ARTES Y LETRAS

Domingo 10 de Febrero de 2002

MEMORIAS MÍNIMAS. Atisbos al "más acá" del autor francés
Perec, entre duraznos y gillettes

Harry Mathews es un escritor americano que mantuvo una intensa y entrañable amistad con Georges Perec. Una vez que este murió, y para conjurar el peso de una pérdida que le parecía "indecible", Mathews escribió una serie de apuntes con los materiales dispersos que iban decantando en su memoria. Esta es una selección de algunos.
HARRY MATHEWS

Escritor

Cuando Georges Perec murió, en marzo de 1982, había alcanzado la fama en su propio país, tenía cientos de amigos y estaba rodeado por miles de admiradores. La fama provenía sobre todo de sus libros - su primera novela "Las Cosas" ganó el Premio Renaudot en 1966; su monumental "La Vida, Instrucciones de Uso" el Premio Medicis en 1978- , aunque para muchos el suyo era sólo el nombre que firmaba una vez a la semana el Crucigrama de Le Point o un tipo que aparecía intermitentemente en la radio y la televisión. Ninguno, sin embargo, de los que conocieron personalmente a Perec pudo olvidarse nunca más de él. Su fulminante muerte a los 46 como remate de un cáncer pulmonar fue un shock que apenas podíamos creer.

A comienzos de los años 70 yo le había contado a Perec sobre "I Remember", una serie que dirigía Joe Brainard en la que creía haber visto una nueva y tonificante manera de abordar la autobiografía. Mis apreciaciones sobre el tema eran gruesas e inexactas: creo, sin embargo, que merecen ser perdonadas porque fueron ellas las que llevaron a Perec a escribir su propio "Je me souviens" (publicado en 1978) , un trabajo que, en un registro menos íntimo, alcanza tanta o más intensidad de evocación que el de Brainard.

Poco después de la muerte de Perec, yo mismo adopté el formato de "I remember" para escribir sobre él. No lo hice a modo de homenaje ni con el propósito de recuperar los años de amistad perdidos; lo hice simplemente porque la palabra escrita era el mejor medio disponible para enfrentar la congoja que nos tenía a varios, entre ellos a mí, indeciblemente abrumados.

Durante varios meses, todos los días, me senté a escribir uno o dos apuntes bajo la forma de "Me acuerdo de Georges Perec", sin hacer el menor intento de ser exhaustivo o particularmente agudo: aceptaba el material que iba apareciendo tal como se aceptan las conchas que un mar enlobado ha repartido en la arena, como algo que alguna vez habrá que escrutar, ponderar y ubicar en algún lugar. No puedo decir que la experiencia haya sido liberadora ni consoladora, pero al menos me permitió darle un nombre individual a cada uno de los fragmentos del patético túmulo que, lentamente, había ido ensamblando.

Llegó un día en que me distraje y dejé pasar sin tomar ningún apunte. Al día siguiente interrumpí y abandoné definitivamente todo el asunto. Después que hubo pasado un tiempo considerable, me puse a revisar lo que había escrito y a darle un orden más acorde con el tema, uno menos arbitrario.

Con todo, eso no convierte a estas notas, atisbadas y anotadas al tun-tun, en algo más que una triste secuencia de incidentes que no viene de ni va tampoco a ninguna parte.

París, septiembre, 1987

Puntos del pasado

Me acuerdo que antes de conocerlo me habían hablado de las carcajadas de Perec. El hombre que conocí después estaba totalmente desolado; en las fiestas, sin embargo, era imposible parar su andanada de bromas, se le ocurrían de una manera nerviosa, casi compulsiva. Sus "carcajadas" eran una manera amable de mantener a los demás a distancia.

Me acuerdo del reporte de M. acerca de la vez que le había dicho a Perec que yo no me acostaría jamás con alguna de su novias. Perec saltó y dijo "¡Pero si ya se acostó con una!". Todavía no sé a quien se refería ( porque eso fue antes del incidente con T .)- de repente H. Y.

Me acuerdo de Perec como alguien que no se repetía nunca.

Me acuerdo de mis discusiones con Perec acerca de las virtudes comparativas que ofrecían las distintas máquinas de afeitar disponibles en el mercado. Cuando yo me decidí por la nueva doble hoja de Gillette, él aceptó con regocijo la provisión de Wilkinsons que había ido acumulando mi botiquín durante los últimos meses.

Me acuerdo de haber llegado con Perec a la Gare 'd Austerlitz en el verano de 1975. A pesar de haberla buscado angustiosamente entre el tumulto, no lograba ver a Caterin B. esperando, solitaria y preciosa, al otro lado de la plataforma. Al final se la tuve que mostrar yo.

Me acuerdo de un encuentro con Perec en el Chope D'Orsay el año siguiente a eso. Estábamos en mesas distintas (creo que él estaba comiendo con Jacques L.) En algún momento se acercó y subiéndose la manga izquierda de la camisa nos mostró las marcas de dos cortes paralelos de Gilette en el brazo. Lo hizo como un niño que llega a mostrarle s a sus padres una libreta llena de rojos.

Me acuerdo de haber pedido que abriéramos la primera sesión de OuLiPo después de su muerte con un abucheo unánime al ser de Perec por habernos abandonado de manera tan cruda e imperdonable.

Me acuerdo de Perec bufando de felicidad mientras bailaba como un furioso con Caterin B. en el departamento de Andy Warhol, que le habían prestado a Renaud C. para una fiesta. Con la ropa totalmente estilada por la transpiración preguntó si podía darse una ducha. A los cinco minutos volvió con una toalla atada en las caderas. Imposible resistirlo.

Me acuerdo de Perec llamándome a Lans para informarme, con una calma meticulosa, que Queneau había muerto ( y de las lágrimas que rodaron). Habíamos perdido al hombre que permitió nuestras vidas como escritores, a un padre sólido e irremplazable. Después me enteré de que los dos por separado habíamos pasado la tarde leyendo los poemas de Queneau sobre la muerte, los mismos que habíamos leído juntos en voz alta unas pocas semanas antes.

Me acuerdo de haberle mentido a Perec cuando nos conocimos. Le dije: "no he leído nada tuyo, excepto 'Las Cosas'". La verdad es que no había leído nada de nada.

Me acuerdo de lo callado y taciturno que estuvo Perec mientras escribió "La Vida, Instrucciones de Uso".

Me acuerdo de habernos instalado en mi casa con Perec después de alguna comida a fumar hierba y escuchar música clásica - grandes obras tipo el Requiem de Brahms- y habernos quedado tumbados en la alfombra del living, revolcándonos de felicidad en los momentos climáticos. En momentos así me hubiera gustado tomarlo en brazos.

Me acuerdo que en la primera comida después de haber terminado su análisis Perec me dijo que ahora, si caminaba por la calle para echar una carta en el Correo, sabía que estaba caminando por la calle para echar una carta en el Correo.

Me acuerdo que cuando recién lo conocí, Perec era alguien que tenía "problemas con las mujeres". Soñaba con una hermosura, inteligente y exitosa, que en los intervalos de viajes a tierras lejanas aparecía súbitamente frente a su puerta, le ofrendaba su amor absoluto y esfumaba después sin dejar la menor huella.

Me acuerdo que cuando estaba sólo Perec se saltaba el almuerzo.

Me acuerdo que en la última conversación que tuve con Perec por teléfono (él estaba en Paris y yo en Nueva York ) me contó que tenía un tumor en el pulmón y que tenia que operarse en un lapso de seis semanas: me preguntó si podía pasar con nosotros parte de la convalecencia. Después del hospital, y de pasar el primer mes con la familia de Caterin B., llegó a Lans-en-Vercors el 13 de mayo, justo el día que la orquídea había empezado a florecer. Estaba extremadamente pálido; era difícil acostumbrarse a su barba ausente y a su cráneo rapado (estaba empeñado en volver de su aspecto el signo inequívoco de una nueva vida que comienza); pero el aire de la montaña lo fue reanimando, los colores volvieron a su cara y su tranco recuperó agilidad y firmeza. Me acuerdo de Perec parado después de una excursión, acezando un poco, en medio de uno de los pastizales del cerro, apoyado en un durazno, conversando tranquilo y contento con sus visitas, viejos amigos que habían hecho un largo viaje para verlo: Anton Voyl; el pintor Valene; Jerome y Sylvie, una pareja que había conocido y querido particularmente durante muchísimo tiempo.


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Según Mathews, en la foto junto a Perec,
Según Mathews, en la foto junto a Perec, "la melena afro y la barba de chivo le inyectaban a su cara la fuerza de una máscara primitiva.
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