ARTES Y LETRAS

Domingo 10 de Julio de 2005

TEATRO. Williamstown Festival:
Una familia disfuncional

El calmo verano de Massachusetts se revoluciona con el Williamstown Theatre Festival, una fiesta de vanidades y ambiciones, con actores que anhelan el estrellato y rudos directores que buscan a quién reprender.

JOSÉ MANUEL SIMIáN

Son los últimos días de junio y estoy en Williamstown, Massachusetts, el pueblito que crece entre montañas y bosques alrededor del célebre y bicentenario Williams College. Leo por ahí que Thoureau escribió, refiriéndose a este lugar, que no sería poca cosa que todos los colleges estuvieran ubicados a los pies de una montaña. Desde hace unos cincuenta años, cuando llega el verano y los estudiantes se van de vacaciones, el campus es ocupado por los participantes del Williamstown Theatre Festival. Directores consagrados y en ascenso dirigen a actores jóvenes que pueden a su vez codearse con estrellas sobre el escenario. Durante dos meses se realizan las audiciones y los ensayos, y se presentan las obras frente a un público que se hospeda aquí para ver varias de ellas. La principal experiencia, sin embargo, parece ser la de los actores recién graduados, que esperan ser llamados a alguna obra importante y pasar así a ser miembros del equipo -el gremio-. La misma situación se repite en varios lugares de Estados Unidos durante el verano, pero este es el festival que recibe a la mayoría de los aspirantes de Nueva York, a unas tres horas de camino.

Este año se montan cuatro obras en el escenario principal. La primera de ellas es El Abanico de Lady Windermere, esa comedia de costumbres supuestamente "sobre una buena mujer" donde Oscar Wilde se despacha varias de sus frases más filudas sobre la vida y los valores, como cuando dice que "un cínico es un hombre que conoce el precio de todo y el valor de nada", o eso de que todos estamos en la misma cloaca pero algunos miramos las estrellas.

Una familia

En eso estoy cuando ha caído la noche sobre el campus, y el calor y la humedad se han retirado un poco. La escena transcurre en uno de los dos bares del pueblo, que esta noche recibe a gran parte de los jóvenes del festival. Es aquí donde se comienza a entender qué es lo que realmente sucede detrás de un evento como éste. A poco andar se hace relativamente fácil distinguir a los actores de los directores. Los primeros circulan y gesticulan con emociones perceptibles desde el otro extremo de la terraza; los segundos guardan algo de distancia sentados en la autoridad que les da el ser el foco del baile lento que se desarrolla a lo largo de la noche. También se hace más o menos evidente cómo, a medida que pasan los días, y de una manera tan intensa como efímera, los actores forman una familia disfuncional como todas, amándose, deseándose, envidiándose y necesitándose por partes iguales. Y, claro, no deja de ser interesante preguntarse cuánto de su oficio emplean en esos quehaceres. Hay sonrisas y miradas cómplices, así como secretos que duran menos que un cigarro de los que se fuman y arrojan por aquí. Este desorden de las cosas se repetirá con todo tipo de variaciones hasta los primeros días de agosto.

Ahora estoy en un ensayo de una obra en el escenario principal. Un director se ensaña con una actriz, imitando su interpretación de una manera exagerada. La imagen no deja de tener algo grotesco, porque lo que el director critica es precisamente lo que ha pedido un rato atrás. Las cosas cambian rápido en este lugar mientras el calor, el verde de los árboles y las iglesias vacías parecen no inmutarse. El director interrumpiendo la acción de la obra con su voz y sus manos, me recuerda a un político: puede equivocarse y contradecirse todas las veces que quiera, lo importante parece ser no dejar de ejercer su poder. Eso es todo. Los directores levantan la voz lo suficientemente fuerte o gesticulan con rabia y ponen las cosas en algún lugar que ellos consideran significativo. Como dice Humpty Dumpty, "cuando yo uso una palabra, significa lo que yo quiero que signifique".

Mientras junto estos apuntes en una pieza de los dormitorios de Williams y espero que el calor vuelva a pasar por hoy, miro por la ventana y veo a este pueblito como un pequeño país inocente encerrado entre las montañas. Los directores de las obras del festival presiden sobre estas familias disfuncionales de los actores, este circo liviano en el que cada uno busca su momento bajo las luces antes de que se vaya el verano.

Y antes de que haya más enredos de los que una familia puede soportar, Wilde deja que ese abanico, con que antes amenazó humillar a la buena mujer, se pierda entre los personajes y dice eso de que el escándalo y el pelambre se diferencian en que la historia es sólo pelambre, pero que el escándalo es pelambre hecho tedioso por la moralidad. Y luego el abanico cae en otras manos y la historia sigue su curso. Todos necesitamos una familia.

El problema parece ser -remata el irlandés sin necesitar levantar la voz- que todos tenemos nuestras pequeñas vanidades, y que algunos podemos resistir cualquier cosa, menos la tentación.



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En el Festival, está El Abanico de Lady Windermere, esa comedia de costumbres supuestamente
En el Festival, está El Abanico de Lady Windermere, esa comedia de costumbres supuestamente "sobre una buena mujer" donde Oscar Wilde se despacha varias de sus frases más filudas sobre la vida y los valores.
Foto:Associated Press


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