EL SÁBADO

Viernes 24 de Mayo de 2002

150 años de influencia germana en chile
La fuente alemana

Unos seis mil germanos llegaron a colonizar estas tierras, hace un siglo y medio. Se instalaron en Llanquihue, terruño de los Kahl, bisabuelos de la popular Margot, y de los Siebert, antepasados de Bruno, el ex senador. "No eran intelectuales", acusa el cineasta Orlando Lübbert, quien cree que la influencia más sólida entró por Valdivia. Buscamos cómo son los chilenos que tienen "tantes" y "omas", y quiénes son los baluartes de la colonia.
Marcela Escobar Q.

Para 1852, las tierras del sur de Chile estaban vírgenes. No existía Puerto Varas ni Frutillar, ni Puerto Montt. Los huilliches de la zona le tenían miedo al lago Llanquihue. Y el volcán Osorno todavía estaba en actividad. Los indígenas decían que eso era un mensaje de los dioses. Del Pillán, como ellos le llamaban. A esa ribera lacustre llegó, ese año, un grupo de 32 alemanes, animosos y recién arribados al país, quienes querían hacer del lugar su nueva patria. Se abrieron paso por la naturaleza indómita a punta de machete. Los lideraba Vicente Pérez Rosales, por entonces el encargado de la colonización de la zona.

El propio Pérez Rosales, en su libro Recuerdos del pasado, relató lo sucedido durante los primeros días de esa treintena de alemanes en Chile. Reza el texto: "A la media hora de una marcha fatigosa, al practicar nueva cuenta en un descanso, se notó, con sorpresa primero, y después con espanto, que faltaban dos padres de familia, Lincke y Andrés Wehle. Se les llamó, se hizo varias veces fuego con las armas que llevábamos, se mandó volver atrás para ver si a lo largo del sendero se encontraba algún rastro de desvío para socorrer a aquellos desventurados. En vano fue el mandar comisionados de hijos del país, halagados con ofrecimientos, en vano el disparar con frecuencia el cañón del Meteoro, todo fue inútil: ¡aquellos dos desgraciados habían desaparecido para siempre!".

El resto de los 32 alemanes de esa travesía hizo de tripas corazón para continuar con la tarea que los trajo desde la convulsionada Europa a este pedazo del fin del mundo. Había que olvidarse de los desaparecidos y armar casa, en tierras que no harían fácil la faena. Las estadísticas de la época son deficientes, pero se calcula que entre 1850 y 1855 llegaron al sur de Chile unos seis mil alemanes. En familia, porque esta fue una inmigración familiar. La mayor parte de ellos ­2.800­ se instaló en Valdivia y Osorno, el principal foco de la colonización que comenzó a recibir a estos europeos allá por 1846. Otros 1.500 hicieron de las orillas del Llanquihue su nueva tierra. El resto se repartió en otras ciudades, como Valparaíso, Temuco y Concepción.

De eso ya han pasado 150 años. Es la razón por la cual la zona del lago celebrará una gran fiesta este 28 noviembre. Por esos días también se inaugurará un monumento a los colonos, allá mismo donde los primeros alemanes armaron casa y fundaron pueblos. Y hoy, en el Museo de Artes Visuales de Santiago, puede verse la foto que aparece sobre el título de este reportaje y otras similares que forman parte de una recolección que hizo la fotógrafa Mariana Matthews para su libro Fragmentos de una memoria.

La Alemania chilena. Eso parecía el sur. Los que descienden de esos primeros inmigrantes, y los que vinieron después, nos contaron cuánto queda de sangre alemana en sus venas. Y escogieron, también, a sus personajes más señeros. Nombraron a Ricardo Krebs, Horts Paulmann, Edgard Köster y hasta Karen Doggenweiler (quien en rigor es descendiente de suizos). Pero fueron los hermanos Wolf y Sven von Appen, líderes de las empresas navieras Ultramar, quienes recibieron más menciones. ¿Por qué? "La diversificación de sus negocios en el mercado chileno"; "son líderes carismáticos, que no ostentan de su papel, pero aún así son cabecillas de nuestra comunidad".

No es para menos: los Von Appen son la cuarta fortuna más grande de Chile, de acuerdo a la revista de negocios Capital. Se caracterizan por la cautela a la hora de figurar públicamente. De hecho, no dan entrevistas. El primer Von Appen, Albert, llegó a Chile en 1937, y a fines de la Segunda Guerra Mundial se lo sindicó como colaborador del régimen de Adolf Hitler. Así lo señala la investigación Chile y los hombres del Tercer Reich, de María Soledad de la Cerda. Habría sido detenido y sacado de Chile rumbo a Perú. Regresó en 1952 y se hizo cargo de la agencia marítima Ultramar, la que lideró hasta 1971, el año de su muerte. Ahí, Sven y Wolf, sus hijos, se quedaron a cargo del negocio.

Hoy, su apellido es una presencia silenciosa. Pero influyente.

El sueño americano

Toda América era el continente de las oportunidades para los europeos del siglo diecinueve. El mundo liberal de Alemania había sufrido la derrota en la revolución de 1848, y son esos los que toman sus cosas y emigran. La mayoría lo hace a Estados Unidos. Otro porcentaje importante llega a Brasil y Argentina. "Chile es irrelevante para las corrientes migratorias en América Latina", argumenta el historiador Patricio Bernedo. Y explica que las tierras descolonizadas de nuestro país presentaban más dificultades que las de los países vecinos: "Los colonos vivieron los tres primeros años en condiciones paupérrimas. Además de una naturaleza adversa, debieron hacerles frente a las escasas vías de comunicación".

Cómo no: para llegar a Chile tardaban, desde Hamburgo, unos cuatro meses. Venían en barcos a vela. Hubo gente que se casó arriba de los barcos. Y niños que nacieron allí.

No fue el caso de los ancestros de Bruno Siebert Held. Los bisabuelos del ex senador llegaron, recién casados y con poco en los bolsillos, a Corral, igual que los otros inmigrantes. A ese puerto arribaban los colonos, allí esperaban que el gobierno les diera sus cincuenta hectáreas básicas. Eso correspondía por cada jefe de familia, y a eso se sumaba otro número por la mujer y los hijos. Los ancestros de Siebert recibieron tierras en lo que hoy es Puerto Octay. Fueron cien hectáreas en total.

­Los pocos habitantes de Llanquihue estaban en la parte sur del lago, y se dedicaban principalmente a la explotación del alerce. No había poblados ni actividad agrícola. La zona había sido definida como casi imposible de habitar y trabajar ­asegura el ex senador.

Siebert sabe. Su tío Emilio Held le inyectó esas ganas de investigar a sus antepasados. Hoy, en el corazón del enclave alemán santiaguino, en Vitacura, un completo archivo histórico lleva el nombre del tío Emilio. El ex senador tiene en su biblioteca varios de los libros que Held escribió, junto a uno que él mismo y su hija redactaron acerca de la familia.

Los Siebert eran campesinos sencillos, como la mayoría de los que llegaron a las orillas del Llanquihue. Distintos a los alemanes que se asentaron en Valdivia. "El grupo que se arma en Valdivia tiene una fuerte impronta liberal, con una visión política clara, partidario del aumento de las libertades, tolerante en términos religiosos y dueños ya de un capital", explica el historiador Patricio Bernedo. Peter Schmidt Anwandter, descendiente de uno de los primeros alemanes que llegaron a Valdivia, Carl Anwandter, sostiene una tesis similar: "Anwandter se habría venido a Chile porque estaba al tanto de que le quitarían su licencia de boticario". Era de los desencantados que huían de la Alemania posrevolución de 1948. Acá se convirtió en el líder de esa comunidad en ciernes.

"Era el sueño americano", asegura Peter Schmidt. "Cualquier familia que se precie, en Alemania, habla en broma del tío que hizo fortuna en América", remata. El gestor de ese sueño no fue, como podría creerse, el mentado Vicente Pérez Rosales. Lo ideó el aventurero alemán Bernardo Philippi, quien convenció a los gobiernos chilenos de la época de que él sería el más indicado para viajar a Alemania y traer estos nuevos ciudadanos. Los alemanes predicarían con el ejemplo. Así se educaría a los chilenos.

Fue Philippi el responsable de la mezcla de religiones que trajeron los colonos. El gobierno chileno le pidió que reclutara a campesinos católicos para poblar el sur, en esos años casi aislado por la falta de rutas. Philippi no pudo discriminar: inscribió en el plan migratorio a quien quiso venir, entre ellos muchos profesionales expertos en manufacturas, algunos médicos, hasta peluqueros. Campesinos, en un principio, fueron pocos. Católicos, también.

Gran parte de los inmigrantes que llegaron a Valdivia era protestante, lo que entonces les creó especiales dificultades. La constitución chilena autorizaba sólo a los católicos a practicar sus cultos públicamente. Muchos terminaron casándose y enterrando a sus muertos por esa religión. Hubo quienes convivieron, puertas adentro, con las diferencias.

El arquitecto Kurt Konrad fue uno. Alega: "No soy alemán, soy chileno, que le quede claro". Sus antepasados llegaron a Puerto Fonck en 1856 y eran molineros. Vivían en una zona bastante aislada, y los círculos sociales que frecuentaban eran los formados alrededor de las iglesias. No tuvieron mayores problemas en tolerar las diferencias al interior de la familia. La madre de Konrad era católica y su padre, en cambio, protestante, pero Kurt asegura que en la familia nunca hubo mayor conflicto por la religión.

El aluminio de Margot

Walter Kahl vendió todo lo que tenía en Hamburgo, lo convirtió en aluminio y se vino a Chile. Era 1924 y Kahl tenía 19 años. Pisaba tierra chilena junto a sus padres, dos hermanos y dos toros pura sangre que, junto al aluminio, eran toda su fortuna. Un conocido de la familia emigró años antes a Puerto Montt. Por eso sabían que, con esfuerzo, acá se podía surgir.

El destino de los Kahl fue Puerto Varas. Walter primero se dedicó a la ferretería ­mercado ideal para sus aluminios­, luego a la compraventa de animales, y terminó trabajando en la agricultura y la ganadería. Con los años, acabó siendo el abuelo de Margot Kahl, la animadora. Ella heredó no sólo el apellido. También la tradición. Habla Margot:

­En mi casa se hablaba alemán. Creo que de chica aprendí antes alemán que castellano. Se conservaban las costumbres, lo que se traducía en la cocina alemana, en la forma de celebrar la Pascua de Resurrección, con los huevos que trae el conejito pintados en casa.

Margot recuerda los manteles de Navidad hechos a mano. El olor a madera de la cocina a leña. El aroma de las galletas de jengibre de la abuela.

No fue eso lo único que heredó. Hay una tradición en otros términos. Ella lo analiza:

­Aprendes, por tradición, que todo es fruto del esfuerzo. Una idea que poseen en general todos los inmigrantes, quienes vienen con una mano por delante y otra atrás. En esas condiciones no tienes nada. Lo que traes es lo que eres. Y eso se enseña en las generaciones posteriores. Por eso a mí me dicen que soy súper alemana, en esos términos, cosa que es y no es, porque hoy en Alemania no encuentras esas características tan particulares de los colonos.

Pese a toda esa cercanía y su doble nacionalidad, Margot no fue a estudiar a Alemania. Prefirió hacerlo en Estados Unidos y aprender, así, un nuevo idioma y una nueva cultura.

Otra fue la opción que tomó Enrique Rusch Meissner, presidente del directorio de la Clínica Alemana. Aprovechó las ventajas que le ofrecía su manejo del idioma germano y perfeccionó sus estudios de ingeniería comercial en Alemania. Su familia es de Valdivia. Llegaron a Chile en 1871, cuando su bisabuelo, capitán de barco y empresario naviero, tuvo problemas con su embarcación y debió quedarse en Corral. Para siempre.

­Lo primero que hicieron fue instalarse en Corral con una casa que hospedaba a los tripulantes de los barcos que traían colonos. Eso, después, se convirtió en un importante hotel, el hotel Rusch.

Dice sentirse un 95 por ciento chileno. El cinco por ciento restante debe ser el responsable de su acento. De su religión luterana. Y de otros aspectos que reflejan una herencia clara. "Hay una autodisciplina que nos hace parecer introvertidos. En mi familia, por ejemplo, nunca hemos revisado las tareas de nuestros hijos. Pero si ellos necesitan ayuda, ahí estamos, al mil por ciento".

Valdivia, la intelectual

Las diferencias entre la primera zona colonizada ­los alrededores de Valdivia­ y la segunda ­las orillas del Llanquihue­ no son apreciables para cualquiera que se adentre por esos lares. Orlando Lübbert, también descendiente de alemanes, pero de los que llegaron a Valparaíso en 1889, tiene su película clarísima. Incluso quiso filmar una, o un documental, más bien, con la información que recogió luego de meses de bucear en las bibliotecas de Berlín.

El punto de vista que él tiene de la colonización alemana es desencantado. Para Lübbert, son los inmigrantes que llegan a Valdivia quienes traen la cultura. No los otros.

­Los que llegaron a Llanquihue quemaron el bosque nativo para instalarse y hoy lo plantean como si hubiera sido un acto heroico. Sacaron las raíces para cultivar. La única oleada que trajo realmente civilización fue la que llegó, con Anwandter, a Valdivia.

Dice que por algo se celebran festivales de cine en la ciudad del Calle Calle. Y se pregunta: "¿Qué ha salido de la zona de Llanquihue? Militares no más. No ha salido ningún intelectual. Quizás algún deportista". Asegura que los alemanes del lago "se casaban entre ellos", para mantener la sangre y la cultura. Y que desde Alemania han venido a estudiar a los descendientes de los colonos, porque Llanquihue "es la máquina del tiempo. Allá se manejan como antes".

Incluso muchos años después de esa inmigración masiva siguieron llegando alemanes ilusionados con Chile. Andreas Liedtke y su familia fueron de esos. El padre de Andreas llegó de Hamburgo a Santiago en 1967 para encargarse de la sucursal del Dresdner Bank. Fue el único de la familia que viajó en avión. Los demás lo hicieron, como los colonos, en barco. En un carguero. Sólo que se demoraron mucho menos que el viaje original: apenas cuatro semanas.

Hoy, Andreas Liedtke es el gerente de marketing de Beiersdorf. En 1967, tenía apenas seis años. Ni él ni sus padres hablaban español. Arrendaron una casa en Cuarto Centenario sólo porque la vecina que tenían dominaba el alemán. Ideal. Esa familia, la Figueroa, todavía es amiga de los Liedtke.

A Andreas aún le sabe distinta la Navidad chilena. Cuenta Liedtke:

­La Navidad alemana es de recogimiento, de bajar los decibeles. Allá es invierno, se oscurece a las tres de la tarde, entonces uno se queda en la casa. Acá tiene un carácter de fiesta. Costumbres distintas, como eso de entregar los regalos a las doce de la noche. A esa hora, nosotros estamos durmiendo. A mí los regalos me los entregaron siempre el 24. Pero a las siete de la tarde.

Distinto el Chile que recibió a Liedtke. Uno que mira más a Estados Unidos que a Europa, como reclama el arquitecto Kurt Konrad. Tal vez si la llegada de Andreas hubiera sido a ese sur profundo que se llenó de colonos a mediados del siglo dieciocho, habría sido distinto. Su padre no habría tenido que aprender español escuchando unos programas AM en una pequeña transistor. En Puerto Varas, o en Valdivia, habría estado con los suyos. Se habría sentido como en casa.

El triángulo de Vitacura

Hoy, en Santiago, existe un centro clarísimo que alberga las instituciones más importantes del mundo chileno alemán. Queda en los alrededores de Vitacura con Manquehue. Es donde se mantiene la cultura y se hace familia, porque muchos decidieron comprar sus casas en ese lugar. Aquí, lugares e instituciones que frecuentan no sólo los alemanes de paso por nuestro país, sino también aquellos descendientes de quienes se quedaron.

El Club Manquehue. Originalmente estaba en Carlos Antúnez con Los Leones. A fines de la Segunda Guerra Mundial, cuando Chile declaró la guerra a Alemania, muchas de las instituciones con carácter de "alemán" cayeron en una suerte de lista negra. El Club Manquehue no se salvó y fue vendido. El Estadio Italiano acogió a los deportistas, hasta que en 1948 compraron un gran fundo, ubicado desde Manquehue hasta Luis Pasteur, abarcando parte de Kennedy y Vitacura. La Clínica Alemana compró una parte de los terrenos. El resto fue loteado entre otros chilenos-alemanes, para financiar la inversión del club. Aquí es donde juegan skat, un juego de naipes más complejo que el bridge.

· La Liga Chileno Alemana. Actualmente presidida por Rolf Fiebig, acoge a quien se sienta cercano a esta cultura. No es necesario tener sangre alemana, pero sí hablar el idioma. Está ubicada en Vitacura a una cuadra de Manquehue, y alberga ahí el archivo Emilio Held.

· El Colegio Alemán. Desde su llegada, estuvo en los planes de los colonos fundar colegios, no confesionales y concebidos como "lugares de encuentro" de la cultura chilena y alemana. El primero fue fundado en Valdivia, en 1858, por Carl Anwandter. Estos colegios son independientes, pero se agrupan en una asociación. El de Santiago, ubicado en Nuestra Señora del Rosario, tiene 110 años. Como en los demás, su rector es enviado desde Alemania por el Ministerio de Asuntos Exteriores. El cargo lo ejerce actualmente Jürgen Holzhauer, quien lleva poco más de un año en Chile. También reciben platas del gobierno alemán. Para seleccionar a sus alumnos, el colegio no privilegia a los hijos de germanos, aunque es un hecho que gran parte del alumnado tiene algún vínculo con la nación europea. No es requisito para los cursos de prebásica el hablar alemán; sí para los cursos más grandes. Los cursos se forman dependiendo del manejo que los alumnos tengan del idioma alemán, pero ninguno tiene todos sus ramos en esa lengua .

· La Clínica. Fue creada en 1905 como corporación, para abrir sus puertas como clínica en 1918. La Clínica Dávila, actualmente ubicada en Recoleta, fue la primera institución médica alemana en Santiago. En los años cincuenta, cuando la gente emigraba hacia Providencia, se pensó en buscar un terreno para una nueva clínica. Se compró, entonces, el sitio de Manquehue con Vitacura. Hace cinco años, adquirieron unos terrenos en Chicureo, pensando en que a futuro la ciudad se moverá hacia allá. Lo mismo hizo el Colegio Alemán, que vendió los sitios colindantes en forma similar a lo hecho en 1948. La idea es que de aquí a quince años, un nuevo triángulo alemán crezca en Chicureo.


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Sven von Appen
Sven von Appen
Foto:Gentileza Mariana Matthews


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