ARTES Y LETRAS

Domingo 5 de Septiembre de 1999

Historia de la Filosofía en Chile
Re-Pensadores de una Tradición

La escolástica tardía durante la Colonia, el triunfo del positivismo en el siglo XIX y la irrupción de la mayoría de las corrientes filosóficas modernas durante esta centuria constituyen una evolución marcada por una lenta maduración espiritual e institucional.
Una historia de la filosofía chilena desde el nacimiento de la nación en el siglo XVI hasta mediados de este siglo supone aclarar antes que nada qué se entiende por "filosofía chilena". Sin entrar en disquisiciones muy eruditas se puede afirmar que la disciplina nacida en la Grecia antigua y desarrollada en Occidente a través de una tradición de autores que culminarían con Heidegger y Wittgenstein en este siglo ha tenido en Chile representantes que muy propiamente se los puede clasificar como re-pensadores de dicha tradición. En efecto, avanzado este siglo surgieron personalidades que se atrevieron a practicar una suerte de "química de la asimilación", según expresión del historiador Mario Góngora, que permitió zafarse, en parte, del pesado atavismo de absorción acrítica de las ideas filosóficas occidentales que se venían practicando en Chile desde el comienzo. Si nos abocamos a estas consideraciones y reservado el término filosofía a la tradición de pensamiento inaugurada por los presocráticos en el siglo VI antes de Cristo, la historia de la filosofía chilena sería entonces más bien una historia de las ideas filosóficas; es decir, una tradición de asimilación y replanteamiento más o menos original de dicha tradición.

Esta historia de las ideas filosóficas tuvo hasta las primeras décadas de este siglo un marcado acento jurídico, social, político, y su práctica estuvo condicionada por el debate político y cultural que exigía de los sectores en pugna un arsenal de argumentos de la más variada índole en defensa de sus intereses ideológicos. Dicho contexto es aplicable, aunque en un tono menor, a la asimilación de las ideas filosóficas que se produjo en Chile durante la Colonia. Durante los siglos XVII y XVIII hasta la Independencia la filosofía tuvo como domicilio casi exclusivo las órdenes religiosas, todas ellas dedicadas al estudio de la escolástica en sus diversas corrientes: la tomista, desarrollada por los dominicos; la escotista, expuesta por los franciscanos, y la suarista, enseñada por los jesuitas. Destaca en este sentido como aporte original, según el sacerdote historiador Walter Hanisch, el desarrollo de una "escolástica indiana", interesada por la condición humana del aborigen americano. La fundación de la Universidad de San Felipe y la expulsión de los jesuitas permitió el inicio de una paulatina laicización de la filosofía y la incorporación de las ideas propias de la filosofía moderna, especialmente de la Ilustración y el racionalismo francés. Pero sólo la consolidación de la independencia permite a partir de las primeras décadas del siglo XIX la entrada masiva de las filosofías modernas que culminará con el triunfo del positivismo. En tanto, el pensamiento filosófico tradicional, formado por la filosofía de Aristóteles y Tomás de Aquino, permanecerá como una constante en el devenir filosófico hasta la actualidad.

El siglo XIX

En el siglo XIX predominan ampliamente los autores franceses, sobre todo los representantes de la Filosofía de la Ilustración, tales como Voltaire, Condorcet, Diderot, Montesquieu, Rousseau, entre otros. Pero se difunden también, aunque en mucho menor medida, los ideologistas como Condillac y Destut de Tracy; espiritualistas como Cousin y Laromiguiere, y los tradicionalistas De Maistre, Bonald y Lamennais. Esta gran influencia de autores galos contribuye al "afrancesamiento" tan característico de la intelectualidad chilena de este siglo. Un clásico representante de este espíritu es Juan Egaña que, al igual que Voltaire, posee una "Quinta de las Delicias" y escribe unas "Cartas Pehuenches", emulando las "Cartas Persas" de Montesquieu. Una segunda corriente de influencia, de menor gravitación, la constituye el pensamiento inglés, sobre todo, el utilitarismo de Jeremias Bentham y John Stuart Mill; el empirismo de Locke, Berkeley y la Escuela Escocesa del "Sentido Común". Un representante acabado de esta segunda línea de influencia es Andrés Bello. Su obra "Filosofía del Entendimiento" ha sido calificada como una de las mejores sobre el tema en Hispanoamérica. El empirismo inglés, según algunos, habría servido de puente hacia el positivismo que es la doctrina filosófica predominante a fines de siglo y primeras décadas del siguiente. No hay que olvidar la presencia permanente de la corriente escolástica española y otros exponentes del pensamiento ibérico, tales como el tradicionalismo de Donoso Cortés, y el racionalismo de Jaime Balmes. Con todo, la impresión general de este pe-ríodo es de un cierto dilettantismo en la actividad filosófica, bajo el signo del eclecticismo y del sincretismo. El panorama comienza a madurar a fines del siglo XIX, a raíz de la influencia de algunas instituciones, en particular, la Universidad de Chile (1842), la Universidad Católica (1888) y el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile (1889). También ejerció influencia la Academia de las bellas letras fundado en 1873, núcleo importante de las ideas positivistas.

Lo curioso es, acaso, que toda esa turbulencia y agitación de ideas cuaje en el positivismo como escuela filosófica predominante, fenómeno que se repite en la mayor parte de Latinoamérica. El referido afrancesamiento de la clase alta chilena y el carácter instrumental y práctico que las ideas positivistas tenían para la acción social y política puede ser una clave que explique este fenómeno. Con todo, interesa destacar lo poco que influyeron en Chile los grandes sistemas filosóficos alemanes del siglo XVIII y poderosas personalidades filosóficas del siglo XIX.

El quehacer filosófico y la recepción de ideas se da en Hispanoamérica, al menos en esta etapa, de manera muy ligada a la lucha política y a los debates constitucionales y religiosos. Los pensadores del siglo XIX y los de los primeros decenios de este siglo importaron las ideas para incorporarlas de inmediato a la construcción del orden institucional, saltándose el intervalo de larga y profunda reflexión y asimilación necesario para que surja la auténtica filosofía. El desarrollo del debate no fue, por lo mismo, estrictamente académico, sino que se vincula estrechamente a las querellas en materias de educación, teología y política. Sus protagonistas no son, tampoco, filósofos en sentido estricto, sino más bien pertenecen a esa clase de "hombres públicos" que destacaron en todas las áreas del quehacer nacional. Por el bando "positivista", con importantes diferencias y matices, podemos mencionar, entre otros, a Valentín Letelier, José Victorino Lastarria, a Diego Barros Arana, a Miguel Luis Amunátegui y a los hermanos Lagarrigue Alessandri. Por el bando "católico tomista", Rafael Fernández Concha, Abdón Cifuentes y Joaquín Larraín Gandarillas.

Mayor pureza filosófica

Con la denominada "generación del 20" aparecen los primeros chilenos que dedicaron su vida a un ejercicio casi exclusivo de la actividad filosófica. Enrique Molina Garmendia (1871- 1964), Pedro León Loyola (1889-1978) y Osvaldo Lira (1904-1998) son los precursores más sobresalientes de un florecimiento que advino algunas décadas más tarde. Debe agradecérsele a ellos el haber abierto la filosofía hacia temas autores que la controversia entre el positivismo y el tomismo católico excluía. Aunque se les acusó de un "idealismo" o "espiritualismo" algo ingenuo, permitieron un progreso notable en lo que a libertad intelectual se refiere y ellos, con sus estilos diferentes, pugnaron por el restablecimiento de la enseñanza de la metafísica en Chile.

La generación siguiente, formada intelectualmente durante los años 1930 a 1945, es decisiva para el desenvolvimiento posterior de la filosofía chilena. Una buena parte de sus miembros fueron discípulos de Molina, Loyola o Lira, lo que establece una continuidad con aquéllos. Entre ellos debemos mencionar a Clarence Finlayson, Armando Roa, Gustavo Fernández del Río, Rafael Gandolfo, Luis López, Jaime Eyzaguirre, Juan de Dios Vial Larraín, Gastón Gómez Lasa, Félix Schwartzmann, Rafael Echeverría, Juan Gómez Millas, Manuel Atria, y el propio Mario Góngora, entre otros. Muchos de ellos se hallan vinculados por "grandes amistades" o, incluso, por nexos de parentesco. Según Armando Roa, Jorge Millas, intelectual de calidad y paralelo en edad a alguno de los citados, pertenece en cierta medida a la manera de pensar anterior, y es como la culminación de las ideas de la generación del 20. De esta generación, Mario Góngora señala como rasgo característico lo siguiente: "La escisión total respecto de la intelectualidad formada en el siglo XIX chileno, o incluso en las dos primera décadas del veinte, marcándose en cambio un conocimento más inmediato de los movimientos espirituales eu-ropeos, especialmente franceses y alemanes de comienzos de este siglo, y una nueva 'química de asimilación' de esos influjos".

La generación posterior, formada entre 1950 y 1965, con figuras destacadísimas, como Joaquín Barceló, Humberto Giannini, Roberto Torreti, Luis Oyarzún, Héctor Carvallo, Juan Antonio Widow, Juan Rivano, Jorge Eduardo Rivera, Oscar Velázquez, Alfonso Gómez-Lobo, Juan de Dios Vial Larraín, entre muchos otros, es heredera en gran medida del talante espiritual de la anterior.

Instituciones

La evolución institucional de la práctica de la filosofía cobra vigor sólo en la segunda mitad de este siglo. Con anterioridad, era un ejercicio social informal y sus cultores provenían de los más diversos oficios y profesiones. El interés y la actitud personales eran lo esencial y el intercambio de libros y comentarios en las tertulias de los salones, escritorios, librerías o diarios era fundamental. Según Joaquín Barceló, el cambio de los años 50 aproximadamente pasa por cuatro momentos importantes: uno, la creación de institutos y departamentos de filosofía en nuestras universidades. A partir de entonces, se otorgan grados académicos en filosofía. En segundo término, la fundación de la Sociedad Chilena de Filosofía en 1948. Luego, la aparición de publicaciones periódicas consagradas a la literatura filosófica: (Estudios, fundada y dirigida por Jaime Eyzaguirre; la Revista de Filosofía, del Departamento de Filosofía de la Universidad de Chile; Revista Dilemas, Revista Atenea de la U. de Concepción; el Anuario de Filosofía Jurídica y Social, editado por la sociedad del mismo nombre a partir de 1982; Philosophica, de la U. Católica de Valpa-raíso, entre otras). Por último, figura la realización de congresos de filosofía. En los últimos años, dicha institucionalización es complementada por la creación de numerosos centros privados de investigación y docencia, los que, sobre todo en el área de la filosofía política, han desarrollado una labor interesante.

P.G.G. y D.S.

*Los datos de la reseña de las ideas filosóficas en Chile hasta mediados de este siglo fueron tomados de los estudios de Roberto Escobar, Joaquín Barceló, Santiago Vidal, Walter Hanisch y Fernando Astorquiza, principalmente.


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