REPORTAJES

Domingo 2 de Julio de 2006

EL EMBAJADOR DE CHILE EN ROMA Y SU REGRESO A LA "CIUDAD ETERNA":
Gabriel Valdés y sus años junto a Mussolini

Este periplo parte de la embajada de Chile en Italia, sigue por la Plaza de España, el centro histórico de Roma y llega a la Plaza Venecia: un paseo de tres cuartos de siglo en los recuerdos romanos del embajador Valdés.

Patricia Mayorga
Corresponsal en Roma

Pocas veces el famoso refrán "todos los caminos conducen a Roma" puede ser usado con más propiedad que en el caso del actual embajador de Chile en Italia, Gabriel Valdés Subercaseaux, quien desde muy niño, y por diversos motivos, no solamente ha vivido en diversos períodos en Roma, sino que su vida familiar se ha entrelazado siempre con la ciudad.

Nieto del embajador Ramón Subercaseaux, el pequeño Gabriel vivía en Roma con sus abuelos, su madre y sus hermanas en un señorial edificio en la misma calle donde actualmente queda la embajada, en la vía Po. "La fachada del edificio cambió", recuerda, "pero es que imagínese, ha pasado tanto tiempo, porque primero viví acá en los años 1931 y 1932, y aunque después nos cambiamos, seguí siempre estudiando en Roma todo el año 1934".

"Como el colegio donde estudiaba, el Instituto San Giuseppe Merone, quedaba muy lejos del barrio donde vivían los abuelos, porque estaba en el centro, mi mamá arrendó un departamento en el tercer piso de un edificio en la vía Capo le Case, que estaba bien cerca de la Plaza de España, donde estudiábamos yo y mis hermanas, que estaban en las monjas", agrega.

De su casa, todos los días los niños Valdés Subercaseaux caminaban las cuatro cuadras hasta el colegio femenino, y luego Gabriel continuaba hasta el San Giuseppe. Para llegar hasta su colegio debía bajar la famosa escala de Trinitá dei Monti, en la Plaza de España. Esa colina le fascinaba, y un día -tenía en ese entonces nueve años- pensó que a lo mejor hasta podía hacer prácticas de paracaidismo.

"Un día que estaba lloviendo, venía bajando por las escaleras con un paraguas, y eso me dio la idea. Hacía poco había visto una película de paracaidistas, y pensé que podía usar el paraguas abierto como paracaídas. Me tiré, y tuve la suerte de caer en unas plantas. Y casi me saqué la mugre. Vino la ambulancia, y todo eso. Tuve suerte, porque me rompí solamente las manos", cuenta, mientras camina por la Plaza de España.

Al llegar a las puertas de su ex colegio, se sorprende de que todo siga casi igual como cuando estudiaba, hace más de 75 años: "Ésta es una de las cosas que me sorprenden siempre de Roma, porque de todas maneras, a pesar del tiempo y algunas modificaciones, todo el centro histórico sigue prácticamente igual, con sus tiendas chicas y sus calles estrechas. Es maravilloso".

Al pasar junto a la Iglesia de Santa María de la Victoria, una joya barroca cuya principal atracción es una curiosa escultura de Gian Lorenzo Bernini, "Éxtasis de Santa Teresa" (sería una de las pistas que muchos años más tarde el escritor Dan Brown señalaría en su libro "Ángeles y Demonios"), el embajador recuerda que fue ahí donde se casó su hermana mayor con un héroe de la Primera Guerra Mundial, Ettore Viola.

"Era el año 1930: mi cuñado se había peleado con Mussolini, fue expulsado, y en el barco en el que íbamos de vuelta a Chile conoció a mi hermana, se enamoraron y se casaron. Pudieron hacerlo en Roma, porque el entonces rey de Italia, Vittorio Emanuele III de Saboya, que tenía mucha admiración por mi cuñado, insistió ante Mussolini para que le permitiera entrar a Italia".

¿A quién pertenecen?

Y a propósito de Benito Mussolini, el embajador Valdés cuenta sus experiencias de "balilla", que era el nombre que se les daba a los niños de entre 8 y 14 años, pertenecientes a las milicias fascistas, en las que de todas maneras era obligatorio participar.

"Era el año 1933: me acuerdo de una gran manifestación aquí mismo, en la plaza Venecia, por el regreso del aviador Italo Balbo, el jefe de la Fuerza Aérea, un general de gran corpulencia y mayor prepotencia, que hizo un famoso viaje de ida y vuelta a Estados Unidos, atravesando por primera vez el Atlántico", dice Valdés.

Había mucha gente, añade. "Unos 10 mil niños de todas las escuelas de Roma; todos estábamos con el uniforme y los gorros fascistas, como se usaba en esa época".

"Vimos a Mussolini aparecer, echando para adelante el mentón y poniendo los brazos en jarras, con una actitud absolutamente como del tiempo de Julio César. Por el Foro, desde el Coliseo, venía marchando Balbo con su gente, todos muy fachosos con sus camisas negras. Entonces Mussolini gritó: 'A chi i cieli del mondo?' Es decir, ¿a quién pertenecen los cielos del mundo?, y todos nosotros en coro teníamos que responder 'A noi'; es decir, a nosotros. 'A chi i mari del mondo?' ¿A quién los mares del mundo? 'A noi'. 'A chi le terre del mondo?' ¿A quién las tierras del mundo? 'A noi' ".

"Después he pensado que parecía estar en el escenario de la ópera 'Aída' ", añade Valdés. "Claro, sin música, pero un gran espectáculo, porque Mussolini era extremadamente ridículo, pero tenía un gran sentido de la solemnidad de los espectáculos".

Preguntamos si en tiempos de Pinochet alguna ceremonia tuvo este signo. "Tal vez", responde. "Yo no lo vi en Chacarillas, cuando fue homenajeado arriba de una montaña, una noche. Yo creo que ahí copiaron algo de Franco y Mussolini. Personajes así tienen una gran facilidad para caer en el ridículo, emocionarse y sentirse como descendientes de Moisés, Julio César o Augusto, pero desde ese punto de vista Mussolini rompió todos los récords".

Un hombre feliz

Entre 1971 y 1982, el embajador Valdés viajó por todo el mundo en su calidad de responsable de la ONU a cargo del programa para el Desarrollo (PNUD). Siempre volvía a Italia, e incluso en 1982 vivió un período estable en Roma en casa de su hijo Max. Ese año volvió urgentemente a Chile al saber que su gran amigo, el ex Presidente Eduardo Frei Montalva, estaba agonizando en la Clínica Santa María. Ese regreso determinaría otro período de su vida.

"Después del fallecimiento de Frei, en la casa de Raúl Troncoso, los máximos directivos de la Democracia Cristiana me dicen que yo soy la única persona que puede reemplazar a Frei. Me impresionó esto, y para mal de mis pecados, acepté. Arrepentido estoy, porque ahí me quedé todos estos años", expresa.

"No, en realidad no me arrepiento, porque la vida es así: hay que tomarla a la carrera", sonríe. Agregamos que su vida demuestra justamente eso: que no ha dejado pasar nada. "Sí, en realidad así ha sido. Yo soy un hombre extremadamente feliz porque estoy agradecido a Dios por las cosas que he hecho, por las oportunidades que me ha dado, que son muchas y muy superiores a mis capacidades. He estado siempre en el borde de arriba. He tenido mucha suerte", concluye.


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Escolar nostálgico, ante la fachada de su colegio de niño, el Instituto San Giuseppe Merone.
Escolar nostálgico, ante la fachada de su colegio de niño, el Instituto San Giuseppe Merone.
Foto:Eric Vandeville


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