Jueves 18 de Noviembre de 1999
Análisis por Andrés Oppenheimer:
¿Una Nueva Carrera Armamentista?
Venta de aviones de combate norteamericanos a Chile es una mala idea para Latinoamérica, en un mal momento.
WASHINGTON.- Mientras los líderes de América Latina, España y Portugal firmaban en Cuba su declaración anual de apoyo al "pluralismo político" en un país donde los partidos opositores son ilegales, el Gobierno de Estados Unidos se aprestaba a hacer algo no menos absurdo.
El secretario de Defensa, William Cohen, quien visitó Chile tras un periplo por Brasil y Argentina, habló con el Gobierno chileno, entre otras cosas, sobre la venta de aviones de combate norteamericanos F-16 a ese país.
Según el Gobierno chileno, está considerando - al margen de sus planes de gastar 1.500 millones de dólares en un plan a largo plazo para modernizar su Armada con nuevos buques europeos y fabricados en Chile - la compra de "entre 12 y 16" aviones de combate F-16 o Mirage 2000, de procedencia francesa.
El costo de los aviones sería de unos 300 millones de dólares, y la compra se realizaría en los próximos meses, según el ministro de Defensa chileno, Edmundo Pérez Yoma.
Y el Gobierno del Presidente Bill Clinton, que el año pasado levantó una veda de más de dos décadas a la venta de armas sofisticadas de Estados Unidos a América Latina, está deseoso de que Chile opte por los F-16. Según la Casa Blanca, las democracias de América Latina han "madurado" lo suficiente como para modernizar sus Fuerzas Armadas sin temor a un nuevo militarismo.
Pero, ¿tiene sentido eso? ¿No se alentará una nueva carrera armamentista en la región con la venta de aviones de combate a Chile, cuando la región necesita cada centavo que pueda ahorrar para recuperarse de las crisis financieras y el retraso social que padece?
Según me aseguró un alto funcionario del Gobierno de Clinton, la venta de aviones F-16 forjaría una nueva relación de Estados Unidos con los militares chilenos, que hasta ahora han estado principalmente vinculados con Europa. Según el funcionario, esto aumentaría la influencia norteamericana sobre las Fuerzas Armadas chilenas y, por lo tanto, ayudaría a preservar la democracia en la región.
En primer lugar, Chile comprará los aviones de combate de cualquier manera, y si no los adquiere en Estados Unidos lo hará en Francia, me explicó el funcionario.
Segundo, las Fuerzas Armadas chilenas se han abstenido de comprar armas de Estados Unidos por muchos años, por considerar a Washington como un aliado poco confiable, tras el embargo armamenticio de 1976 a las ventas de armas sofisticadas a la región.
"La compra de aviones de combate norteamericanos por parte de Chile representaría un cambio fundamental", me dijo el funcionario, agregando que la compra de estos aviones trae aparejados compromisos a largo plazo de entrenamiento de pilotos, provisión de repuestos y reparaciones. "Cuando tú compras un F-16, estás entrando en una relación de 40 ó 50 años".
Tercero, señaló, la venta de F-16 no generaría una carrera armamentista en la región, entre otras cosas porque Argentina les habría asegurado a funcionarios norteamericanos que no le preocupa la modernización de la fuerza aérea chilena siempre y cuando ésta no compre aviones F-18 o Mirage 21, que son de una generación aún más nueva.
Para ser justos, hay que decir que el Gobierno de Clinton merece elogios por alentar a los países latinoamericanos a nombrar ministros de Defensa civiles, y aumentar el control civil sobre las Fuerzas Armadas. Y también es cierto que Clinton en años recientes ha alentado a los militares de la región a dejar atrás antiguas filosofías guerreristas y represivas, y dedicarse más a misiones humanitarias.
Pero, ¿acaso no se borrará con una mano las cosas buenas hechas con la otra al vender nuevos aviones de combate a un país sudamericano?
Robert Pastor, un ex funcionario del gobierno de Carter que ahora enseña en la Universidad de Emory, en Atlanta, está entre quienes opinan que en lugar de vender aviones F-16, el Gobierno de Clinton debería estar alentando un pacto de control armamenticio entre las democracias de América Latina, para reducir los gastos militares.
"Vender F-16 a Chile podrá permitir a los militares norteamericanos entablar una relación con los militares chilenos, pero hay algo más importante en juego para los intereses de Estados Unidos, que es el fortalecimiento de la democracia en Sudamérica", me señaló Pastor en una entrevista telefónica.
"Uno refuerza la democracia, entre otras cosas, reduciendo los gastos militares, de manera de poder usar más recursos para gastos sociales, económicos y educativos", agregó.
Con todo respeto, mis estimados funcionarios del Gobierno de Clinton, decir que la venta de F-16 a Chile ayudará a consolidar la democracia en la región no sólo es un insulto a la inteligencia, sino que se trata de una mala idea, en un mal momento. Aunque les duela a las compañías exportadoras de armas, la idea de un pacto de control armamenticio sería mucho más provechosa para todos.
Andrés Oppenheimer es escritor y columnista de "El Nuevo Herald".
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