EL SÁBADO

Sábado 12 de Agosto de 2006


La gran diva chilena

Marta Montt fue la chilena que llegó más lejos en el mundo de la moda.
Por Paula Coddou B.

En el departamento de Jorge Edwards cerca del Parque Forestal hay una foto que el año pasado Marta Montt le regaló al escritor. Es una imagen en blanco y negro, en un marco blanco. Debe ser de comienzos de los años cincuenta. Están en la playa de Zapallar. En primer plano, aparece el entonces jovencísimo e incipiente escritor. Atrás, medio desdibujada, se aprecia la silueta de Marta. Está con una blusa blanca. Todavía es una chiquilla, pero se distingue su perfil, ése que la hizo famosa, distinta; una nariz con dos milímetros de más para no ser una belleza perfecta, pero sí extraordinaria.

Veinte años después de esta foto de adolescencia, otra foto le dijo a Marta Montt que su carrera de modelo ya no podía llegar mas alto. Su perfil había quedado plasmado en revistas como Vogue y Life, de la mano del fotógrafo, coreógrafo y artista chileno Raimundo Larraín. La creatividad de él y la belleza de ella crearon una alianza fructífera que quedó para la historia en algunas de las publicaciones mas famosas del mundo. Raimundo la inventó como modelo internacional. Pero en 1970, cuando Marta vio en The Best of Life, la foto donde aparece con los pies en el agua, el vientre desnudo y un top en hilo de oro, elegida como una de las cinco mejores imágenes de moda en la historia de la revista (que se cerraba entonces)... "cuando apareció esa foto, bueno, ya no había mas que hacer".

Así lo contó en una de las escasas entrevistas que ha dado.

Hubo otra foto que casi fue portada de Life, pero coincidió con la llegada del hombre a la Luna "y lógicamente la Luna era mucho mas importante que yo", dijo en 1987. Ella fue una estrella en el firmamento chileno, una que se apaga de a poco por una enfermedad que la afecta hace más de un año, y que la tiene semidormida, rodeada sólo de quienes la quieren.

Marta Montt Balmaceda sigue despertando admiración y curiosidad, porque fue mucho más que una chilena de gran belleza que triunfó afuera. Ella representa un estilo de vida en extinción en Chile, un refinamiento que tributaba a la sofisticación intelectual tanto como la estética, que miraba a Europa más que a Estados Unidos.

"Siempre ha habido mujeres bonitas", dice Jorge Edwards. "Pero era su personalidad, su desenfado... Ha habido chilenas así en varias generaciones, la misma Teresa Wilms Montt, pariente de Marta, y por quien ella sentía gran curiosidad".

No queda claro si la vida la fue llevando o Marta decidió llevar la vida por otros caminos, pero su ruta fue poco convencional para una mujer de su origen y su tiempo. "Siempre sentí las ganas de viajar, de conocer otros mundos, de hacer cosas creativas en distintos campos. Siempre fue un impulso vital", dijo Marta el año 92. Un impulso guiado, casi obsesivamente, por lo bello, lo estético, heredado de su madre, Marta Balmaceda "Diría que desde muy joven, la Marta tuvo siempre una angustia de estar en un país pueblerino, tan en blanco y negro", reflexiona hoy su hermano Manuel ­Manolo, para ella­ rector fundador de la Universidad Diego Portales, y dueño del mismo humor de su única hermana mujer (el otro hermano es Raúl), heredado de su padre, Ambrosio Montt.

"La vida de la Marta ha sido un tanto dramática, porque vivió en una dicotomía entre un platonismo estético y una contingencia dura", reflexiona Manuel.

Pese a eso, decía no temerle al paso de los años. "Lo único que me asusta son las enfermedades", confesó una vez. "Y engordar". En el ultimo tiempo había subido de peso. "Y pienso que se sintió incomoda, un ser tan estético se fue sintiendo inadaptado", agrega Manuel.

Delicada de salud como está, hoy pasa los días rodeada de amigos, los que cultivó siempre y que la visitan frecuentemente. Otros, en cambio, no se atreven. Saben lo discreta que es ella y piensan que le podría molestar que no la vean bien.

"UNA CASA LOCA"

Descendiente de varios Presidentes de Chile ­Manuel Montt, Pedro Montt y José Manuel Balmaceda- Marta creció junto a sus dos hermanos hombres en una casa en calle Condell, en Providencia. "Mi papa la marcó mucho, era un personaje especial, pintoresco", recuerda hoy Manuel. Excéntrico.

Pero ella también tenía la impronta alemana de los Wilms. Su padre era primo de Teresa y más de alguien comparó la personalidad ortodoxa de ambas, con la diferencia de que Marta no estuvo marcada por un sino trágico sino por el glamour y cierta soledad que en ella era misterio.

Su hermano Manuel fue su padrino. La bautizaron en Zapallar, en febrero del año 34. "Yo tenía 9 o 10 años", recuerda el hoy el rector de la UDP. Pero lo religioso a Marta se le dio poco. "Tuvo una pasada por las monjas, pero su carácter resultó incompatible con la sicología de las monjas", cuenta Manuel. Su fe, si la ha tenido, es algo muy íntimo, como todo lo suyo.

De las monjas Marta se fue entonces a La Maisonnette, un colegio con un sello más vanguardista. A sus padres les preocupaba una personalidad que se insinuaba tan poco convencional.

Cuando chica le decían "La Petota". Era linda, de facciones finas, pero bonita, bonita se empezó a poner a los 15 años. "Ahí se comenzó a perfilar como una belleza", recuerda su hermano "Tenía conciencia de que su nariz era muy propia. Pero no sé si se sentía regia, era muy autocrítica".

Marta dormía con su mama Amelia, de quien se preocupó hasta el último día de sus 90 años. Se crió también con una institutriz francesa "porque mi mamá consideraba que a los hombres había que enseñarles inglés y a mí, francés porque las mujeres no teníamos que aspirar a algo más allá de París. Ahí estaban los sueños, la moda, el arte", recordó en una entrevista Ahí llegaría ella varios años después.

Pero pese a haber vivido en París, en Madrid, y a haber triunfado en Nueva York, algunos de sus amistades piensan que su lugar en el mundo era ese viejo Zapallar, donde tenía sus grandes amigos, y donde después le costó volver, cuando el balneario ya estaba muy cambiado. "La Marta siempre repetía que prefería no volver a un lugar donde ha sido muy feliz", cuenta su amiga de juventud, Blanca Diana Vergara.

En Zapallar lo fue.

"Esa era una casa genial, loca", recuerda Jorge Edwards, que partía muerto de lata a Viña con su familia, y terminaba en la casa que los Montt arrendaban en Zapallar, la del doctor Johow. "Era un ambiente de fiesta, de un humor medio disparatado".

Jorge Edwards ya escribía y Raimundo Larraín estaba medio vinculado al ballet. "Éramos medio pedantes", recuerda el autor de Persona non grata. En la mesa de los Montt, los ojos de Marta al principio observaban sin intervenir. Era delgadita, callada. Después sacó personalidad y esa ironía rápida que era su sello. Y la capacidad de calar a la gente en dos minutos.

Con su íntimo amigo zapallarino, Diego José Fontecilla (quien murió en 2003) tenía unas verdaderas esgrimas verbales. Ahí se juntaba también con Gonzalo Figueroa, Catucho Casanueva, Manuel Urrejola, Mario Matta y Juan García de la Huerta. En bikini, en ese entonces y por varios años más, Marta era imbatible. Si fue o no la primera chilena en usar ese tipo de traje de baño, no quedó nunca claro, pero es lo que dice la leyenda.

Marta Montt nunca fue una niña de bailes. Los encontraba latosos, formales. Ella prefería la compañía de Enrique Lafourcade, de Alejandro Jodorowsky ­para quien fue una especie de musa­, Jorge Edwards, Luis Oyarzún, y la actriz Margot Hurtado, "en tiempos en que circulábamos por el Bellas Artes", recuerda su amiga Blanca Vergara. Marta tenía antenas para el mundo artístico y era muy lúdica. Una vez Jorge Comandari le organizó una fiesta en la casa de la luna, en Villavicencio, y llegó disfrazada de Turandot, con unos enanos que le llevaban una enorme cola.

Estudio ballet con Ernst Uthof, pero ese rigor de vida no era para ella.

SU CÓMPLICE

Como contó en 1992, Marta comenzó a modelar luego que a la salida de misa una señora le pidiera "pasar unos modelos".

Pero fue Raimundo Larraín quien la impulsaría a abrir más su mundo. Con Marta tuvo una relación especial. Pololearon de chicos, fueron grandes amigos, después cómplices y casi hermanos. "Él era un esteta tanto como ella", recuerda Jorge Edwards. "Una vez llegué a París siete kilos más gordo y Raimundo me retó". A los 21 años, Marta partió a la capital francesa. Raimundo era muy amigo de la vizcondesa Jacqueline de Ribes y tenía un departamento decorado con un gusto exquisito en la Rue Saint-Pere, en Saint-Germain. También estaba en esa ciudad la chilena Douce Francoise (benefactora de la Fundacion Arturo López Pérez y quien murió hace unos meses). En París, Marta se vinculó a un ambiente aristocrático y artístico. A través de Larraín ­quien la estimulaba a modelar­ tuvo alguna amistad con el Marqués de Cuevas, que tenía su famoso ballet. Además su prima Chita Balmaceda, hija de Teresa Wilms, estaba casada con el príncipe ruso Andrei Wolkonsky.

En París, Marta expandió su sensibilidad al máximo, pero no sólo con gente de la sociedad. Ella sentía mucho respeto intelectual por ciertos personajes y uno de ellos era Pablo Neruda, de quien admiraba su poesía y a quien pudo conocer en la capital francesa unos años después. "Salimos con la Marta, Neruda, Matilde Urrutia, Douce Francoise y yo en un autazo de Douce", recuerda Jorge Edwards. Era el año 1971. "Fuimos a un bar en Saint-Germain. Neruda salió a hacer pipí detrás de un árbol y la Marta se reía a carcajadas de este premio Nobel en una actitud tan poco nobelesca", cuenta Edwards hoy, en una anécdota que retrata muy bien a su amiga.

LA FOTO

Después, Marta comenzó a viajar a Estados Unidos. Raimundo estudiaba cine en Nueva York. Había dejado atrás París y el ballet ­para el que hacía escenografías y vestuarios­ y estaba dedicado a la cultura de masas. Comenzó a fotografiarla. "En un almuerzo en la casa de Raimundo, la editora de Vogue, Diane Vreeland vio las fotos que me había tomado y se entusiasmó", contó Marta a Revista del Domingo en agosto de 1969. "Unos días más tarde, partíamos a Estambul", agregaba la chilena, sin sospechar las repercusiones que esas fotos tendrían.

Cada día en Turquía (y también Grecia) implicaban doce horas de trabajo, sin interrupciones para comer. Cuatro horas a veces para un maquillaje, inspirado en la Circe mitológica. "Hubo un momento en que me sentí un simple gancho de colgar ropa", confesó después. Raimundo la vistió con trajes y joyas del Museo Topkapi. Vogue le dio ocho páginas a esta "belleza chilena" como decía la revista.

El Time Annual ­selección de lo mejor del año 69 de la prestigiosa revista­, escogió aquellas fotos. Un año después vino The best of life, donde apareció la foto que hizo a Marta sentir que el cielo tenía límite. "Feliz, feliz, la Marta fue ahí", añade. Pero era aterrizada: "El culto por el cuerpo y la belleza recuerdan un poco el paganismo" comentó en la misma entrevista de 1969, cuando estaba en su máximo apogeo.

"Ella nunca tuvo un sentido de clase", dice su hermano. Era muy poco de dar nombres, nose vestía con quienes había conocido. Y esa discreción se transformaba en misterio. "La Marta es muy divertida, pero siempre ha tenido una caja interior que nunca le ha abierto a nadie", cuenta su amigo, el decorador Luis Fernando Moro. Y en esa caja están sus amores.

Una vez comento con humor que se había casado "por culpa de un impermeable". Porque vio a Ernesto Lavín con uno puesto y quedó prendada. Lavín antes había estado casado con otra gran belleza chilena, Raquel Parot, (quien después fue la mujer de Álvaro Bunster). "Me salió un marido muy chúcaro. Un marido apocalíptico, como lo llamaban. Me consumía toda la energía. No habría ni podido tener hijos", confesó Marta una entrevista.

Pero Marta no parecía hecha para el matrimonio. "Es mejor una relación puertas afuera. Encuentro que la convivencia es muy difícil de sobrellevar", agregó. "El matrimonio ­la institución mas difícil de todas­ era incompatible con su carácter", dice su hermano Manuel. Coincide el anticuario Juan Salinas, uno de sus grandes amigos y con quien Marta pasó la última Navidad antes de enfermarse. "Ella siempre decía que no se lateaba sola y es verdad", acota Salinas.

Marta tampoco se interesó en tener hijos. "Tal vez en el último tiempo lo resintió un poco, pero no se estaría escribiendo de ella porque esa libertad le permitió la vida extraordinaria que ha tenido", agrega Blanca Vergara. Manuel Montt tiene otra visión: "Quizá en eso le faltó, un cable a tierra, haber tenido hijos, nietos. Pero ella no se interesó por ese mundo".

En Estados Unidos tuvo un gran amor, del que hablaba poco. Pero sí decía que los hombres afuera tenían más capacidad de lidiar con una mujer independiente que en Chile. Pese a eso, a los buenos tiempos y al éxito, Marta Montt decidió regresar. Aunque con su mamá "tenía sus encontrones", como recuerda Manuel, Marta volvió a Chile por su madre, "para preocuparme de ella". Marta Balmaceda murió de 92 años.

REGRESO Y MODA

No fue una vuelta terrible a Chile. "Marta coincidía en que su momento afuera había sido estupendo, pero que ya había pasado", dice Blanca Vergara. "Ella nunca se creyó el cuento de diva... 'Esas fotos eran tonteras de Raimundo, y nos morimos de calor', decía muerta de la risa", rememora el decorador Luis Fernando Moro.

Él la conoció "por los años 70, ella volvía de su época de gloria afuera, era genial, regia, y con un gran sentido del humor. "Una vez, en la casa de Manuel Urrejola en Zapallar, la primera con piscina, la Marta se zambulló con un vestido finísimo de Dior. Las mujeres no lo podían creer".

Con sus amigas Verónica Balmaceda (su prima, que falleció) y Susana Bomchill, Marta puso la tienda Samsara, en la calle El Bosque, cuando Providencia era el epicentro de Santiago. "Tenían unas cosas muy vigentes, objetos de Bali mezclados con lámparas de mimbre ", recuerda Moro. El decorador explica que la gran seguridad en sí misma de Marta le permitía, por ejemplo, usar anteojos negros en una comida incluso, y tener un estilo en que mezclaba todo. "Invertía en el clóset y siempre parecía que venía llegando de Europa. Pero podía tener un Balenciaga y también comprar en Alexander's, de Nueva York. Obvio, hay que combinar', decía".

Cuando le preguntaban a Marta a qué mujer encontraba elegante, decía que a Jacqueline de Ribes, "una elegancia fabulosa como la que a mí me gusta, espectacular, un poco exótica". Todo ese gusto lo volcó en las páginas de revista Cosas, donde por años fue editora de la moda internacional y de los especiales de decoración. A veces llegaba en buzo a la revista, con sus clásicos anteojos de sol que no se quitaba, y que eran como parte de su cuerpo. Pedía una ensalada a la esquina, una "diet-cola", y se ponía a crear. Admiraba mucho a Yves Saint-Laurent. Decía que él todavía creaba pensando en la mujer, y que las pasarelas eran ya un show. La decoración la hacia con el fotografo Stephan Loebel. Juntos mostraron las mejores casas de Santiago. En ese entonces tampoco hablaba mucho de ella. Menos de su época de oro como modelo. "Nunca pareció nostálgica por el pasado", dice su hermano Manuel. Por eso, cuesta tanto encontrar fotos suyas. En su casa de calle Alcántara estaban sus objetos moriscos, su cama veneciana y todo su amor por los países exóticos que le inculcó su abuelo José Manuel Balmaceda. Pero nunca hubo galería de fotos en las paredes ni en álbumes. Tal vez estaban en alguna caja que guarda Marta. "No tenía la foto de su vida", concluye Luis Fernando Moro. O si la hay, aún esta por revelarse.


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Marta Montt posando para Vogue en 1969.
Marta Montt posando para Vogue en 1969.


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