REVISTA DE LIBROS

Domingo 11 de Mayo de 2008

Entrevista Autor de "El fumador y otros relatos":
Marcelo Lillo, una revelación literaria

Hace seis años decidió quemar sus naves: dejó el liceo donde hacía clases, vendió todas sus cosas y se fue a vivir con su mujer a Niebla para dedicarse a escribir. Todos los sacrificios valieron la pena: a los 50 años, acaba de publicar su primer libro, "El fumador y otros relatos", que será editado en julio por Mondadori Chile.

PEDRO PABLO GUERRERO

A fines de marzo, de paso en Buenos Aires, el editor español Constantino Bértolo, director del sello Caballo de Troya, una especie de laboratorio busca-talentos del grupo Random House Mondadori, adelantó a Revista de Libros que se aprestaba a publicar a un escritor chileno excepcional. Si lo decía él, había que creerle. Bértolo es un editor con olfato. Responsable, entre otros méritos, de introducir a Sebald en el mundo de habla hispana, cuando estaba a cargo del sello Debate. Para Bértolo, Marcelo Lillo es uno de los dos autores más queridos de su catálogo 2008.

Tal como contó Ignacio Echevarría la semana pasada en su columna, fue él quien le hizo llegar al editor de Caballo de Troya el manuscrito de un libro con diez cuentos que el escritor chileno le había enviado hace dos años. Echevarría leyó por primera vez a Lillo en 1999, cuando fue jurado del Premio de revista Paula, en el que Lillo ganó el primer lugar con "Hielo", incluido ahora en el volumen El fumador y otros relatos, recién publicado en España y que Random House Mondadori editará en Chile dentro de dos meses, en vista de la "expectativa" creada por el libro.

Parece increíble que Marcelo Lillo hubiera permanecido inédito por tanto tiempo. Con 50 años de edad, ha ganado en tres oportunidades el concurso de cuentos Fernando Santiván, que organiza la Municipalidad de Valdivia, y dos premios del Consejo Nacional del Libro: Marta Brunet de Literatura Juvenil 2006 y Mejor Obra Inédita (cuentos) 2007. También ha obtenido el Óscar Castro, de Rancagua, en cuento (2003) y novela (2004), sin contar segundos lugares ni las veces que ha sido finalista.

A imagen y semejanza de Antonio Di Benedetto, retratado por Bolaño en su relato "Sensini", Marcelo Lillo es un concursante profesional, pero a diferencia del escritor argentino jamás ha estado en España. Toda su vida ha transcurrido en Valdivia o en sus inmediaciones. Desde hace años reside en Niebla junto a su mujer, alejado del mundanal ruido. Bueno, relativamente. Tiene celular, televisión por cable y casilla de correo electrónico, pero la tranquilidad del lugar le permite escribir cada tarde, de seis a ocho, al menos dos carillas. A como dé lugar. "Yo no puedo darme el lujo de ser un flojo, vivo de esto", dice.

Escritor intuitivo

Valdivia continúa siendo "una ciudad fría, triste y lluviosa", como la describe Lillo en uno de sus cuentos, pero el día de la entrevista el sol brilla sobre el río como si no fuera otoño, mostrando el mejor rostro de un lugar que también tiene sus lunares.

"Aquí hay tanto mito", dice Lillo, a propósito del medio cultural de la ciudad donde hizo teatro, estudió Pedagogía en Castellano y enseñó durante años. "En los noventa, yo todavía me juntaba con los escritores, pero todo se acabó cuando gané el Paula. Personas con las cuales salía a comer y llevaba a mi casa, no me dijeron ni te felicito, ni qué bien, ni nada. Incluso hubo gente que me quitó el saludo. O sea, yo cometí el error de ganar ese premio. Me trajo una cantidad de envidias enorme".

-¿Fue entonces cuando decidiste irte de la ciudad?

-Poco después, en 2002. Me cansé de la abulia de la sala de clases y de la mediocridad de la sala de profesores. Yo ganaba un millón de pesos al mes entre el liceo y el preuniversitario. Pero le dije a mi mujer: vendamos todo, el auto, la casa y nos vamos a otra parte, porque hay que cambiar radicalmente de vida. Nos fuimos primero a Mehuín. Calculamos que la plata nos alcanzaba hasta el 2006. Hice un pacto de muerte: si en cuatro años no me iba bien, o sea, no ganaba más concursos, me pegaba un tiro. En serio. Me compré una Colt 45.

-Drástica la decisión. ¿Qué pasó cuando se cumplió el plazo?

-El 2006 mandé al concurso de Paula un cuento que había escrito en 2001, "La felicidad", que no ganó ni quedó entre los finalistas. Un día de tormenta en que había salido a comprar leña, suena el celular. Era Ignacio: "Llamo únicamente para darte ánimo". Le habían mandado mi cuento junto con una carta en la que yo hablaba del suicidio. Eso no se me va a olvidar nunca. ¿A qué escritor perdido en el culo del mundo lo llaman de España para darle ánimo? "Si tienes algo tan bueno como 'La felicidad' o 'Hielo', mándamelo", me dijo. Le envié El fumador y otros relatos.

-En la primera historia de ese libro aparece un personaje muy curioso, que se presenta como "escritor itinerante".

-Aquiles Madrid, escritor itinerante y autodidacta, fundador de la cofradía de escritores itinerantes de Chile. Esa persona existe. "Soy el escritor más leído del sur de Chile. Mis libros están en todas las bibliotecas públicas". Así se presenta. Y es cierto. Va a hablar con el alcalde de un pueblo perdido en la montaña: "Aquí está mi libro, si usted me compra cincuenta, yo vengo, doy una charla y firmo ejemplares". Trato hecho. Y tiene discípulos: Cachorro López, Ángel Lisboa y El Pichón. Son personajes que también existen y que aparecen en otros de mis cuentos y en un proyecto mayor de novela. Son escritores ingenuos, pero con cariño. El problema es que esta gente, con la mejor intención, está formando a otras personas y cree que hace literatura, cuando en realidad lo que hace es vender un producto como podría vender seguros.

-¿Y tú, qué apellido te pondrías?

-Yo soy un escritor intuitivo. A mí todos los días se me ocurren textos. Creo que tengo talento para esto. El libro de cuentos que ganó el Consejo el año pasado lo escribí en un mes. Hace dos años escribí una novela en veinte días para enviar a concurso y me saqué el segundo lugar: 500 lucas. Un día le dije a mi mujer voy a escribir un cuento en siete días. ¿Y cómo se llama?, me preguntó. "Hielo". ¿Y de qué se va a tratar? No sé. Muchos de mis cuentos han partido así, con el puro título. Pienso que se me dan bien las cosas para elegir los temas, tengo una buena intuición para saber cuando algo es para un cuento y cuando para una novela.

-Parece que tu esposa es muy importante en lo que haces.

-Cuando terminé "Hielo", lo leyó y me dijo: "Súper bueno el cuento, pero sácale las dos últimas líneas y te queda un cuento maravilloso". Y lo hice. Es una tremenda lectora, y no ha estudiado nada. No escribe. Hace ocho años me dijo: "A los 50, te va a ir bien". Justo. La intuición que yo tengo para escribir un cuento, la tiene ella en la vida práctica.

-En "La felicidad" los protagonistas pasan hambre.

-La mitad de ese cuento es verdad. Las miserias son ciertas. Después que se acabó la plata, mi mujer y yo lo vendimos todo para comer. Solamente dejamos el televisor, porque, como dice ahí, podía salvarnos de algo. Incluso mi mujer trabajó un año sacando el tarot para que yo pudiera escribir.

-"¿Hay peor castigo que ser niños por segunda vez?", escribes en otro cuento.

-Es terrible. Todos te mandan, te miran como carne de cogote. Mi padre no me hablaba, él me hacía entender por señas, nunca me abrazó, yo era un mueble. Él era primo de Abraham Lillo, el Tony Caluga. Y cuando el Tony Caluga venía en gira a Valdivia, llegaba a la casa regalando entradas y contando chistes. El problema es que mi viejo desaparecía una semana, porque se metía con las guaripolas del circo. Claro que tenía cosas buenas, no lo puedo negar. Siempre me fomentó la lectura, a pesar de que él no leía mucho y tenía la biblioteca del Reader's Digest no más. Pero cuando le pedía un libro, me lo compraba. Nunca mezquinó en eso. A lo mejor intuía que eso me gustaba y que iba a ser escritor.

-¿Le mostraste algo de lo que habías escrito?

-Nunca. Murió cuando yo tenía 20 años, de cáncer al pulmón. Tres cajetillas diarias. Era periodista. Todas las noches trabajando en El Correo de Valdivia. No hay peor cosa que ser niño por segunda vez. Lo digo también por mi madre adoptiva, que tenía alzheimer. Tres días antes de morir, el 95, pensaba que yo era su papá.

-¿Madre adoptiva?

-Claro, yo fui adoptado.

-¿Te llamó tu madre biológica por teléfono un día cualquiera, como aparece en un cuento?

-Hay elementos añadidos para que sea literario, pero es cierto que me llamó por teléfono.

-¿Y vino a conocerte?

-Claro. Hace poco, cuando tenía como 45 años.

-¿Todavía vive?

-Seguramente.

-¿Pero tú sabías que eras hijo adoptivo?

-Ella solamente confirmó algo que yo intuía. Porque eso se siente: algo me decía que no eran mis padres. Cosa que nunca me importó, en el fondo, porque uno es quien es no más. Lillo es como mi seudónimo."Carver es mi maestro"

-En el cuento "40 Caballos", se lee: "Dejar actuar a la memoria no exige complicaciones". ¿Es la clave de tu narrativa?

-Es un recurso que utilizo mucho en los cuentos: empieza uno de determinada manera y de repente, en la página 10, el tipo se da cuenta de que estaba recordando y que la realidad que lo espera ahora es terrible. Recordar es una cosa automática, ¿qué complicación tienes en pensar, recordar y emocionarte con eso? Es muy del teatro. El famoso método Stanislavsky: memoria emocional. ¿Cómo voy a ser un asesino si nunca he matado a nadie? ¿Pero usted mató alguna vez a un perrito, a una mosca? Acuérdese de eso y de ahí saque las emociones. Eso yo lo hago en todos estos cuentos, pero de manera inconsciente.

-¿Tu paso por el teatro te ayudó también en los diálogos?

-Obvio. Son buenos, ¿verdad? Trabajé 15 años en teatro, escribí obras, actué, dirigí, leí mucho. Claro que es un mundo medio raro. Un día me estaba maquillando, era un sábado en la noche, y yo dije qué mierda estoy haciendo aquí si a esta hora debiera estar acostado en mi casa fumándome un cigarro. Pero sí, me sirvió. En el fondo, ¿qué es un cuento o una novela? Una buena historia, buenos personajes y algunos diálogos. Personajes que den sombra, decía Vargas Llosa.

-¿Te gusta Vargas Llosa?

-Yo quise ser escritor después de leer La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en la catedral. Pero en un momento dado empecé a conocerle los recursos. Quizás el mejor modelo sea Philip Roth, que no se repite en ninguna novela.

-¿Y Chéjov, que es el único escritor que nombras en tu libro?

-Te voy a decir una tautología: Chéjov es Chéjov. Y Carver es Carver. El Chéjov norteamericano. Tiene ese cuento maravilloso que a mí me gustaría haber escrito: "Caballos en la niebla". Ese final poético es una de las cosas que más me han conmovido. Carver es mi maestro, no lo voy a negar. Una vez empecé a leer Catedral y lo tiré. Qué tanto bombo con este tipo. Después lo tomé de nuevo. Me lo leí completo. Parece que no pasa nada, y resulta que pasa de todo.

-Buscas esa misma contención y laconismo, ¿no?

-Me carga la verborrea, me gustan las cosas precisas, no soporto el rebuscamiento. Tantos se hacen escritores para revestirse de ese boato intelectual, profundo. No hay como la sencillez, ahí están las mejores cosas.

-¿Por qué te interesan tanto los perdedores?

-Es lo que veo todos los días. No hay persona que termine bien. La mayoría de las veces, la gente muere humillada, en la pobreza, mal. Yo tenía a Francisco Coloane por un tonto que escribía puras leseras, pero no era tonto. Cuando murió, su hijo comunicó la noticia después de una semana. Coloane merece todo mi respeto por ese simple hecho: supo morir. Hay que saber vivir y saber morir. Como dijo Alejandro Casona, los árboles mueren de pie. Debemos saber desaparecer y cuándo bajar el telón.

-Tú recién lo estás subiendo, ¿ya sabes cuándo lo vas a bajar?

-Tengo clarito todo lo que voy a publicar: no más de cuatro novelas, unos cien cuentos y chao. No voy a cansar a la gente. Yo soy feliz de haber empezado a publicar a esta edad. Todos se arrepienten de su obra de juventud. Yo no voy a poder.

Texto escogido

"Mi madre comenzó a desatar su regalo. Lo hacía con cuidado, sin quitar la vista del paquete. Ninguno tenía la vista en otra parte, eso sucedía cada vez que mi tía iba para los cumpleaños; o cada vez que pisaba la casa, que estacionaba su auto afuera y llegaba con algo. Era como un hada, una persona especial. O tal vez no tenía nada de especial y solo sabía vestirse bien, sacarle partido a esa belleza un tanto vulgar que poseía. Pero para nosotros eso era suficiente, lo era para mi madre cuyo territorio fue siempre la cocina; para mi padre cuyo trabajo no era bueno ni malo sino algo peor, modesto; para mí que no sabía muy bien qué hacer en la vida. Al lado de nosotros mi tía era una diva, alguien que podía comprar la felicidad y acaparar las miradas".

(De "No era mi tipo", del libro El fumador y otros relatos)

Dream team sin chilenos

-¿Cuál es tu selección personal de la literatura?

-Bajo el volcán, de Malcolm Lowry; los cuentos completos de Chéjov; todos los cuentos de Carver; los Relatos de Cheever; Dublineses, de Joyce; Desde el jardín, de Jerzy Kosinski (la novela que me hubiera gustado escribir); El teatro de Sabbath, de Philip Roth; Las partículas elementales, de Houellebecq; Tokio Blues, de Murakami; El Aleph, de Borges. Y la yapa: Nueve cuentos, de Salinger.

-¿Por qué no hay autores chilenos?

-Porque me zapatean la oreja, no me gustan, no les creo, me aburren. Voy a ser un pesado, pero una vez compré Morir en Berlín, de Carlos Cerda, y a la primera página me quedé dormido. Le encuentro todo mal. Gonzalo Contreras me parece un posero. Hernán Rivera Letelier es el tipo más pedante que he conocido. A lo mejor es el mecanismo de defensa que tiene por su origen humilde. Los cuentos de Electorat me latearon. Cuando veo otra foto de Jorge Edwards me da terror. ¿Por qué cansar a la gente? Escribió un buen libro, Persona non grata, que yo gocé, pero no puede seguir diciendo cuando yo conocí a Vargas Llosa, cuando fui secretario de Neruda. Jaime Collyer es una excelente persona: sencillo, simpático, amable. Conversé con él una vez, nos reímos, tomamos, pero no me vengan a decir que es el mejor cuentista de Chile.

-¿Quién es entonces? ¿Bolaño?

-¿Bolaño es chileno? Tan chileno como Matta. Me gusta "Sensini", pero cuando leo, en Los detectives salvajes, "no se me achicopale, compadre", me suena un poco raro. Lo que no podemos desconocer es que Bolaño es un artista y eso tal vez es lo que nos hace falta. Vivir como artistas. Al límite. Carver era artista. Y Cheever. Salinger, que no tiene ego.



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