REVISTA DEL DOMINGO

Domingo 12 de Octubre de 2008

Mario Irarrázabal

Al escultor lo marcó su peregrinaje a Stonehenge, encontró que la magia vivía en la ciudad de Asís y su sueño sería conocer el parque de esculturas El Peine del Viento, del escultor Eduardo Chillida, en San Sebastián.

Por Sylvia Bustamante G.

–¿Qué parques de esculturas lo han impresionado?

"Uno de los lugares más hermosos del mundo, que irónicamente nunca he visitado, está en San Sebastián. Se llama El Peine del Viento y lo creó Chillida. Las esculturas salen de las rocas y tiene un túnel subterráneo donde entra y sale el mar, que produce un géiser. La Torre Eiffel, aunque no me gusta mucho, tiene su poesía, marca una cultura y un tiempo. Es un trabajo de ingeniería, pero también artístico y está pensado como un hito urbano. Después, me sobrecogieron sobremanera las pirámides. Son funerarias y es un autohomenaje, pero la verdad es que algo te pasa con ellas. Isla de Pascua también: están los moáis con sus altares insertos en el paisaje con gran delicadeza".

–¿Cuál ha sido el viaje más loco que ha hecho?

"Una peregrinación a Stonehenge, en medio del invierno. Por equivocación me fui a pie desde muy lejos. Caminé como cuatro horas y hacía un frío espantoso. No había nadie y de repente salió el sol. Fue una experiencia muy profunda, difícil de explicar".

–¿Cómo fue su viaje a Tierra Santa?

"Tenía demasiadas expectativas y fue terrorífico, todo lleno de contrasignos. Cuando llegué al aeropuerto había un ejercicio de seguridad, pero yo no sabía. Todo el mundo armado con metralletas, a cada rato me interrogaban y revisaban. En Belén había soldados con metralletas en los tejados. Me duele hablar de esto, porque yo había ido en otra onda, quería tener un retiro. Fue muy duro, pero también ésa es parte de la realidad".

–Sus recuerdos de Punta del Este y el desierto de Atacama:

"La mano de Punta del Este fue la primera y un trabajo en cinco días. Éramos nueve escultores y yo era el más joven. Hubo una pelea por los sitios que nos habían asignado en una plaza. Decidí no hacerme problema e irme a la playa. Gracias a eso ganó mucho y hoy es símbolo de la ciudad. Y la de Antofagasta fue todo al revés: fue un proyecto que había fracasado en otras partes. Y como el desierto me fascina, se me metió en la cabeza hacer una mano en medio del desierto. Fue hermosa, porque nadie la pidió y todas las personas ayudaron a título personal. Ese signo de la gratuidad, junto con el desierto, trasformó la mano en algo mágico".

–Sus rincones favoritos en Europa:

"Están relacionados con momentos de mi vida. Asís es un lugar muy potente y donde el personaje de Francisco anda penando. Hay algo en la ciudad, la gente, las colinas; como una magia especial. Y el otro, que no es conocido, es un pueblo perdido cerca de Bremen, Alemania, donde llegué becado con mi señora y dos hijos. Fue importante para mi vida y como pareja".

–¿Qué catedrales lo sobrecogen?

"La Basílica de San Pedro y las catedrales góticas de Colonia y Chartres".

–¿Qué ciudad lo embrujó desde el principio?

"Venecia. Yo fui a hacer una mano para una bienal y me quedé un mes. Donde me alojé había un canal chico y al otro lado una casa con una placa que decía que allí se alojaba Mozart cuando venía a la ciudad. Y el lugar donde finalmente se decidió poner la mano estaba cerca de la iglesia donde trabajaba Vivaldi. No fue como llegar y hacer una mano en el desierto. Estaba pisando huesos, capas y capas de cultura".


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Foto:MATÍAS ESPINOSA


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