VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 20 de Octubre de 2007

Invitación al 1900

Todo un hito de la ciudad, Monumento Nacional y museo histórico excepcional, el Palacio Cousiño muestra la vida cotidiana de una de las más importantes familias del país, a principios del siglo XX. El único palacio que se conserva tal cual lo mantuvo su dueña, doña Isidora Goyenechea, invita a conocerlo como un escape a la agitada vida actual del centro de Santiago.

Texto, Valeria Campos Salvaterra Producción, Carola Ovalle N.
Fotografías, Sebastián Sepúlveda Vidal

Los Cousiño–Goyenechea son la única familia aristocrática de principios del siglo XX de la que podemos conocer actualmente casi todo su mundo privado: la enorme casa que habitaron tres generaciones durante seis décadas, es hoy uno de los museos más destacados de Santiago.

Imperdible paseo para santiaguinos, extranjeros y provincianos, obligada visita para los colegios y panorama fijo para cerca de seis mil personas cada 27 de mayo, día del patrimonio nacional. Es un fenómeno excepcional en una ciudad donde conviven cientos de palacios inadvertidos: algunos de ellos muy deteriorados en su interior, otros que apenas conservan la sombra de la belleza de sus fachadas, y la mayoría a punto de caerse. El Palacio Cousiño, sin embargo, ha sabido mantener su perfil y su rol como último testigo de toda una época, también única en nuestro país.

Fue el clímax de la arquitectura neoclásica en Chile, propiciada por las enormes riquezas de una sociedad movida por los nuevos recursos de la minería. Los Cousiño eran una de las familias más reconocidas, más acaudaladas, dueños de las minas de plata de Chañarcillo, de carbón de Lota, de haciendas y fundos, de su propia flota de barcos, además de la Viña Cousiño–Macul, propiedad que aún conservan sus descendientes.

En el palacio todos conocen de memoria su historia y cuidan a diario que cada silla, cada jarrón, mesita y adorno esté en su lugar, para que represente de la manera más fiel posible ese ya olvidado estilo de vida. "Este es el único palacio de la época que se conserva con casi todo su mobiliario original, y que mantiene todas las características propias de la vida de la época" comenta María Eugenia Coello, administradora del lugar hace quince años.

Todos los lunes, cerrado al público, se corren cuidadosamente los muebles y se hace aseo a fondo. El resto de los días, las visitas obligadamente deben calzarse pantuflas especiales para no dañar el parqué, y todo en él brilla como si doña Isidora y sus hijos esperaran pacientes el término del tour en la pieza de al lado. Ningún cuidado parece ser suficiente para un palacio construido en 1870 y terminado en 1878. En una época de gran influencia francesa en las familias adineradas del país, por eso la moda era construir mansiones al estilo parisienne. El Cousiño, especialmente, es una copia reducida del majestuoso palacio de Versalles, de estilo neoclásico y con elementos góticos. Su ubicación también resulta representativa: es el último gran edificio de calle Dieciocho, reducto de la élite de la época, hoy barrio fantasma donde aparece como el único sobreviviente digno.

Fue encargado por Luis Cousiño –quien murió de tuberculosis antes de finalizada la construcción– e Isidora Goyenechea, al arquitecto francés Paul Lathoud. La familia puso a su disposición los barcos que se usaban para la comercialización en Europa del carbón y la plata, con el fin de que trajera desde Francia todo lo necesario para su decoración, sin escatimar en gastos. El resultado: mármoles de distintos tipos y tonos adornan la gran escalera, lámparas de lágrimas de dimensiones impactantes, decenas de obras de arte valiosísimas y más de un centenar de objetos de materiales preciosos. Todo repartido entre un enorme salón de baile, un salón de juegos y uno de té; un jardín de invierno, el gran comedor y un abalconado segundo piso.

María Eugenia pasea por el palacio como si fuese su casa, pero con clara conciencia de que lo que hace es por el bien de un patrimonio histórico y cultural compartido. Se mueve entre los muebles arreglando su disposición, ordenando las alfombras, inflando las cortinas. "Tenemos que estar muy atentos, porque es muy fácil que todo esto se deteriore. Sobre todo con las visitas, pues parece que no tienen mucha conciencia de que esto es único. Tuvimos que prohibir los escolares con lápices porque no faltaban los que rayaban las paredes, y la experiencia nos dice que todos, sin excepción, si pueden llevarse algún recuerdito, se lo llevan. Y es imposible encontrar piezas que reemplacen lo que se pierde", dice.

El gran duelo del edificio se vivió en 1968, cuando debido a una falla eléctrica, el segundo piso se vio envuelto en llamas, y casi todos los muebles y objetos de esa zona se perdieron para siempre. Ocurrió durante una época de esplendor para el palacio, pues en 1940 lo había tomado a su cargo la Municipalidad de Santiago, quien lo instauró como residencia oficial. Con ese rol recibió huéspedes tan ilustres como Golda Meir, canciller de Israel o los presidentes López Mateos de México, Lübke de Alemania, Saragat de Italia, De Gaulle de Francia y el Rey Balduino de Bélgica, entre otros. Estuvo a punto de recibir también a la reina Isabel II de Inglaterra, pero el incendio ocurrió un mes antes de su visita a nuestro país. Del desastre quedó una profunda cicatriz, que se aprecia en los muebles no originales que adornan algunas habitaciones, en cada cortinaje que tuvo que ser restaurado con absoluto cuidado, en cada objeto hoy ausente que decía algo más sobre la familia Cousiño y sobre toda una tradición.

Si bien, de la vida de doña Isidora y sus seis hijos no quedaron registradas muchas historias, permanecen esta enorme construcción y su parque. Este último, abierto a la comunidad, permite apreciar todo el esplendor del notable palacio, declarado Monumento Nacional en 1981.




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En las puertas –de cedro y talladas a mano– se puede apreciar el monograma de la familia Cousiño. Está escrito
En las puertas –de cedro y talladas a mano– se puede apreciar el monograma de la familia Cousiño. Está escrito "Cousiño" con todas sus letras entrelazadas y la "I" fue puesta al medio, atravesando las demás, porque al mismo tiempo representa el nombre "Isidora".
Foto:Sebastián Sepúlveda Vidal


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