EL SÁBADO

Sábado 15 de Septiembre de 2007

LOS HERMANOS DE LOS FAMOSOS
Lazos de familia

Los hermanos se parecen, porque comparten una historia familiar, una mezcla genética, una crianza. Sin embargo cada uno tiene sus singularidades.
Por JOSEFA RUIZ TAGLE

ANDRÉS Y PABLO NAVARRO HEUSSLER

UNA DUPLA EXITOSA

Hoy en día casi no existen familias como aquella en la que crecieron los Navarro. Era una verdadera multitud. Padres, abuelos, tíos, primos y los nueve hermanos Navarro Heussler vivían juntos en una casona de Gran Avenida. Ahí, Pablo -hoy de 56 años- y Andrés –de 59– eran los regalones indiscutidos de la abuela materna, Aurora (Lola) Cousiño.

A pesar de esa atención privilegiada, entre tanto niño, Andrés y Pablo necesitaron apoyarse mutuamente: "Hicimos nuestra vida juntos, desde chicos. Soy el cuarto y Pablo es el quinto de una familia de nueve. A los del medio no les dan pelota. Los grandes ya están grandes y la atención se concentra en los chicos. Entonces nos tuvimos que criar solos, y nos criamos juntos", cuenta Andrés, hoy presidente de Sonda.

En 1959, cuando Pablo tenía 7 y Andrés 10 se fueron a vivir a una casa en Bilbao, pero siguieron compartiendo intensamente con su abuela durante los veranos en Las Cruces. Pasaban allí desde diciembre a marzo y, como eran los regalones, se les permitía quedarse en la casa de la abuela mientras el resto de la familia se alojaba en una casa vecina. Los recuerdos de esos días son imborrables: pasaban el tiempo jugando pichangas, voleibol y tenían montones de amigos, pese a que por edades eran de grupos distintos.

En Santiago también se divertían. La nueva casa quedaba justo al lado de su colegio, el San Ignacio. Ahí eran bien deportistas. Fueron seleccionados de fútbol, voleibol y atletismo. Andrés además jugaba tenis y buceaba: "Con Pablo fuimos súper aficionados a los deportes, a la naturaleza, al mar".

Por ese entonces, Mario Navarro Arrau, el papá, trabajaba como ingeniero en Salfa. Tras 20 años ahí, se retiró para crear la constructora NIA (Navarro, Infante y Antúnez). Según Pablo, la mamá, Marita Heussler Cousiño, en cambio, "tenía suficiente trabajo con sus nueve hijos". La admiración por ella es algo que ambos recalcan.

"Genéticamente somos muy distintos. Pablo era rubio-rubio cuando chico, y yo, moreno. Pablo es igual a mi mamá y yo salí al papá, que era más latino, más rápido, más hablador. Era más bueno para las fiestas. Mi mamá era muy germánica, de pocas palabras, de un humor lento para los chistes. Mucho más recatada", recuerda Andrés. La muerte de ella, producto de un cáncer cuando aún eran muchachos, es lo más duro que les ha tocado enfrentar: "Pablo tenía 15 y yo, 17. Lamentablemente tenemos cuatro hermanos que eran re chicos cuando murió la mamá. Nos apoyamos mucho unos con otros, se generó una tremenda unidad entre los hermanos", cuenta Andrés. Después de enviudar, Mario Navarro se casó en segundas nupcias con Ximena Larraín. Con ella tuvo a otra hija, Ana María, y así los hermanos Navarro sumaron diez.

Al salir del colegio, Andrés entró a estudiar Ingeniería Civil en la PUC. Tres años después, Pablo hizo lo mismo. Cuando se recibió, Andrés ya había creado Sonda, una empresa informática, y lo invitó a trabajar con él. ¿Por qué? Andrés recuerda bien: "Cuando empecé Sonda, empecé solo. Él era de lo más habiloso que hay y yo quise que me viniera a ayudar. Como él se había especializado en mecánica quería trabajar en eso y me demoré como un año en convencerlo".

Desde entonces trabajan juntos. "Toda mi experiencia profesional y empresarial la he obtenido por mi trabajo en Sonda y por Andrés", afirma Pablo. Si esta empresa creada de la nada se convirtió en pocos años en negocio millonario es, en gran medida, debido a la forma en que los talentos y personalidades de estos hermanos, presidente y vicepresidente de la compañía, se complementan. Pablo define así sus diferencias: "Andrés siempre piensa en grande, mientras yo tiendo a ocuparme de los detalles. A diferencia de él, yo no desarrollé ninguna habilidad en el lado comunicacional o de liderazgo de tipo político. En comparación, puedo verme como flemático, aunque en realidad no lo soy. Andrés es un motor que no descansa. Yo, en cambio, soy más relajado; ante situaciones angustiantes no me afecto tanto".

Pero también tienen mucho en común. Tanto entre ellos como con sus demás hermanos. Los diez son profesionales, comparten la fe, las familias numerosas y, según dicen, el desapego por las cosas materiales. Pablo y Andrés, además, la pasión por las matemáticas, la física, la astronomía y una larga relación cotidiana en Sonda.

Así la describe Andrés: "La relación laboral ha sido buenísima. El hecho de que seamos tan distintos hace que nos llevemos bien. Pablo es súper buen técnico, un gran ingeniero, y yo soy más del área comercial y de ventas. Hemos tenido una relación extraordinaria, a pesar de que hablamos poco. Pablo habla re poco".

A pesar de eso, no sólo son socios, colegas y hermanos. Pablo y Andrés también son amigos. ¿Confidentes? Andrés matiza: "Los hombres somos muy diferentes a las mujeres, no hablamos de nuestra intimidad. Pero cuando he tenido problemas, he sentido el apoyo total de Pablo, su plena compañía".

Por ejemplo, en el último tiempo, cuando lo ha necesitado más que nunca: "Ellos han estado súper cerca de nosotros ahora que mi señora está enferma nuevamente (una tercera recaída por cáncer). Cuando uno se pone viejo, los amigos más cercanos son los hermanos y los primos. Son ellos los que siempre están ahí".

SOLEDAD, ALBERTO, ISABEL Y FERNANDO ESPINA

LOS CONTRASTES
DE UN CLAN PODEROSO

"La jefa de los hermanos es la Soledad; esa es la verdad. Porque es la mayor, la que genera más respeto y porque, si no, te encarga reo", dice el senador Alberto Espina, como si hablara en serio. "La formación Ursulina se manifiesta en mis hermanas" y hace un gesto de severidad.

"Las niñitas debían tener una educación religiosa; los niños, en cambio, una educación laica, con mucho deporte e inglés. Eran muy machistas nuestros padres", cuenta Soledad, hoy ministro suplente en la Corte de San Miguel. Su hermana, Isabel Margarita (48), fue profesora de biología y química hasta que hace dos meses se fue a trabajar como gerente general al centro médico–pediátrico Mediclown. Después de salir del Grange, Fernando (46) se convirtió en pediatra y Alberto (50) en abogado y político.

Los Espina no se hablan por teléfono a menudo ni se reúnen periódicamente. Pero se reúnen en navidades, cumpleaños, años nuevos y, de vez en cuando, a almorzar. Y comparten el gusto por lo política: todos militan en RN. Excepto Soledad, la jueza. Según los hermanos, ella es más bien de centro, cercana a la DC.

Son apasionados. Cuando están juntos, los que no son de la familia no logran entrar en la conversación. "Cada uno es dueño de la verdad, por lo que ponerse de acuerdo en cuestiones simples puede ser muy difícil", confiesa Soledad. Se nota, hoy en el Ritz se arrebatan la palabra de la boca y se acusan mutuamente de esto y de lo otro. Parecen serios, pero se divierten así.


JAIME, ANA MARÍA Y VERÓNICA GAZMURI MUJICA

DE DULCE Y AGRAZ

Cuando niños, los Gazmuri Mujica vivían en una casa ley Pereira en Vitacura. "Fuimos una familia empobrecida en un ambiente de bienestar", describe el senador socialista Jaime Gazmuri. Gracias a una tía abuela que le pagaba la colegiatura, él estudió en el Verbo Divino. Ellas fueron a Las Ursulinas, pero no era raro que no les entregaran las notas porque sus padres no habían podido pagar.

A pesar de eso, recuerdan una infancia cómoda y feliz. Todos los 4 de enero, después de asistir a una misa en honor a un tío a quien nunca conocieron, partían al campo de su tía abuela en Talca (región que Jaime representa hace 17 años en el Senado) y hasta marzo compartían ahí con la familia ampliada, muy unida, con 25 primos para jugar.

Los hermanos continúan siendo unidos. Todos los sábados se reúnen a almorzar en la casa de Ana María (60), quien después de trabajar durante décadas como enfermera ocupacional se convirtió en artesana de mosaicos. O en la de Verónica (57), sicóloga de la PUC, fundadora del Instituto de Terapia Familiar donde trabaja hasta hoy. O, como esta tarde, en el luminoso departamento de Jaime (63) en el Parque Forestal.

"A mí me encantan mis hermanos", dice Verónica. Sin embargo, no siempre lo han pasado bien. Recuerdan como especialmente difíciles los años en los que Jaime, presidente del Mapu Obrero–Campesino, estaba clandestino en Chile. Ellas vivían angustiadas, pero nunca lo dejaron de ver. Incluso hicieron un camping en Guanaqueros, niños incluidos. Sus hijos lo conocían como "José", y creían que era un amigo de sus mamás. Lo encontraban tan amoroso que un hijo de Ana María, separada, llegó a sugerirle que se casara con él.

Mientras se fotografían no paran de bromear, de abrazarse, de reír. Se nota que son alegres y que están acostumbrados a estar juntos. Verónica se siente privilegiada, dice que han sido sanos, felices, que siempre se han acompañado, que como hermanos son todo lo que alguien puede desear.

LUIS Y JOSÉ WEINSTEIN CAIOLA

DOS CARAS DE UNA ESTIRPE

José tiene los ojos azules y Luis, verdes. José tiene el pelo largo y Luis, corto. José es sociólogo, doctorado en Lovaina, y Luis fotógrafo y hombre del tiempo de TVN. José se caracteriza por lo ordenado, disciplinado, riguroso. En cambio, Luis ha sido más disperso y creativo. Ambos admiran en el otro lo que no tienen.

"Luis ha sido mucho más libre en su desarrollo. Yo que tenía una cosa más ordenada, una lata. A los 30 años ya había sacado mi doctorado", opina José. Luis, sin embargo, dice: "Claramente, José es mucho más trabajador. O sea, yo no hubiese sido capaz de ser ministro de Cultura o, peor todavía, subsecretario de Educación. Él tiene esta cosa matea, esa capacidad de trabajo que tenían los papás".

De familia agnóstica, se educaron en La Girouette y en la Alianza Francesa. Cuando su mamá, María Luisa Caiola, cardióloga, murió en 1999, era jefa del Servicio de Salud Metropolitano Norte. Sus hijos recuerdan que tenía tal pasión por el servicio público y tanto sentido de la responsabilidad, que estando enferma se iba directamente de la quimioterapia a la oficina y muchas veces se quedaba dormida sobre los expedientes que debía revisar.

El papá, Luis Weinstein, es siquiatra. En su juventud fue comunista, pero no por mucho tiempo. Pronto se transformó en lo que es hoy: "Alternativo", dice José, "junta la siquiatría con una visión holística de la salud, con el tema místico y la ecología". ¿Hippie? "Sí", agrega, "pero un hippie muy informado. Lee de Ciencias, de Filosofía. Y eso fascina obviamente a todos nuestros hijos".

Cuando niños vivían en Ñuñoa, en una casa en Tobalaba, con sus padres y hermana Marisa, antropóloga y "una princesa", según Luis. De la infancia en esa casa, José recuerda: "Era entretenido, porque en ese tiempo estaba Las siete canchas (una población) a cuatro cuadras de la casa, en la parroquia Santa Marta había equipo de fútbol y estaba todo integrado, no existía la segmentación de hoy. Y en el campeonato de fútbol que organizaba la parroquia había equipos totalmente integrados. Yo jugaba en el Flamengo como arquero suplente".

Pero lo mejor de todo eran los veranos. Pasaban un mes en San Sebastián junto a sus primos y, luego, cuando los padres tenían vacaciones, partían con ellos y varias familias de médicos a acampar a lugares remotos. La pasión por la naturaleza y el camping la heredaron los tres hijos.

José y Luis comparten, además, muchos amigos. En los cumpleaños de uno y otro, todos se conocen. Y, a pesar de las diferencias, la vida se ha encargado de encontrarlos en lo laboral, tal como cuenta José: "Cuando me tocó ser ministro tuve que inaugurar una exposición que había hecho Luis y a él le tocó presentarme en un acto".

Pero más allá de las coincidencias extraordinarias, en la vida cotidiana se han mantenido cerca. Se comunican permanentemente por mail, por mensajes de texto al celular, se juntan casi todas las semanas a almorzar con el papá y cada tanto, además, se van al jacuzzi de la piscina de la Municipalidad de Providencia para ponerse al día.

No lo pasan mal.

MANUEL Y PATRICIO MELERO ABAROA

POLÍTICOS DE SANGRE

Manuel Melero es de la UDI, al igual que su hermano Patricio, diputado por Pudahuel. Pese a ello, este doctor en derecho internacional de la Universidad de Navarra es socio de Tironi y Asociados, empresa de Eugenio Tironi, sociólogo y destacada figura de la Concertación. "De la discusión política intensa entre nuestros abuelos aprendimos a ser muy tolerantes", dice.

Efectivamente, el abuelo paterno y el materno no podían ser más diferentes, aunque los dos vinieron desde una España empobrecida, más o menos en la misma época. Rufino Melero, quien en Chile se dedicó a hacer empresa, era de Navarra y franquista empedernido. Enrique Abaroa, en cambio, era vasco, separatista y republicano de corazón.

Sus nietos Patricio (51), Manuel (55) y Cristián (44) se educaron en el Saint George. Al entrar a la universidad (Patricio a Agronomía en la Chile y Manuel a Derecho en la PUC) conocieron a Jaime Guzmán. Desde entonces ambos militan en la UDI.

Más allá de la visión política, comparten muchas cosas en sus vidas cotidianas. Sus mujeres son íntimas amigas; sus hijos fueron al mismo colegio (el Apoquindo); viven a una cuadra de distancia, en Lo Barnechea; todos los años veranean juntos en el sur. Más amigos que hermanos: así dicen que son.


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"Andrés es un motor que no descansa. Yo, en cambio, soy más relajado; ante situaciones angustiantes no me afecto tanto", dice Pablo Navarro (sentado). Ambos trabajan juntos en Sonda.
Foto:MATIAS ESPINOSA


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