EL SÁBADO

Sábado 15 de Septiembre de 2007

CLAUDIO ORREGO, ALCALDE:
El Boy Scout de Peñalolén

Acaba de ganar una pelea contra Metrogas. Tiene a todo el municipio de Peñalolén trotando sin tregua y detesta la negligencia.
Por MARGARITA SERRANO Fotos: MIGUEL SAYAGO

Es un boy scout este alcalde. Anda hasta con zapatillas todoterreno que todavía no están embarradas porque es muy temprano en la mañana, pero se nota que ayer lo estuvieron. No se saca la parka roja –con o sin mangas– ni por un segundo, igual que todo su equipo de funcionarios, y se ve como uno más de la gran "reunión de hermanos" (eso significa la palabra Peñalolen) que transcurre en esta municipalidad. Y al mismo tiempo, es súper exigente con todos, no permite la ineficiencia, cree en la ley del máximo esfuerzo, y por eso los tiene a todos trotando, agotados pero estimulados, básicamente seducidos por este "alcalde Duracel" que está en lo chico y en lo grande: así como se querella para defender a una vecina robada, consigue digitalizar la comuna a niveles insospechados en el Chile más pobre.

Ésa es la primera impresión que da. Lo que no es raro, porque viene del colegio Saint George, donde estaba en todas: en el centro de alumnos, en los deportes, en las poblaciones, haciendo todas las revoluciones sociales y personales. En el fondo, está en lo que tenía que estar el único hijo hombre del gran ideólogo, intelectual y político de la Democracia Cristiana de los años 60 y 70 Claudio Orrego Vicuña.

Sin embargo, hay una segunda impresión. Es mucho menos político de lo que uno sospecha. No porque le haga asco a la política, que le fascina y está orgulloso de ser militante DC. Sino porque lo que de verdad le gusta es el trabajo social y el servicio público. No es Frei Montalva su ídolo, sino el cardenal Silva Henríquez; no es el Parlamento su máxima aspiración, sino el municipio.

Le gusta el poder a este abogado de la UC con magíster en Políticas Públicas en Harvard, porque sabe que sin él no llega a ninguna parte. Pero además de los discursos encendidos, la herramienta que maneja mejor es la computación. Ahí está su gran creatividad, en las redes que arma y en cómo capacita a todos en su comuna para aprovecharlas. Es un político bastante atípico, que no sabe muñequear dentro del partido –la prueba está en cómo el ex Presidente Lagos lo eliminó como ministro de Vivienda de un plumazo– y, sin embargo, no se pierde en sus objetivos profundos que tienen que ver con sacar al país de la pobreza. Es una manera distinta de hacer política, mucho menos ideológica y mucho más religiosa, en el más amplio sentido de la palabra. Con todos los peligros que ello encierra para las instituciones, los gobiernos o los partidos.

Un boy scout del siglo 21.

LA HERENCIA DEL ALCALDE

Hace poco cumplió 40 años. Está casado con la sicóloga Francisca Morales, su compañera de tercero medio, con quien hizo la confirmación. Tienen 4 hijos hombres, entre 15 y 3 años. "Se supone que estábamos buscando la niñita, los mellizos ya tenían como 8 años cuando nació el siguiente. Y, claro, no era niñita... Es Benjamín, y queremos que de verdad sea el último. Ya es difícil tener cuatro hijos cuando ambos tenemos tantos proyectos en nuestras vocaciones".

Llega tarde al encuentro porque estaba jugando squash. Hay mucha gente en el pasillo de la gran casona en avenida Grecia. Hoy se inaugura un centro de computadores desde donde se podrán hacer los reclamos y verificar en qué etapa está la solución. "Es el primero que hay en América Latina", comenta una periodista orgullosa. Luego, cuando uno llega al fondo del pasillo donde está la gran oficina del alcalde, queda claro que una de sus obsesiones es la comuna digital en la que se está transformando Peñalolén. Como no tienen muchos recursos, lo que hace Orrego es crear proyectos inteligentes para que las empresas los financien. Todo tiene que ver con las redes que sabe tejer, con capitales privados. Y con las universidades que le ponen centros dentales, educación, salud mental. "Lo otro es la gente, el capital social, con su autoestima y necesidad de cariño". Para eso atiende a los vecinos todos los jueves. En sus dos años y medio como alcalde, ha visto personalmente a más de 4 mil vecinos. Otro día de la semana lo dedica a caminar por un barrio de la comuna, y habla con los habitantes y después se preocupa de los resultados de cada demanda.

–Aquí encontró su anillo al dedo.

–Completamente... (Sonríe casi con culpa por su satisfacción). Me da un poco de vergüenza contarlo, pero en una entrevista madre–hijo, le preguntaron a mi madre (Valentina Larraín) cuál sería el día más feliz de su hijo. Pensé que iba a decir el día de mi matrimonio o de mi graduación, pero no, ella, sin chistar, dijo: "El día que lo eligieron alcalde de Peñalolén". Y tiene razón, nada me ha hecho más feliz.

–No debe ser fácil ser hijo de Claudio Orrego. Porque en la comparación, usted puede salir perdiendo...

–(Sonríe, felizmente derrotado) Yo parto de esa base, ¡cómo te lo explico! Emular la pluma de mi padre, cuando pocos después de Vicuña Mackenna (ascendiente directo) han sido tan prolíficos... Hay cosas que uno asume con hidalguía y humildad. Lo mío es distinto: yo tengo la vocación de traducir las ideas en hechos. Así como un hacedor sin ideas puede terminar siendo un activista, un ideólogo sin obras puede terminar siendo un charlatán. En mi vida, he tratado de reconocer los talentos que Dios me ha regalado, reconciliarme con los que tengo y con los que no tengo. Y en eso soy distinto de mi padre. Hay cosas suyas que nunca voy a tener (lo dice con orgullo).

Tenía 14 años cuando falleció su padre. Lo recuerda como un papá fascinante, entretenido. Pero nunca habló de política con él. En la casa se vivía un ambiente católico, más comprometido que formal. Y todos, los tres hijos Orrego Larraín, estaban en gran sintonía con sus padres. "Pero recuerdo que una vez yo venía llegando de un trabajo en Renca que se hacía con el colegio, en el que me enfrenté por primera vez con lo pobreza feroz. Fue algo determinante para mí. Cuando llegué a mi casa, recuerdo haber tenido la única conversación más ideológica con él. Le critiqué la falta de austeridad con que vivíamos, le pedí explicaciones de por qué había cambiado su citroneta por un auto mejor cuando los pobres en Chile no tenían nada... En fin. Él trató de explicarme las contradicciones que uno tiene entre la vida que quiere para todos y la que le toca vivir. Al poco tiempo murió. Esa conversación la he tenido muchas veces con mis hijos también, y no puedo olvidar las palabras de mi padre".

–Hay quienes dicen que usted es la promesa de la DC... ¿Es o ya no fue?

–¡Esos rótulos son tan castrantes! La DC tiene una generación de gente entre 30 y 40 años muy notable, profesionales honestos, jugados... Y hay muchos. Lejos de considerarme yo una promesa, siento que formo parte de una generación en deuda.

–¿Cuál es la deuda?

–Cometimos un error profundo, que ha ocurrido menos en otros partidos con menos tradición: tenemos a nuestros founding fathers, como le dicen los gringos a los fundadores, quienes nos producen un tremendo respeto. Si nos hablan de Frei, Leighton, don Patricio, incluso de mi padre, es algo muy fuerte. Pero la historia no la hacen los viejos ni se hace desde la nostalgia. Se hace desde la audacia. Uno no puede vivir esperando que el que está arriba te haga un hueco. Si uno tiene algo que proponer, va y lo hace. A nuestra generación nos ha faltado eso.

Tanto la familia de su madre como la de su padre eran de derecha. Ellos fueron los que empezaron a romper tradiciones y a inclinarse hacia la Revolución en Libertad. Por eso Claudio está acostumbrado a departir –y a querer– a personas de otros credos políticos, culturales y religiosos. Por eso no es rara su amistad y admiración por su tía política Patricia Matte, casada con un hermano de su madre Valentina.

–Tenía 16 años, en pleno gobierno militar, y siempre tenía discusiones con ella. Duras y siempre buenas. Reconozco que heredé el cariño y la admiración que tenía mi padre por ella. Mi padre la adoraba y se la pasaban peleando. Dicen que cuando mi padre era candidato a la Feuc, ella firmaba su voto para que a nadie le cupiera duda que no votaba por él. (Se ríe contagiosamente.)

–¿Es verdad que ahora ella participa en algún organismo de Peñalolén?

–Cuando asumí como alcalde, lo primero que pensé era que tenía que hacer directorios pluralistas. Y pensé en ella altiro para la Corporación de Desarrollo Educacional. Y la llamé. La pobre estaba llena de pegas; sin embargo, me dijo que no me podía decir que no. Y ha sido de una disciplina, de un aporte... viene a las reuniones, visita los colegios, nos ayuda... Es una persona que teniendo todo, no puede parar de trabajar por lo que cree. Es de lo mejor que tiene la vieja tradición conservadora de este país, en su servicio a la Patria. Estamos de acuerdo en muchas cosas, y en muchas, no. Pero tenemos algo en común: sabemos que nacimos con privilegios, que tenemos cosas que no merecemos y que no podemos sino devolverle al país lo que recibimos.

Se pone de pie y me muestra la foto de la familia, con Claudio Orrego Vicuña fumando pipa, la rubia Valentina y los tres hijos muy chicos. Sobre su escritorio de alcalde hay cachimbas antiguas y ordenadas. Hace algunos años probó fumar pipa por primera vez y quedó embelesado con el aroma que lo envolvió. Era como reencontrarse y tocar el mundo de su padre, muchos años después.

PODRÍA HABER PERDIDO
A MI FAMILIA

–Acaba de ganar una batalla con Metrogas para que no instale su planta de gas en su comuna. Tuvo que pelear con organismos de gobierno, además de la empresa privada. ¿Le costó mucho?

–Al principio sí, hasta que me di cuenta que la empresa contaba verdades a medias. Que el Gobierno estaba desinformado, diciendo cosas que no son ciertas. Les demostramos que la empresa tenía permisos para construir en Puente Alto, pero que como era más caro, se lanzaron a hacerlo aquí. Hablé con el alcalde Ossandón y me confirmó que no había problemas para construir la planta allí, que es zona industrial, que la empresa tiene ahí los terrenos y los permisos ambientales aprobados. La precordillera no se puede transformar en zona industrial. Pude pelear contra Goliat porque sabía que era una causa justa, que había alternativas y que ni el Gobierno ni este municipio tenían que pagar los platos rotos de una empresa que ha sido negligente.

–¿Qué aprendió de los privados en sus tres años en Sonda?

–Aprendí mucho. Y sentí que había una conexión: el emprendimiento. Un empresario inventa de la nada algo potente. Ese punto me importa mucho. Pero un día supe que me tenía que ir, que mi padre murió muy joven –a los 42 años– y que uno tiene que vivir y morir haciendo algo que te haga muy feliz. Para mí, eso está en el servicio público. Aquí, escuché a la gente hablar del sueño de tener un polideportivo, con centro cultural, y también lo fui soñando con ellos. Hicimos el proyecto, conseguimos financiamiento y ahí se está construyendo. Eso es emprender, lo mismo que hacen los privados. Aquí también tenemos que conseguir resultados.

–¿Por qué lo sacó Lagos del Ministerio de Vivienda en 2001?

–(Se echa para atrás y lo piensa, con algo de pena en los ojos). La única respuesta definitiva sería la suya. Pero creo, hoy, después de las cosas que sucedieron más adelante, como que Jaime Ravinet me reemplazó y él iba a ser candidato por la Primera Región y que después no lo fue; que Sergio Bitar dejó de ser candidato y fue otra persona en vez de él... En fin, pienso que no me sacaron por mala gestión. Quiero pensar, me consuela pensar que toda esa logística política fue la que se impuso, transformando lo mío en una decisión de Estado, porque el Presidente Lagos tenía que hacerlo.

–Pero dolió...

–Me dolió. Pero el dolor inicial de una salida intempestiva, impensada, también tiene un sentido de gratitud. ¿Conoces el discurso de Steve Jobs, de todas las cosas buenas que le pasaron cuando lo echaron? Tampoco sé qué habría pasado con mi vida si hubiera seguido siendo ministro. Yo estaba en una cosa un poco frenética, de trabajólico; quizás a los 34 años, con la pasión que le puse al cargo, podría haber perdido a mi familia. Después me pasaron puras cosas buenas: recuperé familia, estabilidad, entré al mundo privado, ahí me llevó Andrés Navarro y pasé tres años en Sonda, y pude llegar a donde estoy ahora.

–No parece ser un democratacristiano muy ortodoxo...

–Mi gran escuela fue la Iglesia Católica, no el partido. El haber sido formado por la congregación de la Holy Cross, que tiene un fuerte sello social, pero que es bastante ecuménica en los carismas de la Iglesia, me ayudó mucho. Yo trabajo con los jesuitas, con Schoenstatt. Fui carismático, y cantaba con los brazos arriba, lo que me ha servido mucho cuando me toca ir a un templo evangélico, ¡me siento en mi salsa! (se ríe a carcajadas). Yo entré a la política porque me di cuenta que desde mi vida de fe, surgía una vocación profunda por lo social, por cambiar este país. Y en un momento dado, me convencí que eso no se consigue de manera plena en el mundo de lo social; que el poder también tenía cosas buenas para producir cambios. Entré a militar a la DC porque uno no puede andar solo en la vida. Pero me siento libre para opinar. Y no sólo soy concertacionista, sino que tengo una capacidad de diálogo mucho más allá.





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Foto:Miguel Sagayo


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