REPORTAJES

Domingo 28 de Septiembre de 2008

Familiares, ex colaboradores y ministros intentaron mantener al general en el poder:
Las ofensivas del pinochetismo duro para modificar la transición

Diversos asesores informales y con llegada directa al Presidente hicieron un intenso lobby durante 1989 para convencerlo de desechar las negociaciones de Carlos Cáceres con la oposición y endurecer al régimen, promoviendo la candidatura del propio Pinochet a las elecciones presidenciales de ese año. Pero éste echó pie atrás.

POR SERGIO ESPINOSA VALENZUELA

Marzo de 1989. El ministro del Interior, Carlos Cáceres, pasa por sus días más difíciles en el Gobierno. Su firme convicción de negociar con la oposición un paquete de reformas constitucionales para perfeccionar la transición hacia la democracia, sobre la cual ha estructurado su gestión en el ministerio, no logra convencer a un Pinochet que aún no se repone del todo de su derrota en el plebiscito de 1988.

En una condición de mayor sensibilidad y desorientación, presta oídos a asesores informales y amigos con línea directa al Mandatario, quienes asientan en él fuertes dudas respecto de la conveniencia del camino trazado por su equipo político para conducir la transición.

Cáceres siente que están en todos lados, adentro y afuera de La Moneda, y aunque pertenecen a distintos ámbitos y no coinciden completamente en sus visiones e intereses, a todos los une el deseo de derribarlo y -con ello- endurecer la postura del régimen, cortando las conversaciones con los partidos opositores.

Más aún, el objetivo de estos "duros" es revertir el traspié del plebiscito y prolongar la obra del régimen militar. Para ello, estiman imprescindible convencer a Pinochet de que él mismo sea candidato presidencial en las elecciones de diciembre de ese año.

Un día, Cáceres recibe un llamado de la Presidencia en el que le informaban que Pinochet lo invitaba a desayunar al día siguiente en La Moneda. Cuando el ministro llega, se encuentra con que también está invitado uno de sus más férreos detractores al interior del gabinete: el ministro de Justicia Hugo Rosende.

Allí, el general les pide a todos que expongan los argumentos que sustentan sus respectivas posiciones. Luego de escuchar a su contraparte, Cáceres siente que la gesticulada exposición de Rosende barrió con él en el piso.

Al terminar el desayuno, mientras ambos caminan hacia sus oficinas, Rosende toma del brazo a Cáceres, lo lleva a una ventana que mira a la Plaza de la Constitución, y apunta hacia uno de los enormes mástiles donde ondea la bandera.

-¿Ve ese poste? Ahí lo van a colgar a usted. Yo estoy seguro de que a mí me colgarán en el que está al frente del Banco Central. ¡Nos van a colgar a todos!

El nerviosismo de Rosende

En Palacio están acostumbrados a los arranques de Rosende, a quien nunca han visto manejar ni siquiera como hipótesis la entrega del poder. Como recuerda el coronel (r) Julio Béjar, quien para 1988 trabajaba en la Secretaría General de la Presidencia, la tarde del 5 de octubre él y un grupo de oficiales se encontraban analizando las cifras que llegaban desde los locales de votación.

Con el paso de las horas, se hizo frecuente la visita de diversos ministros. Ahí llegó Hernán Büchi, quien, sacando diversos cálculos matemáticos, sentencia tempranamente que el Sí ha perdido. Allí está paseándose también el titular de Justicia, quien ante esa afirmación se dirige nervioso a los uniformados que trabajan en la Segpres y les pregunta:

-Y ustedes, ¿qué opinan de esto?

-No opinamos nada ministro, estamos aquí para procesar los datos -responden cautelosamente los interpelados.

-¿No son militares acaso, van a dejar esto así?

-El resultado que sea ministro es el que se va a entregar -se limitan a decir.

Una respuesta difícil de digerir para el ministro y todos aquellos que habían creído en las encuestas que daban por ganador al Sí (ver recuadro).

El "Plan B" que nunca se usó

Rosende no es el único que ha estado incómodo por la dinámica que han tomado las cosas desde el Plebiscito. Cinco días antes del referéndum, el subsecretario general de Gobierno, coronel Alfonso Rivas, recibe una instrucción propia de las planificaciones militares: ante un escenario de supuesto fraude para garantizar el triunfo del No, deberá elaborar junto a un puñado de funcionarios un plan comunicacional que cubra ese escenario, ya que el Gobierno no reconocerá un triunfo viciado.

La petición es suficiente para incomodar a los sectores del Gobierno que disienten de la línea defendida por los "duros", ya que ése sería un buen pretexto para desechar el resultado del Plebiscito.

Saben que una locura así echaría por la borda la transición pacífica hacia la democracia y dañaría irremediablemente la obra e imagen del régimen militar. De hecho, en las tensas horas en las que La Moneda retrasa la entrega de nuevos cómputos, los responsables del plan comunicacional solicitado temen que éste sea puesto en práctica.

Las dudas se disipan cuando, a su llegada a La Moneda, el general Fernando Matthei reconoce públicamente el triunfo del No y acelera la presión al Gobierno para admitir su derrota. Informado previamente por el DC Máximo Pacheco sobre los cómputos opositores (ver edición pasada), el titular de la FACh había mantenido además en reserva un compromiso adquirido semanas antes con la DC (ver recuadro).

Hasta hoy, el paper encargado a la Segegob -escrito a mano, sin copias y guardado bajo siete llaves- sigue siendo desconocido para la opinión pública.

El "Grupo de los 10" en acción

Hay otro puñado de gente que no está dispuesta a que Pinochet se retire a los cuarteles. El llamado "Grupo de los 10" es uno de los más enconados opositores al plan Cáceres, y su influencia se demuestra cuando éste se ve obligado a renunciar ante la falta de apoyo de Pinochet a las negociaciones con la oposición.

Entre sus miembros se cuenta el general (r) Sergio Badiola, quien desde su retiro asesora eventualmente a Pinochet en temas políticos. En un viaje a Santiago realizado en enero de 1989, el embajador ante el Vaticano, Francisco Javier Cuadra, recibe un llamado de Badiola para que se reúnan. Allí le menciona que un grupo de incondicionales del general está preparando un escenario político alternativo al que conduce Cáceres. Y le pregunta si está dispuesto a sumarse ocupando un puesto político dentro de un gabinete duro que buscará mantener a Pinochet en La Moneda. Pero el ex ministro cree que ya es muy tarde para algo así.

-General, no estoy disponible para una salida dura, de no entregar el poder. Sí estoy disponible para una política en que optimicemos la posición de quienes salimos del Gobierno.

Un decepcionado Badiola pone entonces punto final a la conversación. Pero las gestiones de este grupo -que además integran el general Humberto Gordon, Álvaro Puga, Hernán García Vidal y Patricio Vildósola, entre otros- persistirán en los meses siguientes, hasta que en abril logran persuadir al Presidente de que las negociaciones de Cáceres con la oposición le reportará sólo pérdidas y ningún beneficio al Gobierno.

"Sin duda el 'Grupo de los 10' significó una complejidad (porque) estaban en desacuerdo con lo que se estaba haciendo", admite hoy el ex ministro del Interior.

Los consejos de Lucía

El efecto concreto de ese lobby es la renuncia de Cáceres ante la falta de confianza de Pinochet hacia el modelo trazado. "Pienso que le gustaba escuchar que la gente lo siguiera considerando un posible Presidente electo. Pero teníamos absolutamente claro que ese camino era inviable", recuerda el ex subsecretario del Interior, Gonzalo García.

Aunque no está relacionada con el "Grupo de los 10", Lucía Pinochet reconoce que también le insistió que se presentara a los comicios. "Había sacado un 43 %, el año anterior... a mí me gustaba la idea, porque estaba convencida de que si se presentaba, mi papá podría haber ganado en forma popular. Pero él había quedado tan desilusionado después del plebiscito, que no quiso", subraya.

Junto con ello, los argumentos del resto del equipo político -Hernán Felipe Errázuriz, Pablo Barahona y Gonzalo García también presentaron sus renuncias-, así como las conversaciones con la Junta, especialmente con Merino, hicieron al general revertir la decisión pocas horas después.

El "Grupo de los 10" había perdido definitivamente. Al punto de que, después de su efímera victoria, sus miembros perdieron gran parte de su ascendiente sobre el gobernante, quien termina aceptando la tesis de la negociación. "Desde mi renuncia, nunca más sentí una presión especial a mi gestión", concluye Cáceres.

"¿Ve ese poste? Ahí lo van a colgar a usted. Yo estoy seguro de que a mí me colgarán en el que está al frente del Banco Central. ¡Nos van a colgar a todos!", le espetó Rosende a Cáceres, apuntando a los mástiles de la Plaza de la Constitución.

Cinco días antes del plebiscito, el entonces subsecretario general de Gobierno, Alfonso Rivas, recibe la instrucción de preparar un plan comunicacional ante la eventualidad de que el Gobierno decida desconocer un triunfo "fraudulento" del No.

La hija mayor de Pinochet, Lucía, también intentó persuadir a su padre de que se presentara como candidato presidencial: "Había sacado un 43% el año anterior... a mí me gustaba la idea, porque estaba convencida de que si se presentaba podría haber ganado (...) pero él había quedado tan desilusionado después del plebiscito, que no quiso".

¿QUIÉN GANA?:

Las señales contradictorias de las encuestas

La inminencia del plebiscito había desatado una verdadera guerra de encuestas, entre las que daban por triunfador al Sí y las que favorecían al No.

Algunas -como Gallup, sistemáticamente inclinada hacia la opción pinochetista y con problemas metodológicos, como se comprobaría públicamente- no sobrevivirían una vez que el referéndum demostró lo contrario a sus predicciones. Otras instituciones, como el Centro de Estudios Públicos (CEP), mostrarían una dispersión de opiniones que se daban sobre el posible resultado electoral.

Así, frente a un sondeo propio que filtró al gobierno el 4 de octubre de 1988 (ver edición pasada), donde predecía la victoria del No, se contraponía el análisis de algunos de sus propios miembros. Poco antes de la consulta, el entonces director académico del CEP, Óscar Mertz, aseguraba a "El Mercurio" que las diferencias de votación serían reducidas y favorecerían levemente al Sí, pudiéndose registrar un virtual empate: "Me sorprendería un resultado con diferencias de más de cinco puntos".

La sorpresa que significó el resultado final para algunos sectores del régimen fue mayúscula y explica en parte la desorientación política de éstos en los meses siguientes.

Ambos se reunieron reservadamente antes del Plebiscito en la casa del general:

Matthei y Jaime Castillo Velasco

negocian en la residencia de Quinchamalí

Dos semanas antes del Plebiscito, el DC Cristián Bisquert recibe una llamada del general de la FACh Benjamín Opazo. Ambos se conocían desde hace un tiempo y, pese a sus diferencias políticas, mantenían un grado de amistad que fue suficiente para que el uniformado lo invitara a almorzar para conversar sobre "un tema confidencial".

Cuando se reúnen en la casa de Bisquert, al lado del Club de Polo, Opazo le informa que el general Matthei, quien habla también en representación del general Rodolfo Stange, desea reunirse privadamente con el abogado DC Jaime Castillo Velasco, de quien Bisquert era muy cercano. El motivo era fijar ciertos criterios de cara al referéndum que se avecinaba y la estatura moral de Castillo Velasco -quien había encabezado numerosas peleas para salvar a detenidos por el régimen militar- les garantizaba una conversación con altura de miras.

Cuando Bisquert le transmite el mensaje al abogado, éste se turba. "¿Por qué a mí, si yo no soy un negociador?", se pregunta. Al comunicarle los hechos al timonel del partido, Andrés Zaldívar, éste le dice que si dos miembros de la Junta de Gobierno quieren conversar con él, no puede rechazar la oferta. Más aún, le asegura el respaldo de la colectividad para que hable a nombre de la DC.

Así, un par de días después Bisquert y Castillo Velasco se apersonan en la residencia de Matthei, en el sector de Quinchamalí. Mientras el primero aguarda en un escritorio contiguo, el dueño de casa y el abogado DC conversan a solas por espacio de una hora y 40 minutos.

Allí, ambos analizan la tensa coyuntura política y las expectativas y temores de cada sector de cara al plebiscito. Los dos coinciden sobre lo que está en juego: honrar el resultado electoral para encauzar una transición democrática pacífica en el país.

Por eso, Matthei y Castillo se comprometen a reconocer públicamente el legítimo triunfo del bando contrario la misma noche del 5 de octubre, independiente de las presiones que puedan recibir.

Cuando cerca de la medianoche los miembros de la Junta ingresan a La Moneda para reunirse con Pinochet y Matthei es el primero en admitir la derrota del Gobierno, Jaime Castillo Velasco sintió que su única "negociación política" había dado frutos.





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TITUBEOS Las opiniones de sus asesores más duros hicieron tambalear el gabinete de Cáceres, quien debió renunciar y volvió a las pocas horas empoderado por el propio Pinochet.
TITUBEOS Las opiniones de sus asesores más duros hicieron tambalear el gabinete de Cáceres, quien debió renunciar y volvió a las pocas horas empoderado por el propio Pinochet.
Foto:EL MERCURIO


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