EL SÁBADO

Sábado 25 de Marzo de 2000

CAROLINA TOHÁ, SUBSECRETARIA GENERAL DE GOBIERNO
Volvió a sonreír

Los ojos pequeños y expresivos de la hija del ex ministro de Allende ya no sugieren tristeza ni rencor. Más bien denotan la tranquilidad de una mujer que no se quedó pegada en el dolor de la pérdida de su padre y que aprendió que la tenacidad y el esfuerzo tienen recompensa. Rostro emblemático de la campaña del "No", madre por opción y política por vocación, hoy tiene un nuevo desafío en carpeta: un Chile abierto a discutir sin confrontación.
Por Carolina James

A un día de asumir Ricardo Lagos la Presidencia de la República, Carolina Tohá Morales, su flamante subsecretaria general de Gobierno, se disponía a salir de su departamento ubicado en un plácido sector de la comuna de Providencia; iría en busca de un vestido para la gala que tendría lugar en la Estación Mapocho.

- Quiero algo sencillo, nada rebuscado decía en voz alta.

Emilio, de un año y tres meses vivo retrato de su madre, revoloteaba por el departamento, botando objetos desde las mesitas laterales del living y amenazando manchar con lápiz pasta azul el recién retapizado sofá blanco que Carolina heredó de su madre, Victoria Eugenia Morales (Moy de Tohá), quien desde hace diez años reside en México. El pequeño fruto de su relación con Nolberto Salinas, a quien conoció durante su campaña a diputada por Santiago Centro revolvía con libertad su cartera y hurgaba en su agenda telefónica. Ella, sin inmutarse, parecía disfrutar con las travesuras de su hijo y sonreía mientras hablaba por el celular con algún personero de La Moneda.

Ya no encabeza protestas estudiantiles ni organiza ollas comunes, ni la mojan los guanacos. Atrás quedaron también las lágrimas de la niñita que, tras saber a su padre muerto en dramáticas circunstancias en el Hospital Militar, juró que nunca volvería a sonreír.

Su nombramiento la tiene sorprendida y entusiasmada y, a pesar de no ser este su terreno, sí tiene una opinión clara respecto de la realidad mediática chilena. Sobre censura y prohibición de informar; la abrupta desaparición de dos diarios nacionales y un canal de televisión; el caso de la periodista chilena Alejandra Matus y su asilo político en Estados Unidos, y la cultura del endiosamiento del rating. De todos ello habla aquí en profundidad.

Censura y autocensura

La primera vez que Carolina Tohá pisó un estudio de televisión fue, en 1988, durante la emisión del programa de canal 13, De cara al país, espacio en el que los chilenos perdieron el miedo a enfrentar sus fantasmas. Acompañada del actual presidente de la República y de los dirigentes del recién formado PPD, Jorge Schaulsohn y Armando Jaramillo, "la Tohá" como solían llamarla sus amigos sostuvo en aquella oportunidad: "No queremos venganza. No nos interesa. Nadie nos va a devolver lo que perdimos. Queremos simplemente un país digno, decente, democrático". Los medios masivos la convirtieron a la mañana siguiente en revelación.

Días después volvió a hacer noticia, cuando por amplia mayoría individual en las elecciones de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECh) se convirtió en vocal, transformando con ello al socialismo en primera fuerza al interior de esa agrupación estudiantil.

Como corolario de los dos episodios anteriores, su rostro muy pronto se convirtió en uno de los más representativos de la campaña del "No".Vinieron entonces decenas de entrevistas, fotografías de prensa; inevitablemente, su historia personal y familiar salió una vez más a relucir.

Ella lo recuerda así:

- El haber participado en política desde muy chica me puso en contacto con los medios de comunicación, en particular desde la FECh. Lo que hacíamos en la universidad tenía acceso a la prensa y muchas otras cosas que se hacían en el país no lo tenían. Eso era un gran privilegio, pero a la vez una gran responsabilidad, en una época con poco espacio para la opinión y el debate.

Y cuando todos le auguraban un futuro promisorio en la política, desapareció bruscamente de la escena pública. Hizo las maletas y partió a Italia para "estudiar a conciencia, no como lo había hecho hasta entonces, en que el estudio era apenas un punto en mi agenda de actividades".

Fue entre los muros de la Universitá degli Studi di Milano, donde obtuvo, con distinción máxima, un doctorado en ciencias políticas. Eso sí, la subsistencia no fue fácil:

- Viví precariamente. Allegada en casa de amigos, colándome en el metro, aprendiendo el idioma.

A su regreso a Chile, en 1995, la realidad política era otra, pero hubo ciertas herencias culturales del pasado que le resultaron imborrables:

- Somos un país en el que por mucho tiempo ha existido la cultura de la censura y de la autocensura. Se teme a las diferencias, a las opiniones discrepantes. Uno no puede sentirse agraviado porque hay gente que tiene gustos distintos o que tiene maneras de expresarse artísticamente distintas, porque sino podríamos volver a un mundo muy oscurantista.

- La famosa casa de vidrio, ¿le parece un buen ejemplo de esa autocensura?

- Claro. Si hay algo que a uno no le gusta o no le parece, no ve la película o no va al centro a ver la casa de vidrio. Nadie lo obliga. El problema es que cuando se abre un hoyito en el muro, todos llegamos como moscas y caemos casi en una actitud voyerista, a veces morbosa.

- ¿Qué sensación le provoca la prohibición de informar?

- Hay medidas que se inventaron en una época en que las comunicaciones eran distintas. A lo mejor entonces cumplían un cierto papel, pero hoy el efecto que tienen es dramático: los que no están conectados a la Internet generalmente las personas con menos recursos y menos influencias quedan fuera de la información. La prohibición de informar sólo genera rumores, confusión.

- ¿Y lo sucedido con El libro negro de la justicia chilena, de Alejandra Matus, actualmente asilada política de Estados Unidos...?

- Ahí se produjo otro fenómeno, que tampoco es justo para el país. Hay una legislación que protege a ciertas autoridades, a costa de la libertad de información y de expresión. No puede ser que uno no pueda emitir juicios u opinar sobre personas porque son intocables, mientras el resto, la gran mayoría, está totalmente expuesta. Eso es una discriminación impresentable.

Rating versus cultura

Hace algunos años, Carolina Tohá acuñó una frase que quedó dando vueltas en la cabeza de quienes conformarían después el equipo redactor del programa de gobierno de Ricardo Lagos:

"Sin ciudadanos, la cultura es rating", dijo ella.

Más allá de aquel dicho para el bronce, el dilema de fondo era cómo congeniar el despegue cultural del país con un elemento netamente comercial que, lejos de contribuir al desarrollo de la anterior, genera adicción y familiaridad del público, sólo con determinado tipo de información o de programación.

La nueva subsecretaria señala:

- El rating no es un instrumento para el desarrollo de la cultura. Los medios viven en un dilema que no es sencillo: por un lado dar lo que la gente pide y también hacerse cargo de los gustos que ellos mismos generan. No pueden desligarse de los gustos de los ciudadanos, pero sí tienen una responsabilidad de mantener a esa gente informada. Los gustos del público no vienen del cielo, la gente no los trae en los genes. Entonces, no está mal que exista la preocupación por el gusto, pero también es una buena cosa abrirse a la innovación, hacer nuevas propuestas y enseñarle al ciudadano un gusto más rico, más amplio. La uniformidad, la falta de creatividad, resulta, para el público, sólo más de lo mismo.

- ¿Es el rating el gran enemigo de la cultura?

- No le echemos toda la culpa al rating. Que los medios midan la recepción de lo que hacen no es lo malo. Lo malo es hacer todo pensando en el rating. No hay que endiosarlo y transformarlo en el único parámetro de medición del éxito de un programa o de una propuesta comunicacional.

- Pero si el programa tal no se ve o el periódico tal no se lee, no sirve y desaparece...

- En primer lugar, si uno compara Chile con otros países, se da cuenta de que hay una diversidad de tipos de medios, de líneas editoriales e incluso de orientaciones políticas que aquí no existen. Aquí se vive con mucho dramatismo el debate de ideas y con facilidad se confunde la discusión con la confrontación. Segundo, a las líneas editoriales que se enfocan hacia un público específico les cuesta mucho subsistir desde el punto de vista económico, porque cuando un canal o un diario tiene una línea más o menos distinta de la norma tiene problemas para mantener su sustento comercial. Eso no es bueno. Sí lo sería, el compromiso del medio empresarial por tener medios pluralistas con libertad para que se expresen todas las opiniones.

- ¿Y dónde le parece que está el límite entre lo público y lo privado, temas tan en boga actualmente?

- Es delicado porque no hay límites que se puedan poner. Uno no puede establecer por decreto o por ley una línea de acción a seguir. Se supone que existe la libertad de informar; el papel de los medios, entonces, es abrir la información, pero a la vez proteger la intimidad de las personas. La vida privada es un derecho y en esto la prudencia, más que las normas o las prohibiciones, es lo esencial.

Llamarse Tohá

Esa delgada línea que separa lo público de lo privado, es un hecho que a Carolina Tohá la ha afectado desde que tenía ocho años. Un día de febrero de 1974 se puso su mejor vestido y partió de la mano de su madre al Hospital Militar. Llevaban una torta porque su padre el periodista, ex vicepresidente de la República y ex ministro de Defensa e Interior de Salvador Allende, José Tohá González estaba de cumpleaños. Cuando entró lo vio muy sereno. Aunque mucho más flaco y desgastado, era su papá, aquel hombre enorme que la "secuestraba" los fines de semana para llevarla a jugar con una vieja máquina de escribir a su oficina del vespertino Noticias de Última Hora, medio del cual era director.

A sólo minutos de haber llegado al hospital, entró a la pieza un militar con un cuchillo en la mano e hizo pedazos la torta pensando que pudiera tener algo oculto en su interior. Fue entonces cuando la pequeña Carolina sintió por primera que su infancia, esa burbuja hasta entonces impenetrable, ya no era la misma.

A su padre no lo vio nunca más. Un mes después, la prensa anunciaba con grandes titulares su suicidio. Tres días más tarde, la familia se lo contó a Carolina. Al saberlo, lloró, pataleó y se resistió con la fuerza que un niño de ocho años puede hacerlo a creer que eso tan terrible era cierto.

Desde aquel día, la hija mayor de Pepe Tohá aún experimenta incertidumbre respecto a lo sucedido.

- ¿Qué versión se dio a sí misma sobre la muerte de su padre?

- Me pesa mucho no poder tener una versión definitiva. De lo que he averiguado, tengo la impresión de que mi padre, no sé por qué motivo con exactitud, se les murió mientras estaba ahí, probablemente producto de una dosis excesiva de calmantes. Pero no puedo saber a ciencia cierta lo que realmente pasó.

Con el dolor a cuestas, la familia Moy, Carolina y José, el menor de los hijos debió partir a México, país donde al cabo de unos años encontró cierto consuelo.

- La salida fue dramática. Me resistí por todos los medios. Entendía que la mayoría de nuestros amigos estaba exiliado; muchos de mis tíos estaban muertos o presos. Era muy chica, pero estaba consciente. Sin embargo, la estada allá resultó ser un periodo muy bonito de mi vida.

"Carita de monja"

En 1979, cuando volvió a Chile, su madre la matriculó en el colegio Francisco de Miranda, "una especie de territorio liberado donde encontré a muchos hijos de familias como la mía", acota.

Fue en las aulas de ese establecimiento de Ñuñoa, donde sintió por primera vez el germen de la política, sobre todo gracias a un profesor que la marcó profundo:

- Le decíamos el José. Él nos enseñaba elementos básicos de política. Después supe que ese hombre era Jaime Gazmuri, quien en esa época andaba clandestino.

La Tohá siempre fue una buena alumna. Aplicada, aunque no matea. Incisiva a morir, pero de una dulzura excepcional. Sus cuadernos eran codiciados, sobre todo por el músico Ángel Parra, quien "equivocadamente" se los llevaba para la casa.

"Era mi debilidad", cuenta Raquel Salinas, su profesora de ciencias sociales. "Aguda y llena de argumentos". Y la antropóloga Paula Echenique, mujer de Guido Girardi, agrega: "Era intensa y muy buena oradora, a pesar de sus diecisiete años". Fue la época en que le dio por el teatro e interpretó Yerma, de Federico García Lorca. Y también la época en que ella y la Carola pololeaban con dos compañeros de curso que eran jugadores de la liga infantil de Colo-Colo, hacían paseos a Isla Negra y acudían en patota a escuchar a Santiago del Nuevo Extremo.

De la pasividad del colegio, Carolina pasó a la acción, en las aulas de la Escuela de Derecho. La detuvieron varias veces, fue golpeada, recibió anónimos. Pero eso no bastó para pararla.

- Hay que tener cuidado con esas niñas con carita de monja que andan revolviéndola por ahí dijo en su oportunidad el general Pinochet, en clara alusión a la dirigenta de la FECh, aunque ella tiene sus dudas:

- No sé si se refería a mí directamente (ríe)... No creo que Pinochet tuviese ninguna obsesión particular conmigo.

Un recuerdo patente de su infancia se liga precisamente con el ex comandante en jefe del Ejército. Se encontraba jugando con su hermano menor en su casa cuando alguien llegó con una caja muy grande y pesada. Se asustaron mucho y le pidieron a la persona que los cuidaba que abriera el paquete. Eran cientos y cientos de soldaditos de plomo que el capitán general le mandaba al hijo menor de los Tohá de regalo. Nunca entendieron el sentido del obsequio ni si fue alguna broma de mal gusto.

Segundo padre

Por la residencia de los Tohá circulaba mucha gente. Antes del golpe, el general Prats y el mismísimo Augusto Pinochet, en un par de ocasiones. También un político joven, amigo de la dueña de casa. Se llamaba Ricardo Lagos.

- Yo era una cabra chica. Yo sólo saludaba y me iba a mi pieza recuerda Carolina.

No fue sino hasta su época de dirigenta de la FECh cuando lo conoció de cerca y nació entre ambos una profunda empatía.

- ¿Sentía a un Lagos un poco paternal?

- Sí, pero no sólo me pasaba con él, también con otra gente que había conocido a mi padre.

- ¿Cuando y cómo le comunicó que iba a ser subsecretaria?

- Me lo dijo él mismo, el jueves previo a que la lista de colaboradores se hiciera pública. Me llamó a su oficina en la Fundación Chile XXI, me dijo que quería que estuviera en La Moneda y que había tomado la decisión de que yo fuera la subsecretaria de Claudio Huepe. Sentí emoción, confusión, felicidad y sobre mis hombros una responsabilidad grande.

- ¿Su primer objetivo?

- Encontrar una manera comunicacional para que Chile vaya saldando sus heridas y para que la historia escriba sus versiones de manera equilibrada, con elementos de verdad y de realidad.


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"A todos nos marca el apellido que llevamos, así como la familia de la que venimos. He tenido momentos de mucha autonomía, de rebeldía y también he buscado espacios para desarrollar mi identidad", asegura Carolina, al consultarle por lo que significa llamarse Tohá.
Foto:Gonzalo López


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