DEPORTES

Jueves 10 de Octubre de 2002


El Everton de Spedaletti

Antonio Martínez

En el Everton campeón del año 1976, Jorge Américo Spedaletti fue un jugador ejemplar, insustituible y único, porque encarnó una idea que ha estado más en la teoría que en la práctica del equipo viñamarino.

Esto parte de antiguo, seguramente de la fundación y los fundadores. Y para decirlo corto, la idea-fuerza era algo como esto: el equipo debe ser como la ciudad, es decir, exclusivo, elegante y bonito.

Para hacer buena la teoría hay que conceder que Viña tiene esas características. Entonces, si da gusto vivir en Viña, que dé gusto ver jugar a Everton. El problema es cómo diablos se logra y los males del club, a lo largo de su historia, están en el desajuste entre los deseos y la realidad, entre la ciudad que prolonga el sueño de sí misma en el equipo ideal y que recibe a cambio un cuadro que representa lo único posible: la ciudad real.

El caso es que Spedaletti encarnó la fantasía de la Ciudad Jardín en 1976. Por una vez en la vida, el sueño se hacía realidad, Viña y Everton eran ideales y la prueba era el jugador tantas veces añorado: elegante no sólo por alto y delgado, sino porque jugaba con gracia, parsimonia y distinción, sin exageración ni excesos, desde luego moderado y con distancia hasta para celebrar un gol. Más lo gritaban los compañeros que el propio Spedaletti, que como goleador tenía eso que tan pocos tienen: modestia en la gloria, recato en el triunfo y quizás, incluso, esa melancolía tan propia del hombre y la ciudad distinguidas. Estaba perfecto.

Lo del apodo de La Pantera Rosa era por eso: cadencioso y sinuoso, habría sido el hermano mayor de Jorge Valdano y un hombre al que no se le notaba la pelota en los pies, que ni le molestaba, ni la arrastraba ni le estorbaba, porque iba casi siempre guiada por el borde interno y con un nudo invisible atada al pie. Es decir, su estado con la pelota era de total armonía y no en vano sus ex compañeros, al definirlo en una palabra, han dicho a coro lo mismo: elegante, que es la palabra más apreciada para Viña del Mar y Everton.

Que la realidad pronuncie otras palabras para describir la ciudad y el equipo, es otra historia. Pero en el territorio de las maravillas y en el año de nunca jamás (1976), y entre todos los jugadores del equipo campeón, Jorge Américo Spedaletti fue un futbolista de internado inglés, jamás golpeando a nadie, desde luego leal y educado en el buen fútbol, donde nunca hay que hacer lo que no se sabe o no se sabe tan bien, como cabecear o tirar de fuera del área, que para eso habían otros.

Para Spedaletti estaba la pulcritud, el arte de correr con la pelota en carrera para esquivar a dos y tres, darle con la violencia justa y necesaria y de tanto en tanto irse solo en demanda del otro arco, para resolver un duelo clásico con ese toque tan suave y tan fino.

Everton de Viña del Mar nunca fue tan de Viña del Mar como en 1976, el año de la burbuja y el año ideal, cuando todos eran elegantes gracias al equipo y a Jorge Spedaletti.

Después, las cosas y los tiempos no se fueron dando para la ciudad, para el equipo y tampoco para el jugador. Pero al menos ese año dio gusto vivir en Viña y ver jugar a Everton, y todo eso ocurrió por el hombre que sabemos. Gracias, Spedaletti.




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