REVISTA DEL DOMINGO

Domingo 23 de Noviembre de 2008

SANTO STEFANO BELBO, PIAMONTE
El lugar de Cesare Pavese

El escritor chileno Alejandro Zambra partió al Piamonte italiano en busca del pueblo donde nació uno de sus autores más queridos. Aquí cuenta lo que descubrió.

Por Alejandro Zambra

* 1 *

Puedo ir al pueblo natal de Cesare Pavese, le dije a la editora, un poco al azar, pensando vagamente en el Piamonte y sin calcular siquiera alguna efeméride que hiciera el viaje razonable. Luego comprobé que la efeméride no podía ser más redonda: Pavese nació hace cien años, ni más ni menos, en Santo Stefano Belbo, un pueblo de 4.000 habitantes de la provincia de Cuneo, al que se llega desde Génova, Turín o Milán. Yo elegí viajar desde Milán, pensando en que tendría tiempo para ir a Turín, la verdadera ciudad de Pavese, la ciudad donde vivió la mayor parte de su vida y donde, en 1950, decidió morir. Finalmente no fui a Turín y casi no llego a Santo Stefano Belbo, pues estuve a punto de perder cada una de las numerosas conexiones, que seguía nervioso en un mapa demasiado grande que compré de la región. El temor a perder los trenes lidiaba con el pavor a dar de codazos a los otros viajeros al abrir el famoso mapa.

Nada más llegar conozco a Anka y Alina, dos hermanas rumanas que atienden el restorán cerca de la estación. Alina vive acá desde hace tres años, con su novio lugareño. No habla inglés, por lo que me entiendo con Anka, que viene a Santo Stefano cada verano a ver a su hermana y a trabajar. Anka no conoce otras ciudades de Italia. Le pregunto si se aburre y me dice que sí, porque acá casi nadie habla inglés y menos rumano (y muchos cultivan, todavía, el piamontés). En el pueblo hay un chileno, me dice, deberías conocerlo. Le respondo que no ando buscando chilenos, que vine a ver la casa natal de Cesare Pavese. Pero al chileno puede gustarle conocerte, me dice. Le respondo, por cortesía, que yo también quiero conocerlo.

Pensaba, de puro diletante, quedarme en el Albergo dell'Angelo, donde se hospeda el protagonista de La luna y las fogatas, pero Anka me aclara que el sitio ya no funciona como hotel, por lo que me recomienda Il Borgo Vecchio, un razonable bed & breakfast en la calle Marconi, muy cerca del centro. Me llevan en auto, voy en el asiento de atrás, acompañando a tres osos de peluche. Pregunto a Anka si Alina y su novio tienen hijos. Anka me responde que no, pero que el novio de Alina es como un niño. Traduce luego el diálogo para su hermana y no paran de reír durante todo el camino.

* 2 *

Alguien nacido en el país de Neruda no debería hacer este viaje. Crecimos en el culto al poeta feliz, crecimos con la idea de que un poeta suelta sus metáforas a la menor provocación, que acumula casas y mujeres y dedica la vida a decorarlas (a las casas y a las mujeres). Crecimos pensando que los poetas coleccionan –además de casas y de mujeres– mascarones de proa y botellas de Chivas de cinco litros. Para nosotros el turismo literario es cosa de gringos, de japoneses que pagan para maravillarse con historias asombrosas.

Por fortuna, nada de eso hay en Santo Stefano Belbo, un pueblo que vive de las viñas y goza de una estabilidad muy parecida al aburrimiento. En Santo Stefano Belbo los niños aprenden, desde pequeños, que en este pueblo nació un gran escritor que nunca fue feliz. Los niños de este pueblo aprenden desde temprano la palabra "suicidio". Los niños saben de antemano que, en este pueblo, como decía Pavese, trabajar cansa.

El bed & breakfast es cómodo. La habitación vale 40 euros, ni comparado con Milán. Abajo vive la familia: Monica, Gabriel y los hijos de ambos, una niña de 9 y un niño de 4 que no saludan pero sonríen como aguantando el saludo. Gabriel tiene una vinoteca que funciona frente al hostal. Sabe inglés, no así Monica, que sin embargo habla y habla con la absoluta confianza de que acabaremos entendiéndonos. La palabra clave es Pavese, la única palabra que ella dice y yo entiendo es Pavese.

Recién ahora contemplo, en plenitud, el paisaje. Un verde apacible queda en los ojos y todo parece caber en una sola mirada larga: el valle, la colina, la Iglesia, las ruinas de una torre medieval. Busco el escenario de La luna y las fogatas. Encuadro la imagen para situar el río Belbo y el camino a Canelli, que en la novela es el punto de fuga, la esquina donde empieza el mundo.

Luego me dejo llevar por Monica al Centro de Estudios Cesare Pavese, donde veo la exposición conmemorativa del centenario, que consiste fundamentalmente en la exhibición de primeras ediciones. Una serie de discretos círculos en el piso marcan el trayecto que va desde el Centro de Estudios a la casa natal de Pavese. Es miércoles, la casa abre sólo los fines de semana, pero es posible visitarla mañana si contactamos al encargado. Alcanzo mientras tanto a ver la tumba de Pavese, situada en un lugar de honor, a la entrada del cementerio.

Así como repasar el diario de Pavese ha sido decepcionante - releí en el avión El oficio de vivir y nunca llegué a entender por qué antes me gustaba tanto- , visitar la aldea que sirve de escenario a La luna y las fogatas constituye una emoción compleja. Pavese interrogó ese paisaje con preguntas verdaderas, movido por el vértigo de quien busca recuerdos en los recuerdos. Reconozco de a poco el terreno que piso mientras pienso en versos de Los mares del Sur y en el poema Agonía, que no es el mejor de Pavese pero sí el que más me gusta: "Están lejos las mañanas cuando tenía veinte años./ Ahora, veintiuno: ahora saldré a la calle,/ recuerdo cada piedra y las estrías del cielo". Recupero, mientras camino, al Pavese que prefiero, precisamente el de La luna y las fogatas: "Nos hace falta un país, aunque sólo sea por el placer de abandonarlo", digo, de memoria. "Un país quiere decir no estar solos, saber que en la gente, en las plantas, en la tierra hay algo tuyo, que aun cuando no estés te sigue esperando".

Antes de dormir, comparo paisajes como quien busca diferencias entre láminas idénticas. Por un momento pienso que me desvelaré imaginando ese mundo, midiendo esos recuerdos ajenos, pero la verdad es que muy pronto me vence el sueño.

* 3 *

Tomo fotos, muchas fotos: soy, por dos días, el japonés del pueblo donde nació Cesare Pavese. Hay una que me gusta especialmente, donde figura su retrato en la vitrina de una tienda de zapatos para niños. Hay alusiones, dibujos, grafitis de Pavese por todas partes: Santo Stefano le rinde culto al poeta y hay belleza en ese esfuerzo. Pero el centenario de Pavese no invita a estridencias. No era tan buen personaje como Neruda. Menos mal.

Para Pavese, Santo Stefano Belbo es el lugar de origen y de ensoñación, un escenario para la infancia. "El arte moderno es una vuelta a la infancia", dice en su diario: "Su motivo perenne es el descubrimiento de las cosas, descubrimiento que después puede acontecer, en su forma más pura, sólo en el recuerdo de la infancia". Su pensamiento es cercano al de Charles Baudelaire: el artista es un convaleciente, que vuelve de la muerte para observar todo como por primera vez. Pavese va más lejos: "En el arte sólo se expresa bien lo que fue asimilado ingenuamente. No les queda a los artistas más que volverse hacia la época en que no eran artistas e inspirarse en ella, y esta época es la infancia". Pavese idealizó su pueblo natal, pero convirtiéndolo en un territorio ambiguo. El personaje que regresa, en La luna y las fogatas, después de vivir en Estados Unidos y hacer fortuna, vuelve a un lugar amado y aborrecido.

Seguro que los extranjeros vienen a Santo Stefano solamente para ver, como yo, la casa natal de Pavese, que resulta ser un sitio más bien desangelado: en esta cama nació el poeta, me dice el guía, y no queda mucho más que imaginarse al pequeño Cesare llorando como condenado. También hay una galería atiborrada de bocetos nada buenos, puestos unos junto a otros por orden de llegada. El guía me dice que se trata de las obras ganadoras de un concurso anual destinado a recordar al escritor. Pienso que esas murallas atestadas de primeros lugares y menciones honrosas lucieron, en su momento, una acogedora desnudez. Pero es mejor, quizás, el desorden del homenaje.

Según Italo Calvino, la zona de las Langhes del Piamonte era famosa no sólo por sus vinos y sus trufas, sino también por la desesperación de las familias que allí habitaban. Calvino pensaba, claro, en el brutal desenlace de La luna y las fogatas, que no voy a contar aquí. Busco, absurdamente, indicios de desesperación en ese mundo de gente que vuelve a paso lento del trabajo.

Más tarde recibo el recado de Anka: a las ocho, en el bar Fiorina, conocerás al chileno, ha escrito en un papel de estilo Hello Kitty. De pronto caigo en la cuenta de que es, justamente, 18 de septiembre. Imagino que él agradecerá celebrarlo con un compatriota. Compro un disco y grabo toda la música chilena que tengo en el computador. Pero Luis, el chileno, es en realidad un peruano de Arequipa. Le regalo el disco de todos modos. Luis tiene 35 años, desde hace seis vive en Italia y hace cuatro vino a dar a Santo Stefano Belbo. Trabaja en una fábrica de bombas de agua. No he leído a Pavese, me dice de repente, a pito de nada: para miserias basta con las propias, agrega, y tiene toda la razón.

Hablo con algunos amigos de Luis. Fabio, de 26 años, es el más cordial. Hablamos lento y logramos entendernos. No le gusta leer, dice, pero como todo santostefanino que se precie conoce bien la obra de Pavese. Me gusta porque habla de este pueblo, dice, pero en el fondo no me gusta, rectifica, como pensando en voz alta, como decidiéndolo: no, no me gusta Pavese. A mí tampoco me gusta el chileno Neruda, le respondo. Yo me sé varios poemas de Pavese de memoria, dice Fabio, riendo. Yo también me sé algunos de Neruda, le digo, y seguimos riendo y ya tengo un amigo con quien beber las siguientes botellas de nebbiolo.

* 4 *

"Se admiran solamente aquellos paisajes que ya hemos admirado", dice Pavese, en su diario. Me pregunto si Santo Stefano Belbo ha cambiado mucho en estas décadas. Seguramente. Pero me gusta pensar que Pavese observaría una sutil permanencia.

Mientras espero el tren que me llevará de vuelta a Milán, releo pasajes marcados de La luna y las fogatas. El pueblo ha dejado atrás la violencia que narra Pavese, el sinsentido de una vida atada a la tierra. Imagino las hogueras en la colina, recuerdo a Nuto y al niño rengo de la novela; intento calibrar la distancia de que se vale Pavese para construir ese libro leve y oscuro.

¿Me gustó Santo Stefano Belbo? Tal vez me gustó porque a Pavese le gustaba. Sigo en la estación, llegué demasiado temprano. Decido ya no ver el paisaje, concentrarme en el libro. Leo, a propósito: "Fue Nuto quien me dijo que con el tren se va a todas partes, y que cuando terminan las vías comienzan los puertos, que los barcos tienen itinerarios, todo el mundo es una red de rutas y de puertos, un itinerario de gente que viaja, que hace y que deshace, y en todas partes hay gente capaz y gente necia". El mundo está lleno de gente que viaja, que hace y que deshace, repito en voz alta, a manera de chiste extraño, poco antes de subir al tren.


Recién ahora contemplo, en plenitud, el paisaje. Un verde apacible queda en los ojos y todo parece caber en una sola mirada.

Alguien nacido en el país de Neruda no debería hacer este viaje. Crecimos pensando que los poetas coleccionan mascarones de proa.

No he leído a Pavese, me dice Luis de repente: para miserias basta con las propias, agrega, y tiene toda la razón.


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Los escenarios del Piamonte fueron la inspiración de César Pavese.
Los escenarios del Piamonte fueron la inspiración de César Pavese.


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