EL SÁBADO

Sábado 19 de Junio de 2004

Un breve espacio de tiempo


Patricia May

Si hay algún tema tabú en nuestra cultura de éxitos, imágenes y oropeles, es el de la muerte. Qué curiosos somos los seres humanos, vivimos evadiendo el único hecho que ciertamente todos, ricos y pobres, ineludiblemente tendremos que vivir. Todos llegaremos a ese momento y lo haremos desnudos, sin pertenencias, sin títulos ni apariencias. Nadie nos preguntará acerca de nuestras posesiones, ni status, ni raza, ni religión, allí todas las corazas con que hemos recubierto nuestra simple humanidad desaparecerán y estaremos de cara ante el gran misterio, de cara ante lo que ha sido nuestra vida, lo que hemos hecho con ese breve espacio de tiempo que es la vida encarnada en el cuerpo.

Nos haría bien recordar de vez en cuando este hecho: se nos ha regalado un tiempo limitado, tenemos en nuestras manos la inmensa oportunidad de hacer de éste un campo de aprendizaje, autoexpresión, felicidad y servicio, la inmensa oportunidad de no dilapidarlo en un incesante girar aturdiendo los sentidos y la conciencia para olvidar que esta vida, en esta circunstancia, inevitablemente, acabará.

Quizás si esta monumental apología del consumo, la imagen y el dinero como el centro de la vida humana que hacen las sociedades contemporáneas no sea sino un modo de escapar a la magnífica posibilidad y responsabilidad que implica vivir. Quizás nos quede grande la idea y nos sea más fácil derivar de una a otra "happy hour", rapidita y sin compromiso, dando de pasada el mensaje a los niños y jóvenes de que la vida es esta carrera light por el éxito y el dinero.

Qué nos ocurriría si nos tomáramos en serio el hecho de la mortalidad de la forma y nos detuviéramos a pensar qué es lo que realmente quisiéramos hacer con nuestro tiempo.

La vida nos da la posibilidad de gestar cosas en nosotros, de encontrarnos con los dones personales, ¿quisiéramos ir caminando hacia ser personas más libres, amorosas, claras, sabias? ¿Quisiéramos gozar en profundidad los momentos? ¿Quisiéramos ampliar nuestro conocimiento? ¿Quisiéramos concretar empresas y quehaceres específicos? Pues hagámoslo, cada día, paso a paso, para ello no se necesitan condiciones exteriores excepcionales, pero sí una mente centrada que despeje claramente lo que es importante de lo que no lo es.

Disfrutemos en la alegría de la realización, del compartir, del aprecio de la belleza y no releguemos nuestro sentido de vivir a un aturdimiento de los sentidos para olvidarnos como seres conscientes y vivir como si estuviéramos bajo el imperio de los instintos básicos propios del reino animal.

La vida nos da también la oportunidad de hacer un aporte, de dejar una huella que luego otros transitarán, así como nosotros hollamos los pasos de nuestros antepasados.

Al irnos dejaremos algo y quizás una de las preguntas más lacerantes de los momentos finales tiene que ver con el aporte, el servicio que dejamos, la impronta, el perfume que quedará con nuestra partida. A eso vinimos, a dejar un sabor en el mundo, a aportar los dones del alma. Si lo tenemos claro y no lo evadimos, el momento de partir será pleno y lleno de paz, puesto que llegaremos con las manos llenas de las muchas ofrendas que hicimos, el corazón liviano de amor, la mente libre en la comprensión de que soltando nuestra pequeña historia, el universo nos espera.


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