representantivas del momento de apogeo de los talleres huamanguinos que se abastecían de este material llamado el "alabastro andino" desde tres canteras: Pomabamba, Pampas y Recuay. Es una piedra más bien opaca, blanda y fácil de labrar. Con esta materia prima se tallaron dos célebres relieves dedicados a la primera Santa de América. Una de ellas es conservada en el convento franciscano de Santa Rosa de Ocopa en Junín y es la que hoy se puede apreciar en Chile.

Completan la muestra muebles y pequeñas esculturas venidos del Perú. Procedente del Cuzco es también un valioso óleo sobre lienzo en que un autor anónimo dejó estampado para siempre a Santa Rosa como una más junto a la Sagrada Familia.



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"Sagrada Familia con Santa Rosa de Lima". Anónimo cuzqueño. Siglo XVIII


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