EL SÁBADO

Sábado 23 de Septiembre de 2000


Jaime Ravinet: Colorín colorado...

Los diez años de Ravinet en Santiago han terminado. Y mientras baila su último pie de cueca oficial ante las cámaras, el futuro político se le aparece como una nebulosa. Pero él no se apura. Reafirma que le gustaría ser presidente siente sin falsa modestia que lo haría mejor que nadie, pero tampoco ve con malos ojos volver a gerenciar a la empresa privada. Lo único cierto es que, esté dónde esté, no dejará de decir lo que se le ocurra. Aunque caiga como plomo.
por Mirko Macari

En 1990, recién electo, Patricio Aylwin lo mandó a llamar a sus oficinas. Mire, Jaime, como a usted le gusta mandarse solo le voy a dar un cargo con autonomía. No se equivocó don Pato. Como alcalde de Santiago, Ravinet ha hecho de todo, menos pasar inadvertido. Eliminó el cañonazo de las doce y después lo repuso. Se fue en picada contra los moteles parejeros, aunque dijo que no fue por ninguna moralina políticamente correcta, sino para recuperar los barrios y favorecer el repoblamiento de algunas zonas. Inventó los paraderos diferidos y el Fonohoyo, que tuvo corta vida pero inmensa fama gracias a la picardía del chileno. Puso las polémicas cámaras de vigilancia en las calles y fue de los primeros en lanzar los ahora archiconocidos furgones de seguridad municipales.

También hizo su pequeña revolución urbanística en la Plaza de Armas y para que nadie lo olvide le sacó los baños públicos y las piletas. Esos elementos generaban malos olores y las cortinas de agua se suspendieron porque cada fuente que se hace en Santiago, se convierte en una piscina de día y en un baño de noche.

En la misma glorieta le tocó compensar la inequidad de tener a Pedro de Valdivia galopando solo en su caballo y por eso inauguró el polémico monumento al Pueblo Indígena. El mismo don Pato se sorprendió con la obra el día que le corrieron la tela que la cubría. Lo tomó del brazo para un lado y le comentó: Oiga, Jaime, ¿por qué me trae a inaugurar monumentos a medio terminar?. La verdad es que le dije para callado que estaba terminado. Yo lo encuentro feo con todas sus letras, pero lo importante es que en el lugar fundacional de nuestra nacionalidad están nuestras etnias al mismo nivel de los conquistadores, recordaría después el alcalde.

En el ejercicio del poder ha mostrado algo de tradición republicana y también una veta conservadora, que algunos podrían interpretar como filo dictatorial. Tiene claro eso de que la autoridad debe ser impersonal, pero siente que quien la detenta posee una personalidad cívica, una caparazón más por sobre la epidermis natural que amerita obediencia y respeto, si es legítima y democrática en su origen. Y esto corre tanto para subordinados como para otras autoridades. Cuentan que cuando llegaba a La Moneda a hablar con el presidente, partía diciendo: Vengo como alcalde de Santiago, cuestión que molestaba a algunos ministros concertacionistas que lo miraban como uno más del bloque. Para él, la solemnidad del cargo es esencial.

Sólo hasta cierto punto Ravinet escucha opiniones. Pero un paso más allá, sencillamente decide: En mi papel de alcalde no puedo caerles bien a todos. Nada más cierto. Ostenta la particularidad de haber sido el único político chileno con sus opositores articulados en el Frente Solidario Anti Ravinet. Así de personal. Por ahí han pasado las agrupaciones y gremios con los que ha tenido pleito y por los que también se ha ganado bastante prensa y fama de conflictivo. Por cierto están los comerciantes ambulantes, los ciegos y los videntes, a quienes prometió erradicar desde el primer día de su mandato. Los instaló en locales comerciales, pero algunos se rebelaron y han vuelto a la calle. También los taxistas, a quienes prohibió entrar al perímetro del centro de Santiago sin pasajeros, medida que luego empezaron a burlar con los clásicos palos blancos.

Los profesores tampoco se escaparon. Finalizado el paro docente de 1998, el alcalde de Santiago decidió descontar los sueldos del mes no trabajado de una sola vez a los huelguistas que laboraban en los establecimientos de la comuna. Otros municipios lo hicieron en cuotas o simplemente les permitieron recuperar los sueldos perdidos en la movilización.

Pero la mayor fama de duro se la ganó con los artistas del Teatro Municipal, quienes le hicieron un paro de 44 días en el ultrasensible periodo de la campaña presidencial, el año pasado. Sin embargo, Ravinet ni se arrugó para calificar la toma del teatro como un acto terrorista. Dije que tenían conductas terroristas, lo que quizás fue un exceso, pero en democracia no se deben permitir las tomas, recuerda él. Y agrega de ese episodio: Fue muy doloroso pero muy racional, al punto de que al final ellos volvieron con menos de lo que pedían. Es que Ravinet conversa y discute, aunque al final tira raya para la suma. Es de resultados y sobre todo de balances. Si a nadie le gusta perder, a él menos.

El Pije

Esa faceta representa un poco a su otra mitad, la gerencial, que le da el perfil realizador y ejecutivo que los políticos de hoy buscan como al Grial. Su plus a esta cara empresarial es una larga historia de vida vinculado a la clase dirigente. En política, Ravinet no es un aparecido.

Formado en el colegio San Ignacio, la experiencia con los jesuitas y las lecturas de Maritain lo hicieron militar desde los catorce años en la Democracia Cristiana. Su familia era de clase media, y él fue el primer hijo del segundo matrimonio de su padre, un ingeniero estricto pero cariñoso que había sido fundador de la Falange. Tenía trece años cuando sus padres se separaron y entonces debió ponerle el hombro para ayudar a Alicia de la Fuente, que se quedaba sola con sus cuatro hijos.

Por peso de tradición familiar debió haber sido ingeniero, pero el optó por derecho. La efervescencia de la generación rebelde de los sesenta la vivió desde dentro y siempre en primera fila. Fue presidente de la FECh en 1969 y cuando en pleno gobierno de Frei sus amigos se bifurcaban a la izquierda, al Mapu primero y la Izquierda Cristiana después, él se mantuvo fiel a Eduardo Frei, quien cariñosamente le decía Cabeza de Fanta.

No se perdió una polémica ni una marcha, pero tampoco abandonó su impronta característica: con corbata, mocasines y peinado a la gomina. Su familia no era adinerada, pero él trabajaba para vestirse así, siempre como un príncipe inglés, comenta una amistad de esa época. Por algo le decían el Pije, sin complejos para tomar whisky ni para salir con reinas de belleza. Le nace ser distinguido. Le gusta el buen vino, y no cualquiera, si toma escocés, ojalá sea etiqueta azul. Él dice que no va a comer chunchules, no. Es de filete y caviar. No niega que le gusta lo mejor, aunque para mantener la línea lleva diez años almorzando pollo cocido con tomates. Replica, eso sí, que su plato favorito son las hamburguesas con puré de espinaca, para confirmar eso de que nadie es perfecto. Tampoco admite ser vanidoso, pero sí se preocupa de la pinta. Tres veces a la semana, entre ocho y ocho y media de la mañana, se ejercita con un personal trainer y cada vez que puede se escapa a practicar sus deportes habituales: esquí en nieve o acuático, windsurf y tenis.

Él viaja a comprarse ropa afuera. No se prueba un zapato, una corbata, una camisa en Chile. Las camisas las compra en Bloomingdales, señala alguien que lo conoce de cerca. Duda un poco antes de responder cuántas corbatas tiene, pero su señora se adelanta y apunta: Son como cincuenta. Eso sí, para él la frivolidad tiene un límite: Veo poca tele y jamás los programas del estilo Viva el lunes. Dice que en su vida, lo chabacano no tiene cabida.

Para darse esos gustos, vivir en Santa María de Manquehue, tener casa de veraneo en Zapallar, departamento en Pucón y refugio en La Parva, y no precisamente de lo más modestos, según cuentan, él obviamente tiene sus propios negocios, porque el sueldo de funcionario público no es para darse esa vida. Incluso, durante estos años ha donado íntegramente su salario de alcalde a una persona de escasos recursos, cosa que obviamente no nos cuenta él mismo.

Su vida laboral partió como jefe de gabinete del ministro de Minería de Frei Montalva y cuando este salió del poder se lo llevó a su bufette de abogados, en el edificio Carlos V. De esa época data su primer auto, un Fiat 600, pagado en 36 cuotas.

Durante la Unidad Popular fue opositor porque su partido se definió así, pero él no tuvo mayor protagonismo. Rechazó la propuesta para ser secretario de la comisión política del PDC y en 1972, ya con la certeza de que el golpe militar era inevitable, partió becado con una Fullbright a estudiar a Estados Unidos. Allá pasó el 11 de septiembre, pero volvió para la Navidad. El motivo era Ximena Lyon, su esposa, a quien conoció durante la campaña senatorial de Eduardo Frei, en 1972. Ella era secretaria de la agencia de publicidad de Jaime Celedón, donde planificaban la propaganda del candidato. Era separada, muy bella y tenía dos pequeños hijos. En primer lugar me enamoré de Ximena por su físico y después por su personalidad, ha confesado él. Sin embargo, la principal traba para el compromiso no era el que dirán, sino el problema práctico de partir con una familia numerosa, cuando su futuro político era difícilmente compatible con esas obligaciones. Pero el receso obligado le hizo fácil la decisión. Le dijo chao a la beca y los estudios de relaciones internacionales en la Universidad John Hopkins y en el invierno de 1974 volvió para casarse.

La empresa privada lo estaba esperando. A la arena política volvería plenamente en 1989, cuando Patricio Aylwin lo llama para ser secretario ejecutivo de su comando presidencial.

Polvorita

Jaime Ravinet ha demostrado eficiencia y puede exhibir varios logros en su decenio, enumerados en el libro Innovación en la gestión loca, de Claudia Serrano: reducción considerable de la pobreza en la comuna, aumento en el rendimiento de los establecimientos educacionales de Santiago en la prueba Simce y un exitoso plan de renovación urbana. También en lo cultural ha habido aportes. Gracias a la política de difusión del Teatro Municipal, hoy son más las personas que ven los espectáculos del elenco estable gratuitamente que los que pagan su entrada en la calle Agustinas.

En este tiempo, Ravinet nunca ha desantendido sus propios negocios. Siempre se reservaba dos días de la semana para ir después de las cinco y media de la tarde a la oficina que tiene en la calle Nueva York. Tiene inversiones en el extranjero, especialmente en Estados Unidos, y en Chile, donde se mantiene en el rubro minero, actividad en la que partió haciendo sondaje de yacimientos en los años setenta. En esa época, constituyó una sociedad con Pedro Butazzoni y descubrió que tenía dedos para el piano.

Dice que se siente cómodo en el mundo empresarial, con los códigos de eficiencia, productividad y pragmatismo que le son propios, y con los que él mide al resto y a sí mismo: Muchas veces presto poca atención al aspecto humano de la gente. Trato más bien de que cumplan el papel que deben cumplir.

También ha demostrado que sabe armar equipos de trabajo afiatados, con mística. Su particularidad, preferir mujeres. En estos años, muchas veces los puestos claves de la Municipalidad de Santiago han sido para el género femenino. Jaime cree en las mujeres y su capacidad ejecutiva. Delega en ellas porque sabe que son efectivas y leales. Con los subordinados es distante y lejano, y pobre de aquel que cometa errores. No duda en subir y bajar a los ineptos y lo puede hacer enojado, muy enojado. Cuentan que en el clímax de sus pataletas lo han visto morado de rabia, echando humo por las orejas y él mismo ha reconocido ser polvorita y ligero de genio.

No obstante, en ningún caso es un autócrata, también sabe ser persuasivo. De hecho muchas de las decisiones que ha debido tomar el concejo municipal han sido por unanimidad, a pesar de los distintos colores políticos que hay allí. Una de las características de Ravinet es no ser sectario, ni en lo laboral ni en lo personal. De hecho, muchos de sus amigos son connotados personeros del mundo de la derecha, con quienes comparte sin duda, las mismas convicciones económicas: Nunca en la vida me he sentido socialista comunitario, ni me he planteado que las empresas deben ser de los trabajadores, ni que el único modelo de desarrollo es el cooperativismo, ha declarado.

La franqueza para decir en público lo que piensa en privado es algo de lo que él se jacta. Sin embargo, quienes lo conocen dicen que aunque es muy bueno para criticar, no tiene el mismo aguante cuando las hacen contra él. Y las que vienen de su propio partido son a veces las peores.

Prefiero no opinar de Ravinet, pero te puedo decir que hay dos clases de democratacristianos: los que lucharon contra la dictadura y los que no. Él está entre estos últimos, dijo una fuente que pidió no ser identificada.

Sus conocidos cuentan que es justamente en la decé donde Ravinet tiene su talón de Aquiles. En este andar por la vida jugando al francote, muchas veces hace críticas por los diarios de cuestiones que la familia democratacristiana cree que son ropa para lavar en casa. Es muy inteligente, pero si hay una virtud que no tiene es la prudencia, dicen sus cercanos. La incontinencia verbal no ha sido gratis.

Cuando fue precandidato de su partido y compitió con Andrés Zaldívar y Gabriel Valdés, le pasaron la cuenta: Se lanzó porque el conglomerado de alcaldes decé se lo pidió, pero cuando lo hizo, muchos de ellos se bajaron. Al final cada uno tiró para el lado de su lote. Él no es guatón ni chascón, ni iluminado. Ni siquiera es colorín. La gente no lo siente decé, señalan en el partido.

Sus cercanos dicen que esa experiencia fue dura para él, que estaba muy desilusionado con las personas: Jaime tiene mucha autoestima. Nunca pensó que él perdió, no; creía que el partido se había farreado la posibilidad de llevarlo.

En esos arranques de franqueza ha irritado a muchos e incluso alguna gente se siente herida por él. Tampoco el presidente se salva. En una última entrevista que dio, se leía en el titular: Lagos ha perdido la capacidad de dirigir la orquesta. Para ser justos, en el texto había también una serie de proposiciones para la reactivación económica.

Él no hace las cosas pensando en ser presidente, pero sí está convencido de que sería un gran primer mandatario. Le pican las manos porque cree que lo puede hacer mejor que los otros, dice un cercano. Ravinet no niega esto, pero aclara tranquilo que en ningún caso es una obsesión y que feliz volvería de lleno a los negocios.

Otros señalan que en verdad tenía muchas ganas de ser ministro, cosa que hizo pública en declaraciones a La Segunda, donde incluso señaló sus cinco carteras preferidas. Ahora ha manifestado que piensa candidatearse al Senado por la I Región, para probar su capacidad de articulador político, pero ni él mismo se ve muy claro en una función tan poco ejecutiva. Después de entregarle la alcaldía a Lavín o la Martita, tendrá tiempo para pensarlo. Si decide quedarse en la cosa pública se va a notar. Aunque si él se privatiza, de seguro su lengua no lo hará.



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Preocupado de la pinta, nada de lo que se pone es producto del azar.
Preocupado de la pinta, nada de lo que se pone es producto del azar.
Foto:Carla Pinilla


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