Sábado 8 de Abril de 2006
COLEGIO ALBERT SCHWEITZER, DE PUENTE ALTO
La dura realidad
Un día en el colegio con el peor Simce de Santiago.
Fotos: José Alvújar
Rodrigo sale con Jesús desde el colegio hasta su casa. Las clases terminaron a las cuatro de la tarde. Se despide de la tía Claudia y camina junto a su compañero en la frontera entre Puente Alto y La Pintana. Están en el fondo de la ciudad. Todos los caminos han terminado, a unos mil metros corre el río Mapocho y, a pesar de que las poblaciones están llenas de gente hacinada, el lugar parece abandonado. Un asentamiento humano sin nada en común.
Sol, cielo azul y una cancha de fútbol de tierra. Los niños caminan por un paradero de micros amarillas y blocks de departamentos de dos piezas, living-comedor y 10 personas en su interior. Hay tan pocos árboles y tanta basura, que hiede.
Rodrigo Alexis Torres Morales tiene once años, el pelo negro, la piel morena y usa una polera de Colo Colo. Lleva una mochila casi tan grande como él. A su lado, Jesús observa la tierra de la calle.
Vamos a ver donde encontraron la cabeza del muerto invita a Rodrigo.
Me tengo que ir a la casa le responde Jesús.
Mi perro, el Rocky, encontró el pie. Estuvieron los periodistas, se llenó de pacos. Estaba todo el mundo aquí.
En estos días, el fondo de la ciudad ha sido visitado no sólo por policías, sino que por la prensa y abogados de la fiscalía, porque encontraron un cuerpo descuartizado. Jesús mira un peladero con basuras y luego otra fila de blocks de color celeste y rejas. Un hombre sin camisa mira desde una ventana. Escupe.
Yo me tengo que ir a mi casa advierte Jesús. Nos vemos mañana en el colegio.
Rodrigo sonríe. Ambos asisten al Albert Schweitzer, colegio que según el último SIMCE de cuarto básico, obtuvo el promedio más bajo de la Región Metropolitana.
Entré en cuarto básico al Albert Schweitzer y antes me habían echado de dos colegios afirma Rodrigo. Yo era desordenado. Los tíos me echaban de la sala porque no me portaba bien. Pero cuando chico era tranquilo. Cambié cuando con mi hermano nos fuimos a un internado. Echaba de menos a mi mamá y me puse más malo. Pero también me hizo bien, porque aprendí a defenderme y ahora soy más fuerte. Ya nadie me va a poner la mano encima.
Rodrigo camina y se encuentra con su perro. Saluda a su hermano y deja su mochila a una de las piezas del departamento 12 del block donde vive con su madre, su padrastro y tres hermanos.
Yo quería ser carabinero explica. Ahora pienso ser profesor de Matemáticas. Me gusta la matemática, pero es lo que más me cuesta. Me gusta también leer y escribir las tareas. Me gusta leer una colección de historia universal, mi padrastro me la compró. Se puede decir que es mi papá, porque mi papá verdadero con suerte me compró un par de cuadernos.
Hace dos años, cuando Rodrigo llegó al colegio, ya había perdido un año y estuvo a punto de repetir, pero gracias a su inteligencia y al trabajo de sus profesores, logró pasar de curso y ahora está en sexto básico. ¿Un logro?, se podría decir que sí.
Mi papá se ha querido acercar a mí, pero yo no quiero. Mi papá le pegaba a mi mamá y él no se hizo cargo de nosotros confiesa.
Luego mira hacia el final del camino, se queda en silencio. Camina un poco.
Hoy hicieron una prueba de división de tres a cinco números. Y me costó. En el otro colegio no nos pasaron eso. No me acuerdo. Mañana voy a saber cómo me fue. Ojalá que bien, porque me costó caleta. Y quiero aprender, porque sino, no voy a ser un buen profesor de Matemáticas.
Suelta una risa. Saca un libro rojo, de esos que traían las revistas: es La gitanilla, de Miguel de Cervantes.
También lo estoy leyendo dice. Me lo compró mi mamá. Pero ahora no puedo, porque mis anteojos están sucios. Mañana los voy a limpiar.
LA ISLA
El colegio Albert Schweitzer está entre varias poblaciones del sector sur de Santiago (El Caleuche, Marta Brunet, El Volcán y Chiloé, entre otras). Es una especie de isla rodeada de ghettos, en donde antes estuvo una terminal de colectivos, un basural o el lugar donde vagabundos y cartoneros usaban para dormir.
Según cifras del Ministerio de Educación, en 1998 en Chile un 9,75 por ciento de los niños desertó del colegio antes de cumplir 14 años. Principalmente por trastornos de aprendizaje (el problema más común es la falta de lectura que retrasa a los alumnos en las demás materias) y porque estos niños se encuentran en riesgo social (en sus hogares eventualmente existen problemas de violencia, drogadicción y delincuencia, y sus familias están desechas).
Pero ¿adónde van a parar? Las mediciones del Simce para cuartos y octavos básicos los condena a transitar de colegio en colegio. Son alumnos que bajan el promedio, los que impiden avanzar: son los malos elementos. Son echados de las clases y los pasan de curso con el compromiso de que al año siguiente sus apoderados les busquen otro establecimiento educacional. Nadie quiere a un alumno así. Es mucho trabajo y conlleva muy pocos logros. Se sigue con los demás, y el que no puede, se va.
"Nuestro colegio es como una UTI, mientras haya niños expulsados, con problemas educativos, nosotros vamos a estar allí. Y vamos a poner la cara", explica Claudio Vistoso, director del colegio. "No creemos en el fracaso, está lejos de nuestro repertorio. Si un camino no resulta, escogemos otra vía pedagógica. Creemos que estos niños pueden aprender materias y cómo vivir. Tenemos la convicción de que ellos pueden sacarse el estigma de fracaso que sienten".
El colegio tiene cursos desde tercero hasta octavo básico. En primer y segundo año muy pocos niños desertan. Pasan todos, nadie se va del colegio. En cambio, tercero resulta ser el año conflictivo. Los niños presentan los primeros problemas con la lectura. Como no entienden, se frustran y comienzan a canalizar su energía en desórdenes, rebeliones en la sala y despreocupación. Empiezan a repetir, una, dos veces. Los echan por inasistencia, por mala conducta. En la casa no se preocupan mucho. Puede que pertenezcan a una familia de 8 personas. Al cabo de dos cursos repetidos, el niño deserta. No quiere volver al colegio. Sin leer adecuadamente, sin sumar ni restar. ¿Qué suerte tiene en la vida?
"Te voy a dar un dato", explica Vistoso. "De los 19 niños de cuarto que dieron el SIMCE, cinco de ellos son analfabetos funcionales. Otros escriben apenas o cuentan con los dedos. Es difícil entender cómo pasaron de curso antes, pero es así. Y nadie se hace cargo de ellos. Nosotros tenemos esa función. No somos un colegio alternativo, queremos alterar y proponer un cambio".
Este colegio, que funciona con aportes de la Iglesia Luterana de Chile, ha logrado que el 97 por ciento de sus estudiantes terminen el año escolar y que el 80 por ciento de ellos haya tenido una mejora sustantiva entre lo que sabían al entrar y lo que saben ahora.
"En esta realidad, los niños viven sin salir casi de su población", dice Vistoso. "Es una realidad difícil y trastocada, llena de elementos violentos. Tratamos de que este colegio esté al servicio de los alumnos y no al revés. Un niño tiene derecho no sólo a educarse, sino también a sentir que puede. Que va a tener herramientas en la vida".
LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL
Ocho y treinta de la mañana. En la sala de tercero básico, la tía Claudia entra junto a nueve de sus alumnos. Claudia es alta, tiene el pelo ondulado y tomado en moño. Antes de ser profesora en el Albert Schweitzer, era educadora de párvulos. Para hacer clases tuvo que estudiar todos los sábados y sacar el título de profesora de enseñanza general básica: aquí, para un curso de tercero, se necesita un profesor de educación básica y un educador de párvulos, porque los alumnos no sólo llegan con problemas de aprendizaje, sino que también con carencias emocionales.
Daniel, mírame a los ojos, baja tu silla.
Los niños corren, miran a su profesora, se sientan y se paran. Se golpean con fuerza. Gritan. Hablan tan fuerte que la tía Claudia no escucha ni su voz. La razón de ello es que los niños viven en pequeñas piezas, llenas de gente y con altos grados de hacinamiento. El vecino de arriba pelea con su esposa, el vecino del lado pone su música de reggeatón a todo volumen y para preguntarle algo a su hermano mayor debe gritar tan fuerte como puede.
Tía, tenemos frío dice una niña de 11 años.
Vamos a bailar y cantar una canción para que dejen de tener frío.
Los motores de las micros que pasan resuenan en la sala.
Después, la tía Claudia empieza a trabajar en matemáticas. Esta clase se trata de decenas. Saber cuantas decenas hay en 20, 70, 50 ó 100. Hace un ejercicio, les pide que se junten a medida que ella vaya diciendo un número. Si es treinta, se juntan 3. Si pide 90, serán nueve los niños. Cuando la tía dice: "¿Quién tiene el número 10?", un niño responde:
El Maradona, él se metía cocaína en la nariz.
Se produce una pelea entre dos niños. Son Daniel y Franco. Dos niños de pelo castaño claro. Daniel lo mira con ojos de odio y Franco se pone de pie. Daniel, con sus manos, le hace la cruz y salta hacia él. La tía lo detiene. Daniel chilla, el día anterior había dicho que se quería ir del colegio, pero está de regreso. Franco, de 11 años, con problemas de lectura, acaba de leer por primera vez en su vida una frase de corrido: "El herrero estaba en su casa, sentado en un piso".
La tía Claudia les hace cariño en la cabeza a los niños. Y sigue su clase.
El colegio se financia con 36 millones de pesos que entrega el Ministerio de Educación al año por concepto de subvenciones, dinero que no alcanza a cubrir el 50 por ciento de los costos totales del recinto. El resto son donaciones provenientes principalmente de la Iglesia Luterana. Además, cada alumno cuesta cerca de 60 mil pesos mensuales.
En la sala de octavo, el tío Pedro está con sus alumnos. Es el primer curso que se graduará en el colegio. Están inquietos. No hay sólo niños, sino que adolescentes de 16 años. Pedro intenta pasar el imperio Carolingio, pero los alumnos no quieren. Hablan y responden equivocadamente. Pedro mira a un muchacho alto y delgado, que ha estado hablando durante la clase.
Les pido que sean capaces de explicar dice. Si lo explica, lo sabe. Si no es capaz, no sabe. A algunos de ustedes los he esperado por cuatro años.
Ya, tío dice el niño delgado. Si sé que me porté mal. Le pido perdón.
Es que estoy aburrido, muchachos responde Pedro.
Ah, se puso serio el tío. Ya, dicte, no más. Que lo vamos a escuchar.
Quiero que ustedes piensen, no escriban pide el profesor. Que entiendan lo que estoy diciendo. Que durante la historia hay culturas que esclavizan a otras. Y ustedes se esclavizan a un sistema que le importa poco qué pasa con ustedes, niños. El barrio que viven ustedes, esclaviza. Atrás del colegio encontraron un cuerpo mutilado y parece no tener gran novedad. Intento que ustedes tengan la posibilidad de ver otras cosas.
Pero somos personas, no podemos estar todo el tiempo pegados con una cosa reclama Johnatan.
No intento pasarles toda la historia, sólo que aprendan, que conozcan su propia historia, muchachos.
Pedro los mira. Algunos probablemente no estudien su enseñanza media. No estará en sus manos el poder convencerlos de lo contrario.
El otro día estaba viendo las fotos de su primer día de clases, hace cuatro años recuerda el profesor. Todos tenían cara de guaguas.
Los niños se ríen, algunos se miran. Pedro mira hacia el pizarrón y luego a sus alumnos.
Todos aun tienen cara de guaguas rectifica.
Suena el timbre de término de clases. Y los niños salen de la sala.
Pedro de queda unos minutos adentro. Los niños corren y gritan.
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