EDITORIAL

Jueves 21 de Octubre de 2010

 
El manuscrito convertido en libro

Cada nueva novela te brinda algo y te despoja de algo, y te recuerda que ella puede ser el puente hacia nuevas creaciones o el punto final de tu bibliografía.  
Roberto Ampuero Cada dos o tres años cambia mi vida de un modo particular. Cambia cuando el cartero trae hasta mi casa el paquete con el primer ejemplar de mi última novela. Ignora él lo que siento. Abro el paquete con una mezcla de alegría, tristeza e incertidumbre, con esos sentimientos que emergen cuando tu hija se va a una universidad lejana o se marcha definitivamente de casa a formar una familia. Sientes que has perdido y ganado algo. Cuando tengo por primera vez la nueva novela en mis manos, la hojeo, pero no oso leerla. Muchos escritores nunca leen su novela ya impresa. Temen -tememos- encontrar erratas o algo mucho peor, ya sin remedio. Yo apenas me atrevo a ojear algunas líneas al azar.

Los editores alemanes hablan de los "enanitos" que se entrometen en el último instante, esos que borran una palabra o una línea, que actúan cuando el texto ya ha pasado por el corrector final y todo parece impecable. Esos enanitos son seres traicioneros. Pero lo más inquietante es sentir que tu novela ya no te pertenece y ya no puedes cambiar nada en ella, que ya no puedes matar a un personaje, hacer aparecer a otro o modificar el final. Esa trama que inventó tu fantasía ya no te obedece, tiene vida propia. Si hasta hace poco eras su dios omnipotente y podías disponer sobre la vida y la muerte de los personajes, ahora ella es de los lectores, comienza a habitar su fantasía y memoria.

Cada historia tiene un destino que nunca conoces de antemano. Una novela es como una persona. Puede tener suerte o mala suerte, puede ser longeva y celebrada, tener muchos o pocos amigos, morir al salir a la calle o pasar sin pena ni gloria por el mundo. Pero uno igual la ama. "Todo escritor piensa que su obra es superior y perfectible", me dice el autor kirguís Turusbek Madilbay, "y por eso seguimos narrando". Para E. M. Forster, lo esencial de una novela es que narre una historia. Debe además despertar la curiosidad del lector, llevarlo a preguntarse qué ocurrirá más adelante, añade. Y eso también vale para el novelista. Uno conoce el arduo proceso de creación del manuscrito que entregó a la editorial, sabe que esas 300 o 400 páginas ahora impresas nacieron de una idea o un rostro, o de un sueño o una situación precisa, y recuerda las madrugadas que se pasó escribiendo, solo, desalentado o ilusionado, y cuántas páginas arrojó al papelero, pero ignora cómo habrá de continuar su propia vida tras terminar una novela.

¿Volverá uno a sentir el deseo de escribir otra novela? ¿Cuándo deja de hacer el amor un ser humano? ¿Cuándo escribe un novelista su última novela? ¿Cuándo se apaga su último deseo de escribir? Es una amenaza perenne, precisa. Yo preferiría morir con la ilusión de que me espera una nueva novela, a morir después de que el novelista haya muerto, aunque sé que la vida es mucho más que literatura. Una novela no es fruto sólo de un esfuerzo y una disciplina, sino también de una inefable energía interna que uno no logra planificar, dirigir ni dosificar. Escribir es una vertiente que puede secarse en cualquier instante. El escritor sale del manuscrito que acaba de terminar como el sobreviviente lo hace de una batalla. Ignora si los dioses volverán a brindarle nuevas ideas y energías. "Cada libro me condujo a una comprensión y un sentimiento más profundo, y me llevó a una forma diferente de escribir", dice V. S. Naipaul, quien conoce etapas de sequía en la ficción y angustias por ello.

Esta semana ha sido especial. El cartero trajo a casa mi última novela. La recibí con los sentimientos de siempre, sabiendo que marca un hito y una cesura en mi vida. Cada nueva novela te brinda algo y te despoja de algo y, más allá de las entrevistas, las presentaciones y los viajes, te recuerda que ella puede ser el puente hacia nuevas creaciones o el punto final de tu bibliografía.

 


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