EL SÁBADO

Sábado 10 de Marzo de 2001


Traffic

por Ascanio Cavallo

Dirección: Steven Soderbergh. Con Benicio del Toro,

Michael Douglas, Don Cheadle, Catherine Zeta-Jones. 147 minutos.

Traffic debe ser una de las películas más inteligentes producidas en Estados Unidos en los últimos años. No profunda, sino astuta, perspicaz, cautivadora. Son virtudes tan escasas en el cine actual, que dotarían a cualquier cinta de una distinción particular; dan una medida de lo que puede ser una buena historia contada de una muy buena manera.

La trama es un tejido de cuatro hebras: la peripecia del policía mexicano Javier Rodríguez Rodríguez (Benicio del Toro), que sobrevive en Tijuana, en medio de la guerra de los carteles de traficantes y del sospechoso comando del general Salazar (Tomás Milian); las pesquisas de dos agentes no blancos de la DEA, Montel Gordon y Ray Castro (Don Cheadle y Luis Guzmán), en San Diego; el descubrimiento de Helena Ayala (Catherine Zeta-Jones), en su lujoso hogar del sur californiano, de que su marido está acusado y envuelto en el narcotráfico; y la torturada historia del juez Robert Wakefield (Michael Douglas), que se dispone a asumir la jefatura nacional de la guerra contra la droga cuando descubre que su hija adolescente (Erika Christensen) es una adicta sin remisión.

En el trasfondo discurre la implacable lucha de las mafias mexicanas por el control del negocio, tal como fue, en la vida real y a fines de los noventa, la del Señor de los Cielos, Amado Carrillo, y su aliado, el general mexicano Jesús Gutiérrez Rebollo, jefe nacional antidrogas, contra los hermanos Arellano Félix. En la película los hermanos se llaman Obregón, el capo que se somete a cirugía plástica es Porfirio Madrigal y el generalote toma el nombre de Arturo Salazar.

La alternancia de estas historias con su efecto de urgencia y de tempus fugit connota por sí misma la interconexión entre todos sus mundos, desde los jefazos que manejan el poder en la frontera mexicana hasta los jóvenes consumidores de Cincinnati. Que el juez Wakefield deduzca que a la postre una guerra contra la droga supone una conflagración dentro de las propias familias (una guerra, finalmente, contra los hijos), no es sino una consecuencia de la estructura endiablamente aguda del argumento y de la estrategia empleada para dramatizarlo. Cuando las vidas y los destinos están tan cruzados, ¿quién puede ser el que escoja a los que irán al patíbulo?

Pero esto no es todo. El entrelazamiento de historias supone también un repertorio complejo y dinámico de las múltiples dimensiones del narcotráfico. La gracia especial de Traffic es que las aborda crudamente, sin ánimo de tesis. No existe el riesgo de la moraleja en la feroz existencia de Javier Rodríguez, que llega siempre un poco tarde a las revelaciones importantes; ni en las trágicas vidas de Montel y Ray, vigilantes que apenas logran intuir la conspiración de mayor cuantía; ni en el mundo corrupto y violento del matrimonio Ayala; ni en el de Francisco Flores o Tigrillo, sicarios que pueden reventar en cualquier esquina. La única tentación de este tipo se desliza en la búsqueda de Wakefield de su hija perdida en los tugurios de Cincinnati, pero ese drama tiene tal intensidad, que hasta el previsible discurso bienintencionado se disuelve en el corrosivo ácido de la derrota.

El cineasta Steven Soderbergh filma los incidentes con un repertorio de registros que replica las diferencias entre las vidas de sus protagonistas, del amarillo sucio y saturado de Tijuana a los pulcros azules de Cincinnati. Además de ser un mecanismo funcional para ubicar al espectador en los veloces cambios de tiempo y espacio, este recurso tiene fuertes connotaciones valóricas. Y aunque se puede decir que reproduce viejos tópicos gringos la anarquía mexicana, por ejemplo, en realidad lo que hace es poner en escena el modo en que la poderosa corriente de la droga permea a todos los espacios por igual, reduciendo el protegido bienestar de algunos a una mera ficción.

Como Coppola con Vietnam o Scorsese con la mafia, Soderbergh ha construido el gran fresco sobre la droga. Lo notable es que lo ha hecho sin renunciar a su identidad como autor. La estructura del collage narrativo y visual es uno de sus rasgos de estilo, con el que traduce la desazón del sujeto contemporáneo en un mundo hecho de errores, mentiras y triquiñuelas. El protagonista típico de Soderbergh es un sobreviviente, que se defiende a duras penas de fuerzas que apenas entiende, como el policía Javier Rodríguez, pero también como el ladrón de Un romance peligroso, la solitaria Erin Brockovich o el ex presidiario de Vengar la sangre, e incluso, más atrás, la desolada esposa de Sexo, mentiras y video.

En Traffic, se reúne la sensibilidad de uno de los cineastas más dotados de estos tiempos con un relato agudo y veloz, que no aspira a moralizar ni a agotar cada uno de sus temas, sino que los despliega con su infinidad de matices para que el drama colectivo resplandezca en toda su extensión. No hay nada de la estatura de este filme en las actuales postulaciones al Oscar. Pero, como se sabe, los designios de la Academia son siempre misteriosos.



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Javier Rodríguez Rodríguez (Benicio del Toro), el policía mexicano metido al mismo tiempo en el centro y en el margen de la red de drogas que se infiltra entre su país y Estados Unidos, en la lúcida y fascinante Traffic.
Javier Rodríguez Rodríguez (Benicio del Toro), el policía mexicano metido al mismo tiempo en el centro y en el margen de la red de drogas que se infiltra entre su país y Estados Unidos, en la lúcida y fascinante Traffic.
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