EDITORIAL

Sábado 24 de Marzo de 2001


Constitución de 1980

El profesor Gustavo Cuevas, decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Mayor, ha presentado en la página de opinión del diario, del día 13 de marzo, una visión extremadamente optimista de los 20 años de vigencia de la Constitución de 1980. Ese optimismo lo lleva a negar que sea "realmente necesario modificar la Constitución con la urgencia que reclama una parte del mundo político", ya que, a su juicio, la Constitución ha consolidado un régimen político renovado, ha hecho viable la protección a los derechos de las personas, ha estimulado un contundente crecimiento económico y ha sido un factor de estabilidad institucional y democrática.

Después de leer estas opiniones del profesor Cuevas, pareciera que él habitara un mundo distinto al nuestro. En primer lugar, porque no menciona que el nombre que sus autores le dieron al régimen que él denomina "renovado", es el de "democracia protegida". La "democracia protegida" desconfía del pueblo o nación como legítimo y auténtico poseedor de la soberanía. Así, el Senado está integrado por miembros no electos, el sistema de representación no es proporcional, con lo que muchos chilenos cuya ciudadanía vale tanto como la del profesor Cuevas no tienen representación, se ha adoptado un peculiar sistema de fuentes del derecho dirigido a sostener en el tiempo, contra la existencia de mayorías que después de 10 años cuesta calificar de "transitorias", los aspectos autoritarios de la Constitución y mantiene un disfuncional e incoherente sistema de justicia constitucional. A ello se agrega la presencia desproporcionada de las Fuerzas Armadas y de Orden en las funciones de control y tutela, mediante su participación en el Consejo de Seguridad Nacional.

Desde luego nuestro régimen constitucional no puede compararse, como con entusiasmo parece pretender el profesor Cuevas, con las constituciones de los Estados Unidos, de Francia, Inglaterra o Alemania. Lamentablemente no forma parte nuestra Constitución de las constituciones consideradas como modelos en el mundo. Muy por el contrario, estamos lejos de esa situación.

Por otra parte, de los 20 años de vigencia de la Constitución, 10 se vivieron bajo el gobierno militar, es decir, sin que estuvieran en pleno funcionamiento las instituciones y en medio de un clima de restricciones políticas y de aplicación de estados de excepción. Por tanto, es necesaria una cierta cautela en el elogio de las virtudes de la Constitución
como protectora de derechos y Constitución "normativa". No cabe duda de que, al menos durante sus 10 primeros años, ha sido una Constitución especialmente "semántica", sin real vigencia práctica respecto de derechos elementales.

Efectivamente, el recurso de protección ha permitido mayor protección de algunos derechos. El acento, sin embargo, puesto en el derecho de propiedad y la peculiar expansión protectora de la propiedad sobre derechos incorporales ha desfigurado el sistema de protección de los derechos en Chile. Esto hace urgente un rediseño que, junto con facilitar procedimientos de urgencia racionales, aligere la carga de las Cortes de Apelaciones y delimite más adecuadamente su protección constitucional.

Ello lleva inevitablemente a pensar en un nuevo equilibrio de los poderes del Estado más propicio al ejercicio de las libertades, absolutamente necesario en un momento en que el paradigma "justificatorio" de la Constitución de 1980 (el peligro marxista, la guerra fría, etcétera) se ha desvanecido, generándose un mayor consenso entre las fuerzas políticas y sociales sobre el modo de organizar la convivencia.

La Constitución debe formar parte de una cultura democrática, como la que tradicionalmente caracterizó a la nación chilena. La Constitución de 1980 no representa esa tradición, sino que la mirada escéptica, desconfiada y autoritaria hacia la cultura libertaria de la mejor parte de la historia de Chile.

Se hace urgente, por tanto, volver a sintonizar con esa cultura para dar cauce a un nuevo estilo de convivencia tolerante y respetuoso de los derechos. Por eso en algún sentido el profesor Cuevas tiene razón: no es necesario reformar la Constitución de 1980, que está demasiado impregnada de la lógica autoritaria que la informa. El profesor Cuevas debería entender que no todos los chilenos compartimos su orgullo por la Constitución, y debería también reconocer que como ciudadanos tan dignos de respeto como él, tenemos derecho a que nuestras visiones sobre la justicia, la libertad y la igualdad se manifiesten en el texto que nos rige, a él y a nosotros. Chile se merece una nueva Constitución: bicentenario, nueva Constitución.

Fernando Atria Lemaitre
Profesor de Derecho Civil
y Filosofía del Derecho
Christian Suárez Crothers
Profesor de Derecho Constitucional
Universidad de Talca




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