ARTES Y LETRAS

Domingo 6 de Febrero de 2005

Literatura Voces inmigrantes de árabes y judíos en cuatro relatos chilenos:
Historias de trasplantados

Son poetas con carné de inmigrante, nostálgicos y orgullosos portadores de culturas diferentes. Son los otros autores chilenos: los de origen árabe y judío.

ISABEL OSSA GUZMÁN

Los chilenos ya no necesitamos viajar a Medio Oriente para conocer a su gente. En nuestras discotecas suena música libanesa; en los restaurantes se sirve kebab: en el Senado, la Cámara de Diputados y decenas de municipios, varios paisanos ostentan su linaje en el apellido y, como si fuera poco, dos de los más grandes grupos económicos que manejan Chile, son árabes.

En nuestro país se encuentra la comunidad palestina más grande fuera del mundo árabe, la que suma cerca del 5% de la población total. Y esta influencia, como es de esperar, también se hace notar en la literatura de quienes han heredado sangre, tradición y recuerdos de esta estirpe ancestral.

Los inmigrantes judíos no son tantos como los árabes, pero son una fuerza importante en el país: según los datos del último censo, hoy suman casi 20 mil. Sus antecesores llegaron aquí en las primeras décadas del siglo XX y, con ellos, trajeron costumbres y creencias que muchos de sus descendientes exhiben orgullosos en poemas, novelas y memorias.

Es en este contexto que Rodrigo Cánovas, académico de la Facultad de Letras de la Universidad Católica, decide realizar un estudio que analiza las voces inmigrantes de árabes y judíos en cuatro relatos chilenos e intenta señalar los rasgos que singularizan esta experiencia migratoria. Cánovas señala que ha elegido estas voces específicas "porque constituyen el corpus más numeroso, diverso y de mayor jerarquía poética en el ámbito de los textos sobre inmigrantes", producción que en los últimos años muestra varios textos reveladores de la experiencia del éxodo.

En su trabajo preliminar, que publica el número 35 de la revista Taller de Letras UC, el autor se centra en la lectura de dos relatos sobre lo árabe -"Memorias de un inmigrante" (1942), de Benedicto Chuaqui; y "El viajero de la alfombra mágica" (1991), de Walter Garib- y en dos sobre lo judío -"Sagrada memoria" (1994), de Marjorie Agosín, y "Para siempre en mi memoria" (2000), de Sonia Guralnik.

De profesión, árabe

Benedicto Chuaqui (1895-1970), ciudadano chileno nacido y criado en Siria, cuenta en "Memorias de un emigrante" las ocurrencias de su vida desde comienzos del siglo XX, constituyéndose su obra de esa manera en una entretenida narración de los usos y costumbres de su oriunda Homs, amén de una interesante comparación con la realidad chilena actual. Se trata de una obra motivada por el deseo de rescatar un pasado ya lejano y, por ello, la memoria del autor se convierte en una recuperación subjetiva de una realidad histórico-social determinada. De acuerdo con el profesor Cánovas, el relato de Chuaqui es "un sinfín de pequeños cuentos escuchados y vividos en las calles, cocinerías, pensiones y boliches de los barrios populares santiaguinos, una galería de retratos en los cuales descubrimos el inmenso anhelo de comunicación de este inmigrante, su deseo de ser aceptado y reconocido en la comunidad donde habita".

Walter Garib, autor de "El viajero de la alfombra mágica", es nieto de inmigrantes árabes que huyeron de Palestina producto de la persecución del Imperio turco-otomano. Según él, aunque hoy los descendientes de árabes están plenamente integrados en Chile, "es imposible sustraerse al influjo que provocan las raíces árabes, que son tan fuertes y reconocibles". De acuerdo con la experiencia del autor, la influencia arábiga se extiende en nuestro país a todos los ámbitos "y, por supuesto, se ve reflejada en la literatura que hacemos", asegura.

"El viajero de la alfombra mágica" es una novela que tiene cientos de ingredientes autobiográficos y que se inspira en hechos que ocurrieron en la vida real, como es la historia de una familia chileno-árabe que, en su tercera generación, decide "blanquear" sus orígenes y hacer alarde de unas supuestas raíces italianas. La reconstrucción de esta familia despliega una crítica social hacia cualquier hijo de inmigrante que abandona la tradición de sus ancestros y, como explica María Olga Samamé, del Centro de Estudios Árabes, "esta familia encarna los valores de una cultura ancestral y plantea un problema de identidad y alienación en los árabes descendientes".

Según el propio Garib, la negación es uno de los efectos del rechazo, pero es algo que no se puede ni se debe hacer. "Yo soy un escritor chileno, pero no puedo renegar de mis orígenes árabes. Sería como sacarme la piel", explica.

Todas las obras de Walter Garib tienen, como él mismo reconoce, resabios árabes. "He escrito novelas que hablan de personajes de todos los ámbitos, pero siempre les pongo la sal y la pimienta árabes. Por más que intentara no hacerlo, no podría, porque en mi estructura de cerebro, tengo algo que lo hace inevitable", asegura.

Según Eugenio Chahuán, académico del Centro de Estudios Árabes, el trabajo de Chuaqui y Garib es muy significativo en la medida de que recrea un imaginario de la migración que es primordial en el proceso de identificación, a la vez que "recupera un pedazo de nuestra memoria que, si no, se habría perdido". Para él, la influencia de los inmigrantes árabes y sus descendientes es fundamental en el proceso de construcción del Chile moderno. "Lo árabe es parte de la memoria colectiva nacional de una forma soterrada y en la literatura chilena hay tópicos típicamente árabes, que dan cuenta, por un lado, de la experiencia del inmigrante en Chile, y, por otro, del fenómeno de la "turcofobia" que aún existe en algunos círculos", dice.

De acuerdo con Garib, los rasgos identitarios ancestrales de los inmigrantes árabes y sus descendientes difícilmente pueden perderse tras la migración. "Los hijos de inmigrantes árabes no son chilenos ni son árabes: son chileno-árabes, y eso significa que se han insertado exitosamente en la sociedad chilena, sin desprenderse de sus orígenes", explica.

El oficio de recordar

En los trabajos de Marjorie Agosín y Sonia Guralnik son fundamentales el recuerdo y el rescate de una memoria histórica que no pueden ni quieren silenciar. Como explica Ana María Tapia, profesora del Centro de Estudios Árabes, "a 60 años de la liberación de Auschwitz está prohibido callar. Nuestros abuelos, que sufrieron el escarnio, permanecieron callados durante mucho tiempo. Ahora se debe dejar testimonio de lo vivido para no repetir la experiencia". Según la académica, la obra de Guralnik y Agosín es un tesoro invaluable de la memoria hebrea, por cuanto, a través de ella, "uno puede ver reflejadas vivencias de nuestros propios padres y abuelos, procesos por los cuales debieron transitar para hacerse de nuevo en un mundo completamente diferente".

Descendiente de judíos rusos y austriacos, muertos en el Holocausto, Marjorie Agosín es una judía trasplantada que ha sido protagonista de una existencia llena de emociones. Cuando tenía tres años, su familia se escapó de Viena para emigrar a Chile, donde Marjorie vivió hasta los 16 años. Tras el golpe militar emigró a Estados Unidos y allí ha desarrollado una prodigiosa carrera como escritora, activista de los derechos humanos y profesora de español.

"Sagrada memoria", el relato de Agosín analizado por Rodrigo Cánovas, es la biografía de Frida, la madre de la autora, contada en primera persona por ésta. Una historia que con una narración cuidada y amena se constituye en una galería de recuerdos de su infancia en Chile.

Según Cánovas, en "Sagrada Memoria" la labor de la evocación "es el trabajo con la imagen traumática del Holocausto, de revivirlo en la pantalla del recuerdo para asumir la cultura desde ese estigma y, de paso, enrostrar a la humanidad su insensatez". Sonia Guralnik, autora de "Para siempre en mi memoria", es otra historia, porque ella misma es un enorme y entretenido libro de cuentos. Nació en Jmelnik, un pequeño pueblo de Ucrania y, cuando tenía diez años, se embarcó junto a su madre y su hermana a Sudamérica. El barco, que ella describe como "el más hermoso, el más grande, el más blanco de los que habíamos visto jamás", se llamaba "La Liberté".

Sonia llegó a Santiago portando uno de los últimos pasaportes con la hoz y el martillo, hablando ruso e idish y sin tener la menor idea del lugar al que había venido a dar. Aquí se casó, crió a sus hijos y, cuando ya todos habían dejado la casa materna, se decidió por fin a poner tinta a los miles de recuerdos que aún conserva frescos en su memoria.

Nostalgia que cura

Para Guralnik, el hecho de ser judía es esencial en su desarrollo humano y literario, porque, aunque ha escrito obras más universales, "es imposible deshacerse de la huella que significa ser inmigrante judía". Sin embargo, ella se siente muy integrada en Chile y asegura que "los rasgos identitarios ni se pierden ni se incrementan con el exilio, sino que se mezclan. A las cosas que uno sabe, se agregan las que se aprenden en el país donde se vive. Eso es muy judaico. En mi familia hacemos la fiesta de Hannukah, con viejito pascuero y viejito hannukero. Todo lo que sea incorporar y no negar, es muy positivo".

En "Para siempre en mi memoria" la acción transcurre en una pensión de un barrio pobre de Santiago, donde convergen varios judíos provenientes de la antigua Rusia y de Polonia. De esta manera, van apareciendo en escena, como explica Cánovas, "restos de seres, provenientes de muy diversos tiempos y espacios, que se instalan por un tiempo en esta estación de desamparados". La pensión se transforma así en un refugio donde la comunidad judía intenta vivir su tradición y el lugar donde las vidas de estos seres se recomponen a partir del recuerdo.

De su tierra natal Sonia extraña muchas cosas, como las trenzas eternas de su abuela, el trigo luchando por crecer bajo la nieve, los juegos con su hermana Dora, las amigas del alma que se quedaron bajo el río Bug y las viejas muñecas olvidadas al partir. Pero es feliz en esta esquina del mundo. "Enseñé a mis nietos a hacer el arroz con leche, comparto con ellos la alegría en el mismo idioma y recibo sonriente en casa esta lluvia que ya no es extranjera".


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Chuaqui fue un prolífico y certero retratista de la cultura árabe en Chile.
Chuaqui fue un prolífico y certero retratista de la cultura árabe en Chile.
Foto:Ed. La pluma del Ganso


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