ARTES Y LETRAS

Domingo 17 de Mayo de 2009

REPORTAJE Presente y futuro de la "ciencia primera"
Filosofía chilena: el desafío de hacer comunidad

En Chile marca poca presencia y hay cierta dispersión entre sus cultores. En octubre, un congreso nacional quiere enfrentar esa realidad y ser la génesis del posicionamiento de la filosofía en la cultura nacional.

JUAN IGNACIO RODRÍGUEZ MEDINA

No hay mucho arrojo en fijar a Sócrates como la figura referencial de la filosofía. Y si él dedicó su vida al diálogo, tampoco parece descabellado suponer que el filosofar arraiga en la comunicación. Es lo que pensaba Karl Jaspers, para quien "toda filosofía impulsa a la comunicación".

Así las cosas, no deja de ser crucial el juicio que acompaña la convocatoria al "Congreso Nacional de Filosofía: Filosofía en Chile Hoy": "Muchos años han pasado en los que no ha existido en nuestro país una instancia de encuentro y diálogo entre quienes nos dedicamos al cultivo de la filosofía".

Eduardo Fermandois y Wilfredo Quezada -académicos de la Universidad Católica y la Universidad de Santiago, respectivamente- son parte de la comisión coordinadora del encuentro (que se realizará en la Biblioteca de Santiago desde el 6 al 9 de octubre), y aunque reconocen que "desde un tiempo a esta parte se está haciendo mucho", a nivel de conferencias o seminarios, creen que las cosas podrían estar mejor: podría existir un mayor encuentro y a nivel nacional. Eso -sostienen- es lo que falta.

Destacan el cariz formativo de un congreso: "Queremos que los estudiante más jóvenes vivan la filosofía nacional en una dinámica real". Lo que también incluye que quienes recién se han titulado tengan un espacio para "presentar y presentarse" y la inclusión de quienes enseñan filosofía en los colegios.

Otro de los objetivos es fundar una asociación chilena de filosofía que, por de pronto, se encargue de seguir realizando el congreso nacional. ¿Por qué? "Porque en Chile la filosofía no juega un papel primordial en la cultura; hemos perdido peso y validez". "Y no vamos a contar para la agenda cultural mientras no estemos reconstituidos y seamos un actor válido", explica Quezada.

En Chile existe desde 1949 una asociación de filosofía cuya presencia hoy es sólo nominal, pero que -reconocen- fue un buen grupo que vivió sus mejores años en las décadas de 1950 y 60 con gente como Roberto Torretti, Carla Cordua, Jorge Millas, Joaquín Barceló, Héctor Carvallo o Ernesto Grassi. Y que -agregan- colapsó junto al devenir político de la sociedad chilena (con la reforma universitaria y el golpe de Estado): "Dejamos de ser visibles y se empieza a perder la idea de que podíamos tener una tradición".

La idea es recuperar esa historia y reconectar a los jóvenes con ella, pues -cree Quezada- es importante para tener crédito y ser un agente cultural que tiene algo que decir. La cuestión es ir más allá del puro academicismo: "Si nos olvidamos que también tenemos que hablarle a la persona que va en la calle, estamos perdiendo el derecho a decir {lsaquo}{lsaquo}hago filosofía desde Chile{rsaquo}{rsaquo}".

Necesidad de diálogo

"Hay filósofos, pero no hay una filosofía que pueda llamarse chilena". La sentencia es del filósofo chileno Humberto Giannini: "Sólo puede 'localizarse' un pensamiento cuando el espacio en que ocurre es un espacio social cohesionado por inquietudes intelectuales comunes, madurado en el conocimiento mutuo de los autores, en el diálogo y la discusión frecuentes. En general, no nos leemos los que hacemos filosofía, no discutimos nuestros puntos de vista, y si llegamos a comentarnos, difícilmente la prensa se interesa por lo que hacemos".

En una senda similar, Cristóbal Holzapfel, filósofo de la Universidad de Chile, considera que en Chile hay desarrollos filosóficos muy interesantes, pero que responden a esfuerzos individuales. Por lo mismo, le parece que el congreso es importante para enfrentar lo que llama "atomismo"; que si bien -explica- puede tratarse de una tendencia mundial, también responde a cuestiones "más cercanas o superficiales", como la dedicación casi exclusiva de muchos académicos a un sólo autor, que impide las discusiones en torno a áreas temáticas de la filosofía.

Para Jorge Peña -director del Instituto de Filosofía de la Universidad de los Andes- la solución pasa por tener un "ring" donde pueda darse la disputa, es decir, una unidad en ciertos principios: "Nosotros intentamos que lo haya acá con principios cristianos sobre la condición del hombre; si no, tenemos al kantiano con sus discípulos, al heideggeriano con los suyos y no se da esa comunicación".

Luis Flores, decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Católica, reconoce que en Chile hace falta que nos acostumbremos a polemizar y a hacerlo con respeto; de todos modos cree que es falso que no existan instancias de diálogo, y cita como ejemplo las jornadas anuales Rolando Chuaqui (dedicadas a la filosofía de las ciencias) que organizan las universidades de Chile, Católica, de Santiago y de Concepción; los simposios anuales que organiza la UC con profesores extranjeros y de otras universidades chilenas y, a nivel interno, los seminarios de discusión que realiza el Instituto de Filosofía.

En ese plano, Peña y Flores rescatan a un grupo de estudiantes (algunos ya son profesores) de la Chile, la Católica y los Andes que crearon una revista de filosofía moderna -Methodus- y que desde el 26 al 28 de mayo organizarán las terceras Jornadas de Filosofía Moderna (este año son en la UC). Para Flores, esas son las iniciativas que hay que apoyar. Su convicción es que se debe institucionalizar la reflexión, en el sentido de abrirle espacios, dado el "papel articulador de la cultura" que cumple la filosofía.

De exportación

Sin embargo, la especialización de los filósofos chilenos también tiene una cara virtuosa. Es lo que sugiere Berta Concha, directora de la editorial Liberalia y de la librería Prosa y Política, quien refiere un hecho llamativo: desde el extranjero -antes que narrativa u otras áreas- le piden filosofía chilena.

Ella lo atribuye a que acá se sigue reflexionando con métodos y de filósofos que -"sobre todo en España"- han ido quedando marginados. "Hay un vaciamiento paulatino de contenidos de filosofía en los catálogos españoles; hay reedición de libros clásicos, pero no nueva reflexión. Chile tiene la virtud de país isla: seguimos con filósofos clásicos, traduciendo, repensando. Somos muy buenos traductores", sostiene.

Pone como ejemplo el trabajo de la editorial chilena Brickle, que ha traducido a filósofos alemanes y que -entre otros- ha publicado a Jorge Eduardo Rivera ("Heráclito. El Esplendente", "Itinerarium Cordis. Ensayos Filosóficos"), y cuya aceptación es mucho más importante en España, México y Alemania, que acá. Otros nombres que cita -en el terreno de la estética y la filosofía del arte- son los de Margarita Schultz y Adriana Valdés y -en otro plano- la "tríada" Maturana, Echeverría y Varela.

La opinión de esta librera es que en Chile la filosofía es una actividad muy circular en la academia, que no ilumina otros ámbitos del quehacer nacional. En ese marco, Jorge Peña ve un papel importante para la disciplina en el presente, pues considera que las distintas ciencias están desembocando hacia problemas filosóficos: el origen de la vida, cuándo hay pensamiento, si la justicia tiene un fundamento más allá de lo jurídico. "En la actualidad los problemas no son si hay más o menos mercado, sino lo humano y lo inhumano".

Para Cristóbal Holzapfel, la presencia de la filosofía en la sociedad no pasa por una manifestación explícita, sino por una injerencia indirecta a partir de las "determinaciones fundamentales del hombre"(por ejemplo, la definición de animal racional en Aristóteles o el centralismo del hombre en Descartes). Más allá de la aparición en los medios y de las nacionalidades -afirma- eso es lo que impacta: "En rigor, no puede haber una filosofía chilena o latinoamericana, alemana, ni siquiera griega. Son denominaciones didácticas, pero sin un peso ontológico: la filosofía es la filosofía".

Aun así, destaca el número de investigaciones y publicaciones que hay en Chile, aunque advierte que los criterios de productividad -"incluso con repercusiones en la estabilidad laboral"- pueden atentar contra una cuestión que plantea como esencial: "La espontaneidad, el acto de pensar sobre la base de una genuina libertad".

Matices más, matices menos, la pretensión del congreso de octubre es generar una instancia que aúne y ponga en diálogo a aquellos que cultivan la filosofía en Chile; quizás para hacer propio eso de que "toda filosofía impulsa a la comunicación".

Si bien la gama temática en las escuelas de filosofía chilena es amplia (ya sea en las pedagogías o licenciaturas), pueden destacarse algunos esfuerzos. En la U. Católica, hay un desarrollo en la filosofía de las ciencias y la filosofía analítica con académicos como Luis Flores y Eduardo Fermandois. Existe una Sociedad Chilena de Filosofía Analítica, con docentes de diversas universidades, como Wilfredo Quezada de la Usach, donde hay un magíster en filosofía de las ciencias (existe otro en la U. de Valparaíso), o Guido Vallejos y Rodrigo González de la U. de Chile, quienes son parte del Centro de Estudios Cognitivos de la Casa de Bello. En estética y filosofía del arte hay una apuesta fuerte en la Facultad de Artes de la U. de Chile, con nombres como Pablo Oyarzún ("Entre Celan y Heidegger", 2003) y Margarita Schultz ("La cuerda floja", 2 volúmenes, 2003 y 2005). Otra área es la de fenomenología y hermenéutica; en la U. de Chile existe un seminario permanente con profesores como Jorge Acevedo, Cristóbal Holzapfel, Carla Cordua y Eduardo Carrasco. En la Andrés Bello cada dos años se realiza un congreso internacional de fenomenología y hermenéutica y en la U. Alberto Hurtado existe el Grupo de Investigaciones Fenomenológicas. La filosofía antigua destaca en la U. de los Andes gracias a la presencia, primero, de Alejandro Vigo ("Aristóteles. Una introducción", 2007), y ahora de Marcelo Boeri, conocedor del estoicismo y epicureísmo ("Investigaciones sobre aspectos epistemológicos, éticos y de teoría de la acción de algunas teorías morales de la antigüedad", 2007). También resalta Óscar Velásquez, profesor de la U. de Chile ("Platón. Banquete o siete discursos sobre el amor", 2002). Dentro de la antropología filosófica está -entre otros- el trabajo de Jorge Peña en la U. de los Andes ("Levinas: el olvido del otro", 1997) y el de Cristóbal Holzapfel en la U. de Chile ("Crítica de la razón lúdica", 2003).

Títulos recientes de filósofos chilenos

No es que las publicaciones de filósofos chilenos estén en la primera línea editorial chilena, pero de todos modos -a partir de las sugerencias de Holzapfel, Giannini, Peña y Flores- se puede hacer un recuento de títulos destacados del último tiempo. "Celán y Heidegger" (2006), de Pablo Oyarzún; "Partes sin Todo" (2005), de Carla Cordua; "A la búsqueda del sentido" (2005) de Cristóbal Holzapfel; "Nietzsche y los judíos" (2008), de Eduardo Carrasco; "The Philosophy of Physics" (1999) y "Manuel Kant. Estudio sobre los fundamentos de la filosofía crítica" (reeditado en 2006), de Roberto Torretti; "Morality and The Human Goods. An Introduction to Natural Law Ethics" (2002), de Alfonso Gómez-Lobos (traducido al castellano en Editorial Mediterráneo en 2006); "Del bien que se espera y del bien que se debe"(1997), de Humberto Giannini; y "Estructura Metafísica de la Filosofía" (1997), de Juan de Dios Vial Larraín. También se menciona a Jorge Rivera con su traducción de "Ser y Tiempo", de Martin Heidegger, y "Heráclito. El Esplendente"; a Óscar Velásquez con su estudio y traducción del Timeo de Platón; y a Jorge Acevedo con sus reflexiones sobre la época contemporánea.




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