REPORTAJES

Domingo 23 de Diciembre de 2001

Canal Beagle. La crisis entre Chile y Argentina:
La guerra que no fue

En diciembre de 1978, Chile y Argentina estuvieron a punto de enfrentar un conflicto bélico. Esta crónica sobre la batalla naval, que en esos tensos días estuvo a horas de producirse, está basada en recuerdos e informaciones del almirante (r) Raúl López Silva, a la época Comandante en Jefe de la Escuadra.
SANTIAGO BENADAVA

El 18 de abril de 1977 el Gobierno de Su Majestad Británica, en su calidad de árbitro entre Chile y Argentina, pronunció una sentencia arbitral obligatoria declarando que las islas Picton, Nueva y Lennox e islotes adyacentes pertenecían a Chile. El 25 de enero de 1978 el Gobierno argentino declaró insanablemente nulo el Laudo británico y manifestó que no se consideraba obligado a su cumplimiento.

La decisión argentina agudizó hasta niveles alarmantes la tensión entre ambos países, la que se manifestó en despliegues militares, movilización de tropas, envío de flotas a la región austral, e intensa campaña psicológica argentina. Soplaban vientos de guerra. Se temía que estallara un conflicto armado. En este inquietante escenario estuvo a punto de producirse un encuentro naval entre las flotas de Chile y Argentina.

Incursiones argentinas

Hasta la notificación del Laudo británico las relaciones entre las Armadas de ambos países habían sido bastante cordiales: sus jefes intercambiaban visitas protocolares, formulaban y aceptaban invitaciones recíprocas, cooperaban en ciertas actividades profesionales. El Laudo alteró radicalmente este ambiente. En efecto, desde entonces la Armada argentina comenzó a realizar incursiones en los canales australes chilenos, a efectuar ocasionalmente vuelos rasantes sobre Puerto Williams y Navarino y a reforzar ostensiblemente su potencial naval en la zona austral.

El Gobierno argentino, que no sólo desconocía los derechos de Chile sobre Picton, Lennox y Nueva sino comenzaba también a abrigar pretensiones de soberanía sobre otras islas chilenas situadas al sur del Canal Beagle (las llamadas "islas de más al sur", como Barnevelt, Deceit, Freycinet, Hornos), instaló una baliza luminosa en la isla Barnevelt, lo que motivó una protesta diplomática de Chile. Se temió que Argentina intentara ocupar militarmente islas chilenas con el fin de crear un hecho consumado que fortaleciera sus nuevas pretensiones de soberanía y limitara la extensión del mar territorial de Chile hacia el oriente.

"Ándate al sur y gana la guerra"

A comienzos de 1978 había asumido como Comandante en Jefe de la Escuadra chilena el almirante Raúl López Silva, quien venía de desempeñarse como Jefe de la Tercera Zona Naval. Había ingresado a la Escuela Naval en 1939 y tenía a la época 54 años. Había sido miembro de la delegación de Chile, encabezada por Julio Philippi, que sostuvo conversaciones en 1977 con una delegación argentina presidida por el general Osiris Villegas sobre la aplicación del Laudo británico. Estas conversaciones habían resultado infructuosas.

Como la situación chileno-argentina empeorara día a día y las conversaciones sostenidas entre representantes de ambos países no hicieran vislumbrar ningún acuerdo, el Almirante José Toribio Merino, Comandante en Jefe de la Armada, ordenó al Almirante López que se dedicara exclusivamente a preparar la Escuadra para una guerra que se veía venir. La Escuadra chilena estaba formaba por un crucero (Prat), cuatro unidades misileras (los destructores Williams y Riveros y las fragatas Lynch y Condell), cuatro destructores artilleros (Portales, Zenteno, Cochrane y Blanco), un buque petrolero (Araucano) y un buque de apoyo logístico (Yelcho, reemplazado después por el Aldea). La tripulación de todos estos buques era, más o menos, de 2.000 hombres, entre ellos 150 oficiales. Para efectuar un entrenamiento que fuera lo más realista posible, el Almirante López pidió las municiones, el petróleo y el personal necesarios. Las dotaciones de guerra debían estar completas y los entrenamientos deberían efectuarse a altas velocidades y con la mayor semejanza a una situación de enfrentamiento bélico. La Comandancia en Jefe de la Armada dio plena satisfacción a estos urgentes pedidos.

El 11 de diciembre de 1978, en una entrevista celebrada en la Comandancia en Jefe de la Armada, el Almirante Merino manifestó al Almirante López que había claros indicios de que los argentinos intentarían ocupar islas chilenas, lo que había que impedir a toda costa. Y agregó: "Ahora vamos en serio. Ándate al sur y gana la guerra".

Ataque a buques enemigos

El 19 de diciembre de 1978 la flota chilena, que se resguardaba en las bahías y canales australes chilenos, recibió, pasado el mediodía, la siguiente orden cifrada de la Comandancia en Jefe: "Prepararse para iniciar acciones de guerra al amanecer. Agresión inminente. Buena suerte". Este mensaje, que coincidía con el estancamiento de las negociaciones diplomáticas entre ambos gobiernos, fue transmitido por el Estado Mayor de la Escuadra a todos sus buques. Más tarde, éstos recibirían otro mensaje en clave de la Comandancia en Jefe de la Armada que les ordenaba atacar y destruir cualquier buque enemigo que se encontrara en aguas territoriales chilenas.

Consecuente con la situación que se vivía, el Almirante López zarpó al atardecer del día 19 a un punto inicial situado al sur del Cabo de Hornos. Su misión era rechazar cualquier intento argentino de desembarco en islas chilenas.

No era éste el único desplazamiento operativo que había efectuado la flota chilena durante la crisis con nuestros vecinos. Esta flota había zarpado, también, con el máximo alistamiento, a fines de marzo y de octubre de 1978, épocas en que el gobierno argentino había planteado exigencias inaceptables para Chile y en que las negociaciones entre ambos países parecieron llegar a un punto de ruptura. Sin embargo, en esa época, las fuerzas chilenas noavistaron grupo de transporte alguno que formara parte de una fuerza de desembarco necesaria para unainvasión.

Cuántos pares son tres moscas

Los buques que ahora zarpaban iban con sus tripulaciones bien dormidas, descansadas y muy motivadas para un enfrentamiento que, por fin, parecía hacerse realidad. Se comunicó a las tripulaciones que, en adelante, cuando se tocara zafarrancho de combate no sería para ejercicio sino porque se tenía enemigo al frente. Las tripulaciones demostraron alborozo porque, finalmente, la situación estuviera próxima a definirse. El comandante del buque insignia, crucero Prat, exclamó: "¡Por fin vamos a saber cuántos pares son tres moscas!"

Para contribuir a mantener en alto la moral de las tripulaciones en la situación de prolongado aislamiento que significaba permanecerpor largos períodos en las estrechas condiciones propias de los buques de guerra, el Almirante López las visitaba continuamente, las orientaba y las informaba de la situación existente, motivándolas a mantener su espíritu combativo y su entusiasmo. Además, en los buques se celebraban cumpleaños, santos, efemérides y competencias de ingenio y deportivas para mantener la cohesión interna y vencer el tedio de una situación de incertidumbre prolongada.

La aviación neutralizada

Los buques chilenos llegaron al mar de Drake al amanecer del día 20 y se dirigieron a un área al sur del Cabo de Hornos, alejándose de las bases aéreas argentinas. Aquí esperarían los movimientos de las naves de la flota de mar argentina. Dicha flota estaba compuesta por un crucero, cuatro unidades misileras, cuatro unidades artilleras y antisubmarinas y buques de reabastecimiento. Estaba al mando del Contraalmirante Humberto Barbuzzi. Esta flota se había mantenido durante los últimos días en una posición entre las islas Malvinas y Tierra del Fuego. A medianoche del día 19 se evidenció un desplazamiento de ella, a una velocidad cercana a los 20 nudos, en dirección hacia el sur, con rumbo a pasar al este de la isla argentina de los Estados hacia la posible zona de operaciones. La Escuadra chilena, informada por nuestra aviación naval sobre la posición y movimientos de la flota argentina, se dispuso a avanzar a alta velocidad en dirección general noreste una vez que pudiera confirmar que la flota argentina mantenía su rumbo hacia el sur. Si las escuadras de ambos países conservaban la dirección de su avance y su velocidad, en unas cuatro horas estarían a distancia de detección electrónica y a unas seis horas a distancia de fuego.

Durante los días 19, 20 y 21 de diciembre arreciaron los temporales, produciéndose techos muy bajos, reducida visibilidad, fuertes vientos y grandes marejadas. Estas condiciones dificultaban el empleo de los aviones argentinos embarcados en el portaaviones 25 de Mayo y de los basados en Ushuaia, Río Grande y Río Gallegos.

El dilema: esperar o atacar

Los movimientos de la Escuadra chilena en el teatro austral estaban condicionados por el desplazamiento y la actitud de la flota argentina. Ésta conservaba la iniciativa de los desplazamientos y del comienzo de las hostilidades. Por otra parte, los argentinos disponían de aviones en bases aéreas situadas en las cercanías y las del portaaviones 25 de Mayo con ocho aviones de combate A 4 Q. En cambio, las bases aéreas chilenas más cercanas estaban en Punta Arenas, lo que privaba a la Escuadra chilena de protección y apoyo aéreo.

En estas circunstancias, el Almirante López enfrentaba un serio dilema: si esperaba que los buques argentinos penetraran en la zona Beagle-Nassau para iniciar una ofensiva contra las islas, existía el riesgo de que, antes de que se produjera el encuentro entre ambas fuerzas navales de superficie, la aviación argentina tuviera oportunidad de atacar a la Escuadra chilena, dañando algunos de sus buques y dejándola en condición muy desfavorable para enfrentar a la flota enemiga en una batalla decisiva. En cambio, si el Almirante López, aprovechando las malas condiciones meteorológicas que dificultaban acciones aéreas del adversario se adelantara a atacar a los buques argentinos, entraría en combate en condiciones más favorables, pero tomaría con ello la grave responsabilidad de iniciar la guerra y dar pábulo para que Chile fuera declaradopaís agresor.

Lo que pudo ocurrir entonces queda entregado al dominio de las conjeturas, pues antes del mediodía de ese mismo 20 de diciembre ocurrió algo inesperado: la flota argentina viró hacia el norte y se suspendió el acercamiento entre ambas Escuadras. Los buques argentinos continuaron su rumbo hacia el norte y las naves chilenas regresaron a sus fondeaderos, a los que llegaron al anochecer del día 20.

Ante nuevas disposiciones de la Comandancia en Jefe de la Armada de Chile, la Escuadra chilena volvió a zarpar en la noche del día 22 hacia el área Beagle-Nassau, pero no prosiguió muy lejos. El día 23 en la mañana los servicios de escucha chilenos interceptaron una larga comunicación en clave dirigida por Buenos Aires a su flota de mar, que pasó a conocerse como "el mensaje de los 200 grupos". Poco después de recibir este mensaje las naves argentinas enfilaron a más de 20 nudos hacia el norte. La aviación naval chilena las "trackeó" hasta el norte del paralelo de la boca oriental del Estrecho de Magallanes. Al amanecer del día 23 tuvo la certeza de que la flota argentina se dirigía a Puerto Belgrano, donde alcanzaría a llegar para Navidad. La posibilidad de un enfrentamiento naval se había alejado.

¿Qué había ocurrido?

El 22 de diciembre, en su Mensaje de Navidad al Sacro Colegio Cardenalicio, el Papa Juan Pablo II, consciente de la peligrosa situación existente entre Argentina y Chile, expresaba que el día anterior había hecho conocer a los gobiernos de ambos países su disposición para enviar a las dos capitales a un representante especial suyo para obtener más directas y concretas informaciones sobre las respectivas posiciones y para buscar la posibilidad de lograr un honorable arreglo pacífico del problema. La iniciativa papal fue aceptada por ambos gobiernos y desactivó los movimientos de la flota argentina.

La aceptación argentina de la iniciativa de Su Santidad no fue fácil. Años más tarde, en 1998, el general Jorge Rafael Videla, quien a la época de la crisis era Presidente de Argentina, declaró lo siguiente en una entrevista:

"El 22 estábamos reunidos con la Junta [Militar]. Estaban Lambruschini, Viola y Agosti [Comandantes en Jefe de la Marina, el Ejército y la Aviación, respectivamente], que habían postergado su retiro a raíz del tema para no irse en medio del problema. Cuando estábamos deliberando, ahí llegó justo un cable del Vaticano que decía: "Su Santidad insta a no innovar a la espera de un enviado". En el cable el Papa decía que la llegada [del enviado] se produciría el 26 [de diciembre]. Entonces se inició una discusión muy dura porque no era fácil parar, porque ya se había dado la orden, porque los buques navegaban hacia el objetivo y esperaban la orden de fuego. Yo dije, entonces, ésta es la oportunidad que buscamos, debemos parar y esperar al enviado. La posición más dura era de la Armada. Agosti era más flexible. Para Viola esto era un problema, él era mi sostén y como comandante [en Jefe del Ejército] él tenía que convencer a los generales. Y no era fácil. . . A partir del desembarco de Samoré [enviado papal] comenzaron [ambos gobiernos] una tregua y un largo proceso de negociaciones. . ." (María Seoane, Vicente Muleiro, El Dictador [Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2001), p. 391.

La misión de paz, presidida por el Cardenal Antonio Samoré, se embarcó en Roma en la Nochebuena y llegó a Buenos Aires el 26 de diciembre. Tras intensas actividades del Cardenal Samoré y su comitiva en Buenos Aires y en Santiago, ambos gobiernos acordaron someter el litigio que los dividía a la mediación del Papa Juan Pablo II. La mediación pontificia tomó más de cinco años. Fruto de los largos esfuerzos conjuntos en el proceso mediador fue el Tratado de Paz y Amistad chileno-argentino suscrito el 29 de noviembre de 1984. A Dios gracias, ambos pueblos acogieron con alivio y entusiasmo este acuerdo que restablecía la paz, la armonía y la cooperación entre las dos naciones hermanas.

Durante su visita a Chile, en abril de 1987, el Papa Juan Pablo II elevó una acción de gracias en la ciudad austral de Punta Arenas "porque esta tierra que hace años pudo ser escenario de un conflicto sangriento entre naciones hermanas, ha sido testigo, por la gracia de Dios, de una paz fraterna y honrosa".

NOTA. Esta crónica está basada en recuerdos e informaciones proporcionados gentilmente al autor por el Almirante (r) Raúl López Silva, a la época Comandante de la Escuadra chilena. El autor se complace en manifestar al señor Almirante sus más expresivos agradecimientos.


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Almirante Raúl López Silva.-  A comienzos de 1978 asumió como Comandante en Jefe de la Escuadra y recibi rdenes de prepararla para la guerra.
Almirante Raúl López Silva.- A comienzos de 1978 asumió como Comandante en Jefe de la Escuadra y recibi rdenes de prepararla para la guerra.
Foto:El Mercurio


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