REPORTAJES

Domingo 4 de Abril de 2010

 
Manejando el caballo por la cola

luis larraín Nos hemos pasado veinte años tratando de manejar el caballo por la cola, me decía un amigo aludiendo al período en que gobernó la Concertación. La Alianza tuvo que limitarse a realizar un "control de daños" evitando que las iniciativas socialistas tuvieran éxito. Manejar el caballo por la cola tiene sus riesgos, se pueden recibir patadas; pero por sobre todo cuesta mucho llevar al animal hacia dónde uno quiere.

¿Por qué ahora, que se supone que uno de los nuestros está sentado en la montura, tenemos que seguir jugando el juego de ellos? Esto a propósito de quienes juzgan inevitable considerar un aumento de los impuestos para financiar parte de los costos de la reconstrucción de los activos destruidos por el terremoto. Si creemos que los impuestos lesionan la capacidad productiva del país, entonces es inexplicable subirlos en este momento, justo cuando necesitamos reemplazar producción porque se destruyeron los bienes de capital que la hacían posible.

Se pueden dar veinte razones por las cuales aumentar los impuestos es una pésima idea: el desempleo está aumentando y un alza de impuestos agudizará esa tendencia; las zonas afectadas demorarán en recuperar su capacidad productiva por lo que se requiere que otras industrias, ubicadas en lugares distintos, aumenten su inversión; el Estado tiene fondos en el extranjero precisamente para abordar emergencias; hay capacidad de endeudamiento afuera y adentro del país; el endeudamiento no debiera presionar excesivamente los mercados crediticios porque éstos presentan holguras hoy día; las tasas de interés a las que puede acceder Chile están entre las más bajas de la historia; hay capacidad de ahorro del Fisco; se pueden vender activos del Estado, etc.

Pero la principal razón para no aumentar los impuestos es de carácter político. Sí, leyó bien, la razón para no hacerlo es política. Sebastián Piñera ganó las elecciones presidenciales con un proyecto para Chile que confiaba en el emprendimiento como principal herramienta para sacar a nuestro país del marasmo en que lo tenían sumido los últimos gobiernos de la Concertación. Perdieron los candidatos que prometían subir los impuestos, no tuvieron éxito los que repetían sin cesar: más Estado.

Si creemos que los impuestos son malos para el país y van a provocar desempleo debemos decirlo a los chilenos y actuar en consecuencia. Hablar de cobrar impuestos a las grandes empresas es demagogia pura, las empresas son creaturas humanas y el impuesto que se les cobra es sólo una retención del tributo que en definitiva pagan sus dueños. El único efecto real de cobrar impuestos a las empresas es castigar la inversión. De hecho no se conoce proceso alguno de desarrollo económico acelerado en el mundo que no esté basado en rebajas tributarias a las empresas que invierten.

Sebastián Piñera debiera rechazar el chantaje moral de quienes postulan que las grandes empresas tienen que aportar a la reconstrucción a través de mayores impuestos. Las empresas aportarán de muchas maneras: de partida con donaciones y ayuda a los damnificados, adicionalmente dando empleo a miles de cesantes e invirtiendo para producir más.

Quienes postulan que hay que subir los impuestos para mejorar la situación de los más pobres fueron derrotados en la elección presidencial y si el gobierno les da la razón ahora estaría abdicando del legítimo derecho a gobernar con las propias ideas y no con las del adversario.

Suponemos que el gobierno que nos rige ganó las elecciones no para simplemente darse el gustito de habitar en La Moneda. Lo hizo para demostrar que sus ideas son mejores para Chile.

El gran riesgo de la administración Piñera es quedarse sólo en el mejoramiento de la gestión y conformarse con la diferencia que eso le dará frente a los gobiernos de la Concertación. Eso no basta para hacer la segunda transición que requiere Chile. Abandonar tan temprano ese objetivo por consideraciones políticas de corto plazo puede terminar frustrando el proyecto de hacer de Chile un país desarrollado.

 


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