REPORTAJES

Domingo 13 de Diciembre de 2009

 
Me interesa preservar y proyectar lo realizado en los últimos diecinueve años

El sentido de familia lo aprendí en mi hogar y he tratado de hacer lo mismo en la mía. El hecho más importante me ocurrió en junio de 1965, cuando conocí a quien hoy es mi esposa por más de 42 años: Martita Larraechea. Una de las situaciones más tristes de mi vida fue la muerte de mi padre. Las causas los chilenos ya las tienen claras: Eduardo Frei Montalva fue asesinado por envenenamiento. Porque no queremos que los chilenos pierdan todo lo que han conseguido en los últimos años, hoy nuevamente estamos reconcursando frente al país.  
 Nací en una familia tradicional de clase media. Soy el cuarto de los siete hijos del matrimonio de Eduardo Frei Montalva y María Ruiz-Tagle. Crecí en medio de una intensa vida familiar, cumpliendo en ella un rol muy activo mi madre, quien como buena dueña de casa era el eje de nuestra convivencia por su gran sentido del humor, su calidez como madre y esposa, y también por las exigencias que imponía a sus hijos. Para mis padres, nosotros éramos su prioridad. Incluso mi papá, que llevaba una vida política intensa de muchos compromisos, siempre se dio tiempo para compartir con nosotros. Claramente, el sentido de familia lo aprendí en mi hogar y he tratado de hacer lo mismo en la mía.

El otro gran recuerdo que tengo de mi niñez es haber crecido en medio de la actividad política de mi padre. De hecho, yo tenía apenas 3 años cuando él asumió como ministro de Obras Públicas del gobierno del Presidente José Antonio Ríos, por lo que desde muy pequeño me acompañó la política. Esta situación me dio el privilegio de conocer desde corta edad a notables personalidades de la vida nacional que solían ir a nuestra casa. Entre ellos recuerdo con especial cariño y admiración a Bernardo Leighton, quien fue mi padrino. Es así como desenvolverme en medio de la política fue algo muy natural para mí al igual que llevar el mismo nombre de una figura tan conocida y respetada. Si bien era y sigue siendo una gran responsabilidad, asumirlo no fue un proceso traumático, sino un motivo de orgullo.

Estudié en el Instituto de Humanidades Luis Campino. Recuerdo especialmente que la jornada era larga, por lo que almorzaba ahí, y los inolvidables partidos de fútbol con mis compañeros. Entré a la universidad muy joven, a los 16 años, a estudiar ingeniería en la Universidad de Chile, que era la carrera a la que siempre quise entrar. Ahí tuve mi primera participación en política. Participé y gané una elección como delegado de la FECh. En la carrera opté por la especialidad de la Ingeniería Hidráulica, decisión que estuvo muy marcada por la influencia que ejerció en mí uno de los mejores profesores que tuve en mi vida, don Francisco Javier Domínguez.

La vida laboral

Un recuerdo imborrable en aquellos años fueron las jornadas de trabajo de verano. Me tocó ir a Concepción, Iquique y Mejillones. Fue realmente enriquecedor conocer, vivir y empaparse de la experiencia diaria de otras personas y conocer de cerca las duras condiciones laborales que cotidianamente debían enfrentar, así como también el rigor de las faenas, la incomodidad de las instalaciones en las fábricas, las prolongadas jornadas laborales y los bajos salarios. Pero también supe de la entereza con que afrontaban el día a día y el esfuerzo con que producían.

Esos años universitarios fueron muy movidos y excitantes. Primero me tocó vivir y ser testigo privilegiado de la elección de mi padre como Presidente de la República. Lo acompañé durante su campaña. La historia la conocemos. Fue elegido Presidente por una amplia mayoría y pese a que hubiésemos podido esperar grandes cambios, la verdad es que no fue tal. La rutina familiar siguió siendo casi la misma y creo que eso tuvo mucho que ver con como mi padre priorizaba sus actividades. Para él siempre la familia estaba primero.

Pero sin duda el hecho más importante me ocurrió en junio de 1965. Cuando recién había cumplido 23 años, conocí a quien hoy es mi esposa por más de 42 años: Martita Larraechea. Luego de dos años de pololeo y ya titulado de Ingeniero Hidráulico nos casamos. En aquella época ya vivía mis primeras experiencias laborales. De hecho, antes de recibirme trabajé por media jornada en Somela.

Una vez casados nos fuimos a Italia por dos años a trabajar y a especializarme en Administración y Técnica de Gestión. Allá trabajé en obras como la construcción de la Autopista de las Flores y en el Ente Nazionale de Idrocarburos (ENI). Mientras estaba en esta última compañía me tocó participar en un curso de la IBM y ahí vi por primera vez un computador que era casi del porte de una pieza entera. Nuestra estadía en Europa fue muy entretenida. Estábamos recién casados, solos y con tiempo para disfrutar y conocer ese hermoso país.

En 1969 ya estábamos de regreso en Chile. Se vivía un período de gran efervescencia política. Se acercaba lo que sería una de las elecciones más reñidas de la historia, mientras mi padre entraba al último año de su gobierno con muchas complicaciones al interior de su partido, la Democracia Cristiana. Al poco tiempo de volver nació nuestra primera hija Verónica y yo ingresé a Sigdo Koppers. En los primeros años me tocó trabajar mucho en regiones. Estuve en Caletones supervisando distintas obras, luego en una planta de aceros especiales en Rengo, donde vivimos dos años; después en San Antonio y finalmente me enviaron a Valparaíso a supervisar la construcción de un frigorífico, proceso que había sido muy problemático. Se suponía que la misión era por tres meses, pero finalmente estuve cerca de un año hasta que un día se produjo un incendio y se acabó la obra.

Después de aquello me instalé definitivamente en Santiago y me hice socio de la empresa. En esos años la familia ya era más grande. Habían nacido mis hijas Cecilia y Magdalena. Años más tarde llegaría Catalina. A la vez, estábamos en plena dictadura. Mi padre era objeto de varias hostilidades y persecuciones, al igual que mi hermana Carmen, mientras que nosotros también vivimos incidentes desagradables.

El asesinato de mi padre

En esos años se produce una de las situaciones más tristes de mi vida. A fines de 1981 mi papá se opera de una hernia al hiato, una intervención que no debiera representar mayores complicaciones. Sin embargo, en enero de 1982 muere luego de una serie de situaciones confusas. Fueron días muy amargos. Chile había perdido un líder y yo a mi padre, pero queda el recuerdo imborrable de la valentía de cientos de miles de chilenos que, desafiando el miedo y las provocaciones, salieron a la calle a homenajear a su Presidente. Las causas los chilenos ya las tienen claras: Eduardo Frei Montalva fue asesinado por envenenamiento. Las recientes resoluciones adoptadas por el juez Alejandro Madrid demuestran que estamos frente a un magnicidio. Es la primera vez que un ex Presidente es asesinado y ello no hace más que confirmar la extrema crueldad con que actuó la dictadura no sólo contra él, sino también contra los otros miles de chilenos que murieron en aquellos años a manos de agentes del Estado y los cientos de miles que fueron torturados, además de tantos otros que sufrieron todo tipo de humillaciones.

Lo cierto es que en los días en que mi padre estuvo hospitalizado en la Clínica Santa María sucedieron muchas cosas raras, pero nunca pensé que terceros lo estaban llevando a la muerte. Lo que más lamento es que como familia no hayamos sido capaces de darnos cuenta de lo que estaba sucediendo a nuestro alrededor. Pecamos de ingenuidad al minimizar la extrema crueldad con que operaba la dictadura. Pero así como ha sucedido en tantos otros casos de violaciones a los derechos humanos, la justicia puede tardar, pero siempre llega. Primeros fueron dudas, luego sospechas y hoy ya no hay espacio para dudas: mi padre fue asesinado. La investigación ha avanzado rápidamente en los últimos años gracias al trabajo acucioso del juez Alejandro Madrid y esperamos con serenidad el término del proceso y el castigo a los culpables.

Mi ingreso a la política

En los años ochenta solía visitar al cardenal Raúl Silva Henríquez, quien me privilegió con su amistad, su sabiduría y sus consejos. Un día me tomó la mano y me dijo: "Eduardo, tú no puedes permanecer tranquilo mientras en Chile haya personas viviendo en la pobreza". Esa breve frase fue el estímulo necesario para ingresar a la política. En 1987 el país ya empezaba a pensar en el plebiscito del año siguiente. Entonces, aproveché una invitación de Sergio Molina para sumarme al Comité de Elecciones Libres. Ahí había varias personalidades que tenían como denominador común el no ser participantes activos en la política. La idea era incentivar a la gente para ganar el plebiscito del 5 de octubre de 1988. Viajamos por todo Chile organizando concentraciones y me impactó el cariño de la gente y el ferviente deseo de la ciudadanía por recuperar la democracia y la libertad, así como también constatar con mis propios ojos tanta necesidad insatisfecha. Sentí que podía aportar y que debía aportar. Por eso, y como consideraba y sigo creyendo que la política no puede ir de la mano de los negocios, decidí vender mi participación en Sigdo Koppers y dedicarme por entero al servicio público.

De ahí en adelante mi trayectoria es conocida. Fui senador por Santiago Oriente, presidente de la Democracia Cristiana, Presidente de la República y senador institucional. En todos esos cargos siempre concursando, salvo el último que era una obligación a la que me comprometí cumplir cuando juré respetar la Constitución el día que asumí como Presidente de Chile el 11 de marzo de 1994. No me enorgullecía ocupar esa función y por eso voté a favor de su derogación y postulé al Senado en representación de lo que hoy es la Región de Los Ríos y de tres comunas de la provincia de Osorno. Y tras regresar al Senado fui elegido presidente de la Cámara Alta, cargo que desempeñé entre marzo de 2006 y marzo de 2008.

Ser Presidente de Chile fue una inmensa oportunidad para impulsar una serie de reformas que creíamos indispensables para dar un salto cualitativo en la modernización del país. Me llenan de orgullo la reforma a la justicia, los cientos de obras de infraestructura, la inserción de Chile en el mundo, los nuevos hospitales y consultorios que construimos, las leyes que aprobamos para proteger la familia y a los niños, y tantos otros avances que experimentó el país. ¡Qué reconfortante resulta cuando uno va a una localidad rural y las personas se acercan para decirme "gracias a su gobierno hoy tengo luz y agua potable"! ¡Qué satisfacción siento cuando diversos organismos internacionales reconocen a Chile como potencia mundial en cobertura de agua potable y tratamiento de aguas servidas gracias a que incorporamos capital privado a las empresas sanitarias! ¡Qué distintas son hoy nuestras carreteras, caminos transversales y aeropuertos!

Pelearemos voto a voto

Hoy nuevamente estamos concursando. La historia de esta candidatura es muy simple. Meses antes de las elecciones municipales del año pasado había un ánimo derrotista en nuestras filas. El candidato de la derecha, según las encuestas de ese tiempo, ganaba en primera vuelta. Pensé que no podíamos rendirnos y decidí salir a recorrer el país apoyando a nuestros candidatos. Poco a poco el ánimo comenzó a cambiar, fui elegido candidato de la Concertación y hoy somos una alternativa competitiva. Vamos a avanzar a la segunda vuelta y pelearemos voto a voto nuestra opción.

Hoy viviremos una jornada histórica, en la que estarán en juego diversas maneras de entender Chile y de lo queremos para Chile. Si hoy me encuentro en medio de esta contienda no es por ambición personal. No la necesito. He logrado todo lo que puede aspirar un servidor público y siempre con el apoyo de la ciudadanía. Lo que me anima es la convicción de que Chile no puede seguir haciendo lo mismo que hemos hecho hasta ahora para llegar al desarrollo. Hemos hecho grandes cosas, pero hoy están dadas las condiciones para dar ese salto que nos está faltando.

Pero junto a lo anterior, me interesa preservar y proyectar lo realizado en los últimos diecinueve años. Digámoslo con toda claridad. La Concertación ha conducido al país en un proceso de transición de alta complejidad y lo ha hecho con responsabilidad política y económica; con sentido de justicia, pero sin revanchismo; con grandeza y sin sectarismo. Han sido los gobiernos de la Concertación los que han cambiado Chile. Y este no es un mero eslogan de campaña. Es la realidad reflejada en hechos y realizaciones concretas. La misma Presidenta Bachelet ha reconocido que los tremendos logros de su gestión se alzan sobre lo conseguido en los gobiernos anteriores. Aquí hay una tarea acumulativa con aportes que, a mi juicio, tienen dimensiones históricas, que nos abren nuevos horizontes y nuevos desafíos.

Es la Concertación la única alternativa real que puede garantizar que seguirá llevando a nuestro país hacia un progreso con rostro más humano, en el que la ciudadanía sienta que tienen un gobierno cercano y que los protege. Hoy todos levantan estas banderas, pero no a todos les resulta creíble. La gente no se deja engañar y sabe la historia que hay detrás de cada alianza política que sustenta a cada uno de los candidatos. La protección social, la lucha contra las discriminaciones, la disminución de la pobreza y la igualdad de oportunidades, así como también la ampliación de los derechos y libertades de las personas, las han impulsado nuestros gobiernos.

Chile no puede optar a cualquier tipo de desarrollo y a la oferta de un cambio que es un salto al vacío y que no está pensado para beneficiar a los que tienen menos, a los excluidos o para profundizar nuestra democracia. Así como tampoco podemos arriesgarnos a las cruzadas personales, basadas sólo en el carisma y que carecen de contenido y apoyo político. En Latinoamérica sabemos bien cómo comienzan estas aventuras y las nefastas consecuencias que provocan en el futuro. La demagogia y el populismo, acompañados de permanentes descalificaciones, están lejos de ser el camino que Chile necesita para progresar.

Nosotros aprendimos de los errores del pasado, supimos corregir el rumbo en los momentos en que el país lo pedía y hemos abierto nuevos horizontes. Y porque nos entusiasman los desafíos y porque no queremos que los chilenos pierdan todo lo que han conseguido en los últimos años, hoy nuevamente estamos reconcursando frente al país. Y por eso con humildad, pero con decisión, fuerza y coraje hoy les pido el voto a mis compatriotas para que apoyen a nuestra coalición y a su candidato presidencial. He recorrido Chile y he escuchado el mensaje de la gente. Por eso hoy reitero mi compromiso de continuidad y cambio para vivir en un país más inclusivo, sin discriminaciones, con más protección y también para la clase media, y con una educación de calidad para todas las niñas y niños de Chile. Lo haremos con el respaldo de millones de compatriotas, porque en definitiva representamos el progreso y el bienestar de las familias chilenas, las que necesitan un gobierno que los proteja, que los cuide y que los ayude a salir adelante.

Nombre completo :

Eduardo Alfredo Juan Bernardo Frei Ruiz-Tagle.

Profesión:

Ingeniero Comercial

Edad:

67 años

Pacto:

Concertación.

 


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