VIVIENDA Y DECORACIÓN

Sábado 10 de Marzo de 2007

Palacio Errázuriz:
Una villa neoclásica sobre la Alameda

Dicen que fue la residencia más elegante del Santiago de mediados de 1800, y su dueño, Maximiano Errázuriz.
Texto, Valeria Campos Salvaterra Fotografías, Sebastián Sepúlveda Vidal

El año pasado el palacio Errázuriz recibió a cerca de mil 600 personas en el día del Patrimonio Cultural, convirtiéndose en el edificio más visitado de Santiago. "Nunca se había abierto al público, así que había mucho misterio y ansiedad por ver los secretos que guardaba esta clásica casa de la Alameda", comenta Violeta Romero, encargada cultural de la embajada de Brasil. Es que como pocos de la ciudad, aún conserva toda su majestuosidad y fausto de mediados del siglo XIX, desplegado entre los muebles Luis XV del salón, el piano de cola de la sala de música, los parqué finamente trabajados en maderas importadas... Con gran cuidado y dedicación, la embajada se ha preocupado de mantener el carácter histórico del lugar que actualmente sirve de residencia para su embajador. "El palacio se compró con todo el mobiliario original y muchas obras de arte que deleitan a los visitantes", agrega Romero.

Toda esa elegancia brotó desde el refinado ojo de quien lo mandó a construir en 1872, don Maximiano Errázuriz Valdivieso, fiel representante de la alta alcurnia chilena. Y no faltan testimonios que lo confirmen: "Era la mejor casa de Santiago... y acaso la más lujosa", decía Carlos José Larraín, aristócrata de la época; "La mejor y más equilibrada residencia del período", como la describió el destacado arquitecto chileno Eduardo Secchi, mientras que el arquitecto Rodolfo Fogarty –autor de una memoria sobre ella– la pone en el primer lugar, por sobre la majestuosidad del palacio Cousiño, y de las fantasías orientales de La Alhambra y Díaz-Gana.

Una casa de tres cuerpos, toda una villa neoclásica con aires de grandiosidad romana renacentista, fue el resultado de los anhelos de Maximiano Errázuriz. Conocedor de estilos, corrientes y artistas por sus frecuentes viajes a Europa, recurrió a uno de los grandes arquitectos del momento, el italiano Eusebio Chelli, quien había llegado a Chile para instalar el nuevo altar de la Recoleta Dominica, y que luego proyectaría grandes obras de Santiago.

Ornamentada con columnas y enormes balaustradas que se despliegan hacia la Alameda, es "una obra de ese arte que simbolizaba el orden, la armonía y también el progreso y la civilización", afirma Miguel Laborde en una memoria editada por la embajada de Brasil. Pronto el lugar se llenó de gente, pues Maximiano era un hombre conocido y muy respetado: fue presidente de la cámara de diputados y senador, llegando incluso a ser propuesto como candidato a la Presidencia de la República. Sin embargo, para él la historia del palacio estuvo marcada por la soledad.

La idea original de Errázuriz era tener una casa grande donde criar a sus hijos junto a su mujer, Amalia Urmeneta, hija de José Tomás Urmeneta, otro de los nobles-burgueses del Chile de esos años y junto a quien Maximiano se haría de gran fortuna. Pero al nacer Rafael, el cuarto hijo, Amalia sufrió enormes complicaciones durante el parto, sin poder recuperarse; tras horas de agonía falleció a sus escasos 24 años. Fue un amarguísimo trago para Maximiano, que lo sumió en una melancolía que, según cuentan, no lo abandonaría más. Prefirió dedicarse por entero a su trabajo para "olvidar este triste dolor que me embarga día y noche", como escribió en una carta. El terreno en el barrio más cotizado de la Alameda de las Delicias tuvo que esperar baldío una década más. Unos años después y ya más recuperado del penoso suceso, conoce a Carmen Valdés, hija del Intendente de Valparaíso, y decide casarse con ella. Inmediatamente se trasladan a París con los niños, viaje en el cual adquirieron grandes obras de arte para el palacio que –por fin– construirían en Santiago. Pero al retorno, en su paso por el Caribe, Carmen contrajo fiebre amarilla, a causa de la cual pronto falleció. A los 40 años, Maximiano ya era viudo dos veces y su soledad comenzaba a pesarle.

Paradójicamente, la magnificencia del edificio de tres cuerpos sólo sirvió de cobijo para las grandes penas del empresario. A pesar de la ajetreada vida social que allí se realizaba, sobre todo por parte de sus hijos ya mayores, Maximiano se sintió solo. Fue entonces que dio un giro a su vida y se trasladó a su fundo en Panquehue, cerca de San Felipe, donde inauguró la Viña Errázuriz. "Ocupando una casita modesta y no el palacete pompeyano de la hacienda", según explica Laborde, permaneció en el lugar hasta su muerte en 1890.

La ostentosa propiedad se vendió, en 1883, a Ramón Cruz Moreno, el principal coleccionista de arte de la época, dueño de una casa comercial en Valparaíso. Fue un período glorioso para la residencia, pues Cruz no tuvo problemas en llenarla de cosas exquisitas, de grandes objetos de arte: parecía un museo. Aurelio Valdés Morel fue su tercer dueño, un abogado poco destacado excepto por ser un hombre riquísimo. "Fue un señor bastante sobrio, pero que quiso darle aún más realce: por eso mandó a cerrar la entrada lateral y a abrir una frontal por entremedio del balcón principal, pues según él el palacio lo merecía", cuenta Violeta Romero.

Ya entrado el siglo XX, en 1925, Aurelio traspasó la casa a Agustín Edwards McClure, quien la compró luego de renunciar a sus labores diplomáticas. Hombre distinguido –fundador de El Mercurio de Santiago y Antofagasta–, para restaurarla y modernizarla contrató al destacado arquitecto Alberto Cruz Montt, hijo de Ramón Cruz, quien había pasado su infancia allí, jugando entre los tupidos jardines. De la mano de Olga, su mujer, Edwards realizó grandes recepciones conocidas por ser las más elegantes de esos años. Allí pasó sus últimos días, hasta que fue vendida a la embajada de Brasil. Con ella dejó muchos de sus bienes, muebles y obras de arte que hoy le siguen dando la estampa que en su tiempo lo hizo el más glorioso de Santiago.


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1. La residencia se ubica en la Alameda, justo frente a la estación Los Héroes del Metro. En el límite de lo que fue el elegante barrio Dieciocho, su semblante recuerda los grandes palacios del pasado.
1. La residencia se ubica en la Alameda, justo frente a la estación Los Héroes del Metro. En el límite de lo que fue el elegante barrio Dieciocho, su semblante recuerda los grandes palacios del pasado.
Foto:Sebastián Sepúlveda Vidal


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