EL SÁBADO

Sábado 22 de Diciembre de 2007

LAS LECCIONES DE RENÉ CORTÁZAR
He aprendido que soy más aguantador de lo que pensaba

Lleva nueve meses enfrascado en el Transantiago. Ahora, por primera vez, el ministro de transporte reflexiona sobre los momentos que ha pasado. "Estoy dispuesto a arriesgar más de lo que he arriesgado nunca", reconoce.
Por PAULA CODDOU B

Hace un año, René Cortázar estaba tranquilo, en varios directorios y asesorías, suponiendo seguramente que –en esta pasada– no estaría en el gobierno. No era un hombre ni cercano a La Moneda, a Michelle Bachelet casi no la conocía y si hubiera habido una oportunidad de estar, era si Soledad Alvear hubiera ganado la primaria de 2005. Pero el 10 de febrero (10F ahora) cambió radicalmente el curso de las micros, del gobierno y también el de Cortázar.

Llegó a Amunátegui 139 el 27 de marzo, cuando –como dice él mismo– "el bote estaba haciendo agua por todos lados".

–¿Qué ha sido más complejo? ¿Ser ministro del Trabajo, director de TVN o estar acá?

–Esto ha sido lo más difícil. El trabajo más difícil de mi vida, por lejos. La crisis es muy, muy profunda.

–¿Y aceptar el cargo fue un acto de heroísmo o de vanidad?

–Ninguna de las dos. Tengo una vocación hacia lo público, y frente a una petición como esa de la Presidenta, no tuve ninguna duda en mi mente de aceptar.

Claro que a la Presidenta le negoció. La idea era que Cortázar fuera "el zar" del transporte, pero él pidió todos los poderes. Hoy, lleva nueve meses como ministro. Nueve en que sus amigos dicen que sólo ha tenido tiempo de leer Inés del Alma mía, en que llega pasadas las 10 de la noche a su casa todos los días, en que muchas veces se ha desvelado pensando en los problemas, y en que no se puede sacar de la mente las caras de la gente, en una crisis que tiene rostro –muchos– y cola, las que ve cada día en los paraderos.

Pero sus amigos también dicen que está feliz, que su vocación no estaba en los directorios sino aquí, en este desvencijado edificio del centro donde carga, en cierto modo, el destino de la Concertación.

Una de las frases de René Cortázar Sanz es: "el prestigio es para usarlo". ¿Y para perderlo también? Porque el riesgo de su actual cargo es alto. "No hay nada más triste", dice él achicando los ojos, "que ver a una persona que no arriesga el presente por temor a perder el pasado".

–Pero usted aquí está arriesgando su capital humano, su nombre.

–Al ingresar a esto lo hice con mucha libertad, sabiendo que era una actividad muy riesgosa (lo dice enfático). Pero me siento muy libre de hacer la tarea. No voy a cuidar el pasado.

Su prestigio público se comenzó a construir en Cieplan, donde llegó a comienzos de los '80 después de hacer un doctorado en el MIT. En esa enorme casona de Colón forjó buena parte de sus amistades –como José Pablo Arellano y Patricio Meller– y trabajó el tema sindical. A comienzos de los 90, cuando fue designado ministro del Trabajo de Patricio Aylwin, tenía suficiente peso para enfrentar a trabajadores y empresarios. Sacó adelante las reformas laborales con la derecha y cosechó muchos aplausos en ese sector y en el propio. Después, fue director ejecutivo de TVN, donde levantó los números y tuvo una exitosa gestión ensombrecida en parte por sus disputas con el jefe de prensa de la época, Jaime Moreno Laval. Finalmente, renunció. "La lección que saqué de ahí es el valor de la libertad. El tener libertad para entrar y para salir", reflexiona.

–¿Eso lo preparó para este cargo? Porque le hicieron muchas críticas personales.

–Uno, a lo largo de la vida, va engrosando el cuero. Hay que aceptar que en estas tareas hay una parte que es conflictiva. Uno no anda buscando el conflicto, pero tiene que estar dispuesto a enfrentarlo cuando viene.

–¿Pero su salida de TVN lo preparó en cierto modo para enfrentar los fracasos?

–Trato de evitar que el miedo al fracaso me paralice. El temor a fracasar hace que las personas se encojan. El temor achica, achica los compromisos, los proyectos.

–¿Cuándo aprendió eso?

–A golpes, como todo en la vida... Comprobar en uno mismo el papel que juega el temor en todos nosotros.

En estos nueve meses, quizá –agrega– el momento de mayor temor fue la primera quincena de mayo, cuando se produjo una crisis en el metro Las Rejas. Hubo un problema con un vagón y las personas debieron evacuar. "Es un hecho que puede ocurrir en cualquier parte del mundo, pero con los problemas de transporte que teníamos, se produjo una reacción de la gente de enorme molestia y salieron agitadamente hacia fuera miles de personas. Lo recuerdo como si fuera hoy... Cuando uno miraba eso, pensaba 'el efecto de esto es completamente impredecible, puede terminar en un drama'. Son momentos como ese en que he sentido temor".

Hace una semana, la Presidenta lo ratificó en su cargo, una medida que no sorprendió a casi nadie. Seguro que tampoco a él.

–Pero usted no pudo solucionar el Transantiago en el plazo y meta que se puso.

–No. Pero siento que durante estos meses avanzamos enormemente. Si yo no sintiera eso, sí estaría terriblemente frustrado. Pero rediseñamos el sistema de transporte.

–Pero la meta no era esa.

–Era también. Y creía que era posible, si no, no lo hubiera dicho. Siempre he creído, en todo lo que he hecho en mi vida, que hay que subir la vara. Aunque haya riesgos.

–Para algunos, usted fracasó.

–Naturalmente hubiera querido alcanzar el objetivo y por eso presenté mi renuncia. Pero sabía que al haber puesto esa meta, había tensionado el sistema en su conjunto. Jamás hubiéramos avanzado como lo hicimos si no era porque había una meta.

–Pero está acostumbrado a ganar.

–Sé que para ganar hay que arriesgar la posibilidad de perder. Si uno quiere irse a la segura, es difícil hacer una tarea importante, porque entonces baja la vara. Y al hacerlo, es seguro que uno salta menos. Y para adelante tiene la mediocridad.

–¿Qué ha aprendido de usted mismo estos meses en Transporte?

–Que soy más aguantador de lo que pensaba y que estoy dispuesto a arriesgar más de lo que probablemente he arriesgado nunca, de apostar algo donde la mayor parte de la gente no veía salida. Eso he sentido, capacidad de aguantar y arriesgar.

–¿Está en usted la posibilidad de que esto fracase?

–Es que tiene que resultar. Podrá demorar un poco más, menos, pero tiene que resultar. Tengo confianza.

–¿Se desvela en la noche?

–Muchas veces duermo mal, por las preocupaciones. Como esa noche de mayo que te contaba. Y si esta vez no pasó nada, ¿quién me asegura que la próxima semana no pase?

– ¿Y no se desvela pensando que el éxito o fracaso del Transantiago será el éxito o fracaso del gobierno?

–No creo eso. La importancia que tiene es cómo afecta la vida de tanta gente, pero no tengo tan claro que esto esté tan ligado a lo que ocurra políticamente.

–En una reunión en febrero pasado un dirigente dijo que Sergio Espejo sería el sepulturero de la Concertación. Usted sentirá ese peso también.

–No, he sentido el peso por la gente afectada, eso sí. Mirar los paraderos y pensar, bueno, cayeron los tiempos de espera a la tercera parte, pero ¡por Dios que se ven paraderos llenos!

–Es político y sabe lo que implica esto.

–Lo sé, no soy ingenuo. Me doy cuenta de que tiene un efecto político. Pero lo que me desvela en la noche no es eso, sino arreglar este problema social.

–¿Ha estado alguna vez a punto de tirar la esponja?

–Ni por un segundo, no se me ha pasado por la cabeza.

–¿Nunca se le cayeron unas lágrimas en este tiempo?

–(Sonríe) Claro que sí...


"las ironías me han jugado malas pasadas"

René Cortazar (55) estudió en el Verbo Divino, y vivió varios años de su infancia en Minessotta por el trabajo de su padre –Premio Nacional de Ciencias 1995–. De él, un vasco que un día se aburrió de explicar que su apellido era García de Cortázar y se quedó solo con la segunda parte, heredó el rigor. Y así como hay gente que va por la vida con el rótulo de "simpático" o "buenmozo", el del actual ministro de Transportes es "brillante". Así lo definen ex y actuales colaboradores, y amigos cercanos.

–¿Cómo maneja el ego?

–Yo no me siento brillante, francamente. No tengo el problema de cómo manejar el ego respecto de eso.

–Pero lo critican por darle a la inteligencia categoría de valor supremo.

–No creo eso. A estas alturas todos reconocen que hay muchos tipos de inteligencia. Más allá de eso, cada vez creo más en la bondad, la afectividad, porque al final la felicidad de uno depende tanto más de eso.

–En medio de la crisis de TVN alguien dijo que "Cortázar sólo habla con Dios". ¿Siente que algunos tienen esa imagen suya?

–En TVN los talentos estaban adentro, los busqué para que formaran parte de un equipo, y para compartir un relato y una tarea común. Y ese esfuerzo no lo hace alguien que habla sólo con Dios (sonríe).

–¿Y cómo bota la tensión?, porque es un hombre muy contenido.

–Creo que son los anteojos los que me hacen esa fama de fome –dice y se los saca y los gira–. Son los anteojos.

Más que fama de fome, la tiene de irónico. "Las ironías, en general, me han hecho malas pasadas. Pero es difícil cambiar. Al final uno es quien es. Claro que se cepilla un poco".

No fuma ni toma, tampoco trota como antes porque está con una lesión, pero tiene una bicicleta fija donde pedalea viendo las noticias y leyendo los diarios. Se ríe. Obviamente no se relaja mucho. "Pero está la familia. Las amistades". Está casado hace 32 años con Ana María Valdés, profesora de Ciencias Sociales. Tienen tres hijas. Catalina, Alejandra y Anita. A comienzos de los 70, ella era simpatizante del Mapu. "En los temas políticos y sociales pensamos muy parecido. Ejerce una enorme influencia sobre mi, es una persona muy sensible, con un juicio muy equilibrado y penetrante. Le pido su opinión siempre, sobre más cosas de las que a ella le gustaría. Confío enormemente en su criterio".

Con ella vive hoy en un departamento en El Golf. Seguro que hasta hace un tiempo más tranquilos, cuando él estaba privatizado.

–¿Le hacía falta más adrenalina?

–No estaba aburrido para nada. Pero me faltaba algo, algo que tenía que ver con los zapatos míos: lo público.

–¿Hasta qué punto es servir y hasta donde es ego, poder, figuración mediática?

–Puede tener que ver con muchas cosas, pero lo que más tiene que ver es con el ADN de uno, quien es realmente uno.

–¿Por qué cree que a este gobierno le falta mística?

–No lo siento así. Yo siento la misma pasión que la que tenía el año 90. El mismo gusto de poder llegar en la noche, ¡cansado como perro!, tarde, y sentarme en el borde de la cama y acostarme con la convicción de que valió la pena. Y sentir que esto tiene sentido. ¡Y tiene sentido! y que vale la pena, vale la pena gastarse en esto (le brillan los ojos)

–¿Su vocación pública termina en La Moneda?

–No. Eso no está en mi radar, nunca se me ha pasado por la mente. Soy muy realista.

–¿Le gustaría?

–Esto me apasiona, lo otro no me lo he planteado.

–¿Se ha acordado de algún consejo de su amigo Manuel Bustos?

—No, pero sé lo que me diría ahora. Si él estuviera aquí y yo le preguntara ¿qué hago? me diría: "¡peléala hasta el final!". Ese era Manuel Bustos.


"Trato de evitar que el miedo al fracaso me paralice. El temor achica los proyectos".



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Foto:MIGUEL SAYAGO


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