EDITORIAL

Martes 24 de Octubre de 2000


¿Qué Es una Constitución Democrática?

Dionisio de Siracusa, cansado de cuantos envidiaban la grandeza de su poder y la esplendidez de su palacio, invitó un día a Damocles, el más adulador de sus cortesanos, a participar de un gran banquete en el que pudiera apreciar en qué consistía su envidiada felicidad. Mientras disfrutaba de la ocasión excepcional, le pide el rey que alce la mirada, siendo grande su sorpresa al ver que una desnuda espada, sostenida por un simple cabello, pendía peligrosamente sobre su cabeza. Entre los griegos, considerados como grandes amantes de la libertad, la experiencia de Damocles servía para recordar cuán incierta era la felicidad de reyes y tiranos.

El contraalmirante (R) Sergio Cabezas Dufeu y la profesora Marisol Peña han insistido en que la función de las Fuerzas Armadas en una sociedad democrática es esencialmente la defensa de la libertad. Como eso es exactamente lo que yo he afirmado anteriormente, quisiera entonces aclarar dónde radica la diferencia de nuestras concepciones sobre el papel de las Fuerzas Armadas en una sociedad moderna.

En nuestro país, las Fuerzas Armadas participan del Consejo de Seguridad Nacional en una proporción equivalente a la participación conjunta de los tres poderes del Estado y del Contralor General de la República, para hacer presente al Presidente, al Congreso o al Tribunal Constitucional su opinión frente a algún hecho, acto o materia que, a su juicio, atente gravemente en contra de las bases de la institucionalidad o pueda comprometer la seguridad nacional. A través de idéntico medio, participan en la integración del Tribunal Constitucional, nombrando a casi un tercio de sus miembros y, en la conformación del Poder Legislativo, designando a cuatro senadores. La Constitución, a su vez, las reconoce como garantes del orden institucional y sólo permite que el Presidente remueva, con acuerdo de dicho Consejo, a sus Comandantes en Jefe, en casos calificados.

Esto es lo que a la profesora de Derecho Constitucional de la Universidad Católica le parece normal, al punto de calificarlo como "una función de las Fuerzas Armadas propia de los modernos Estados de Derecho".

Como este criterio de la profesora lo comparte también el contraalmirante, he querido tratar de entender qué es lo que en lo profundo lleva a aceptar como coherente con una sociedad moderna un papel tan omnipresente de las Fuerzas Armadas, y me ha parecido que la leyenda de Damocles puede sernos útil para auscultarlo.

Me parece que en la historia reciente del país ha cundido entre algunos políticos, uniformados e historiadores y, como vemos, también entre algunos constitucionalistas, la idea de que la intervención de las Fuerzas Armadas en 1973 obedeció al propósito de defender la libertad frente a una democracia que se habría convertido en tiránica. Ante esto, yo me pregunto: ¿Será fruto de mera imaginación pensar que cuando se elaboró la Constitución se tuvo a la vista la necesidad de que una espada pendiera sobre la inevitable democracia que había de advenir y de la cual tanto se temía y sospechaba? El argumento de Marisol Peña, la "última instancia", me hace confirmar esta creencia.

En Europa, la propia democracia dictó su sentencia de muerte cuando el Parlamento alemán, a través de una delegación extraordinaria de facultades al Gobierno, dio paso al Neue Ordnung de Adolf Hitler.

Pero, aun así, nadie pensó, ni hasta hoy ha pensado, en otorgar a las Fuerzas Armadas la función de protectora de la democracia, en los términos que en Chile se entiende, porque, pese a la experiencia de Weimar, los europeos no han llegado al punto de trastocar el sentido originario de la instauración del Estado constitucional. Los muertos en la guerra y la misma vergüenza del holocausto hicieron que los constituyentes de la Ley Fundamental de Bonn, que tanto ha influido sobre el constitucionalismo moderno, optaran por entregar al tribunal constitucional - y no sin discusión desde la teoría democrática- , la atribución última de decir qué es la Constitución.

Por otro lado, forma parte del ABC de una democracia constitucional el establecimiento de controles que equilibren el sentido de poderes y lo limiten. La profesora Peña cita a Montesquieu para señalar lo anterior. Su cita será, sin embargo, desafortunada si lo que pretende es avalar la posición exóticamente suprainstitucional de las Fuerzas Armadas en el Estado. En efecto, Montesquieu, como muchos de los pensadores de la Ilustración, sentía una gran desconfianza por las Fuerza Armadas, precisamente porque estando al servicio de un monarca que se identificaba con el Estado, habían sido más instrumento de la opresión que de la libertad. Por ello, cuando escribe sobre éstas en el Espíritu de las Leyes (Libro XI, Capítulo VI, "De la Constitución de Inglaterra"), propone que los ejércitos confiados al Ejecutivo "sean pueblo", que los empleados del Ejército respondan con sus propios bienes de su conducta ante los demás ciudadanos o que no se alisten más que por un año.

Finalmente, no existe ningún Estado en el Occidente desarrollado, ni entre los países democráticos de América, que otorgue a las Fuerzas Armadas el papel que les confiere la Constitución chilena. Si bien la profesora Peña a través de la somera lectura de las constituciones que dice haber realizado encontró parecidas las constituciones de Ecuador, República Dominicana y España; en una lectura más profunda es inevitable que, a lo menos en la situación de España, se deba llegar a una conclusión diametralmente opuesta. No imagino a ningún constitucionalista español atreviéndose a sostener la tesis de la semejanza. De otro lado, yerra la profesora en sus citas a la República Dominicana y a Ecuador, y, en este último caso, la invocación resulta muy poco feliz, atendida la realidad ecuatoriana de los últimos años.

En consecuencia, no es una novedad que las constituciones hagan referencia a la defensa de la libertad, en cuanto que ella es una defensa de la Constitución y la ley bajo un orden de libertad y de sujeción a los poderes democráticamente constituidos. Considerar otro esquema de relación acercaría a lo que Lasalle definía para la Prusia de su época como pseudoconstitucionalismo; esto es, un Estado donde se hace pasar por constitucional aquello que no lo es.

Christian Suárez Crothers
Profesor de Derecho Constitucional
Universidad de Talca




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No es correcto citar a Montesquieu si lo que se pretende es avalar la posición exóticamente suprainstitucional de las Fuerzas Armadas en el Estado.
No es correcto citar a Montesquieu si lo que se pretende es avalar la posición exóticamente suprainstitucional de las Fuerzas Armadas en el Estado.
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