REVISTA DE LIBROS

Domingo 16 de Septiembre de 2007

CRÍTICA DE LIBROS
Buenos propósitos




Walter Garib ha publicado alrededor de catorce novelas y una buena cantidad de cuentos, en volúmenes propios o en antologías. Es un escritor apasionado que indaga problemas y situaciones acuciantes de nuestra sociabilidad. Su compromiso con la denuncia de las fracturas de nuestro destino histórico es, en este aspecto, encomiable. En 1986, por ejemplo, publicó una valiente novela: Travesuras de un pequeño tirano, y un par de años después se internó en el problema de los desterrados políticos con una novela que deslizaba el conflicto hacia la revolución de 1891 y que constituye, para mí, una de sus narraciones más logradas: De cómo fue el destierro de Lázaro Carvajal. No extraña, por lo tanto, que su último libro sea una pesquisa de la siniestra personalidad de un torturador amparado en la sombra del régimen militar.

El narrador desarrolla su propósito observando durante una semana a Ismael Leonides, apodado el Querubín, quien cumple condena por los delitos de tortura y asesinato de opositores políticos en una celda de la cárcel del pueblo de Tiltil, la misma que años atrás, por esas trágicas y circulares ironías de la historia, había albergado al coronel Bartolomé Alzamora Ramírez, por negarse a participar en el golpe militar de 1973. El transcurso de cada día trae a la memoria de Querubín momentos significativos de su lejana infancia en un pueblo del sur y de torturas y asesinatos cometidos como esbirro y sicario de la dictadura. Tales episodios deberían permitir que el lector reconstruya los orígenes de la retorcida personalidad de un torturador y que a la vez comprenda sus oscuros vericuetos; pero ese apasionamiento y compromiso característicos de Garib a los que aludía recién hacen que este relato se debilite y tambalee.

El texto no alcanza a configurar una voz narrativa capaz de distanciarse de las lóbregas situaciones que presenta la historia de Querubín. La indignación del narrador ante las deformaciones humanas provocadas por el poder absoluto domina excesivamente y le impide otorgarnos la libertad que exigimos como lectores para formar nuestros propios juicios y aversiones. Quizás temiendo que dicha libertad pudiera alejarnos de la figura deleznable que le interesa construir, la voz narrativa nos entrega todo explicado y situado de antemano. Cocinado, en una palabra. Consecuencia de lo anterior es un cierto acartonamiento de las situaciones narrativas y la excesiva pasividad de los lectores. Pongo por caso, no tenemos que gastar tiempo en descubrir la profunda antítesis que existe entre la manera como un torturador se percibe a sí mismo y la naturaleza de los actos que comete. El narrador nos define varias veces esta contradicción, ya sea con sus palabras o con las de Querubín. Otro ejemplo. La repulsión que siente el narrador hacia Leonides le impulsa a calificarlo constantemente como un canalla, un infame o un individuo despreciable. No cabe duda que un torturador se merece estos y otros epítetos, pero no es el narrador, sino los lectores quienes deberíamos aplicarlos a Leonides después de observar sus actitudes y sus comportamientos, que ya son harto gráficos de por sí.

No tengo espacio para referirme a la curiosa ortografía del texto, producto quizás de la pasión a que he aludido, pero también de alguna posible prisa para escribirlo y falta de tiempo para revisarlo. En suma, una novela meritoria por su propósito, pero perjudicada por su realización.

José Promis

ME DICEN "EL QUERUBÍN"

Walter Garib

Editorial Librería Nobel/La Pluma del Ganso, Santiago, 2007, 178 páginas, $6.500.

NOVELA


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