Domingo 22 de Octubre de 2006
UN PLATO BIEN FRÍO. El regreso de Montecristo:
El diamante de la venganza
Con la nueva teleserie de Mega vuelve "El conde de Montecristo", la novela del gran Alejandro Dumas. Es bueno preguntarse también de dónde viene.
MARCELO SOMARRIVA
Es sorprendente la vitalidad de la obra de Alejandro Dumas. Sus novelas son quizás los únicos mamotretos de mil y tantas páginas que cualquier persona relativamente alfabetizada puede leer y disfrutar intensamente, pero sus historias exuberantes y tumultuosas son demasiado inquietas para quedarse fijas en el papel y desde hace ya mucho tiempo que están saltando hacia la pantalla soportando con admirable flexibilidad toda clase de adaptaciones. La más reciente de estas es la teleserie que acaba de estrenar un canal de televisión chileno, se trata de una nueva versión de la novela "El conde de Montecristo", aunque tal vez sería más preciso hablar de una adaptación argentina de la misma novela, pero bueno, así son las cosas en esta copia feliz del edén.
Reactor Dumas
Alejandro Dumas, después de alcanzar un éxito rotundo con sus obras de teatro históricas, comenzó a escribir en un estilo que mezclaba la narración con el drama, recurriendo a momentos cruciales de la historia francesa como telón de fondo. Combinó personajes ficticios con otros históricos y les atribuyó a los primeros la facultad de torcer de manera secreta el curso de los acontecimientos. Estos personajes respondían a moldes típicos: los buenos eran encantadores y algo pillos y los malos eran graves y pésimos. La acción comenzaba de golpe y la trama corría a toda máquina, pasando vertiginosa a través de largos ripios que según Umberto Eco, a pesar de ser "defectos de estilo", cumplen una función estructural y son como las barreras de grafito de un reactor nuclear, ya que bajan el ritmo de la acción para hacer de nuestras esperas algo angustioso y nos propulsan con más fuerza hacia adelante. Los dueños de los diarios parisinos descubrieron que era un estupendo negocio introducir en sus páginas novelas publicadas por entregas. La palabra "continuará" resultó ser una fórmula de oro para mantener a los lectores atrapados y diarios y escritores formaron una alianza poderosa. Dumas se convirtió en una estrella de la prensa y durante la década de 1840 alcanzó una fecundidad asombrosa. Hacia 1843, su empresa literaria tomó caracteres maníacos. Sólo en ese año, Dumas publicó seis novelas y comenzó a sacar al aire las primeras entregas de "El conde de Montecristo".
La aparición de este folletín en el "Journal de Debats" produjo un fenómeno de masas que actualmente podría compararse perfectamente con el furor que causan en el público el estreno de series de televisión como "Lost" o "24". Sus lectores escribían cartas a la redacción del diario solicitando la revelación anticipada del desenlace de la historia y la gente empezó a dar vida a los personajes de la novela, que adquirieron una sorprendente dimensión histórica, a pesar de ser enteramente ficticios.
La revancha
Normalmente, lo que ocurría era justamente a la inversa, los personajes de Dumas tenían habitualmente un origen histórico y tras una serie de transmutaciones terminaban convertidos en seres de ficción. Tempranamente, generalmente a confesión de su propio autor, se supo del origen de los héroes y villanos de gran parte de sus novelas. Así, él mismo contó que el origen de "El conde de Montecristo" surgió de una historia que había leído en las "Memorias" de J. Peuchet, un archivista de la policía de Paris, y que le había llamado la atención. Se titulaba "El diamante y la venganza" y contaba la historia de un obrero y zapatero llamado Francis Picaud, quien, a punto de casarse, va a visitar a un amigo que se encontraba junto a tres encantadores sujetos que deciden apostar que la boda del incauto enamorado podía aplazarse por algunos días. Lo acusaron a la policía de ser un espía inglés y la broma se les fue de las manos. El inocente fue apresado y pasó siete años en una cárcel en Italia. Al salir, el inocente Picaud tomó un nuevo nombre y entró a trabajar al servicio de un sacerdote que lo apadrinó y lo designó como su heredero universal. Rico y ennoblecido, el bueno de Picaud, decide comerse su plato bien frío e inició una venganza en cadena contra cada uno de sus ofensores. Dumas tomó la idea explotando sin el menor escrúpulo la satisfacción pagana producía en sus lectores ser testigos de como podía ejecutarse una venganza con la majestad de una de las bellas artes.
Lo que sin embargo Dumas no contó era que la venganza de Edmund Dantés, su personaje de ficción, era también en buena medida la satisfacción vicaria de su propia venganza familiar. Según cuenta el experto dumasiano, Claude Schopp, en la vida de Dumas puede observarse nítidamente la existencia de una revancha social llevada a cabo con esmero y alegría. El mismo escritor no tenía el menor problema en admitir sus ambiciones descomunales y sus delirios de grandeza. Sin embargo, no tuvo el mismo empacho en reconocer la importancia que jugaba en su vida su color de piel tan oscura y su pelo tan motudo. Con el tiempo, ha emergido la real importancia que pudo haber tenido en su vida haber sido un mulato en medio de una sociedad racista como lo fue la del París de mediados del siglo XIX. Sólo hay que tomar en cuenta que dos meses después del día de su nacimiento, en julio de 1802, apareció un decreto que prohibía a los negros casarse y tener hijos en suelo francés y hay que recordar que la abuela de Dumas había sido una esclava negra en una plantación en Santo Domingo. Tal como escribió el escritor Pietro Citati, a Dumas lo devoró la ambición de conquistar París y el mundo, mediante la palabra, como un Napoleón sin armas. Esta ambición pantagruélica se nutrió -y mucho- por las ganas enormes que Dumas tenía de cobrarse la revancha ante las injusticias que se habían cometido contra su familia. Partiendo por su padre, el general Thomas Alexandre Dumas Davy de la Pailleterie, que llegó a ser un militar capaz de hacerle el peso al mismo Napoleón, pero que a diferencia de este último fue un buen sujeto, republicano, liberal y humanitario. Sus logros lo hacían merecedor de la gloria, pero en lugar de eso y gracias a sus diferencias con Napoleón, fue injustamente desplazado y humillado.
Pero el escarnio que sufrió su padre se remontaba a una generación más atrás y allí se encuentran las raíces remotas de la historia de "El conde...". Por línea paterna, Dumas tenía ancestros nobles muy antiguos. Su abuelo Alexandre y sus hermanos eran señores de La Pailleterie. Pero su abuelo y su hermano mayor, Charles Davy de La Pailleterie decidieron buscar fortuna en América. Los dos se instalaron en la isla de Santo Domingo, donde Charles comenzó a explotar un ingenio azucarero y una plantación de tabaco e índigo, pero un buen día, su hermano Alexandre se perdió en el monte junto a tres esclavos negros. Charles salió en su búsqueda, menos animado por el amor fraternal que por las ganas de de evitar la infamia y el escándalo que significaba que un noble normando se las diera de cimarrón con un par de negros. No lo encontró y decidió regresar a Francia donde las cosas tampoco anduvieron muy bien. Al cabo de un tiempo Charles decidió volver al Caribe y reorientó sus actividades agrícolas hacia el más rentable e infame comercio de esclavos. Para hacer el tráfico, Charles se instaló en un desembarcadero que se conocía como Monte Cristo. La villa, la plaza y un prominente cerro, se llamaban igual y al poco andar el noble negrero mereció el título de "marqués de Montecristo". Debido a un motín ocurrido a bordo de uno de sus barcos negreros, un incidente que estuvo manchado por el escándalo y que además le ocasionó la ruina económica, Charles cayó en desgracia. Tuvo que deshacerse de sus propiedades y se quedó en Santo Domingo, donde murió en 1773.
Dos años más tarde, apareció en Francia un sujeto con el nombre de Antoine Delisle, que decía ser en realidad Alexandre Davy de La Pailleterie, un sujeto que llevaba más de treinta años desaparecido y que todos daban por muerto. Alexandre tenía intenciones de recuperar su herencia familiar y su título nobiliario. Los interesados en que nada de esto ocurriera comprobaron que decía la verdad y también se enteraron de que vivía con una mujer negra conocida como Césette del Cortijo ("du mas") que era madre de cuatro mulatitos. Marginado, Alexandre decidió cobrar venganza y recuperar lo que consideraba suyo. No tuvo suerte, pero la peor parte le tocó a sus hijos, que a diferencia suya llevaban en su sangre la ignominia. El mayor de ellos, Thomas, adoptó el nombre paterno y en homenaje a su madre tomó su apellido, que dejó como Dumas. Tal como lo habían hecho sus nobles ancestros a lo largo de siglos, Alexandre Dumas Davy de La Pailleterie ingresó al cuerpo de los dragones de la Reina. Era un mulato de dimensiones colosales y fue un soldado temible. Su fuerza física era de leyenda y ocupó un papel destacado en la Revolución. Pero se enemistó con Napoleón en la campaña de Egipto, al acusarlo de poner su ambición personal ante los principios de la Revolución. Lo mandaron de vuelta a París, pero en el camino su barco fue interceptado por las autoridades de los borbones, entonces enemigos de Francia y señores del sur de Italia, y pasó dos años en una cárcel de Brindisi, en un castillo. En la celda contigua a la suya estaba preso el sabio Dolomieau, que intentaba animar sus días de cautiverio escribiendo con lo que tenía a la mano en los bordes de las páginas de una Biblia su libro "La filosofía de la mineralogía". Dumas salió de la cárcel y murió a los dos años, dejando a un niño de 4 años y un pequeño patrimonio.
Dumas y la pantalla
Más en broma que en serio, Bouvard y Pécuchet, los personajes de la novela del mismo nombre de Gustave Flaubert, decían que Dumas los divertía como una linterna mágica. Este cumplido, a pesar de ser falso, sirve para ilustrar la relación póstuma que ha existido entre Dumas y la pantalla. Sólo quince años separaron a Dumas de la aparición del cine y puede especularse que de haberse producido el encuentro entre los dos, el idilio hubiera sido instantáneo. De acuerdo a Claude Schopp, Dumas desarrolló en su obra una "estética de la velocidad", en la cual la escritura era más una herramienta para mostrar que un instrumento para describir, que resulta muy afín al lenguaje cinematográfico.
Efectos especiales
En 1847, el escritor inauguró su "ThéÀtre Historique", una sala de teatro para dos mil espectadores con cinco escenarios diferentes, en la que él mismo actuaba como productor y montajista de espectáculos que se anticiparon a las futuras superproducciones. Para la puesta en escena de "Calígula", por ejemplo, Dumas solicitó la confección de 160 trajes y que cuatros caballos blancos tiraran un carro sobre el escenario, en lo que podría ser el primer péplum de todos los tiempos. Para su versión escénica de "El conde de Montecristo", Dumas implementó efectos especiales como hacer correr la sangre por una escalera y armar una tormenta con relámpagos, todo lo cual aterrorizó a sus espectadores. Sin embargo, las relaciones entre esta novela y el mundo del cine son todavía más estrechas. Catherine Toesca, que ha estudiado las relaciones entre esta novela y la pantalla, cuenta que la primera adaptación cinematográfica de "El conde de Montecristo" se hizo en 1907, en una película del realizador estadounidense, Francis Boggs. Boggs y su productor William Selig encontraron en la ciudad de Los Angeles los decorados perfectos para filmar los exteriores de la película -de hecho, la escena que filmaron del conde llegando a la orilla de la playa es la primera que se hizo en la costa de California-. Para filmar las escenas de interiores decidieron montar un estudio en una apacible colina hasta entonces inexplorada, donde nunca una cámara había apoyado su tripode, el lugar se conocía como "Hollywood".
El otro mulato en apuros
Para la fisonomía de Edmund Dantés, Dumas se habría inspirado en los dandys Lord Seymour, Milord L'Arsouille y el marqués José de Salamanca, todos ellos millonarios, excéntricos, dilapidadores y amigos de los pobres, que compartían un origen misterioso. Pero Dantés es además un saludo bastante curioso que Dumas le hizo a otro escritor tan mulato como él: el novelista ruso Alexander Pushkin, ya que su nombre estaría inspirado en el oficial francés de la guardia imperial rusa Georges d'Anthés, que lo mató en un duelo, aun cuando al parecer Pushkin armó un tinglado para suicidarse. El redentor abate Faria, que le entrega a Dantés su fortuna y conocimientos, también surge de un personaje real, un curioso filósofo propagandista español que tuvo su cuarto de hora en el París de 1820 y que se llamaba igual.
Dumasilandia
Cuentan que Dumas firmó alrededor de 650 obras, que en la edición de sus obras completas abarcan 310 volúmenes. Según un censo de fuente incierta, esto implicaría 37 millones de palabras, lo que hace un total de 16 mil palabras semanales en cuatro décadas y un promedio de 15 títulos al año. Entre cuentos y novelas, Dumas le dio vida a una población estimada de 37.627 sujetos con nombre. Cuatro mil de ellos, serían personajes protagónicos y nueve mil secundarios. Dumas practicó todos los géneros literarios imaginables, produciendo híbridos únicos cortando y pegando sin la menor vergüenza. Todo esto le dio una enorme fortuna que dilapidó con velocidad pasmosa. Cuentan que guardaba su dinero en un frasco que estaba a disposición de sus amigos en apuros. Sin exagerar, Dumas disfrutó en vida de una fama mundial. Un grupo de obreros de una fábrica de habanos en la Habana, que armaban sus cigarros al ritmo de la lectura en voz alta que alguien hacía de El Conde de Montecristo, le escribió solicitándole permiso para bautizar sus habanos con el nombre de su novela. Dumas lo consideró como un honor y desde entonces los cigarros Montecristo saludan al conde. Y pensandolo bien, puede que los Farias, unos cigarros españoles bastante más plebeyos, sean un homenaje al abate Faria, el benefactor del Conde.
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