EDITORIAL

Martes 26 de Febrero de 2008

Inflación latinoamericana: ¿de dónde viene?

Las autoridades deberían acordarse de las lecciones que aprendieron del mal manejo monetario en el pasado no tan distante.

JUAN CARLOS HIDALGO
Coordinador de Proyectos para América Latina Cato Institute

La inflación nuevamente está causando dolores de cabeza en América Latina. En 2007, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) aumentó en todas menos en dos economías latinoamericanas, alcanzando un promedio regional de 8,43 por ciento (casi dos puntos porcentuales más alto que el año anterior). La inflación no es un fenómeno nuevo en la región, pero a diferencia de otros episodios muy conocidos del pasado, gran parte de los gobiernos latinoamericanos cuentan ahora con una buena disciplina fiscal y altos ingresos tributarios. Entonces, ¿de dónde viene esta vez la inflación?

En la década de los 80 y principios de los 90, la inflación en América Latina era alentada por los severos desequilibrios fiscales de los gobiernos. Cuando el gasto público creció de manera exponencial y los ingresos gubernamentales se estancaron o redujeron, los políticos latinoamericanos recurrieron a los bancos centrales para financiar sus excesos. El resultado fue catastrófico: la hiperinflación devastó economías como las de Argentina, Bolivia, Perú y Nicaragua.

Hoy la situación es muy distinta. Los gobiernos latinoamericanos están disfrutando de una rara bonanza fiscal. Gran parte de los países tienen pequeños déficits presupuestarios o incluso superávits. La deuda externa está bajo control, y las reservas están en constante aumento.

Sin embargo, la bonanza exportadora y el flujo de los dólares que ésta propicia -junto con la entrada de inversión extranjera directa y de remesas- han tenido una desdichada consecuencia, al menos desde la visión mercantilista que prevalece en la región: toda moneda latinoamericana, con la excepción del peso argentino, se apreció en relación al dólar en el 2007, en algunos casos por hasta un cuarto. El peso uruguayo se apreció en un 23,5 por ciento, el real brasileño en un 23 por ciento y el peso colombiano en un 22,1 por ciento. El sol peruano, el guaraní paraguayo y el peso chileno también se apreciaron en más de 10 por ciento el año pasado.

La apreciación de las monedas ha generado descontento entre los exportadores locales, quienes se quejan de que sus productos se están volviendo menos competitivos en los mercados internacionales. Los manufactureros latinoamericanos ya están enfrentándose a la fuerte competencia china, y muchos afirman que sus economías están sufriendo de la "enfermedad holandesa", es decir, los precios altos de las materias primas perjudican al sector manufacturero al aumentar el tipo de cambio, haciendo que las exportaciones se vuelvan más caras.

Esto ha provocado que las autoridades monetarias de la región intervengan continuamente en los mercados de divisas para mantener sus tipos de cambio "competitivos"-es decir, artificialmente bajos-. Los bancos centrales de Argentina, Colombia, Perú, Bolivia, Costa Rica y Guatemala, entre otros, han comprado miles de millones de dólares en un esfuerzo por prevenir que sus monedas nacionales se aprecien más. Estos bancos centrales han inflado sus economías con dinero extra, lo que está a su vez ejerciendo presión hacia arriba en los precios.

Las autoridades monetarias de estos países argumentan que han tomado medidas para evitar un alza en la inflación, tales como la esterilización (vender bonos a bancos para absorber el exceso de liquidez) y aumentar las reservas bancarias obligatorias. Sin embargo, las pequeñas economías latinoamericanas pueden utilizar estas herramientas hasta cierto punto. Como lo muestran las cifras, mientras más dólares continúan entrando a la región, más dificultades tienen los bancos centrales esterilizando y controlando la inflación.

La inflación puede acarrear serios problemas para América Latina. En los países que han perdido la disciplina monetaria, la fiesta inflacionaria puede descarriarse fácilmente, especialmente una vez que el alza en los precios es incorporada en las expectativas de la gente. Peor aún, los gobiernos en la región están castigando a sus consumidores de dos maneras: erosionando tanto el poder de compra doméstico como el valor externo de sus monedas.

Los gobiernos de América Latina están siguiendo el credo mercantilista que sostiene que las exportaciones son buenas y las importaciones son malas. La inflación resultante es esencialmente un impuesto oculto altamente regresivo que castiga a aquellos que menos tienen.

Estos gobiernos deberían terminar de disminuir el valor del tipo de cambio de sus monedas y restaurar la estabilidad de precios mediante la estabilidad monetaria. Conforme las monedas locales se aprecian, las importaciones aumentarán la demanda de dólares, lo cual a su vez ejercerá una presión hacia la baja sobre los tipos de cambio. Los gobiernos pueden acelerar este proceso al reducir unilateralmente sus barreras arancelarias a los bienes extranjeros (un escenario en el que nadie pierde).

Los gobiernos de la región deben entender que el libre comercio significa mucho más que sólo exportaciones. Los consumidores también se benefician de las importaciones. Y aún más importante, las autoridades deberían acordarse de las lecciones que aprendieron del mal manejo monetario en el pasado no tan distante.


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