REVISTA YA

Martes 21 de Diciembre de 2004

Gabriela Luksic, después del ascenso al Vinson, en la Antártica:
Uno se da cuenta de que todo se puede

Gabriela Luksic, después del ascenso al Vinson, en la Antártica.
Texto Ximena Urrejola B. Fotografía Carla Pinilla

De profesión historiadora del arte y hoy "dedicada a la casa, los niños y la montaña", Gabriela Luksic Fontbona (39) es la menor de los cinco hijos del empresario Andrónico Luksic Abaroa. Aunque trabajó cinco años como ejecutiva de ventas y empresas en lo que fue el Banco O'Higgins, se retiró cuando nació su segundo hijo. Hoy tiene tres niños, de 10, 8 y dos años y medio, y también una nueva pasión, que adquirió gracias a su hermano mayor Andrónico, un avezado montañista. "En mi familia somos todos esquiadores, y yo esquío desde que tengo seis, siete años, pero ése era todo mi contacto con la montaña. Y cuando me casé me tranquilicé; cuando uno tiene hijos se dedica más a ellos".

Casada hace doce años con el inglés Alexander Newman, a quien conoció en Londres mientras estudiaba en la universidad, y a quien se trajo a vivir a Chile "porque mi familia estaba toda acá y somos bien aclanados", Gabriela recuerda que de niña nunca subió un cerro. Y recién el año pasado comenzó a acompañar a su hermano - junto a Paola, otra hermana- en sus ascensos a los cerros de los alrededores de Santiago: el Pochoco lo alcanzaron muchas veces, también el Provincia, el Pintor... "Pero fue después de la ida al Everest cuando nos dimos cuenta de que realmente nos gustaba la montaña", dice, refiriéndose a ella y a Paola.

En mayo pasado las dos hermanas acompañaron a Andrónico hasta el campamento base del monte Everest, cuya cima el empresario coronó con éxito unos días después. "Estuvimos cerca de un mes afuera, y caminamos diez días. Cuando más caminamos fueron nueve horas, pero es tan lindo todo que se te olvida el cansancio, la sed". En esa oportunidad, ninguna de las dos se había preparado para ascender más allá del campamento base, aunque estando allá ganas de continuar no les faltaron.

"Nos quedó gustando y con la Paola nos dijimos: empecemos a subir cerros, y así lo hicimos, cerca de Santiago, para el lado de La Parva. Mi marido - socio de una agencia de publicidad- me acompaña cuando son paseos por el día, como al Pochoco en que vamos en la mañana y volvemos a almorzar. Pero así estoy tranquila porque los niños están con él, mi mamá también siempre está súper cerca. Así que con mi hermana subimos por uno o dos días. Las montañas son increíbles, el contacto con la naturaleza es tan distinto de la vida que tiene uno normalmente... Ahora ella tenía muchas ganas de ir a la Antártica, pero estaba organizando el matrimonio de su hija, así que era imposible".

Además de la satisfacción que le produce el montañismo, con estos viajes Gabriela ha sumado otra alegría, que es el haberse acercado más a su hermano Andrónico. "En la Antártica dormíamos en la misma carpa. Nos reíamos, copuchamos de todo, fue muy rico, porque él se casó muy joven, a los 21, y yo tenía sólo nueve años; era muy chica cuando él se fue de la casa, entonces ésta fue una oportunidad para volver a conocerse. Ha sido súper rico por ese lado, porque se ha solidificado nuestra amistad de hermanos. Además, él nos invita a que lo acompañemos. Creo que se siente más acompañado con nosotras".

De hecho, en enero tienen proyectado subir el monte Aconcagua y junto a su hermana está analizando la posibilidad de acompañar al empresario en su próxima aventura fuera de Chile: el monte McKinley (6.194 metros), en Alaska, el segundo en dificultad después del Everest, según Gabriela, porque la condición climática puede ser aún peor que en la Antártica "y porque escalarlo también es más difícil". "Va a depender si estamos bien físicamente, y para eso en marzo vamos a empezar con un programa de entrenamiento", cuenta.

Junto a la amistad que tiene con sus hermanos montañistas, Gabriela cuenta que los cinco hermanos Luksic son muy unidos, aunque sus aficiones vayan por otros lados: Guillermo es velerista y Jean Paul, polero. "Nos criaron así, sin diferencias entre nosotros. Creo que eso lo sentimos todos, lo que ha sido bien bonito de parte de mis papás", comenta. Porque sus hermanos mayores Andrónico y Guillermo son hijos del primer matrimonio de su padre, quien quedó viudo muy joven. Con la madre de Gabriela, Iris Fontbona, con quien Luksic se casó cuando ella tenía 17 años, tuvo además a Paola y Jean Paul.

También sus padres siempre están presentes en las aventuras de Gabriela. "En el libro de cumbres del Vinson escribí que el logro se lo dedicaba a mi padre y a mi madre", dice emocionada. "Al principio mi mamá estaba súper asustada y no quería que fuera, pero como todo salió bien está contenta. En general no es aprensiva con sus hijos, pero, como cualquier madre, cuando ve un cierto riesgo, se preocupa". Y a su padre Andrónico, quien en el último tiempo ha debido enfrentar un complicado cáncer ("aunque ha estado bastante bien de ánimo, yendo a la oficina, por suerte"), según Gabriela "le da un poco de miedo que estemos metidas en esto, aunque no dice mucho. Lo que sí dice es que antes tenía un problema y que ahora tiene tres problemas. De todas maneras, él es una persona súper positiva, y a lo no positivo se lo busca por algún lado. Los hijos en general tratamos de verle lo bueno a todo; es una buena filosofía de vida".

EN LA ANTÁRTICA

Cuando su hermano Andrónico le propuso ir a la Antártica, a subir el monte Vinson, Gabriela pensó en el frío. En el paisaje eterno, congelado. "Me preguntaba si iba a ser capaz de enfrentar temperaturas tan extremas", dice hoy, sentada en el living de su casa, después de coronar la cima de la montaña más alta del continente blanco (4.897 metros). Y añade: "Pero aunque resulte difícil de creer, el cuerpo se va acostumbrando".

Para llegar a la cima, la expedición compuesta por Gabriela, su hermano y los montañistas Ernesto Olivares y Misael Alvial caminó y escaló cerca de seis horas diarias durante una semana, con una temperatura promedio de 20 grados bajo cero. Pero a diferencia de lo que ocurre en el Everest, en la Antártica no hay "sherpas" que carguen los pesados equipos, por lo que cada uno de los expedicionarios que llega hasta aquí debe arrastrar un trineo con sus pertenencias personales. Aunque Ernesto y Misael llevaban gran parte de los utensilios comunes, como los anafres y la comida, que consistía en alimento deshidratado, con un menú de fruta seca, chocolate y barras energéticas, Gabriela arrastraba su propio trineo. Pesaba cerca de 15 kilos, entre botas, mudas y equipo para el frío.

Dormían de a dos en cada carpa, en sacos de dormir de última generación. Para hacer calor, Gabriela se metía completa dentro del saco, siempre con un buen gorro, para no perder temperatura por la cabeza. Y con antifaz, porque en esta época en la Antártica es de día las 24 horas: "La luz es tan fuerte que no se duerme mucho. Yo, por lo menos, dormitaba un poco y despertaba, después dormía un rato, y despertaba, todo el tiempo era así". Para que el frío no pasara a los sacos de dormir de pluma colocaban dos colchonetas (la de arriba inflable) sobre el piso de la carpa.

A pesar de las condiciones extremas, Gabriela nunca pensó "qué hago aquí": "Estaba feliz. En el interior, donde nosotros estábamos, a mil kilómetros del Polo Sur, realmente no hay nada. Es como un planeta aparte, maravilloso, muy limpio, muy puro, no hay una mosca, un pájaro. Y si te quedas callada no hay ningún ruido, sólo el que hace uno. Estás a merced de Dios y de la naturaleza, de repente vas caminando y se sienten derrumbes, pero es tan lindo el lugar que te produce algo muy especial, una paz increíble".

La expedición de Gabriela sólo sufrió un día "malo" de los seis que duró la travesía. "Cuando subimos del campamento base al campamento tres se suponía que el clima nos iba a acompañar, que en la tarde iba a mejorar, pero no fue así y nos pilló subiendo la parte más difícil de la montaña: había mucho viento, neblina, no se veía nada y cuando llegamos había 40 grados bajo cero. Es lo que llaman el 'viento blanco'. Mientras vas caminando estás bien porque vas generando calor, pero en el minuto en que hay que empezar a armar las carpas y dejas de hacer ejercicio se empieza a enfriar el cuerpo. Ese es el problema. Además, para poder maniobrar y armar las carpas lo más rápido posible tienes que sacarte los guantes de pluma. Ese día, adentro de las carpas el termómetro marcaba 20 grados bajo cero".

A pesar de esta experiencia, Gabriela nunca pensó en la posibilidad de morir ahí, en medio de la nada: "Nunca, en ningún minuto. Además, íbamos súper bien preparados. Ernesto y Misael son expertos montañistas, mi hermano también, así que iba súper bien acompañada". Los dedos sí eran una preocupación constante: "Por el exceso de frío hay que tratar de no perder dedos. Por eso en el momento en que sientes las puntas heladas tienes que ponerte los guantes de pluma. Teniendo esas precauciones estás bien; no hay que esperar hasta el último momento cuando los dedos ya no dan más de frío. Pasa lo mismo con los pies, pero yo no los tuve nunca helados porque usamos las mismas botas que se usan para subir al Everest. Lo otro es que no se te vaya congelar la nariz o las orejas, porque vas recibiendo el viento en la cara mientras vas caminando. Altiro hay que ponerse el pasamontañas".

La subida al monte Vinsón fue difícil: del campamento tres a la cumbre fueron ocho horas de caminata montaña arriba. "Llevaba siete horas caminando, todavía no vislumbraba la cumbre y no daba más. Estaba muy cansada. Andrónico había salido con Misael, y llegaron a la cumbre una hora antes que Ernesto y yo. Como mi hermano es acelerado partió en cuanto estaba listo. Así que cuando íbamos para arriba de repente apareció mi hermano que ya venía bajando. Ahí me dijo: Camina media hora más. No te queda nada. Entonces vi la cumbre y me aparecieron energías que pensaba que ya no tenía. Te aceleras y te das cuenta de que todo se puede".

En la cima, los Luksic firmaron el "libro de cumbres", un cilindro de metal que permanece semienterrado y donde se guarda un libro y un lápiz donde la gente pone su firma, la fecha y la hora en que logró llegar a la meta. Arriba se juntaron cinco expediciones, que prácticamente venían subiendo juntas, y todos se querían sacar una foto con Gabriela porque era la primera chilena y latinoamericana en llegar a la cumbre del Vinsón. "Estuve arriba más de una hora porque no había nada de viento. Desde allí llamamos a las casas, nos sacamos fotos. Cuando llegas es una felicidad enorme, porque lo lograste, porque no es tan fácil la subida, es un buen desafío personal, donde pones harto físico, harta cabeza".


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A pesar del frío y el cansancio Gabriela (al centro) se convirtió en la primera chilena y latinoamericana en llegar a la cumbre del Vinson.
A pesar del frío y el cansancio Gabriela (al centro) se convirtió en la primera chilena y latinoamericana en llegar a la cumbre del Vinson.


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