EL SÁBADO

Sábado 22 de Julio de 2006

Un Sábado Inolvidable
Benito Baranda. Director Social del Hogar de Cristo


Por Ignacio Bazán

Me casé el 2 de abril de 1982. Esa mañana me levanté muy nervioso, a pesar de que el día anterior había tenido momentos de mucha paz. Con Lorena, mi futura esposa, habíamos pasado el viernes entero con las monjas Carmelas en Departamental Alto. A pesar de ese pequeño retiro, no podía estar tranquilo. Los preparativos me tenían inquieto y me sentía algo incomodo con la fiesta, ya que con Lorena hubiéramos preferido algo más sencillo. Igual entendimos que esa era la forma que tenían nuestros padres de agradecer a mucha gente importante para nuestras familias. El caso es que esa mañana de abril no sabía bien qué hacer para paliar los nervios. Me di varias vueltas por la casa de mis papás, arreglé mi traje, traté de leer algo. Tuve un momento de oración y ahí pude tranquilizarme un poco. Luego salí a caminar por el parque de Vespucio y entendí que no eran nervios los que tenía, más bien estaba revolucionado interiormente.

Volví a la casa, me cambié y partimos con mis papás a la iglesia San Ignacio de Alonso de Ovalle en el centro. Al llegar me encontré con hartos amigos, mucha gente que no habíamos invitado, pero que sabía que nos casábamos y llegaron igual. Fue una bonita sensación. En la iglesia se notaba que los invitados se sentaban en la mitad cercana al altar y los demás cerca de la entrada. La tranquilidad mayor me vino cuando vi a lo lejos a Lorena bajarse del auto. En ese momento me sentí pleno.

Una vez en la ceremonia ­sin que nosotros lo tuviéramos previsto­, el sacerdote nos llamó al altar y nos amarró las manos con su estola. Luego se puso abajo en el público y con sus palabras nos hizo sentir que el matrimonio es un sacramento que lo administran las personas y no los sacerdotes, que se trata de dos personas consintiéndolo y consumándolo en el acto sexual.

En la noche vino la fiesta y mi esposa, que es bailarina, no paró de bailar. Lo pasamos increíble. De ahí nos fuimos al hotel en una citroneta blanca llena de tarros con nuestros amigos tocando las bocinas atrás. Antes de hacer cualquier cosa tuve que poner los pies de Lorena en remojo. Había bailado demasiado.


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